Palmarés completo de la novena edición del Almería Western Film Festival

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The Sisters Brothers y Sordo han sido las grandes triunfadoras de la novena edición de Almería Western Film Festival que ayer se clausuraba con la tradicional entrega de premios. Así, lo ha decidido el jurado, que ha valorado a ambas películas como las mejores en las categorías neowestern y western, otorgándolas además los galardones destinados a reconocer la mejor interpretación masculina y femenina, respectivamente. Además, en otras categorías se ha premiado a Deadwood: The Movie, Infierno grande y Big Kill.

Palmarés de la Sección Oficial de Largometrajes:

Premio al Mejor Largometraje Western: The Sisters Brothers, de Jacques Audiard (Francia, 2018).

Premio al Mejor Largometraje Neowestern: Sordo, de Alfonso Cortés-Cavanillas (España, 2019).

Premio a la Mejor Interpretación Masculina: John Christopher Reilly, por The Sisters Brothers.

Premio a la Mejor Interpretación Femenina: Marián Álvarez, por Sordo.

Premio a la Contribución Técnico-Artística al Género Western: Nichole Beattie, Regina Corrado y Mark Tobey, el equipo de producción de Deadwood: The Movie, de Daniel Minahan (EEUU, 2019).

Premio del Público al Mejor Largometraje Western: Infierno grande, de Alberto Romero (Argentina, 2019).

Mención Especial del Jurado: Big Kill, de Scott Martin (EEUU, 2018).

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Marian Álvarez, Alfonso Cortés-Cavanillas y Jaime Martín posan con el premio a mejor neowestern para “Sordo” junto al alcalde de Tabernas, José Díaz

El director de Sordo, Alfonso Cortés-Cavanillas ha recogido el premio al mejor neowestern, junto a los actores de la película Jaime Martin y Marian Álvarez. El encargado de recoger el premio al mejor western por The Sisters Brothers ha sido el productor que trabajó con esta película en España, Fernando Victoria de Lecea. Además, el actor John C. Reilly ha remitido un video mensaje al Festival agradeciendo el galardón en el que ha comentado: “Lamento no poder estar allí, es un gran honor recibir este premio. Mi tiempo en España fue un sueño hermoso, nunca olvidaré su amabilidad, espero volver muy pronto y hacer muchas más películas. ¿Quién necesita Hollywood cuando tenemos Tabernas?”.

Palmarés Sección Oficial de Cortometrajes:

Mejor al Cortometraje Western: The Legacy, de Pierre-Alexandre Chauvat (Francia, 2019).

Mejor al Mejor Cortometraje Neowestern: Rustlers: Ladrones de ganado, de Rob York (EEUU, 2018).

Otros premios:

Mejor a la Mejor Práctica de Escuela de Cine: The Voice of The West, de Alejandro Bastidas (México, 2018).

Premio RC Service a la Mejor Dirección de Fotografía de una obra española: Sordo (España, 2019).

Premio RTVA a la Creación Audiovisual Andaluza: Amordazado, de David Rodríguez (Almería, 2019).

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En la entrega de galardones han participado la profesora de la Universidad de Almería y miembro del jurado, Nieves Gómez; el director de RTVA en Almería, Salvador Rodríguez; el escritor cinematográfico especializado en cine de género y miembro del jurado, José Luis Salvador; el cineasta y miembro del jurado, Wouter Jansen; el director y miembro del jurado, Emanuel Gerosa; el gerente del poblado Oasys MiniHollywood, José María Rodríguez; el miembro del jurado Rafael Maluenda; el miembro del jurado Gonzalo Bendala; el diputado provincial de Cultura y Cine de Almería, Manuel Guzmán; el delegado de Turismo de la Junta de Andalucía, José Luis Delgado; el director del Festival, Eduardo Trías; y concejales del Ayuntamiento de Tabernas.

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Manuel Tafallé durante un momento de la gala de clausura de AWFF

En el acto, celebrado en el Teatro Municipal de Tabernas y presentado por el polifacético artista Manuel Tafallé, también se ha entregado el premio “Desierto de Tabernas” a la productora Fresco Film, el cual ha sido recogido por uno de sus miembros, Juan Fernández. Se trata de una de las productoras más relevantes a nivel nacional, donde ha colaborado en multitud de proyectos rodados en Almería y en Tabernas como Terminator 6 (2019) o Juego de tronos (2016), así como en innumerables spots y otras producciones audiovisuales.

El alcalde de Tabernas, José Díaz, ha clausurado la novena edición de Festival destacando la especialización del certamen y el interés cada vez mayor que despierta en todo el mundo. “Durante cuatro días hemos contado con grandes producciones, todas de género western, pero también con sus creadores que se han invertido su tiempo para conocer Tabernas, para estar aquí con nosotros. No somos los mejores, pero sí somos únicos, para nosotros el western es un sentimiento, un estilo de vida propio, genuino y eterno”, ha concluido Díaz.

Published in: on octubre 14, 2019 at 7:11 am  Dejar un comentario  
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Almería Western Film Festival rinde homenaje a los decorados del Oeste en el cartel de su 9ª edición

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El pasado viernes el Almería Western Film Festival (AWFF) presentó su nueva imagen y cartel oficial para su noventa edición, que se celebra del 10 al 13 de octubre en Tabernas y en los poblados del Oeste Oasys MiniHollywood y Fort Bravo Texas Hollywood. El diseño homenajea los decorados que siguen atrayendo al visitante y transmitiendo el espíritu cinematográfico que desde los años sesenta surgiera en Tabernas y ha sido presentado con el siguiente texto:

En el western uno de sus elementos más característicos es la poética de su paisaje, normalmente exterior y natural. En muchos casos, como es el desierto, inabarcable y en estado virgen. En eso radica la épica del género en la colonización del lejano y salvaje oeste. La ciudad es la civilización, el asentamiento del colono. Con su calle principal donde se encuentra muchos de los edificios perfectamente identificados y localizados del género: el saloon, oficina del sheriff, cárcel, hotel, banco, imprenta, establos, casa de comida, tiendas y también, la estación e iglesia. Son el marco donde se escenifican las ficciones del western. A ese espacio simbólico, que en muchos casos descubrimos que son fachadas apuntaladas, tramoya, es a lo que dedicamos el cartel de este año.

La nueva imagen es también un homenaje a las personas que participaron en este tipo de arquitecturas efímeras, basadas en madera, como carpinteros o pintores, diseñadores y maquetistas. En Tabernas se construyeron numerosos poblados, algunos de ellos ya han desaparecido, pero se mantienen tres importantes escenarios donde cada año se llevan a cabo rodajes y también representan un importante foco de atracción turística”.

Más información: www.almeriawesternfilmfestival.es

Published in: on septiembre 22, 2019 at 8:38 am  Dejar un comentario  
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Five Bloody Graves [dvd: Cinco tumbas sangrientas]

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Título original: Five Bloody Graves

Año: 1969 (Estados Unidos)

Director: Al Adamson

Productor: Al Adamson

Guionista: Robert Dix

Fotografía: Vilmos Zsigmond

Intérpretes: Robert Dix (Ben Thompson), Scott Brady (Jim Wade), Jim Davis (Clay Bates), John Carradine (Boone Hawkins), Paula Raymond (Kansas Kelly), John “Bud” Cardos (Joe Lightfoot), Darlene Lucht (Althea Richards), Ken Osborne (Dave Miller), Vicki Volante (Nora Miller), Victor Adamson (Rawhide), Ray Young (Horace Wiggins), Julie Edwards (Lavinia Wade), Maria Polo (Pequeño Ciervo), Gene Raymond (narrador)…

Sinopsis: Ben Thompson, un pistolero solitario, persigue al temible piel roja Satago a través de las llanuras del Salvaje Oeste. Cuando los hombres de Satago emboscan un carromato, aquél acude al rescate de los pasajeros atrapados y les ayuda en su última batalla contra los indios.

