The Legend of the Werewolf [tv/vd: La leyenda del hombre lobo; vd: La leyenda de la bestia]

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Título original: The Legend of the Werewolf

Año: 1974 (Gran Bretaña)

Director: Freddie Francis

Productor: Kevin Francis

Guionista: John Elder [Anthony Hinds]

Fotografía: John Wilcox

Música: Harry Robinson [Harry Robertson]

Intérpretes: Peter Cushing (Doctor Paul Cataflanque), Ron Moody (guardián del zoo), Hugh Griffith (Pamponi), David Rintoul (Etoile, el hombre lobo), Lynn Dalby, David Bailie, Stefan Gryff, Renee Houston, Norman Mitchell, Mark Weavers, Marjorie Yates, Roy Castle, Elaine Baillie, John Harvey, Patrick Holt, Hilary Labow, Michael Ripper, Pamela Green

Sinopsis: Los lobos matan a una familia, pero crían al bebé que queda huérfano. Tras ser acogido por un circo itinerante, el muchacho, ya hombre, trabajará en el zoo de París, sintiendo una peculiar afinidad con los lobos encerrados en las jaulas. Y es que cuando sale la luna llena…

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Kevin Francis, hijo del gran director de fotografía y discreto realizador Freddie Francis (aunque algunas fuentes lo citan de forma errónea como su hermano) era un gran amante del cine de terror, por lo cual fundó la productora Tyburn para dar origen a esas películas que le interesaban. El éxito fue escaso, y sólo llegó a fabricar dos films, el presente y The Ghoul [tv: El resucitado; vd: Necrófago, 1974], con prácticamente el mismo equipo, constituido por personal procedente de la Hammer, así el productor/guionista Anthony Hinds/John Elder, el director de fotografía John Wilcox (que trabajó gran cantidad de veces con Freddie Francis, tanto en la Hammer como en la Amicus), el inconmensurable Peter Cushing…

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Elder ya había escrito el guion de La maldición del hombre lobo (Curse of the Werewolf, 1960), y para esta nueva aventura licantrópica se basó de forma notable en su previo trabajo, siendo, de hecho, más fiel a la narración de Guy Endore en la cual se cimentaba la obra maestra de Terence Fisher. Amén de desarrollar la trama en París, como en la novela, aplicó la misma estructura de fábula a la narración, además de inspirarse, sin duda, en la magnífica El pequeño salvaje (L’enfant sauvage, 1970), de François Truffaut -aunque el arranque casi parece una versión masculina de la novela de Paul Feval El jorobado (Le bossu, 1857), con el huérfano educado en un circo itinerante-.

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Moderado guionista con imprevistos brotes de algún bosquejo curioso, aquí Elder hace alarde, de nuevo, de esa irregular manifestación de su soplo creador, si bien prepondera, con todo, el acceso rutinario y la sensación de déjà vu en lo narrado. Cabe resaltar, como curiosidad, que el personaje que interpreta Peter Cushing, un médico forense, recuerda de forma extremada en sus actitudes y ademanes de genio a Sherlock Holmes -un decenio después, Kevin Francis volvió a reunir a similar equipo para el telefilm Masks of Death [tv: La máscara de la muerte/Sherlock Holmes y la máscara de la muerte; vd: Llamen a Sherlock Holmes/Máscara de terror, 1984], de Roy Ward Baker-, por lo cual uno aventuraría, de manera tímida, si el proyecto primitivo -que respondía al título Plague of the Werewolves– no sería una aventura del sabueso de Baker Street después transformada en lo que acontece.

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La realización de Francis se apoya en exceso en una escenificación rutinaria subrayada por medio del zoom, con un curioso elemento como suponen los planos subjetivos del hombre lobo con un virado en rojo; en esos momentos hay dos breves flashes de los ojos del licántropo, planos extraídos de la película de Fisher, con un reconocible Oliver Reed frunciendo el ceño. En consonancia con esto, el maquillaje de la criatura remite, una vez más, a la cinta referida, si bien con una pelambrera algo más escasa. El hombre lobo de esta película, en definitiva, aporta curiosas novedades: el niño nace en Nochebuena (sí, otra vez, como en La maldición del hombre lobo) y, tras matar los lobos a sus progenitores, será criado por los animales, en un símil de Rómulo y Remo. Llegada la madurez, la luna llena provocará su transformación, si bien aún conserva algo de raciocinio: se sirve de la red de alcantarillado de París para atacar y huir, ejecuta algunos de los crímenes empujado por los celos y, en los instantes finales, clamará ayuda verbalmente a Peter Cushing. Otro detalle de interés es su acceso de furia tras la ordenanza municipal de matar a todos los lobos de París, acto que él mismo habrá de acometer en el zoológico donde trabaja; comoquiera que la sociedad ha impuesto la matanza de lobos, en respuesta, él, que se siente lobo, replicará efectuando una matanza contra esa misma sociedad.

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El resultado es un film sin brizna de genio, pero un grato entretenimiento, una simpática entrega de serie B afianzada en un reparto de primera, una cinta, en suma, bastante mejor de lo que su mala fama haría creer. Con todo, sin la existencia de la película de Terence Fisher, esta jamás hubiera existido.

Carlos Díaz Maroto

Published in: on mayo 10, 2017 at 6:45 am  Dejar un comentario  
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Kong: La Isla Calavera

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Título original: Kong: Skull Island

Año: 2017 (Estados Unidos)

Director: Jordan Vogt-Roberts

Productores: Alex Garcia, Jon Jashni, Mary Parent, Thomas Tull

Guionistas: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly, según argumento de John Gatins

Fotografía: Larry Fong

Música: Henry Jackman

Intérpretes: Tom Hiddleston (James Conrad), Samuel L. Jackson (Preston Packard), Brie Larson (Mason Weaver), John C. Reilly (Hank Marlow), John Goodman (Bill Randa), Corey Hawkins (Houston Brooks), John Ortiz (Victor Nieves), Tian Jing (San), Toby Kebbell (Jack Chapman / Kong [captura de movimientos]), Jason Mitchell (Mills), Shea Whigham (Cole), Thomas Mann (Slivko), Eugene Cordero (Reles), Marc Evan Jackson (Landsat Steve), Will Brittain (Marlow joven / Marlow hijo), Miyavi (Gunpei Ikari), Richard Jenkins (senator Willis), Terry Notary (Kong [captura de movimientos]), Allyn Rachel, Robert Taylor, James M. Connor, Thomas Middleditch, Brady Novak, Peter Karinen, Brian Sacca, Joshua Funk…

Sinopsis: Año 1973. Un equipo científico, apoyado por un destacamento militar recién evacuado de Vietnam, se traslada a la Isla Calavera para efectuar determinadas investigaciones. Pero cuando allí llegan se topan con una realidad descomunal…

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La presente película no tiene nada que ver con el King Kong de Peter Jackson, aunque en un inicio parece ser que pretendía ser una secuela, cuando los derechos pertenecían a Universal; pero al pasar el proyecto a Warner se replanteó el proyecto y se integró en un llamado MonsterVerse, iniciado con el Godzilla del 2014, y a las que seguirán Godzilla: King of Monsters (2019) y Godzilla vs. Kong (2020)[1]. Se dice, por cierto, que el diseño de Kong pretende, a modo de homenaje, ser una mezcla del de 1933 y del (feísimo) de King Kong contra Godzilla, pero, sinceramente, los primeros planos me parecían idénticos al de Jackson, aunque es posible que en sus andares recuerde a la creación de Willis O’Brien.

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De todas maneras, cuando aparece una película de las presentes características es inevitable realizar comparaciones. Técnicamente, por supuesto, es absurdo enfrentarla al mítico Kong de los años treinta, pues las cuestiones técnicas y de enfoque son muy distintas. Inevitable o no, la comparación más obvia es establecerla con la película de Peter Jackson que, recordemos, se anunció como una declaración de amor al film original de Schoedsack y Cooper, cuando, a mi juicio, representó más bien un insulto. Es decir, la película del neozelandés me supuso una decepción ante las expectativas que me despertó; este, sin embargo, tiene un enfoque claro desde el inicio, que cumple, y dentro de esos cánones me parece más honesto que el previo, y sus resultados me convencen más, aun con sus (muchos) defectos.

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Y es que parece inevitable que, a estas alturas, las películas de esta índole ofrezcan una mera sucesión de escenas de acción, suponiendo las demás una excusa, o un compromiso irreemplazable. Así, tenemos que soportar paseos por la jungla de los soldados, desarrollando unos diálogos de un cretinismo irritante. Claro que, hasta cierto punto, eso es comprensible cuando comprobamos que el film pretende ser una crítica al estamento militar, muy poco sutil, cierto es. Esa falta de sutileza se prolonga a las constantes referencias a Apocalypse Now, el film de Francis Ford Coppola (en cualquier momento esperaba que comenzara a sonar “La cabalgata de las valquirias”). Para hacer esa alusión a la película de Coppola tenemos diversas referencias visuales, así como dos personajes, el protagonista, llamado Conrad, igual que el autor de la novela que la inspira, El corazón de las tinieblas, como otro llamado Marlow, y que en diversos aspectos se parece al protagonista homólogo del libro.