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Entre finales de los sesenta y a lo largo de los setenta, los años de la contracultura y del Nuevo Hollywood, del western crepuscular y revisionista, fueron también los años dorados de las películas de explotación de bajo (y muy bajo) presupuesto, donde el cine del Oeste encontró acomodo en no pocas ocasiones en títulos como Brand of Shame (1968), de Byron Mabe, Hot Spur [vd: Espuela caliente; vd: Espuelas calientes, 1968] de Lee Frost, Cinco hombres salvajes (The Animals, 1970) de Ron Joy, o Grito de sangre apache (Cry Blood, Apache, 1970) de Jack Starrett[1]. Baratas producciones cargadas de sexo y violencia que venían a ser roughies trasplantadas al Salvaje Oeste americano[2].

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Al Adamson, uno de los grandes pequeños nombres del cine exploitation, también nos dejaría sus aportes dentro del género en un par de cintas como Five Bloody Graves [dvd: Cinco tumbas sangrientas, 1969] o Las cachondas en el Oeste (Lush of Lust, 1972)[3]. Sería su padre, extra en un centenar de westerns, quien le presentó al productor Sam Sherman, con el que Adamson fundaría la Independent International Pictures, en cuyo seno emprendería su carrera en la dirección con un buen puñado de títulos donde la falta de medios era solventada con mucha cara dura y altas dosis de psicotronía. De este modo, como era normal en los bajos presupuestos, para dar forma a films sería habitual que recurriera a la voz en off y a los planos de recurso para solventar algunos trances, a la música de archivo casara o no con las imágenes, a la repetición de encuadres y localizaciones para abaratar costes, a tirar de actores desconocidos y de viejas glorias para los repartos, o a darle al público sexo y violencia, acudiendo incluso al gore, siguiendo la estela marcada por Herschell Gordon Lewis y David Friedman con su trilogía compuesta por Blood Feast (1963), Two Thousand Maniacs! [vd/dvd: 2000 Maníacos, 1964] y Color Me Blood Red (1965). Echándole más morro aún, Adamson estrenó algunos de sus trabajos con diversos montajes y con distintos títulos para rentabilizar más el producto, y recurrió a reutilizar metraje de producciones extranjeras (de algún paquete de distribución de Sherman) para hacer nuevas películas remontándolas con escenas añadidas rodadas por él[4]. Se apuntó a las modas de las biker movies[5], aprovechando el buen rendimiento en las carteleras de Los Ángeles del Infierno (The Wild Angels, 1966), firmada por Roger Corman, o Easy Rider: Buscando mi destino (Easy Rider, 1968) de Dennis Hopper; de las blaxploitations, de las artes marciales –y combinaciones de éstas, rodando las cintas más descabelladas y disfrutables protagonizadas por Jim Kelly-; sin olvidarse de los géneros populares como el terror –echando mano de los monstruos clásicos de la Universal cuando el género tiraba por otros derroteros más veristas con el psychokiller como protagonista- o el western, y sin renunciar por supuesto a los personajes y situaciones prototípicas. Como tantos de sus compañeros de viaje, acudió a actores y actrices de pasado lustroso que no estaban en su mejor momento –como Russ Tamblyn, repudiado esos años por Hollywood por sus conocidos problemas con las drogas- o que se encontraban ya muy mayores, pero en el caso de Adamson se percibe una temprana cinefilia, un cariño para con estas antaño estrellas de la Meca del Cine.

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El realizador solía rodearse de un equipo técnico y artístico que se repetía películas tras película, y algunos de ellos incluso profesaban distintas funciones en diferentes apartados. Valga el ejemplo de John “Bud” Cardos, que además de actor, ejerció de stunt, asistente del director y encargado de la segunda unidad, de manager de producción, productor asociado… y lo que hiciera falta[6]. Adamson declaró que para hacer una película le bastaba con un buen director de fotografía y un buen técnico de sonido y siempre trató de tener a gente competente en estos campos; en Five Bloody Graves de la fotografía se encargó Vilmos Zsigmond, con quien colaboró un par de veces más, y en otras ocasiones llegó a trabajar con otros prestigiosos técnicos como Lásló Kovács o Gary Graver[7].

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Five Bloody Graves trata el tan traído en el western tema de la venganza y lo hace por partida doble. Por un lado tenemos a Ben Thompson (Robert Dix), que busca al responsable de la muerte de su mujer, y por otro al indio yaqui Satago, que grita venganza contra (todo) el hombre blanco por matar a los animales que suponían el sustento de su raza, por haber expulsado a él y los suyos de sus tierras y confinarles en reservas, y por engañarlos con promesas incumplidas. Ambos están destinados a encontrase y sólo uno quedará en pie. En el recurso habitual de la voz en off al que aludíamos más arriba, de forma ingeniosa es en esta ocasión la muerte quien nos comenta los acontecimientos –contando como narrador con el veterano Gene Raymond-, pues ambos antagonistas buscan la muerte de su contrario y ésta será el destino de todo aquel que se cruce en el camino de uno y otro. La muerte se alza como un personaje más, inevitable destino con viaje sólo de ida al que el sin sentido de la venganza va a llevar. Más acorde con su tiempo que con los ejemplos más canónicos del género, Adamson conduce la trama a una resolución donde, lejos del final feliz, no hay lugar para la redención ni la catarsis.

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No faltan violaciones, matanzas –con algo de gore para alegrar a la audiencia-, e incluso un cierto erotismo, aunque muy light en este caso, al contrario de como ocurre en Las cachondas en el Oeste, donde el sexo campaba a sus anchas. Pero, y aunque ambos westerns presenten el estilo rápido y desmañado característico de su responsable[8], Five Bloody Graves denota un mayor cuidado, como si Adamson estuviera más a gusto e interesado con esta historia; incluso los personajes tienen algo más de fondo y el director parece cogerles afecto a algunos de ellos, sobre todo a los interpretados por actores del Hollywood clásico como el predicador Boone Hawkins que encarna John Carradine, un religioso que esconde un oscuro pasado y aún conserva no pocos vicios –alcoholismo, voyeurismo…-, y la madame Kansas Kelly a la que da vida Paula Raymond en su penúltimo papel para la pantalla[9]. Sin olvidar al dueño del burdel, Jim Wade, interpretado por un avejentado y entrado en kilos Scott Brady[10], alejado de la figura de beefcake que le caracterizara en la década de los cincuenta pero siguiendo con su tónica de tipo duro. En el cast tenemos además, por supuesto, a los sospechosos habituales: John “Bud” Cardos, Robert Dix o Ken Osborne[11], si bien en esta ocasión se echa en falta a la que fuera musa (y esposa) del realizador, Regina Carrol.

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La muerte, ese personaje esencial en Five Bloody Graves que deparaba un trágico final a sus protagonistas, también reservaría para Al Adamson un destino aún más bizarro que los que a él se le hubieran ocurrido en sus películas. Al igual que otro de los exploiters más recordados de los setenta como fuera Michael Findlay, Adamson tuvo un prematuro óbito al más puro estilo made in Hollywood cuando en 1995, ya retirado del cine, su cadáver apareció sepultado en cemento bajo el jacuzzi de su casa en Indio, Los Ángeles. Por lo visto, un albañil de nombre Fred Fulford, al que el director había contratado para unas reformas, había robado dinero de la casa, y tras una discusión al respecto mató de un golpe en la cabeza al cineasta. Fulford ocultó el cuerpo, sustrajo tarjetas y talonarios del fallecido y estuvo gastándose el dinero en Florida hasta que las autoridades dieron con él alertadas por la hermana del realizador. Genio y figura hasta la sepultura… y nunca mejor dicho.

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[1] Producida y protagonizada por Judy McCrea, supuso la vuelta del padre de éste, la leyenda del western Joel McCrea, al séptimo arte tras su retiro con Duelo en la Alta Sierra (Ride the High Country, 1962) de Sam Peckinpah.

[2] Dentro de la sexploitation dominante a finales de los sesenta, se conocieron con el término de roughies aquellas cintas donde la violencia y el sexo, generalmente en un entorno urbano, se descargaba sobre la mujer por parte de tipos por lo habitual no muy en sus cabales. Filmes llenos de violaciones, vejaciones y demás lindezas con un tono bien sórdido. El film pionero en estas lindes es considerado The Defilers (1965), producido por Dan Sonney y David Friedman y dirigido por Lee Frost, basado libremente en la novela El coleccionista (1963) de John Fowles, llevada por cierto de forma oficial a la pantalla por William Wyler ese mismo 1965.