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Justificación intelectual para cubrir una película de acción sencilla y directa, aunque dramáticamente hay algunas otras alusiones, como esa teoría de la Tierra hueca, aparecida en literatura en tiempos tan lejanos como 1741 con Iter svbterranevm novam telluris theoriam ac historiam qvintae monarchiae adtur nobis incognitae exhibens Bibliotheca B. Abelini, del barón Ludvig Holberg (1684-1754), y editado en Hafniae y Lipsiae (Copenhagen y Leipzig) por Jacobi Prevssii[2], y que hoy es solo carne de cañón para las teorías conspiranoicas de alucinados. En todo caso, representa un punto de partida de espíritu pulp, que entronca con narraciones como At the Earth’s Core (1914) de Edgar Rice Burroughs[3].

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Es una lástima que el director, Jordan Vogt-Roberts[4], tenga tan poco estilo, y no perdone uno solo de los tópicos visuales inherente al más pedorro cine de acción contemporáneo. La saturación de cámaras lentas, movimientos de cámara enfáticos, poses chulescas de los personajes, planos en silencio seguidos del esperado susto, rebosan el metraje, haciéndolo cansino, formulario y plano. Puede decirse que el inicio de la película es lo peor (salvo la pequeña escena de John Goodman en las dependencias estatales, que promete que va a derivar en algo interesante), formalizado por medio de esos personajes tan poco atractivos, los diálogos cretinos y el estilo narrativo tan adocenado. Pero, a partir de cierto momento, pese a lo mecánico del desarrollo, brota algo, y la cinta se hace simpática, convirtiéndose en una monster movie sencilla y, hasta cierto punto, efectiva. A ello ayuda una acción imparable, unos monstruos realmente atractivos, en su diseño y su consecución, y un look de estética similar a las aventuras aportada por la Toho y rodadas en esplendoroso fujicolor. Puede que sea poco, pero, dado el escaso nivel del cine de evasión actual, al menos tenemos un entretenimiento medianamente efectivo. Eso sí, una vez obviados todos los inconvenientes referidos.

Carlos Díaz Maroto

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[1] De momento, los guionistas integrados a ese proyecto son Lindsey Beer, Patrick McKay, T. S. Nowlin, John D. Payne, Terry Rossio, J. Michael Straczynski y Cat Vasko.

[2] Existe reciente edición en castellano: Viaje al mundo subterráneo; edición, traducción y notas, Carlos Castillo; Barcelona: Abraxas, 2002. Con anterioridad se publicó como Niels Klim descubre el fondo de la tierra; adaptación española por C.C.; Madrid: [s.n.], 1954 (Estades, imp.). Y añadamos una más reciente aún edición en catalán: El viatge a sota terra de Niels Klim; traducció del llatí de Vicenç Reglà; Martorell: Adesiara, 2011.

[3] Existen muchas ediciones en castellano, siendo la más reciente En el centro de la Tierra; traducción de Javier Jiménez Barco; Madrid: Costas de Carcosa, 2017. Colección Esmeralda; nº 1.

[4] Con anterioridad ha hecho diversas producciones televisivas, y dirigido el largometraje The King of Summer (2013), una comedia de superación adolescente.

Un sábado en Castellón: Una sesión del Fantasti’CS 2016

Las Jornadas de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror de Castellón de este año, las séptimas en concreto, tienen la interesante peculiaridad de esparcirse a lo largo de diversos fines de semana, en concreto el último del mes de octubre y todos los del mes de noviembre. Dirigidas las Jornadas por Jorge Juan Adsuara, este fin de semana pasado, y en particular el sábado día 5 de noviembre, estuvimos allí, y esta es una pequeña crónica de lo que aconteció.

Presentación del libro de Emilio Sanchís "Carteles de Cine: Arte en imágenes", conducida por Amalgama Javier (izda.).

Presentación del libro de Emilio Sanchís “Carteles de Cine: Arte en imágenes”, conducida por Amalgama Javier (izda.).

En primer lugar tuvimos una cita en la librería Argot, a las 19:00, para la presentación del libro coordinado por Emilio Sanchís Carteles de Cine: Arte en imágenes, de la editorial valenciana El Búho de Minerva. Se trata de una obra colectiva centrada en el atractivo mundo del cartel cinematográfico, con portada afín ilustrada por Mo Caró Artist, introducción de Miguel Ángel Vivas, prólogo de Julián Lara y textos obra de Antonio Bret, Antonio Trashorras, Beatriz Rico, Carlos Marañon, Carlos Santos, Dani De La Torre Alvaredo, David Sainz, Eduardo Casanova, Enrique Lopez Lavigne, Fausto Fernandez, Felix Sabroso, Henar Álvarez, Javier Suarez, Kike Maíllo, Luis M. Rosales, Mónica Aragón, Paco Cabezas, Paco Roca, Pau Gómez, Pepe Nieves, Rafael Maluenda, Roque Baños y Santiago Segura, nada menos. Hubo una charla tan interesante como divertida con el coordinador, Emilio Sanchís, donde todo el mundo pareció estar de acuerdo que los carteles dibujados son mucho mejores que los horrorosos compuestos por photoshop tan de moda últimamente.

La presentadora Sonia Martell posando junto a Jorge Juan Adsuara, director de Fantasti'CS.

La presentadora Sonia Martell posando junto a Jorge Juan Adsuara, director de Fantasti’CS.

Luego hubimos de trasladarnos al Teatre del Raval de Castelló, donde la sesión comenzó puntual a las 20:30, con la presentación de la actriz Sonia Martell, que apareció vestida al modo de la tripulación de la Enterprise clásica. Lo primero que se vio fue un breve vídeo que colmaba los cincuenta años de lo que ha sido la mítica serie Star Trek, en sus diversas encarnaciones –aunque curiosamente estaba ausente de las imágenes la última aportación fílmica, la debida a J.J. Abrams–. A continuación, Sonia Martell presentó a Carlos Díaz Maroto, crítico cinematográfico y reconocido trekker, co-autor, junto a Luis Alboreca, del libro centrado en la serie clásica Star Trek: La última frontera, entre otros trabajos dedicados a la franquicia, y que glosó brevemente los orígenes de la creación de Gene Roddenberry y su inminente futuro.

Después se proyectó un emocionante vídeo que rendía tributo a los actores, técnicos y cineastas desaparecidos a lo largo de este año, con un precioso fondo sonoro obra de Jerry Goldsmith, en uno de los temas más hermosos compuestos para Star Trek, la película: La conquista del espacio.

A continuación tuvo lugar otro homenaje, este centrado en el 60 aniversario de la muerte del mítico actor Bela Lugosi. Para ello se proyectó un breve documental titulado, precisamente Bela Lugosi (2016), de Santiago Estruch, que fue presentado por su propio autor. Pese a su brevedad, el film tiene notable interés debido especialmente a la potencia visual de sus imágenes en blanco y negro, de carácter experimental en ocasiones, y que podría remitir a los primeros cortos de Roman Polanski.

Al fin llegó lo que podría denominarse el plato fuerte de la sesión, la proyección de los cortos finalistas a concurso. En primer lugar se emitió El sueño espacial (2016), de Ignacio Malagón, de temática ciencia ficción pero en clave humorística, con unos atractivos planos espaciales. Le siguió el ya conocido El último guión (2015), de David García Sariñena, con protagonismo de Lone Fleming, Antonio Mayans y José Ruiz Lifante, entre otros, que recreaba los universos de Bécquer y Amando de Ossorio. También conocíamos ya You’re Gonna Die Tonight (2016), de Sergio Morcillo, un splatter de aire estilizado y hablado en inglés; después tuvimos Videoclub (2015), de Àlam Raja, un corto humorístico de carácter fantástico, protagonizado por Alex O’Dogherty y Nacho Vigalondo, muy simpático, y donde estaba muy bien reproducido el look de estar editado en vídeo. Un nuevo corto, que ya habíamos visto también, fue el excelente Behind, de Ángel Gómez Hernández (2016), donde repetía una inquietante Lone Fleming al lado de Macarena Gómez. Y finalizamos con Sputnik (2016) de Vicente Bonet, hablado en ruso e inglés (!), con subtítulos, desde luego, una historia en los límites de la ciencia ficción, muy bien rodado al estilo Spielberg, música a lo John Williams incluida.

Los diferentes ganadores sobre el escenario del Teatre Raval de Castellón posando con sus galardones.

Los diferentes ganadores sobre el escenario del Teatre Raval de Castellón posando con sus galardones.