[3] Al igual que Female Bunch [vd/dvd: Grupo secreto, 1969], Las cachondas en el Oeste fue rodada en el rancho Spahn del tristemente célebre Charles Manson, que sirviera de escenario para no pocas películas de la época, como bien lo refleja Quentin Tarantino en Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood, 2019). Los terribles asesinatos cometidos por “la Familia” llevó a que ambos filmes de Adamson retrasaran sus estrenos: Female Bunch llegaría a las pantallas en 1971, mientras que Las cachondas en el Oeste lo hacía en 1974 con su director parapetado bajo el nombre de George Sheafer.

[4] Horror of the Blood Monsters –aka Creatures of the Prehistoric Planet, aka Horror Creatures of the Prehistoric Planet, aka Space Mission of the Lost Planet, aka Vampire Men of the Lost Planet– [tv: Space Mission of the Lost Planet; dvd: Monstruos hambrientos, 1970] aprovechaba metraje de una producción filipina en blanco y negro que Adamson tintó y remontó con escenas rodadas a color por él. El resultado ha sido comparado por algunos críticos con Plan 9 from Outer Space [tv/vd/dvd/bd: Plan 9 from outer space, 1959], de Ed Wood, la considerada “peor película de la Historia”.

[5] Uno de los primeros éxitos de Adamson fue Los sádicos de Satán (Satan’s Sadists, 1969), cinta de moteros protagonizada por Russ Tamblyn y Scott Brady y cuyo esquema argumental reutilizaría el director en la posterior Girls for Rent (1974).

[6] John “Bud” Cardos inició también una carrera como director, siempre enmarcado en la Serie B y el cine de género.

[7] Graver, quien trabajara en estas labores técnicas a las órdenes de Orson Welles, fue también uno de los más importantes directores porno de los setenta a los noventa, amparado bajo el pseudónimo de Robert McCallum; y dentro del cine exploitation, aquí firmando ya como Gary Graver, realizó también un puñado de títulos contando con la producción de Fred Olen Ray.

[8] Véase como ejemplo el ataque y derribo de la carreta de los viajeros por parte de los pieles rojas, donde no hay tensión de ningún tipo y todo se resuelve en un momento y reusando material de archivo.

[9] La Raymond se retiraría con esta película y sólo volvería a colocarse frente a las cámaras en un direct to video de 1993, el thriller Mind Twister [tv: Mentes retorcidas] a las órdenes de Fred Olen Ray, a quien podemos considerar un Al Adamson de la era del vídeo.

[10] Hermano menor del también actor Lawrence Tierney, con quien no se llevaba precisamente bien, Scott Brady es recordado sobre todo por sus apariciones en Johnny Guitar (Johnny Guitar, 1954) de Nicholas Ray y Los caballeros se casan con las morenas (Gentlemen Marry Brunettes, 1955) de Richard Sale. Pronto se encasilló en los westerns de Serie B y, si bien se acomodó en el mundo de la televisión, continuaría trabajando en cintas de pequeño presupuesto, muchas veces en la más pura y dura exploitation. Entre sus últimos trabajos para la gran pantalla sobresalen cintas de mayor envergadura como El síndrome de China (The China Syndrome, 1979) de James Bridges y Gremlins (Gremlins, 1984) del cinéfago Joe Dante.

[11] También acreditado en este film en tareas de maquillaje, Osborne firmaría en 1970 el western de violación y venganza Cain’s Cutthroats [vd/dvd: El camino de Caín, 1970], donde volvían a coincidir en el reparto John Carradine, Scott Brady y Robert Dix -quien además ejercía de asistente del director-.

El hombre de Laramie

El hombre de Laramie

Título original: The Man from Laramie

Año: 1955 (Estados Unidos)

Director: Anthony Mann

Productor: William Goetz

Guionistas: Philip Yordan, Frank Burt, según el relato de Thomas T. Flynn publicado en el Saturday Evening Post

Fotografía: Charles Lang

Música: George Duning

Intérpretes: James Stewart (Will Lockhart), Arthur Kennedy (Vic Hansbro), Donald Crisp (Alec Waggoman), Cathy O’Donnell (Barbara Waggoman), Alex Nicol (Dave Waggoman), Aline MacMahon (Kate Canaday), Wallace Ford (Charley O’Leary), Jack Elam (Chris Boldt), John War Eagle (Frank Darrah), James Millican (Tom Quigby), Gregg Barton (Fritz), Boyd Stockman (Spud Oxton), Frank DeKova (padre), Beulah Archuletta (mujer en boda india), Jack Carry (conductor de mulas), Bill Catching (conductor de mulas), Frank Cordell (conductor de mulas), Kay Koury (india), Frosty Royce (conductor de mulas), Eddy Waller (Dr. Selden)

Sinopsis: Will Lockhart es un transportista procedente de Laramie que llega a la localidad de Coronado, donde tiene un brusco enfrentamiento con Dave Waggoman, vástago consentido y sin cerebro de Alec Waggoman, quien posee la mayor parte de las tierras de la región. Aunque, en realidad, el viaje de Lockhart es una excusa para descubrir quién armó a los apaches del territorio, lo cual provocó una masacre donde murió su hermano menor.

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El ciclo de westerns que Anthony Mann dirigió protagonizados por James Stewart alcanzó un nivel altísimo en su totalidad y, por supuesto, El hombre de Laramie (The Man from Laramie, 1955) fue otro más de ellos, además de la última entrega del mismo[1]. Basado en un relato escrito por Thomas T. Flynn y convertido en guion por parte de Philip Yordan (Johnny Guitar, Lanza rota, El vengador sin piedad, El día del proscrito/El día de los forajidos) y Frank Burt[2], el presente film representa otro de los característicos estudios de personajes que realizó Mann usando el entorno del Oeste norteamericano como telón de fondo.

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Will Lockhart (admirable, como siempre, James Stewart) es un transportista procedente de Laramie que llega a la localidad de Coronado, donde tiene un brusco enfrentamiento con Dave Waggoman (Alex Nicol), vástago consentido y sin cerebro de Alec Waggoman (Donald Crisp), quien posee la mayor parte de las tierras de la región. Aunque, en realidad, el viaje de Lockhart es una excusa para descubrir quién armó a los apaches del territorio, lo cual provocó una masacre donde murió su hermano menor.

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El film pivota sobre ese personaje, a tal punto que pocas son las escenas en que este no aparece. Rodeado de misterio, a medida que va avanzando la historia vamos descubriendo circunstancias sobre él (al tiempo que nos vamos haciendo partícipes de su investigación). Es testarudo, irritable e incluso en ocasiones antipático, lo cual deja patente que los personajes de Stewart para Mann no eran “héroes” en el sentido tradicional del término, no ofrecían la prístina cara del vaquero noble que representaban actores como Gene Autry. Al fin y al cabo, los cincuenta fueron la década en que el género adquirió su dimensión psicológica, y la pantalla se llenó de personajes torturados, de los que Lockhart es una excelente muestra.

l'homme de la plaine
the man from laramie
1955
real : anthony man
james stewart

Si se analiza a fondo, todos los personajes del film arrastran una frustración: Lockhart, la muerte de su hermano; Alec Waggoman, el hecho de que su hijo haya crecido consentido y esté más atento de su vestimenta que de las tierras que va a heredar; Dave Waggoman, de sentirse rechazado y juzgado de forma constante, inconsciente en su estrechez de miras de percibir el motivo; Barbara Waggoman (Cathy O’Donnell), la sobrina de Alec, de haber quedado anclada en una tierra que no le ofrece futuro alguno; Kate Canady (Aline McMahon), la única ranchera de las inmediaciones, de haber sido rechazada en su juventud por Alec; incluso Charley O’Leary (Wallace Ford), el anciano que acompañó a Lockhart en el traslado de mercancías, se siente desplazado por su condición de mestizo.