Y al fin llegó la concesión de premios. El mejor corto fue destinado a Sputnik, cuyo galardón no pudo ser recogido por su director, por hallarse trabajando en Madrid, así que fue retirado por su hermana, Maite Bonet. A continuación se premió como mejor fanzine a El kronomonstruo, de José Manuel Villena, un anonadante trabajo compilador de todo lo que se ha publicado en España de temática fantástica, y glosado cronológicamente número a número. Después, como mejor podcast el premio fue concedido a El perfil de Hitchcock, obra de Óscar Vela, de periodicidad semanal y que reúne reviews de películas de estreno, entrevistas y noticias relacionadas con el Séptimo Arte con ayuda de buenos colaboradores. Y terminamos con el premio al mejor blog, que fue otorgado a La abadía de Berzano, de la cual es responsable, como supongo sabréis, José Luis Salvador Estébenez. A punto de cumplir diez años en activo, y sin desfallecer, este blog es punto de reunión obligado para todos los “cinéfagos desprejuiciados”, y donde prevalece esa pasión por el cine donde hasta el más execrable bodrio es analizado con toda rigurosidad. Los dos primeros premiados se presentaron con un discurso ya preparado, sin embargo José Luis hubo de improvisar; fue conciso y directo, dedicando el reconocimiento recibido a todos los colaboradores que han participado en La abadía a lo largo de su existencia. Como anécdota, cabe mencionar que Óscar Vela y José Luis hubieron de intercambiar los premios, pues por un error les entregaron el que pertenecía al otro.

Tras el acto, como colofón a la jornada la organización dispuso una cena de confraternización para los galardonados e invitados en un restaurante italiano cercano que se alargó hasta bien entrada la madrugada. Lo que vino a continuación es totalmente inenarrable, y lo mantendremos en el secreto más absoluto.

Carlos Díaz Maroto

Published in: on noviembre 8, 2016 at 7:33 am  Comments (2)  
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La venganza de Jane

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Título original: Jane Got a Gun

Año: 2013 (Estados Unidos)

Director: Gavin O’Connor

Productores: Terry Dougas, Aleen Keshishian, Scott LaStaiti, Natalie Portman, Mary Regency Boies, Zack Schiller, Scott Steindorff

Guionistas: Brian Duffield, Anthony Tambakis, Joel Edgerton, según argumento de B. Duffield

Música: Lisa Gerrard, Marcello De Francisci

Fotografía: Mandy Walker

Intérpretes: Natalie Portman (Jane Hammond), Joel Edgerton (Dan Frost), Ewan McGregor (Colin McCann), Rodrigo Santoro (Fitchum), Noah Emmerich (Bill Hammond), Boyd Holbrook (Vic), Alex Manette (Buck), Todd Stashwick (O’Dowd), James Burnett (Cunny Charlie), Sam Quinn (Slow Jeremiah), Chad Brummett (Theodore), Boots Southerland (Marshal), Nash Edgerton, Robb Janov, James Blackburn, Nicoletta Chapman, Billy Fuessel, Wynema Gonzagowski, Kristin Hansen, Sean Helean, Darlene Kellum, Jahan Khalili, Rodger Larance, Ricky Lee, Robb Moon, Martin Palmer, Lauren Poole, Jaime Powers, Giuseppe Quinn, Kendra Tuthill, Mia Wagenman…

Sinopsis: Bill, el marido de Jane, regresa a la granja gravemente herido. Ha sido tiroteado por la banda de McCann, y sabe que vendrán tras él. Jane acudiría a Dan, un antiguo amor, para pedirle ayuda en el inminente enfrentamiento…

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El western no ha muerto. En Estados Unidos se siguen haciendo ejemplares, algunos de los cuales inclusive llegan en ocasiones a nuestro país, y además la televisión ha supuesto un buen refugio para el género, donde, por ejemplo, las adaptaciones de la obra de Louis L’Amour son constantes.

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La presente película se rodó en 2013, aunque no se ha estrenado hasta 2016 por ciertos oscuros problemas de producción. Tras abandonar el rodaje la directora Lynne Ramsay — Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, 2011) –, tomó las riendas Gavin O’Connor — El milagro (Miracle, 2004), Cuestión de honor (Pride and Glory, 2008) –. En ese lapso, además, el actor Joel Edgerton, que también colabora en el guion, debutó como director y guionista en solitario con la recientemente estrenada El regalo (The Gift, 2015).

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Pese a que El regalo es un thriller, comparte con la presente sus errores de guion; o más bien cabría denominarlos trampas, pues de eso realmente se trata. Por un lado, tenemos una trama muy elemental, a la que se intenta otorgar apariencia de complejidad con el recurso de hacerla arrancar in media res, cuando la historia está hacia la mitad, para después, por medio de breves y constantes flash-backs irnos informando acerca de qué pasa y porqué. Ello ayuda, por supuesto, a que los guionistas suministren y oculten información a conveniencia, transformando lo que pudiera ser una opción por medio del punto de vista en una narración caprichosa y antojadiza, donde inclusive el muy inteligente héroe será capaz de inventar el cóctel molotov muchos años antes de hacerse oficialmente. En cuanto al recurso de hacer de la protagonista femenina un personaje con recursos, resolutiva y autosuficiente, es algo bastante obvio de cara a parecer “modernos”, sin tener presente que en el western este tipo de personajes ya surgieron antes de que fueran moneda común en otros géneros, y algunas actrices, como Barbara Stanwyck o Jean Arthur, fueron habituales en cometidos de esta potencia.

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La puesta en escena, por su parte, no ayuda a aportar algo de dimensión a la historia, debido a una planificación plagada de los vicios habitual del cine contemporáneo, donde abundan los planos desenfocados, y no me refiero a aquellos planos subjetivos del personaje de Bill Hammond, herido y que es incapaz de distinguir bien lo que hay frente a él, sino a planos objetivos donde la cámara muestra un paisaje desenfocado y, varios segundos después, entra en primer término algún personaje u objeto enfocado. Es irritante cómo ningún director contemporáneo parece capaz de tener una idea mínima acerca del uso de la profundidad de campo. Por lo demás, emplea el tópico recurso de la estética feísta del género tan habitual en el western contemporáneo, y roba alguna imagen a un clasicazo como La puerta del cielo (Heaven’s Gate, 1980), de Michael Cimino.

Entendámonos: no es una mala película, ofrece cierta factura, y unas interpretaciones solventes (con un irreconocible Ewan McGregor a la cabeza como un malo muy malo que, al final, no resultará ser tan malo), pero este producto, a mitad de camino entre el cine independiente y el telefilm de lujo demuestra que, hace unos años, directores de segunda como Ray Nazarro o Burt Kennedy, por citar algunos sin excesivo prestigio, con los mismos ingredientes podrían haber dado origen a algo más vívido y conseguido.

Carlos Díaz Maroto

Voodoo Man

Título original: Voodoo Man

Año: 1944 (Estados Unidos)

Director: William Beaudine

Productores: Jack Dietz, Sam Katzman

Guionista: Robert Charles

Fotografía: Marcel Le Picard

Música: Edward J. Kay (director musical)

Intérpretes: Bela Lugosi (Dr. Richard Marlowe), John Carradine (Toby), George Zucco (Nicholas), Wanda McKay (Betty Benton), Louise Currie (Stella Saunders), Michael Ames [Tod Andrews] (Ralph Dawson), Ellen Hall (Mrs. Evelyn Marlowe), Terry Walker (Alice), Mary Currier (Mrs. Benton), Claire James (zombi), Henry Hall (sheriff), Dan White (ayudante Elmer), Pat McKee, Mici Goty, Dorothy Bailer, George DeNormand, John Ince, Edward Keane, Ethelreda Leopold, Ralph Littlefield, Charles McAvoy, Dennis Moore

Sinopsis: Desde hace unos meses, muchachas que viajan solas en coche desaparecen en medio de la carretera. Cuando Ralph Dawson recorre la zona en busca de investigar el caso para escribir un guion, se topa con Stella, prima de su prometida, que también desaparecerá. El culpable es el doctor Marlowe, que secuestra a las jóvenes con el fin de experimentar con ellas para resucitar a su difunta esposa.

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Una más de las típicas películas de la época, todas ellas con una estructura muy similar e intercambiable. De cualquier manera, en esta ocasión cabe destacar que la historia originaria (y el título primitivo del film) se titulaba Tiger Man, y era debida al escritor Andrew Colvin[1]. Robert Charles[2] debió trabajar sobre ese libreto tan a fondo que transformó la trama, y Colvin desapareció de los créditos.

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La historia, de esta manera, no ofrece a ningún “hombre tigre”, sino a un científico loco que hace uso de una mezcla de métodos científicos, vudú e hipnotismo. Tiene una legión de ayudantes para lograr sus objetivos, que no son otros que devolver la vida a su difunta esposa. Sólo que su esposa no parece estar muerta, dado que, después de un montón de años, sigue bella y tersa, e incluso anda. Todo parece indicar que sufre una especie de catatonia. Los experimentos del doctor Marlowe consiste en hace que la esencia vital de las chicas secuestradas vuelvan al cuerpo de su esposa y ésta “resucite”; lo consigue, pero siempre por pocos minutos: Marlowe debe conseguir una personalidad afín a la de su esposa.

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El científico se sirve de uno de sus ayudantes (Nicholas: George Zucco), que dispone de una gasolinera para vigilar la llegada de las víctimas potenciales, para realizar rituales vudú; mientras, el doctor (Bela Lugosi, en uno de sus habituales cometidos) efectúa órdenes hipnóticas con el fin de lograr sus objetivos.

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Cuando el héroe visita al sheriff y hablan de las desapariciones, aquél le pregunta que qué está haciendo, y éste responde con honestidad que nada, salvo buscar y buscar. Ciertamente, los hombres de la ley en el presente film se muestran de lo más inútil, y logran resultados por casualidad. Tampoco se muestra muy despierto el referido héroe (Ralph Dawson, interpretado por Tod Andrews cuando se hacía llamar Michael Ames), un guionista de Hollywood que es encargado por un productor que investigue las desapariciones de las chicas, para ver si con ello puede construir una historia. Cuando las pruebas le saltan a la cara no es capaz de verlas, y en el clímax final es abatido de un puñetazo y todo lo solventa la ley (supongo que no cometeré spoiler por destripar que al final los buenos ganan).

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Todo es sencillo y elemental, pero también simpático. Dirige William Beaudine, director de tercera vía, pero que demuestra cierta capacidad atmosférica: su uso de los primeros planos es excelente, y da pruebas de saber cómo ha de emplearlos, cuando hoy día las películas suelen estar saturadas de ellos sin justificación dramática alguna. En el plano interpretativo, ninguna sorpresa, salvo destacar el detalle de John Carradine, que interpreta a su personaje caminando siempre como a saltitos.

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Más interesante es la historia, no toda la trama descrita, muy obvia para el espectador asiduo, sino por el juego metalingüístico que ejecuta: el productor que aparece al inicio se hace llamar S.K., que son las iniciales de Sam Katzman, al frente de la presente cinta, y los estudios se denominan Banner Productions, que son los que han hecho este film para Monogram Pictures. Al final, una vez descubierto todo, el guionista escribe una historia llamada Voodoo Man, que será, precisamente, la película que estamos viendo. Algo, pues, idéntico a lo efectuado en el excelente melodrama Si no amaneciera (Hold Back the Dawn, 1941), de Mitchell Leisen. Y como remate final, cuando el productor pregunta quién será el protagonista, el guionista sugiere a… Bela Lugosi.

Carlos Díaz Maroto

[1] Del que no existe ningún otro crédito fílmico, según parece.

[2] Sólo tiene otro guion al margen del presente, el de Return of the Ape Man (1944).

Published in: on abril 22, 2016 at 6:25 am  Dejar un comentario  
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Batman v Superman: El amanecer de la justicia

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Título original: Batman v Superman: Dawn of Justice

Año: 2016 (Estados Unidos)

Director: Zack Snyder

Productores: Charles Roven, Deborah Zinder

Guionistas: Chris Terrio, David S. Goyer basados en los personajes de DC Comics. Bob Kane y Bill Finger creadores de Batman. Jerry Siegel y Joe Shuster creadores de Superman

Fotografía: Larry Fong

Música: Junkie XL, Hans Zimmer

Intérpretes: Ben Affleck (Bruce Wayne / Batman), Henry Cavill (Clark Kent / Superman), Amy Adams (Lois Lane), Jesse Eisenberg (Lex Luthor Jr.), Diane Lane (Martha Kent), Laurence Fishburne (Perry White), Jeremy Irons (Alfred), Holly Hunter (senadora Finch), Gal Gadot (Diana Prince / Wonder Woman), Scoot McNairy (Wallace Keefe), Callan Mulvey (Anatoli Knyazev), Tao Okamoto (Mercy Graves), Mark Edward Taylor (Jack O’Dwyer), Michael Cassidy (Jimmy Olsen), Brandon Spink (Bruce Wayne niño), Lauren Cohan (Martha Wayne), Jeffrey Dean Morgan (Thomas Wayne), Carla Gugino (voz de la nave), Michael Shannon (Zod), Kiff VandenHeuvel (agente Mazzuccheli), Joseph Cranford (Pete Ross), Emily Peterson (Lana), Neil deGrasse Tyson…

Sinopsis: Durante de los eventos ocurridos cuando Superman luchó contra los kriptonianos, con la consecuencia de la destrucción de gran parte de la ciudad de Metrópolis, Bruce Wayne, que lleva algún tiempo sin ser Batman, fue testigo de la catástrofe. Ahora no confía en Superman, y cree que puede ser un gran peligro para la humanidad. No es el único que así piensa…

BATMAN v SUPERMAN

Zack Snyder parece querer erigirse en el sumo creador del universo superheroico fílmico, y las declaraciones del director, plenas de soberbia y un super-ego que asustaría a Freud, dejan a las claras su idea de lo que debe ser un film de superhéroes, considerando obsoleto cualquier otro tipo de acercamiento.

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Su primer contacto con ese mundo fue Watchmen (Watchmen, 2009), adaptación del cómic de Alan Moore y Dave Gibbons que, en el fondo, representaba una mera fotocopia del original trasladada a un medio diferente, pero que conservaba una extraña fuerza en su interior. Pero Watchmen era una obra cerrada, una historia con principio y final, con una extensión concreta, y su traslación a la pantalla no entrañaba mayor complejidad a nivel argumental.

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Superman, sin embargo, es un personaje con casi un siglo de historia/s a su espalda. Eso entraña una dificultad y, al tiempo, una facilidad: se tiene mucho margen del cual tirar, se dispone de muchas adaptaciones diferentes con las cuales contar. Con El Hombre de Acero (Man of Steel, 2013) Snyder efectuó lo que otros autores están haciendo: un collage de cincuenta y ocho versiones al cómic previas, eligiendo lo que le interesa de cada una de ellas, más elementos propios que intercala a conveniencia. La diferencia entre Snyder y los demás directores/creadores es que él cree, como se ha dicho, que su aproximación es la única plausible. Ha tomado el tono que Christopher Nolan confirió a su visión de Batman que, más o menos acertada, fue un éxito de público –y que, sin duda, por ello, era la imposición de los productores para esta nueva visión–, y lo ha llevado un paso más allá con el último hijo de Krypton, sin tener en cuenta que un mismo tono para un personaje tan diferente puede que no fuese el más adecuado.

Batman V. Superman: Dawn Of Justice

El Hombre de Acero fue un cúmulo de errores (1) y, a la hora de acercarse a la presente película, secuela directa de la previa, Snyder debió reflexionar a fondo los resultados que aquella ofreció, para, si tenía sentido autocrítico, hacer las correcciones pertinentes. No sé si así ha sucedido o, sencillamente, le apetecía cambiar algunos aspectos, pero la verdad es que, sin ser ni mucho menos perfecta, Batman v. Superman: El amanecer de la justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice, 2016) es muy superior a su predecesora.

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Sigue habiendo defectos, desde luego. Ante todo, uno ha de acostumbrarse, y aceptar, el feo sentido estético del que dispone Snyder, con esos tonos apagados y mustios que, de alguna manera, acaban contagiando al resto de elementos que conforman el film. Eso imprime a su obra un tono seco, agreste e, incluso, antipático. Puede que en otro tipo de película, de otra temática, con otros personajes, pudiera suponer una visión interesante, pero un personaje como Superman pide a gritos otra visión. Por supuesto, cada autor puede ofrecer su propia perspectiva, pero, tal como Snyder se la aplica, este Superman, a ojos de un espectador conocedor de la génesis y desarrollo de la creación de Siegel y Shuster, es otro personaje, con casuales puntos de contacto con el que conocíamos. Otras adaptaciones cinematográficas actuales han aportado diferencias a superhéroes ya conocidos, pero Snyder lo ha aplicado más a fondo, añadiendo a todo lo precedente el tono psicológico y el estético.

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A nivel de planificación, el realizador de la nefasta 300 (300, 2006) acerca demasiado la cámara en todo momento. Ello, unido a la división en planos ultra-cortos que, en ocasiones, dispensa, consigue que, por ejemplo, la segunda persecución automovilística tenga un montaje tan aturullado que, literalmente, es difícil inclusive distinguir el bat-móvil del resto de vehículos. Otras escenas, empero, están mejor resueltas, y así, la batalla final, para el que suscribe, resulta de lo más gozosa, por los lazos de muy distinto aspecto que en ella confluyen. Snyder, como es norma en él, rodea todo de una trascendencia elefantiásica, pero el tono de la historia, con sus agradecidas connotaciones cosmogónico-lovecraftianas, ayudan a ello, y resulta pertinente.