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Sin embargo, quien más resalta en todo el film, junto a Lockhart evidentemente, es Vic Hansbro (un monumental Arthur Kennedy, presente en el ciclo Mann/Stewart con anterioridad en otro papel de categoría en Horizontes lejanos). Vic es el capataz de Alec Waggoman, y tiene además la responsabilidad de cuidar que el botarate de Dave no se meta en constantes líos; Vic, además, lleva años a cargo del rancho, y espera que, a la muerte del anciano, herede las tierras junto a Dave. Sin embargo, de pronto una serie de circunstancias parecen indicar que todo por lo que ha luchado se le arrebatará, e irá cayendo en una espiral de percances que cada vez lo irán precipitando más y más a un hoyo del que no podrá salir.

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Como es norma en Anthony Mann, todo ello es rodado con economía expositiva, yendo directo al asunto, poniendo la cámara a la altura de los personajes, y con el paisaje agreste de fondo. La espléndida fotografía en CinemaScope obra de Charles Lang adquiere tonalidades rojizas, tanto en interiores como en exteriores, para traslucir el enfrentamiento telúrico al que son sometidos los personajes. Véase el excelente plano de Lockhart entrando en la habitación donde el terrateniente reposa en la cama, mostrando al protagonista envuelto en sombras, reflejo del estado psicológico del propio personaje. Aparte de todo ello, contamos con una aparición de Jack Elam, imprescindible en todo western de la época que se precie. ¿Qué más se puede pedir?

Carlos Díaz Maroto

[1] Existe información confusa acerca de la participación de Mann en La última bala (Night Passage, 1957). En unas fuentes se dice que Mann abandonó el proyecto antes de iniciarse el rodaje, y en otros que rodaría parte del metraje, siendo luego reemplazado por el gris James Neilson. Ni siquiera queda claro el abandono del director: a veces se cita su descontento con el guion, una pelea con Audie Murphy, o que consideraba inadecuado a este para el papel. Tras su abandono, James Stewart y Anthony Mann no volvieron a hablarse. Y pese al fracaso del film, para mí resulta excelente.

[2] Su carrera como guionista se centró, sobre todo, en infinidad de series de televisión. Más interesante resulta constatar el hecho de que, para radio, creó en la temporada 1953-1954 una serie titulada The Six Shooter, de la que además escribió la mayoría de los guiones, protagonizada por James Stewart.

Los justicieros del Oeste

Los justicieros del Oeste

Título original: Posse

Año: 1975 (Estados Unidos)

Director: Kirk Douglas

Productores: Kirk Douglas, Ann Douglas [sin acreditar]

Guionistas: Christopher Knopf, William Roberts, según un tratamiento de Larry Cohen [sin acreditar]

Fotografía: Fred J. Koenekamp

Música: Maurice Jarre

Intérpretes: Kirk Douglas (Howard Nightingale), Bruce Dern (Jack Strawhorn), Bo Hopkins (Wesley), James Stacy (Harold Hellman), Luke Askew (Krag), David Canary (Pensteman), Alfonso Arau (Pepe), Katherine Woodville (Sra. Cooper), Mark Roberts (Sr. Cooper), Beth Brickell (Carla Ross)…

Sinopsis: Un marshall con ambiciones de dedicarse a la política y sus ayudantes persiguen y capturan a un peligroso criminal. El pueblo está volcado a su favor, pero el forajido conoce también las reglas del juego.

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Kirk Douglas, que había representado en el teatro la obra Alguien voló sobre el nido del cuco, se empeñó en llevarla a la gran pantalla. Algo que no consiguió hasta diez años después, entrados los setenta, suponiéndole uno de los grandes chascos de su vida cuando los productores –su hijo Michael entre ellos- le apartaron del proyecto por considerarlo demasiado mayor para el papel de Randle Patrick McMurphy, que finalmente recaería en uno de los actores del momento, Jack Nicholson. Frustrado, el protagonista de Espartaco (Spartacus, 1960) se enfrascó en otro proyecto: dirigir, producir y –faltaría más- protagonizar un western, Los justicieros del Oeste (Posse, 1975).

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Sería la segunda y última vez que Douglas padre se sentara en la silla del director. Dos años antes había debutado en tales funciones en la desastrosa Pata de palo (Scalawag, 1973), una coproducción entre Italia, Yugoslavia y Estados Unidos rodada en Europa, con reparto internacional y muchos quebraderos de cabeza para llevarla adelante. Venía a ser una traslación de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson en clave de western[1]. Su segunda aventura en la realización, producida desde su compañía, Byrna Productions, estaría nuevamente respaldada por la Paramount. Se rodó entre septiembre y noviembre de 1974, principalmente en Old Tucson, y las escenas ferroviarias en las vías de Southern Pacific, a las afueras de Florence, Arizona. El guion fue escrito por Christopher Knopf y William Roberts sobre una historia del primero, y con tratamiento -sin acreditar- del bueno de Larry Cohen. Contó en el reparto con Bruce Dern, intérprete por entonces de moda que llegó a trabajar con el último Alfred Hitchcock[2]. Kirk declararía sobre el padre de Laura Dern: “Siempre he admirado al actor que hay en Bruce. Pensé que quizás ésa sería la película que lo lanzaría al estrellato. No fue así. Más adelante comprendí que siempre sería un actor de carácter, porque él mismo se creía como tal”[3].

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Durante muchos años la crítica y no pocos cinéfilos -algunos incluso hoy- trataron con desdén las películas del Oeste rodadas avanzados los sesenta y durante los setenta por su ruptura con el modelo clásico. El género perdía su halo de suntuosidad, de grandeza, de orgullo por un país que simbolizaba la Tierra Prometida. En el llamado western otoñal o crepuscular la epopeya daba paso a la elegía. La figura del héroe impoluto que luchaba con todas sus fuerzas en pro de la ley y la justicia quedaba atrás para dejar su lugar al antihéroe, cuando no eran estos títulos protagonizados por los propios forajidos, despojados además de cualquier matiz de mártires o de defensores de los oprimidos como mostrara, por ejemplo, Henry King en Tierra de audaces (Jesse James, 1939) o Fritz Lang en su continuación La venganza de Frank James (The Return of Frank James, 1940); nadie negaba la actitud de villano de estos outlaws, pero las diferencias de ellos con los defensores de la ley y el orden quedaban difuminadas, no había muchos contrastes entre unos y otros, llegando los últimos a ser en ocasiones incluso peores. El cine del Oeste se volvió más sórdido, nihilista, sucio y salvaje -la violencia en el mismo se atribuyó tantas veces de forma fácil e imprecisa a la influencia del spaghetti-western-. Se empezó a tratar a los nativos americanos -y a otras minorías raciales- como a personas y, si bien las películas pro-indios ya se localizaban años antes en las filmografías de gente como Delmer Daves y su Flecha rota (Broken Arrow, 1954) o John Ford con la magnífica El gran combate (Cheyenne Autumn, 1964), la tónica habitual había sido retratarlos como bestias asesinas; ahora, al contrario, en películas como Soldado azul (Soldier Blue, 1970) de Ralph Nelson o Pequeño gran hombre (Little Big Man, 1970) de Arthur Penn, las matanzas indiscriminadas de pieles rojas plasmadas en el celuloide servían como clara alegoría antiimperialista sobre la intervención de los Estados Unidos en Vietnam.

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Una nostalgia crítica y revisionista se apoderó del género en muchos de sus títulos. Y hasta John Wayne se prestó a desmitificar su imagen[4] en la que sería a la postre su intervención póstuma en el western con El último pistolero (The Shootist, 1976) de Don Siegel. Algunas tramas se ambientaron entre finales del siglo XIX y principios del XX, contrastando el modo de vida del que fuera el Oeste de los pioneros con la moderna industrialización que empezaba a sacudir a pasos agigantados el país, en cintas tan dispares como Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) de Sam Peckinpah o Muerde la bala (Bite the Bullet, 1975) de Richard Brooks.