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La historia dispone de una mayor uniformidad narrativa que su antecesora, y hay más sensación de unidad, de un todo descriptivo único y homogéneo, y los distintos arcos argumentales están bien combinados, y son bastantes, lo cual dificultaba la labor. A ello contribuye, por supuesto, un guion mejor desarrollado por parte de David S. Goyer –tal vez los retoques aplicados por Chris Terrio han ayudado a ello–. También tenemos una historia de mayor interés, que cubre distintos frentes argumentales, que explora una mayor variedad de personajes, más atractivos también. Así pues, sin desvelar demasiado, tenemos la historia “personal” de Bruce Wayne/Batman, la investigación que inicia y que derivará en la siguiente película, con la formación de la Liga de la Justicia, la propia sub-trama referente a Wonder Woman, la de Superman encarado al dilema moral respecto a sus super-poderes, el enfrentamiento laboral entre Clark Kent y su jefe Perry White, con una visión del periodismo muy distinta por parte de ambos, la trama de la evolución como magnate de Lex Luthor (Jr.) por un lado y, como criminal megalomaníaco por otro, la del enfrentamiento entre ambos héroes que anuncia el título, la creación de Doomsday, y alguna más… Con ciertas excepciones, todo ello se ve hilvanado con coherencia, y acaba confluyendo en una única vía argumental que se retroalimenta de todas las demás. El conjunto se halla metido en un montaje de dos horas y medias, lo cual ofrece un ritmo excesivo; la secuenciación hubiera precisado de más calma, pues no paran de suceder cosas desde la misma escena de créditos iniciales.

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Con respecto a los actores, Ben Affleck aporta un cometido estupendo, cuando con anterioridad muchos frikifans lo habían crucificado sin haberlo visto. Affleck aporta dos matices diferentes a Bruce Wayne y a Batman, el uno seco, amargado, reflexivo, el otro expeditivo. Como contraste, Jesse Eisenberg como Lex Luthor es lo peor del film, con una interpretación sobreactuada, histriónica y carente de matices, mostrando un desequilibrio paulatino que uno diría le acerca más al Joker –¿intencionado, para una posterior vía argumental, derivando un personaje en el otro?–. Personalmente, la participación de Gal Gadot como Diana Prince / Wonder Woman me ofrecía serias dudas, pero dado el modo en que aparece el personaje, no chirría, e incluso cuando, de una vez, surge con el célebre traje de amazona su aparición resulta gozosa.

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En suma, Batman v. Superman: El amanecer de la justicia resulta una película notoriamente desequilibrada, con sus partes positivas y negativas, pero, por mi parte, prefiero quedarme con las primeras que con las segundas.

Carlos Díaz Maroto

(1) Remito al lector a la reseña que, en su tiempo, escribí sobre el film en mi web pasadizo.com: http://www.pasadizo.com/index.php/component/peliculas/?view=peliculas&id=2609

Published in: on marzo 30, 2016 at 5:37 am  Comments (1)  
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War of the Satellites

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Título original: War of the Satellites

Año: 1958 (Estados Unidos)

Director: Roger Corman

Productor: Roger Corman

Guionista: Lawrence L. Goldman, según argumento de Irving Block, Jack Rabin

Fotografía: Floyd Crosby

Música: Walter Greene

Intérpretes: Dick Miller (Dave Boyer), Susan Cabot (Sybil Carrington), Richard Devon (Dr. Pol Van Ponder), Eric Sinclair (Dr. Howard Lazar), Michael Fox (Jason ibn Akad), Robert Shayne (Cole Hotchkiss), Jered Barclay (John Compo), John Brinkley (tripulante), Tony Miller, Bruno VeSota (Mr. LeMoine), Jay Sayer (Jay), Mitzi McCall (Mitzi), Roy Gordon (Presidente), Beach Dickerson (tripulante armado), Jim Knight, Roger Corman (control en Tierra)

Sinopsis: Continuas pruebas de lanzamientos de satélites estallan cuando, ya en el espacio, topan con una barrera energética. La Tierra recibe un mensaje del cosmos indicando que toda prueba seguirá siendo saboteada, puesto que nuestro planeta es aún inmaduro y no merece estar en la conquista del espacio.

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A finales de los años cincuenta la palabra “satélite” estaba de moda, y era de uso frecuente en la jerga aeroespacial. Entre el público de la calle era común, y tenía connotaciones futuristas, con lo cual muchas piezas de ciencia ficción usaban esa palabra. Por poner un ejemplo, en España, la clásica novela de Jules Verne La caza del meteoro (La chasse au météore, 1908) fue reeditada en 1960 como La caza del satélite. Así pues, la película se vendió gracias a ese título un tanto inexacto.

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La premisa inicial recuerda a Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), con el tema de advertencia a nuestro planeta por parte de potencias extraterrestres de que no está preparado para esparcir su simiente guerrera por el espacio. Sin embargo, el mensaje de paz que ofrecía el film de Robert Wise aquí ha desaparecido, y los extraterrestres tienden a hacer uso de aquello que critican, es decir, no dudan en matar con el fin de defender sus “principios”.

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La película es un tanto tristona y gris, y el motivo de ello es, sin duda, su escaso presupuesto, que ofrece excesivas conversaciones entre políticos en el edificio de las Naciones Unidas —sí, muchos planos de archivo—. Y, una vez efectuado el vuelo espacial, los personajes se pasan gran parte del metraje paseando por los pasillos del cohete para ir a conversar unos con otros.

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Pese a ello, dispone de algunos detalles que brindan algún interés. Los astronautas se comunican entre sí por medio de dispositivos que tienen situados en el cuello. Dick Miller es el protagonista, pero interpreta a un currito más dentro del proyecto científico, y no es el aguerrido capitán del vuelo, como suele ser costumbre en este tipo de filmes. De hecho, el capitán ha sido reemplazado por un extraterrestre, que tiene la capacidad de subdividirse, como si fuera una ameba. Atención a la última de las divisiones, donde el aspecto demacrado —efectuado simplemente con sombra en los ojos— aporta al personaje un aspecto de vampiro, efecto potenciado por el físico del actor Richard Devon. Ese personaje, el extraterrestre infiltrado, es un duplicado no humano, y cuando el doctor intenta examinarle para comprobar su condición, el alienígena se creará un corazón, con el fin de que el médico no detecte nada extraño. Pero ahora, disponiendo de corazón, se ha vuelto humano, y se enamora de Susan Cabot.

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Una película, en fin, muy menor, pero que no disgusta, y es una de las tantas que Roger Corman realizó en los cincuenta, y que supusieron una ejercitación para después, cuando en los sesenta ya realizó filmes con más empaque, al abordar su ciclo de adaptaciones de Edgar Allan Poe.

Carlos Díaz Maroto

Zone Troopers [vd/dvd: Zone Troopers]

Zone

Título original: Zone Troopers

Año: 1985 (Estados Unidos)

Director: Danny Bilson

Productor: Roberto Bessi

Guionistas: Danny Bilson, Paul De Meo

Fotografía: Mac Ahlberg

Música: Richard Band

Intérpretes: Tim Thomerson (sargento), Timothy Van Patten (Joey), Art LaFleur (Mittens), Biff Manard (Dolan), William Paulson (la alienígena), Peter Boom (coronel Manheim), Max Turilli (sargento de las SS Zeller), Eugene Brell (operador de radio), John Leamer (teniente), Bruce McGuire (médico), Alviero Martin (el Führer), Mike Manderville (SS en motocicleta), Achille Brugnini (operador de radio de las SS), Ole Jorgensen (centinela de las SS), Peter Hintz (cabo de las SS), Joshua McDonald (capitán de los Zone Tropper), Anita Zagaria (chica onírica)

Sinopsis: Italia, durante la Segunda Guerra Mundial. Un pelotón norteamericano es atacado por otro alemán; de resultas del enfrentamiento, caen todos los alemanes y solo quedan cuatro estadounidenses. Mientras tratan de huir a través del bosque localizan una nave espacial estrellada y, poco después, averiguan que los nazis tienen retenido un superviviente.

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El tándem formado por Danny Bilson (director y guionista) y Paul De Meo (co-guionista) es de esos que los aficionados curtidos y con sentido del humor reconocen al instante, pues son responsables de muchos títulos gozosos. Su primera labor fue en la deliciosa serie B de la Empire Trancers [vd: Trancers; tv: Guardianes del futuro, 1984], de Charles Band, a la que continuó precisamente la presente. Después se hicieron cargo, entre otras, de Eliminators [vd: Eliminators, 1986], de Peter Manoogian y Arena [vd/tv: Arena, el ring de las galaxias, 1989], también de Manoogian, las series de televisión Flash, el relámpago humano (The Flash; 1990-1991), En el punto de mira (Human Target; 1992), Viper (1994/1996-1999) y Sentinel (The Sentinel; 1996-1999) y la producción cinematográfica de serie A Rocketeer (The Rocketeer, 1991), de Joe Johnston. Títulos todos ellos de culto, y muy limítrofes con la serie B y el cómic. De hecho, también han escrito comics, en concreto de Flash, e igualmente hacen video-juegos (algunos de James Bond).

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Como se ha referido, Trancers fue una producción Empire, al igual que la presente, a la cual le cabe la particularidad de ser la primera que la compañía rodara en Italia, país a donde se había trasladado con el fin de abaratar presupuesto (más aún, pues las películas de la productora de Charles Band son el colmo de lo económico), y antes de que se desplazara de nuevo, esta vez a Rumanía. En vez de intentar hacer pasar el territorio donde se ambienta la trama como Estados Unidos, en esta ocasión se optó por entornar la acción en el país con forma de bota, a pesar de que toda la cinta transcurre en un bosque y en unos restos de edificaciones que podían haber estado situados en cualquier otro sitio.

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El film trata de emular, aunque con un presupuesto muy inferior, al cine bélico rodado en Estados Unidos durante la contienda, y se le aplica un tanto el tono, digamos, de cintas de serie B como Bataan (Bataan, 1943), de Tay Garnett, en lo que respecta a los personajes y sus relaciones. También es muy detectable la inspiración en comics tradicionales, y al protagonista se le denomina irónicamente Sargento de Hierro, emulando, en cierta manera, al sargento Rock de los comics de la Marvel. El enfrentamiento entre los héroes y los nazis recuerda también a lo que podría ser una misión del sargento Furia y sus Howling Commandos contra los enemigos del Eje. Y la historia fantacientífica, por su parte, es un clásico émulo de las narraciones que, tiempo atrás, editaban revistas pulp del tono de Planet Stories, Astounding, Starling Stories u otras; de hecho, la revista ficticia de la cual dispone uno de los personajes, titulada Fantastic Fiction, dispone de un logo que, en cierto sentido, recuerda al de Amazing Stories. La primera nave espacial vista rememora a las de los comics de Flash Gordon o Buck Rogers, y los trajes de los extraterrestres masculinos son parecidos también a la guardia de Ming el Despiadado en los seriales cinematográficos realizados a partir de la creación del dibujante Alex Raymond.

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Así pues, tenemos un pelotón de cuatro hombres al frente, todos ellos caracterizados con los arquetipos del género bélico. De este modo, tenemos al ya citado sargento, férreo, inflexible y que no se despeina ante nada; lo interpreta Tim Thomerson, protagonista de la saga Trancers así como de la simpática Dollman [vd: Dollman, 1991], de Albert Pyun, y sus secuelas. Joey es el jovencito inexperto, algo infantil –juega con muñecos–, y asiduo lector de revistas de ciencia ficción, que madurará en el proceso; le da vida Timothy Van Patten, después director de series como Tocados por un ángel, Sexo en Nueva York, Roma, Los Soprano, Juego de tronos o Boardwalk Empire, ahí es nada. Mi favorito es Mittens, el clásico soldado gruñón, encallecido y brutote, que podría ser un émulo de los personajes que interpretaba Gene Evans en las películas de guerra de Samuel Fuller, o los que solía encarnar el gran James Whitmore en otras tantas cintas bélicas; el papel corre a cargo de Art LaFleur, que siempre ha hecho de tosco en mucho cine de acción, y es el farmacéutico de El terror no tiene forma (The Blob, 1988), de Chuck Russell. Por último tenemos a Dolan, el periodista, encargado de representar el punto de vista del espectador, y que vendría a ser el sosias de personajes similares aparecidos en joyas como También somos seres humanos (Story of G.I. Joe, 1945), de William A. Wellman, en el rol elaborado por Burgess Meredith; es servido por Biff Manard, uno de  los integrantes de la estupenda pareja de policías de la serie Flash. Y, claro, también tenemos al extraterrestre o, mejor dicho, la extraterrestre, con rostro negruzco, peludito y ojos saltones, un diseño muy parecido al de David Hedison una vez tiene el accidente con el teletransportador en La mosca (The Fly, 1958), de Kurt Neumann. Curiosamente, los machos de la especie tienen un aspecto muy distinto, por completo humanoides, paliduchos y rubitos –sería interesante verlos juntos durante el rito del apareamiento–.

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Lo realmente interesante de la película son las relaciones entre los personajes, plagadas de humor, y el juego que efectúa con los arquetipos temáticos de los géneros bélico y de ciencia ficción, mostrados con complicidad, cariño e ironía. Que no se busque nada complejo, pues no son esas sus intenciones, sino ser meramente un vehículo de entretenimiento para los amantes del pulp, la ciencia ficción y la serie B con sentido del humor. Nada más. Y nada menos.

Carlos Díaz Maroto

Misterios de ultratumba

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Título original: Misterios de ultratumba

Año: 1959 (México)

Director: Fernando Méndez

Productor: Alfredo Ripstein hijo

Guionista: Ramón Obón

Fotografía: Víctor Herrera

Música: Gustavo César Carrión

Intérpretes: Gastón Santos (Dr. Eduardo Jiménez), Rafael Bertrand (Dr. Mazali), Mapita Cortés (Patricia Aldama), Carlos Ancira (Elmer), Carolina Barret (la gitana), Luis Aragón (Dr. González), Beatriz Aguirre (Rosario), Antonio Raxel (Dr. Jacinto Aldama), Guillermo Álvarez Bianchi, J. Portillo, Abel Salazar, Lupe Carriles

Sinopsis: Dos médicos llegan al acuerdo de que, cuando muera uno de ellos, proceda a buscar el modo de que el segundo pueda visitar el otro lado… y regresar a la vida. Ese momento ha llegado…

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Fernando Méndez es, posiblemente, el director mexicano de mayor prestigio dentro del género de terror. Esa reputación procede, sobre todo, de un quinteto de películas integrado por Ladrón de cadáveres (Ladrón de cadáveres, 1957), El vampiro (El vampiro, 1957), El ataúd del vampiro (El ataúd del vampiro, 1958), la presente y El grito de la muerte (El grito de la muerte, 1959). De todas ellas (realizadas en su mayor parte por idéntico equipo) la de mayor renombre es esta Misterios de ultratumba. Siempre influido por el cine norteamericano de la Universal, en esta ocasión tenemos también un trasfondo gótico muy propio de la literatura de Edgar Allan Poe, con el miedo a lo que hay al otro lado, e incursionando dentro del mito del resucitado.

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Ramón Obón concibe una trama tan atractiva como sencilla, donde van confluyendo una serie de personajes, todos ellos impulsados por los hilos del destino (o el espectro del doctor Jacinto Aldama, tanto da, cuyo fantasma ronda provisto de capa en una pose que hubiera sido idónea también para encarnar a un vampiro). Así se establecen vínculos de amor, pero también de fatalidad, esta volcada sobre el personaje del doctor Mazali, pero también sobre otros, como el celador Elmer o la gitana loca.

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Pero lo que realmente importa aquí es la apabullante puesta en escena de Méndez, plagada de goticismo, atmósfera y lobreguez por medio de nieblas, tormentas, el aullido del viento o unos decorados impresionantes. Todo va encaminado a construir un ambiente sobrenatural aún en las escenas en las cuales no acontece nada de esa índole. Por supuesto, gran parte del mérito cabe también achacarlo al prodigioso director de fotografía, Víctor Herrera, así como al diseñador de producción, el mexicano de origen húngaro y alemán Gunther Gerszo.

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Los actores resultan convincentes, e incluso la parejita romántica es bastante solvente, en especial la chica, Mapita Cortés, una especie de Debra Paget a lo charro. Es impresionante la escena, rodada a base de primeros planos, en la cual ella va retrocediendo aterrorizada mientras se le aproxima, amenazador, el deforme resucitado.

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Una joya, en suma, del cine de terror azteca, muy poco conocido en España salvo por muestras tardías donde la inspiración, tal como en tantas otras cinematografías, comenzaba a extinguirse.

Carlos Díaz Maroto

Published in: on enero 26, 2016 at 6:40 am  Dejar un comentario  
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48 Festival Internacional de Cinema Fantástic de Catalunya – SITGES

Del 9 al 18 de de octubre tuvo lugar la 48 edición del Festival Internacional de Cinema Fantástic de Catalunya – SITGES. Un año más, la población costera situada en la provincia de Barcelona vistió sus mejores galas para convertirse durante diez días en el epicentro mundial del cine fantástico, ofreciendo un perfecto escaparate en el que tomar el pulso a la última hornada de producción genérica gracias al centenar largo de títulos proyectados en sus cinco sedes y repartidos entre sus diferentes secciones. Ante la imposibilidad material de comentar todos los films que allí se proyectaron, a continuación presentamos una selección representativa a través de la cual pretendemos ofrecer nuestra personal visión de lo que fue el certamen y de las realidades que en él se vivieron.