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Pero no fue este cine algo propio o exclusivo de las jóvenes generaciones; no pocos directores, guionistas, actores y demás con una larga trayectoria a sus espaldas se adaptaron perfectamente a estos nuevos senderos en el género. Y es que el citado caso de Wayne no fue un hecho aislado. Resulta bastante significativo a este respecto el ejemplo de una estrella consagrada ya en el viejo Hollywood como fue Burt Lancaster: quien fuera el estoico agente de la ley Wyatt Earp en Duelo de titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957) de John Sturges se reconvertía en el sanguinario y vengativo marshall de En nombre de la ley (Lawman, 1971) de Michael Winner; el Massai de Apache (Apache, 1954) y el McIntosh de La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), ambas de Robert Aldrich, mostraban dos visiones muy distintas de la causa india; y además, por muy bien que quisieran hacer las cosas los protagonistas en el Oeste de los setenta, por más que se esforzaran en no usar la violencia, siempre había alguien que les sacaba lo peor que llevaban dentro, como le pasa al Valdez de ¡Que viene Valdez! (Valdez is Coming, 1971) de Edwin Sherin. Y por medio, entre ambas épocas, pasaban como puente sus participaciones en Los profesionales (The Professionals, 1966) de Richard Brooks o Camino de la venganza (The Scalphunters, 1968) de Sydney Pollack.

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El compañero de Burt Lancaster en el mencionado film de Sturges fue precisamente Kirk Douglas[5], quien encarnaba a Doc Hollyday. Fue Douglas otro rostro habitual del género, y también sus personajes muestran las diferencias que definen estas distintas etapas de la meca del cine. Así, el poco fiable Bren O’Melley de El último atardecer (The Last Sunset, 1961) de Robert Aldrich buscaba la redención final, sacrificándose a sabiendas que era lo mejor, mientras que el cínico y amoral Paris Piman Jr. de El día de los tramposos (There Was a Crooked Man…, 1970) de Joseph L. Mankiewicz será capaz de traicionar a todos sus compañeros, de dejarlos morir o si viene al caso matarlos él mismo, para quedarse con el botín completo.

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El Howard Nightingale que interpreta Douglas en Los justicieros del Oeste es un marshall con aspiraciones políticas, y no dudará en hacer todo lo necesario para alcanzar sus propósitos. Tiene intención de ser elegido senador tras dar caza a la banda de Jack Strawhorn, asaltadores de trenes. Liquidan a todos ellos sin miramiento alguno, pero se les escapa el líder. Su captura y exhibición pública será, piensa el encargado de la ley y el orden, la hazaña que le conceda la victoria en las elecciones, punto de partida para una ambiciosa carrera política que tiene como finalidad alcanzar la presidencia del país.

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En el juego del ratón y el gato que se establece entre Strawford con Nightingale y sus ayudantes se pondrán sobre el tapete cómo son en realidad cada uno de ellos. El forajido, que se las sabe todas y no es ningún angelito, muestra sin embargo más compasión y humanidad que quienes portan estrellas de latón y tienen la ley de su parte. Y si el marshall aparece representado como alguien que, más que en la justicia, confía en su carrera en el senado, sus alguaciles -entre los que destaca un joven Bo Hopkins- no salen mejor parados, no dudando en aprovechar su momento de gloria al llegar a un pequeño pueblo para acostarse con la mujer de un tendero, de lo que será testigo el engañado marido y muchos otros habitantes de la localidad, o con un par de virginales muchachas. Nightingale y los suyos se mueven por motivos egoístas y ninguno procesa lealtad al otro. Finalmente, cuando éstos saben que su superior va a prescindir de sus servicios en un futuro cercano –les ha buscado otro empleo de consolación en el que cobrarán menos-, abandonarán a su jefe cambiando de bando, en última instancia.

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Rica en simbología -véase la similitud entre los carteles de busca y captura de los forajidos con los de los candidatos electorales-, la película además subvierte algunos iconos del género, mostrándolos de manera diferente -e incluso opuesta- a lo acostumbrado. De este modo, el ferrocarril y la prensa, dos elementos usados en el western como indispensables para la difusión de la civilización en la conquista del Oeste, y por tanto por norma habitual situados a favor del héroe, servirán aquí como contrarios a éste. Por una parte, Harold Hellman (James Stacy)[6], el editor del periódico local, no confía en Nightingale y comienza desde su diario una guerra contra él; y por otra, el tren, donde transportan al bandido -para más inri acusado de robar estos medios de locomoción-, será usado por éste para ridiculizar a los alguaciles y al marshall una vez consiga escaparse.

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El film de Douglas puede verse también como un western de política-ficción, parcela del mismo donde destacan cintas tan interesantes como Río Conchos (Rio Conchos, 1964) de Gordon Douglas. El propio Kirk Douglas reconocía la influencia en el film de los escándalos políticos que habían sacudido los USA en aquellos años, sobre todo el caso Watergate.

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Los justicieros del Oeste no fue ningún éxito, aunque la Paramount tampoco perdió dinero. Es más, aún hoy la siguen emitiendo de vez en cuando por televisión, ha sido editada en DVD por diferentes compañías y está disponible en plataformas digitales; y la crítica, por supuesto, la ha revalorizado una vez más al cabo de los años. Pero a Douglas, al terminar el rodaje, más que el peso del film de cara a la taquilla o a la crítica, lo que de verdad le seguía quemando por dentro era no haber podido interpretar en el cine a McMurphy.

Alfonso & Miguel Romero

[1] No era una idea del todo original, ya que en 1968 se había rodado una adaptación de la novela de Stevenson dentro de los parámetros del spaghetti-western con Entre Dios y el diablo/Anche nel west c’era una volta Dio, coproducción entre Italia y España dirigida por Marino Girolami y protagonizada por Gilbert Roland y Richard Harrison.

[2] Recuperado por Quentin Tarantino -quien lo ha incluido en los repartos de Django desencadenado (Django Unchained, 2012), Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015) y Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time in … Hollywood, 2019)-, el inquieto Bruce Dern volvió a ser aclamado por crítica y público en 2013 por su interpretación de un anciano con alzhéimer en la aplaudida Nebraska (Nebraska) de Alexander Payne.

[3] Extraído de su autobiografía El hijo del trapero (Ediciones Grupo Z, 1988).

[4] Recordemos el monumental cabreo que cogió el Duque con Fred Zinnemann a raíz de la desmitificación que se apreciaba en Solo ante el peligro (High Noon, 1952), respondiendo -de forma algo tardía- con Río Bravo (Rio Bravo, 1959) de Howard Hawks. O, ya en los setenta, la carta que le escribió a Clint Eastwood tras el estreno de Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973), mostrando su disgusto con la película y su desacuerdo con la visión del western que mostraba en sus películas el protagonista de la “Trilogía del dólar”.

[5] Burt Lancaster y Kirk Douglas trabajaron juntos en siete filmes y, al parecer, el segundo siempre profirió un cierto amor-odio profesional hacia el primero. John Frankenheimer, que los dirigió en Siete días de mayo (Seven Days in May, 1964), comentaría que Douglas tenía muchos celos de su colega.

[6] El personaje fue creado expresamente pensando en el actor James Stacy. Sería el agente de Kirk Douglas quien le pidió a éste como favor que le diera trabajo en el film. Estrella televisiva, Stacy había tenido un terrible accidente en septiembre de 1973 mientras iba en moto con una chica: un conductor borracho les propinó un leve golpe, la muchacha falleció en el acto mientras el actor perdía la pierna y el brazo izquierdos. Su carácter se agrió y se hizo insoportable. Durante el rodaje de Los justicieros del Oeste fueron constantes sus enfrentamientos con Douglas, discutiendo más que sus personajes en la ficción.

Cuatro caras del Oeste

Cuatro caras del Oeste

Título original: Four Faces West

Año: 1948 (Estados Unidos)

Director: Alfred E. Green

Productor: Harry Sherman

Guionistas: C. Graham Baker, Teddi Sherman, según una adaptación de William Brent y Milarde Brent de la novela Paso Por Aqui de Eugene Manlove Rhoads

Fotografía: Russell Harlan

Música: Paul Sawtell

Intérpretes: Joel McCrea (Ross McEwen), Frances Dee (Fay Hollister), Charles Bickford (Pat Garrett), Joseph Calleia (Monte Márquez), William Conrad (sheriff Egan), Martin Garralaga (Florencio), Raymond Largay (Dr. Eldredge), John Parrish, Dan White, Davison Clark, Houseley Stevenson, George McDonald, Eva Novak, Sam Flint…

Sinopsis: Mientras Pat Garrett está declamando un discurso victorioso en un pueblo de Nuevo México, Santa María, un hombre llega al banco local, en el que roba dos mil dólares, tras lo cual escapa. Garrett inicia entonces una persecución implacable, mientras el forajido encuentra la amistad y apoyo de un mexicano y el amor de una guapa enfermera.

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El western es uno de los géneros menos valorados por gran cantidad de la cinefilia concienciada, quien lo delega a un asunto de evasión trivial que está reservado a ancianitos que rememoran sentados ante el televisor sus días de infancia, cuando este tipo de películas se rodaban de forma masiva. Si muchos de estos cinéfilos incluso miran de manera condescendiente películas de autores reconocidos de la talla de John Ford, Anthony Mann o Delmer Daves, la serie B está relegada al mayor de los desprecios. Cuatro caras del Oeste (Four Faces West, 1948) es un magnífico ejemplo del alto nivel medio de calidad del género en aquella época, amén de una muestra algo atípica.

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Protagoniza Joel McCrea, quien posiblemente, junto a Randolph Scott, detenta el podio de intérpretes característicos del western de serie B. No en vano, Sam Peckinpah hizo encabezar el reparto a ambos en la modélica Duelo en la Alta Sierra (Ride the High Country, 1962), como representación arquetípica de un Oeste que en aquellas fechas iba desapareciendo gradualmente. Pero aunque en 1948 el género se hallaba en plena eclosión, el uso de este actor en el título que nos ocupa responde a motivos similares. De rasgos amables y atractivos, McCrea era el paradigma del vaquero melancólico y defensor de la ley, protagonista de innumerables westerns de los cuarenta y los cincuenta. En 1949 protagonizó la excelente Juntos hasta la muerte (Colorado Territory), donde uno de los grandes del cine norteamericano, Raoul Walsh, jugaba con su papel modélico otorgándole el rol de forajido; sin embargo, un año antes ya se había tributado un personaje similar en la presente, volteando la imagen que se tenía del actor, e impregnándola además de no poca ambigüedad.

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El film está basado en una novela del especialista en la temática Eugene Manlove Rhoads, Paso Por Aqui (1926) –así, en español y sin tildes–, que convierten en un boceto cinematográfico William y Milarde Brent, después desarrollado a modo de guion por C. Graham Baker y Teddi Sherman, quienes realizan una sorprendente labor. Joel McCrea, como decíamos, es el forajido, que se hará llamar Ross McEwen. Al inicio del film asalta el banco, con suma amabilidad y simpatía, por cierto, huyendo tras el golpe. Será mordido por una serpiente, poco antes de intentar tomar un tren para despistar a la batida que ha salido tras él, percance que a punto estará de costarle perder su nuevo medio de locomoción; para subir al caballo de hierro será ayudado por Monte Márquez, un enigmático mexicano y, después, para curar sus heridas, le socorrerá Fay Hollister, una hermosa enfermera que viaja en el tren. Ya tenemos tres de los cuatro vértices (las cuatro caras) de la historia; el cuarto es el sheriff Pat Garrett, el defensor de la ley y la justicia que persigue al forajido.

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Pat Garrett (1850-1908) fue un personaje real, amén de mitificado, del Oeste norteamericano. Trabajó de vaquero, cazador de búfalos, propietario de saloon y fue sheriff en Lincoln County, donde se topó con William Bonney, más conocido como Billy el Niño, y se hicieron grandes amigos. Sin embargo, cuando Billy fue considerado forajido, Garrett partió tras él, y acabó asesinándolo mientras el muchacho dormía plácidamente. La muerte de Billy el Niño por parte de Garrett es mencionada al inicio del film, como un acto heroico de Garrett para aplicar la justicia. Después, Garrett partirá tras McEwen de forma enconada y despiadada, sin inmutarse. Amén de ello, el banquero asaltado por McEwen ofrecerá una recompensa de tres mil dólares por él, mil más de lo que le robó, lo cual demuestra que la sustracción no le resulta demasiado punitiva, e incluso después insistirá en que lo quiere bien muerto. McEwen, mientras, encontrará una amistad sincera y el amor, y después sacrificará su libertad, y quizás su vida, salvando de la muerte a una familia mexicana a causa de la difteria.

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Garrett, interpretado de forma magistral por Charles Bickford (quien, además, muestra un notorio parecido físico con el auténtico Pat) tiene una especie de segunda oportunidad para compensar lo que hizo con Billy el Niño, a tal punto que la historia puede considerarse como un trasunto de aquel suceso. Garrett, inmisericorde, finalmente quedará anonadado ante el comportamiento de McEwen, dejando patente que muchas veces quien está al otro lado de la ley no ha de ser necesariamente una mala persona, y quien la “defiende” en ocasiones no está impulsado por causas nobles. Esa disyuntiva impregna la película en su totalidad, otorgándole una atractiva ambigüedad, haciendo que el espectador se sienta identificado con el “malo” o mostrando rechazo por el “bueno”, subvirtiendo los arquetipos.

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Si la historia resulta espléndida, no lo es menos la puesta en escena del poco valorado Alfred E. Green. Realizador desde 1916, quizás la más famosa de las películas de su primera etapa sea la versión muda de El pequeño lord (Little Lord Fauntleroy, 1921), protagonizada por Mary Pickford. Dirigió más de un centenar de películas a lo largo de su carrera, que finalizó en la televisión, y tocó gran cantidad de géneros, si bien destacó en el western, siendo en todo caso la presente su película más popular, junto a, quizás, la convencional comedia musical Copacabana (Copacabana, 1947), con Groucho Marx y Carmen Miranda. Aquí Green aplica a las imágenes la impronta del cine negro, trabajando las sombras como reflejo de los estadios emocionales de los personajes, e incluso en las tomas diurnas la fisicidad de los negros prepondera en la fotografía excepcional de Russell Harlan. Los encuadres en picado y contrapicado, para destacar un personaje por encima del otro, predominan a lo largo del film, que supone una fábula de la vieja frontera acerca de la nobleza y el respeto por encima de los demás valores.

Carlos Díaz Maroto

Comanche Station [tv/dvd: Estación Comanche]

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Título original: Comanche Station

Año: 1960 (Estados Unidos)

Director: Budd Boetticher

Productores: Budd Boetticher, Randolph Scott

Guionista: Burt Kennedy

Fotografía: Charles Lawton Jr.

Música: Mischa Bakaleinikoff, y temas de stock de Gerard Carbonara, George Duning, George Greeley, Leigh Harline, Heinz Roemheld, Paul Sawtell, Max Steiner

Intérpretes: Randolph Scott (Jefferson Cody), Nancy Gates (Nancy Lowe), Claude Akins (Ben Lane), Skip Homeier (Frank), Richard Rust (Dobie), Rand Brooks (hombre de la estación), Dyke Johnson (John Lowe), P. Holland (muchacho), Foster Hood (comanche con la lanza), Joe Molina (jefe comanche), Vince St. Cyr (guerrero)

Sinopsis: Cody se dedica a rescatar mujeres blancas que averigua están en posesión de los comanches, a las que intercambia por rifles. Acaba de rescatar a Nancy Lowe y se dirige a Lordsburg con ella cuando han de detenerse en Estación Comanche, una parada de postas donde confluyen repentinamente tres hombres perseguidos por los indios.