LAS GALARDONADAS

THE INVITATION (Karyn Kusama, 2015)

En los últimos años, el Festival de Sitges ha venido caracterizándose por aupar propuestas que, tras su supuesta fachada de posmodernismo o sus hechuras indies, poco tenían de interés, revelándose a la hora de la verdad auténticos blufs cuyas supuestas virtudes y/o capacidades renovadoras brillan por su ausencia a ojos de cualquier espectador con un mínimo de cultura cinematográfica. Algo que en esta edición se vio reflejado en varias de las integrantes del palmarés de la Sección Oficial, comenzando por la que lograría el máximo galardón en liza: The Invitation de Karyn Kusama, ganadora del premio a la mejor película. En esta ocasión, la responsable de la traslación cinematográfica de Aeon Flux se arrima a los parámetros del cine independiente para dar forma a una cinta compuesta por pocos personajes y tan solo un único escenario, que basa todo su potencial en la fuerza de su guion y un desarrollo in crescendo. Una fórmula de sobra conocida que, no en vano, recuerda y mucho a la empleada por otro film galardonado en Sitges hará un par de años, Coherence, con la que incluso comparte idéntico punto de partida: la reunión de un grupo de amigos para pasar una velada juntos. No obstante, bien lejos quedan los resultados de una y otra. La brillante construcción que a todos los niveles arrojaba la ópera prima de James Word Byrkit es aquí sustituida por un trabajo que solo funciona a tirones mediante pretendidos giros sorpresivos. Con esto no quiere decirse, ni mucho menos, que The Invitation se encuentre huérfana de aciertos. Además de poseer un par de momentos de lo más turbadores –cf. en especial, su espeluznante plano final–, destaca la ambigüedad empleada en la identificación del espectador con el punto de vista del protagonista, haciéndole partícipe de sus recelos y dudas. Sin embargo, dichos atributos no logran justificar por sí mismos los parabienes que está atesorando un film cuyo alcance, en el mejor de los casos, no pasa de solvente y efectivo.

THE GIFT (Joel Edgerton, 2015)

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Aún si cabe con mayor motivo, similar consideración a la aplicada a de The Invitation puede extenderse a The Gift, por más que en su caso su reconocimiento a nivel oficial se limitara a recompensar el trabajo actoral de Joel Edgerton, a la sazón director y guionista del film. Se trata de una especie de thriller, o algo así, que narra dos historias un tanto distintas, y que no terminan de confluir. De hecho, el flojo guion divaga por determinadas temáticas, tonos y enfoques, variando a conveniencia del autor, para en teoría sorprender al espectador, cuando en realidad todo se debe a una indefinición narrativa, donde destaca el estar enfocada la mayor parte del film desde el punto de vista de la mujer, para, cuando conviene, variar ese enfoque. Incluso durante diez minutos o así coquetea con el thriller de tensión con sustitos, pero en su mayor parte se trata de un melodrama. A la dirección le falta nervio y complejidad de miras, y todo semeja más bien un telefilm de sobremesa de Antena 3 con personaje femenino sufriente. El formato panorámico ensalza un tanto las imágenes, y el abrupto final intenta conferir una supuesta complejidad de la que carece todo el conjunto. Carlos Díaz Maroto

BONE TOMAHAWK (S. Craig Zahler, 2015)

La ola retro que el último cine de género viene atravesando en los últimos años también tendría su correspondencia en la lista de ganadores de Sitges 2016 con exponentes tan diferentes en términos cualitativos como The Final Girls, justamente merecedora del premio especial del jurado gracias a su paródica deconstrucción de los mecanismos del slasher clásico, o Turbo Kid, doblemente premiada con los galardones a la mejor música y a la mejor película del Jurado Carnet Jove, por más que, despojada de toda su nostalgia ochentera, su nivel no esté muy alejado del acostumbrado en los exploits italianos surgidos a la sombra de Mad Max y otros éxitos post-apocalípticos de la época a los que ella misma homenajea. En este grupo hay también que situar al western Bone Tomahawk, que le valdría el galardón a la mejor dirección al debutante S. Craig Zahler, hasta ahora guionista y ocasional operador de fotografía. Un dato que resulta de suma importancia por cuanto explicita la naturaleza de su ópera prima como director. Y es que, ante todo y sobre todo, nos encontramos ante una película de guionista que basa todo su potencial en la fuerza de sus diálogos, hasta el punto de convertirlos en los grandes protagonistas del viaje a marchas forzadas emprendido por una partida tras la pista de unos convecinos raptados por una tribu de indios de hábitos antropófagos que protagoniza buena parte de las casi dos horas y cuarto de duración que tiene la cinta. En principio intrascendentes y ajenos a la trama principal, su concurso sirve para definir la forma de ser y ver la vida de los cuatro miembros del grupo, maravillosamente interpretados por Kurt Russell, Patrick Wilson, Matthew Fox y un inmenso Richard Jenkins, según la tipología de otros tantos arquetipos del western clásico. Para cuando la búsqueda llega a su destino, el tono intimista y sosegado bajo el que hasta ese momento discurría el metraje cambiará radicalmente de estilo con la aparición de los indios caníbales, cuya aterradora configuración se antoja todo un acierto de puesta en escena, en especial por la magnífica idea de que su forma de comunicarse sea emitiendo un espeluznante chillido. Se impone entonces un clima terrorífico propiciado en gran medida por un acentuado nivel de truculencia que no rehúye mostrar con lujo de detalles cómo los salvajes parten en canal a uno de sus prisioneros, entre otras lindezas. Un elemento este que hace que Bone Tomahawk no sea un guiso para todos los paladares, como tampoco lo es el desprecio que demuestra por la economía narrativa como consecuencia de sus propios planteamientos, recreándose de forma innecesaria en varias situaciones que podrían despacharse de manera mucho más expeditiva, propiciando con el tiempo una sensación de alargamiento que hace que el cómputo global no sea tan redondo como pudiera parecer en un principio.

DEMON (Marcin Prona, 2015)

Ganadora del premio a la mejor fotografía, la presencia en Sitges de la polaca Demon estaría marcada por el cercano fallecimiento de su director, Marcin Wrona, hallado muerto en la habitación de un hotel cuando contaba con 42 años de edad. Erigida pues en el testamento cinematográfico del cineasta, Demon se presenta como una cinta sobre posesiones demoníacas. Sin embargo, dista mucho de tratarse de “una de terror” al uso. Valiéndose del mito judío del dybbuk, y con un interminable banquete de bodas como principal escenario, Wrona compone un retrato costumbrista rico en matices y lecturas en el que reflexiona acerca de la idiosincrasia de Polonia como pueblo, con un estilo que recuerda al de Berlanga o Fellini, tanto por su empleo de un sentido del humor negrísimo y, por momentos, absurdo, como por el tratamiento coral que hace de una galería de personajes grotescos y pintorescos, mas siempre entrañables. El que el descubrimiento de unos restos óseos sea el detonante que ponga en marcha todo el aparato discursivo del film viene a poner de relevancia la importancia que su director otorga al poder que la historia de Polonia ejerce en el subconsciente de sus habitantes y, por tanto, en su carácter identitario. Un pasado que, como esos huesos encontrados, permanece mal enterrado, dispuesto a emerger en cualquier momento para recordarles quiénes son y de dónde vienen. No es pues casual que el personaje principal sea un joven emigrante regresado a su país de origen para contraer nupcias, es decir, “para iniciar una nueva vida”, como le recuerda su futuro cuñado momentos antes de contraer matrimonio; que el espíritu que le posea una vez casado sea el de una muchacha judía que solo sabe hablar yidis, o las referencias a ese puente destruido por los nazis durante la guerra que hace que la localidad en la que discurre la historia permanezca aislada salvo por un ferry. De ahí el significado que adquieren sus planos finales, en los que Wrona muestra a los polacos como un pueblo perdido que persigue entre brumas sus propios fantasmas, abogando por destruir con ese pasado y construir un nuevo futuro partiendo desde cero. Sin duda, uno de los mejores filmes que pudieron verse a lo largo del Festival.