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Comanche Station [tv/dvd: Estación Comanche, 1960] fue la última entrega del ciclo de westerns protagonizados por Randolph Scott y dirigidos por Budd Boetticher, e integrada en su totalidad por Seven Men from Now [dvd: Tras la pista de los asesinos, 1956], The Tall T [tv/dvd: Los cautivos, 1957], Decision at Sundown [tv/dvd: Cita en Sundown, 1957], Buchanan Rides Alone [tv: Buchanan cabalga solo; tv/dvd: Buchanan cabalga de nuevo, 1958], Westbound [tv/dvd: Nacida en el Oeste, 1959) y Ride Lonesome [tv: Cabalgando en el desierto; tv/dvd: Cabalgar en solitario, 1959]. Todas ellas comparten esas dos características (actor y director) en común, pues luego algunas no coinciden en la producción ejecutiva del mítico Harry Joe Brown con destino a la productora Ranown de la cual eran propietarios él y Randolph Scott, por lo cual el ciclo –dejando a un margen Westbound, producida por la Warner– también es conocido con el apelativo Ranown.

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En cierta manera, Estación Comanche comparte determinados elementos en común con The Tall T. Vuelve a contar en los créditos con el estupendo guionista Burt Kennedy, y la estructura es similar a la de aquélla. Aquí tenemos a Jefferson Cody (Randolph Scott), un personaje que podría definirse como una versión algo humanizada del Ethan Edwards encarnado por John Wayne en la excepcional Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford. Cody se dedica a rescatar mujeres blancas que averigua están en posesión de los comanches, a las que intercambia por rifles. Acaba de rescatar a Nancy Lowe (Nancy Gates) y se dirige a Lordsburg con ella cuando han de detenerse en Estación Comanche, una parada de postas donde confluyen repentinamente tres hombres perseguidos por los indios. Uno de ellos es el líder, el adusto Ben Lane (magnífico Claude Akins), a quien Cody conoció en el ejército y expulsó, por regodearse en el asesinato de indios inocentes. Lo acompañan dos jóvenes pistoleros, Frank (encarnado por Skip Homeier, que ya aparecía en Los cautivos) y Dobie (Richard Rust); ambos se dedican a delinquir con el fin de no esforzarse en trabajar, y son algo limitados intelectualmente, aunque sus diálogos ofrecen auténticas perlas para el espectador; de hecho, en ese sentido el guion de Kennedy está sembrado.

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Así pues, estos cinco personajes habrán de atravesar territorio comanche, con estos en pie de guerra, para llegar a Lordsburg. El grupo de Lane se desvelará como dedicado a rescatar mujeres secuestradas por los indios con el fin de conseguir la recompensa que por ellas den; por Nancy Lowe, de hecho, su marido ofrece cinco mil dólares, y Lane pretende arrebatárselo a Cody del modo que fuera. El personaje del marido, por cierto, semeja afín al que aparecía en The Tall T, despreocupado por su esposa a tal punto que ofrece una recompensa en lugar de ir él mismo a rescatarla; al final, sin embargo, el guion ofrecerá un espléndido golpe de efecto en ese sentido.

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Rodado en doce días, y con prácticamente solo esos personajes sosteniendo un metraje de 72 minutos, el film expone un itinerario físico que hace evolucionar los personajes, mostrando sus contradicciones, sus pesares y un pasado tortuoso que arrostran. El personaje de Randolph Scott es, probablemente, el más complejo de los que encarnó, y vamos viendo cómo de un modo paulatino adquiere rasgos que lo van humanizando. Y los forajidos exhiben la riqueza habitual de los guiones de Kennedy, con un cruel y pletórico Atkins, que busca el momento de acabar con su compañero, pero que lo salva de los indios: “No disfrutaría de los cinco mil dólares eliminándote de ese modo”.

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Boetticher vuelve a dar muestras de austeridad narrativa, si bien en esta ocasión añade travellings de aproximación a los personajes con el fin de potenciar su individualidad. El reparto funciona excelentemente, y la magnífica fotografía de Charles Lawton Jr. (que ya se encargó de Los cautivos, pero también retrató otros westerns de Randolph Scott, así como títulos de la calidad de Los últimos comanches, Tres horas para vivir, Jubal, El tren de las 3:10, Cowboy, El salario de la violencia o Dos cabalgan juntos, este último con ciertos puntos de contacto con el presente), toda ella rodada en exteriores, aporta al paisaje la dimensión de un personaje más.

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Tras la presente película, Randolph Scott abandonó el cine, pero decidió regresar excepcionalmente a requerimiento de Sam Peckinpah para interpretar la primordial Duelo en la Alta Sierra (Ride the High Country, 1962), director este que sin lugar a dudas debe mucho a Budd Boetticher, así como a otro grande, John Ford. El estremecedor final de Estación Comanche representa una alegoría sobre la propia particularidad del western, donde Randolph Scott simboliza el personaje nómada, desarraigado, que durante unos instantes creyó capturar una esencia de esa civilización a la que ya no pertenece, y cuyo destino es cabalgar de nuevo en solitario, más allá del horizonte.

Carlos Díaz Maroto

Chikara

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Título original: The Shadow of Chikara (a.k.a: The Ballad Of Virgil Cane, The Curse Of Demon Mountain, Demon Mountain, Shadow Mountain, Thunder Mountain, Wishbone Cutter)

Año: 1977 (Estados Unidos)

Director: Earle E. Smith

Productores: Earl E. Smith, Steve Lyons

Guionista: Earle E. Smith

Música: Jaime Mendoza-Nava

Intérpretes: Joe Don Baker (Wishbone Cutter), Sondra Locke (Drusilla Wilcox), Ted Neeley (Amos Richmond – Teach), Joy N. Houck Jr. (Half Moon O’Brian) Dennis Fimple (Posey), John Davis Chandler, (Rafe), Grady Wyatt (Dancer), Linda Dano (Rosalie Cutter), Slim Pickens (Virgil Cane)…

Sinópsis: Un ex -capitán del ejército de la Confederación se adentra en compañía de su antiguo segundo, de origen indio, y un joven geólogo, en una inexplorada zona de montaña donde se cuenta existe una montaña con vetas de piedras preciosas. Por el camino recogen a una joven, en apariencia superviviente de una masacre india.

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Un grupo de andrajosos soldados confederados regresa a casa. Acaban de perder la última batalla de la guerra, pero todavía les va a tocar perder un poco más. En la banda sonora comienza a oírse el himno de “The Band”, The Night They Drove Old Dixie Dow.

“Like my father before me, I will work the land

Like my brother above me, who took a rebel stand”

Es la estética de la derrota del Sur, parte esencial del folklore americano, parte fundamental del gótico sureño. Chikara comienza en el dirty western, en la corriente principal que para el género creó el contexto sociopolítico y formal de la década de los 70. Lo interpreta desde formas modestas, toscas y de funcionalidad televisiva. Pero válidas. Joe Don Baker pone su físico robusto y mirada maliciosa, amenazante, mientras Slim Pickens hace una intervención que bien puede considerarse ritual como viejo sargento que lleva el nombre del protagonista de la canción de “The Band”. Baker andaba todavía  exprimiendo un estrellato a pequeña escala, convertido durante unos años en icono de un cine crudo y violento dirigido a una parte específica del público norteamericano. Películas de Serie B, por economía y espíritu, que transitaban el western en su versión contemporánea, el policial garrulo o las aventuras. Chikara es una de las más excéntricas, sino la más, al mezclar esto último como el mismo western, el fantástico y hasta el slasher en una historia centrada en aspectos de la mitología india, algo que el cine norteamericano no ha explorado demasiado.

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La película es la única que llegó a dirigir Earle E. Smith, pero sus elementos distintivos, sus intereses particulares, ya están en sus trabajos como guionistas para Charles B. Price, cultivador del cine independiente de género en los 70. Junto a Pierce había explorado las posibilidades del folklore norteamericano en distintas formas. Desde el falso documental sobre una criatura mítica de The Legend of Boogey Creek (1972) hasta el slasher rural de The Town That Dreaded Sundown [vd/dvd/bd: Pánico al anochecer, 1976], pasando por el cine de contrabandistas y hillbillys que tuvo su momento en la época con Bootlegers o dos westerns juveniles como El halcón de invierno (Winterhawk, 1976) y The Winds of Autumn, la primera trabajando también sobre la herencia y las historias indias que interesan tanto a Smith como a Pierce. Y todas ellas situadas, localistas y cercanas, en Arkansas.

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A la derrota integral sigue el paso coherente: la búsqueda quimérica, la fuga absurda de la realidad que no puede ya asumirse. Sin nada más que perder, solo queda el sueño imposible, aquí en la forma de una montaña mítica y los diamantes que esconde. El viaje es hacia antiguo territorio indio, en el corazón de Arkansas, es decir: el rechazo/abandono de una civilización que ya no se reconoce como propia, en la cual ya no puede (o merece) vivirse, sustituida por el aventurarse hacia lo salvaje/atávico.

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Chikara no deja de ser en cierto modo una variación de bajo presupuesto de aquella El oro de Mackenna (Mackenna’s Gold) que J. Lee Thompson había dirigido en 1969. Más atrás, incluso, sigue usando el modelo de El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), pero llevando su temática hacia la inmersión en lo misterioso e inexplicable. Así, el dispar grupo de desperados reunido en torno a la esperanza de una riqueza espontánea encuentran un enemigo esotérico, fuera de sus propias miserias y ambiciones; o tal vez una manifestación mágica de las mismas. A su vez, y vista desde hoy, puede encontrarse en ella un armazón para piezas weird western recientes como The Burrowers dirigida por J.T. Petty en 2008 o la excelente Bone Tomahawk (Bone Tomahawk, 2015), primera película del novelista S. Craig Zahler.

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Tal vez por defecto, por la limitación de medios/capacidades, Smith logra en esa estética adusta un vigoroso contraste entre la textura naturalista de bosques, ríos y cañadas y lo fantasmagórico del enemigo exterior del grupo. Algo compartido, por ejemplo, con la misma Bone Tomahawk, una película ejemplar a la hora de explotar las propias limitaciones. Lo misterioso, lo fantástico, no se diferencia de lo mundano entonces. Su presencia es tan real como el frío o la humedad. Es de nuevo un intérprete, Sondra Locke, quien por ella mismo transmite cierta cualidad ultraterrena. Con sus grandes ojos y su físico de cierva desvalida introduce una fragilidad fuera de contexto en la rudeza de la película, es un elemento inestable y ambiguo.

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Smith utiliza esto con inteligencia, remitiendo por igual a su arquetipo de El fuera de la Ley (The Outlaw Josey Wales, 1976) para/junto a Clint Eastwood, con el que establece una dinámica física equivalente a la que aquí puede establecer con Joe Don Baker como recordando las posibilidades perturbadoras de la actriz en otros escenarios, caso del extraño psychothriller Un reflejo de miedo (A Reflection of Fear), que dirigiese en el 72 el excelente operador de fotografía William A. Fraker. Años después, tal vez producto de una buena relación aquí establecida, Earle E. Smith participará en el guión de Impacto súbito (Sudden Impact, 1983), la única entrega de la serie “Harry el Sucio” dirigida por Clint Eastwood. Una en la cual este es un secundario al servicio de una tenebrosa historia de venganza protagonizada por el lado ambivalente de Sondra Locke.

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A través de este personaje, además, vertebra el elemento cíclico del relato, que hace pensar en La dimensión desconocida o en Ambrose Bierce con su sombra de ironía maliciosa y devuelve a la película a su condición esencial de relato, de historia legendaria/folklórika. Revelado, el personaje de Sondra Locke en el físico de la actriz tiene un aire feérico, de peligrosa hada de los bosques, de espíritu que atrae y extravía al viajero, al que no pertenece al lugar ni debe de estar allí.

Adrián Esbilla

Presentación en la librería Ocho y Medio de Madrid del nº 4 del especializado fanzine “Westernworld”

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Mañana martes 21 de noviembre la librería Ocho y Medio, sita en la calle Martín de los Heros nº11 de Madrid, acogerá a partir de las 19 horas con entrada libre la presentación del número 4 de “Westernworld”, “la primera publicación española especializada en western”.

Entre los contenidos de este cuarto volumen figuran un dossier sobre Los siete magníficos, sendos reportajes sobre Weird Western y Comanchería, además de un especial sobre Parada en el infierno (Stop Over in Hell), el thriller ambientado en el far west dirigido por Víctor Matellano, que ha supuesto el regreso del género western al cine español. Asimismo, dentro del volumen se incluye encartada una postal con el póster vintage de Parada en el infierno, obra de Sanjulián. Cabe recordar que Parada en el infierno se estrenó en cines españoles el pasado mes de septiembre y que en la actualidad se encuentra distribuyendo internacionalmente con el título de Road to Hell, y en breve aterrizará en países como los Estados Unidos, Canadá o Alemania.

La presentación de este cuarto volumen de “Westernworld”, moderada por el guionista y cineasta Ángel Agudo, contará entre otras intervenciones, con la del editor de “Westernworld”, Juan Pablo Campelo, el presentador Manolo Fernández, así como los actores de Parada en el infierno, Tania Watson y Manuel Bandera, el coguionista Antonio Durán y su director Víctor Matellano. También intervendrá el director de arte José Luis Galicia, responsable de los decorados de Por un puñado de dólares de Sergio Leone, entre otros westerns.

 

Published in: on noviembre 20, 2017 at 6:55 am  Comments (1)  

Juan Francisco Viruega, nuevo director del Almería Western Film Festival

Juan Francisco Viruega

El director, guionista y productor almeriense, Juan Francisco Viruega, se suma al equipo de Almería Western Film Festival (AWFF), que cumple este año su sexta edición. Para Viruega es una motivación especial estar al frente de un Festival que “ha logrado un amplio reconocimiento tanto en la provincia como a nivel nacional e internacional”.

En líneas generales, Viruega apuesta por reforzar el contacto de la sociedad con la experiencia cinematográfica y dar visibilidad a las obras audiovisuales que no suelen encontrar un hueco en la cartelera comercial. “AWFF tiene un carácter ontológico muy importante. El cine y el paisaje de Tabernas han influido en el proceso socio-económico de la provincia, incluso en la especialización laboral de muchos almerienses. El Festival debe promover los valores humanistas y técnicos del lenguaje cinematográfico. Asimismo, tenemos la responsabilidad de evaluar el estado actual del género western a nivel internacional”, explica.

Por ello, en la próxima edición de AWFF se seguirá cuidando especialmente la programación, la selección de largometrajes y obras de corta de duración, con un jurado especializado y contando con profesionales en activo que aporten su sabiduría y criterio. “Todo ello lo haremos pensando en lo primordial, la conexión entre los espectadores y los participantes”, añade Viruega.

Con este nombramiento, el alcalde de Tabernas, José Díaz, pretende “abrir una nueva etapa que siga potenciando el Festival en todo el territorio nacional y en el exterior”. “El perfil de Viruega responde a un profesional, con una alta cualificación y experiencia, además conocedor de esta tierra, muy bien relacionado con el mundo del cine. De este modo seguiremos avanzando dando continuidad al trabajo realizado y posicionando a AWFF como un referente en todo el mundo”, indica Díaz.

AWFF se ha convertido en una cita ineludible para los amantes del cine western y también en un evento cultural y lúdico, que traspasa fronteras. El Festival se centra en la valorización de un patrimonio cinematográfico de más de 60 años, que ha inspirado obras maestras de todos los géneros y también en el fomento del presente y futuro de la industria audiovisual y su impacto en la economía local.

El Ayuntamiento de Tabernas es el principal impulsor de este Festival que se consolida, tras cinco años consecutivos, como uno de los grandes eventos para la difusión turística y cinematográfica, no solo de esta localidad sino de toda la provincia de Almería. El evento, que cuenta con el apoyo de la Diputación de Almería y la Junta de Andalucía, tiene como principal objetivo potenciar la localidad tabernense y su entorno como escenario natural de grabaciones en la industria cinematográfica nacional e internacional.

Para la organización de AWFF, el Ayuntamiento de Tabernas vuelve a contar con el equipo de los dos últimos años y la participación de los poblados del oeste Oasys-Mini Hollywood y Fort Bravo. Cristina Serena continuará en las labores de coordinación junto con Mercedes Díaz, concejal de Turismo y Cine, y Alfonso Heredia, concejal de Cultura y Juventud.

Más información: www.almeriawesternfilmfestival.es

Published in: on agosto 1, 2016 at 3:52 am  Dejar un comentario