OTROS TÍTULOS

NINA FOREVER (Ben y Chris Blaine, 2015)

Otra agradable sorpresa que nos dejó esta cuadragésimo octava edición de Sitges fue la de la británica Nina Forever. Curiosamente, lo conseguiría partiendo de un punto de partida idéntico al de dos films recientes visto en este mismo marco, Live After Beth y Burying the Ex, la encargada de cerrar la gala de clausura del certamen hace ahora un año. Como en ellas, el regreso de entre los muertos de la difunta novia del protagonista cuando este intenta rehacer su vida vuelve a ser el leitmotiv argumental sobre el que se sustenta la propuesta. Pero a diferencia de los dos títulos referidos, en los que prevalecía el tono de comedia hasta cierto punto amable, la ópera prima de los hermanos Ben y Chris Blaine aboga en cambio por una visión mucho más oscura y adulta, que lleva hasta las últimas consecuencias las connotaciones implícitas en tan singular premisa, sin por ello renunciar a ciertas dosis de humor, en su caso negrísimo, como por otra parte corresponde a una producción de las islas. El resultado es una obra valiente y arriesgada, que nos habla del amor, del sentimiento de culpa que conlleva la pérdida de un ser querido, y de cómo nuestras experiencias sentimentales previas marcan nuestro futuro devenir amoroso. Un discurso complejo y rico en aristas, que es expuesto por sus noveles realizadores y guionistas a través de una ecléctica puesta en escena con cierto gusto por el “bizarrismo”, como demuestran las diferentes apariciones de la difunta novia durante los encuentros sexuales de la nueva pareja de amantes, dentro de un conjunto que entremezcla terror, drama, comedia y unas pinceladas de surrealismo. No en vano, una de sus muchas virtudes se encuentra en la aparente sencillez con la que la narración va de un extremo a otro, pasando del humor más disparatado al drama más desgarrador como si tal cosa. Entre sus cualidades cabe también destacar el trabajo interpretativo de su trío protagonista, en especial el de Abigail Hardingham como la joven muchacha que tendrá que enfrentarse a una rival de ultratumba por el amor de su chico.

PARASYTE (Takashi Yamazaki, 2015)

Dentro de la Sección Oficial hubo la oportunidad de visionar las dos partes en las que se divide la traslación a imagen real de Parasyte, un popular manga escrito e ilustrado por Hitoshi Iwaaki en la década de los noventa y que ya fuera previamente adaptado en formato anime en una serie compuesta por veinticuatro capítulos. Con ciertas reminiscencias a La invasión de los ladrones de cuerpos, La cosa e, incluso, el primer David Cronenberg, su trama trata sobre la enésima invasión alienígena a nuestro planeta. En esta ocasión los causantes son unos organismos de naturaleza parasitaria similares a larvas que, tras penetrar en el cerebro de su huésped, toman el control de las personas infectadas, alimentándose a partir de entonces a base de carne humana. Únicamente un atolondrado estudiante llamado Shinichi, con la ayuda del parásito que se aloja en su mano derecha, podrá hacer frente a esta silenciosa plaga que amenaza con acabar con el mundo tal cual lo conocemos. Partiendo de esta premisa, la sucesión de acontecimientos responde al estilo acostumbrado en otras producciones de similares características provenientes del país del Sol Naciente. Tras un arranque dominado por un personalísimo sentido del humor, el argumento va adoptando paulatinamente un tono más serio a medida que el antihéroe protagonista va evolucionando como persona al tomar consciencia de su responsabilidad, pero sin llegar a abandonar en ningún momento su punto friki. Pero mientras que muchos de los exponente cimentados sobre este esquema terminan por pecar de reiteración y cansancio, las dos partes de Parasyte consiguen triunfar donde otros fracasaron, apoyado en la particular relación que se establece entre su protagonista y el alienígena que habita en su extremidad, la inesperada aparición de varias reflexiones de corte humanista y el atractivo visual que aporta el concurso de unos efectos infográficos de singular diseño, aciertos a los que solo cabe achacar el alargamiento al que es sometida la narración, quizás como consecuencia de la pretensión de dividir el material de base en dos entregas.

THE MIND’S EYE (Joe Begos, 2015)

Dos años después de darse a conocer con su debut Casi humanos (Almost Human), Joe Begos visitó Sitges para presentar la que ha sido su segunda película, The Mind’s Eye, en la que prolonga lo que ya expusiera en su carta de presentación, aunque de una forma mucho más compleja y ambiciosa en términos productivos, pero sin renunciar a las principales señas de identidad que ya fijara como sello distintivo. La apasionada reivindicación no exenta de cierta nostalgia de la producción de género fantástico realizada en décadas pasadas, y más concretamente entre los setenta y noventa, mediante la asimilación y reformulación de sus principales códigos estilísticos, vuelve a convertirse en la auténtica razón de ser de una propuesta a caballo entre la ciencia ficción y el gore, con sabor a Serie B de la de toda la vida. Si en aquella ocasión el norteamericano tomaba como modelo exponentes tan variopintos como el cine de John Carpenter, ET, el extraterrestre, Terminator o La invasión de los ladrones de cuerpos, entre otros, esta vez su principal referente es el clásico de David Cronenberg Scanners, pasado por el tamiz del cómic de superhéroes. Tan insólita mezcolanza es la base de una propuesta de ritmo trepidante dirigida hacia los fans del cine de terror, tal y como es puesto de relieve desde el mismo letrero que precede a su inicio, y en el que se advierte que la película debe ser reproducida al máximo volumen posible, apelando con ello al espíritu festivo y cómplice del espectador.

WE ARE STILL HERE (Ted Geoghegan, 2015)

El protagonismo de toda una leyenda del género como Barbara Crampton, inolvidable presencia femenina de Re-Animator, hizo que el concurso de We Are Still Here fuera esperado con cierta expectación. Lejos de tratarse de un mero capricho, la presencia de la mítica scream queen  al frente de un reparto poblado por otros veteranos ilustres como Larry Fessenden o la antigua musa y ex-esposa de Tim Burton, Lisa Marie, se antoja del todo consecuente en una propuesta presidida por un claro espíritu retro. No en vano, su planteamiento pasa por entremezclar los ingredientes típicos del cine de fantasmas de los años setenta con los lugares comunes del gótico cinematográfico clásico, añadiendo a todo ello unas agradecidas pinceladas de gore. Una singular receta que es servida con una calculada dosificación de la información y un ritmo narrativo in crescendo que acaba por desembocar en un estallido final de la violencia que, si bien puede que no justifique las expectativas creadas, al menos sí que ofrece un plato cien por cien disfrutable para los amantes del cine de Serie B de toda la vida.

VULCANIA (José Skaf, 2015)

Luego de una nutrida trayectoria en los campos del corto y el videoclip, el cineasta de origen argentino José Skaf presentaría en el certamen catalán Vulcania, su debut en el formato largo, para el que ha contado con un atractivo elenco repleto de rostros populares, en el que destacan nombres como el de televisivas actrices Silvia Abril o Aura Garrido, la bellísima protagonista de la exitosa serie de TVE El Ministerio del Tiempo , sin olvidar a toda una leyenda viva de nuestro cine como es el incombustible José Sacristán. Todos ellos se dan cita en esta historia de ciencia ficción distópica que funciona como una parábola del sistema capitalista y la alienación a la que somete al individuo, tan bienintencionada en sus pretensiones como ingenua en sus conclusiones. Por más que consiga suplir con inteligencia las exigencias propias de una historia de este tipo, acrecentadas por los escasos recursos con los que, al parecer, se llevó a cabo el rodaje, gracias a un diseño de producción a caballo entre lo rural y lo retro, la película falla de forma estrepitosa en el único apartado en el que las posibles condicionantes monetarias no resultan determinantes: el argumento. Y es que, para cualquiera con un mínimo de bagaje, la historia de una pequeña comunidad en la que las clases dirigentes ocultan a sus conciudadanos la existencia de otro mundo más allá de sus límites geográficos con el fin de poder así mantenerlos bajo su control, resulta de lo más manida, sin que en su desarrollo exista cualquier resquicio para la sorpresa. Antes al contrario, tras enseñar muy pronto sus cartas, Vulcania se dedica a dar vueltas sobre sí misma, recorriendo punto por punto los lugares comunes del estilo, a través de una narración lineal y exageradamente contenida, en la que ni siquiera el rendimiento de su atractivo reparto consigue elevar mínimamente el interés de una ficción con sabor a ya conocida de tan previsible.

SUMMER CAMP (Alberto Marini, 2015)

De entre la representación española, uno de los exponentes que más atractivo presentaba sobre el papel era Summer Camp. Los motivos eran varios. El venir producida por Filmax, la productora que más y mejor ha apostado por el género fantástico en las últimas décadas, siendo apadrinada, además, por una de las principales figuras con las que cuenta el cine fantástico español: Jaume Balagueró. Por si fuera poco, contaba con el plus de tratarse de la puesta de largo como realizador de Alberto Marini, co-responsable del guion de títulos tan atractivos como Romasanta, Mientras duermes, Extinction o El desconocido. En esta ocasión, el italiano escribe el libreto junto a la habitual productora Danielle Schleif, partiendo de una idea atractiva, y hasta cierto punto novedosa, dentro de la temática de los infectados. Sin embargo, todo esas expectativas se derrumban cuando uno comprueba que esa novedad proviene, sencillamente, de la política del “todo vale” para desarrollar un guion que avanza a golpes de capricho e improvisación, y escudándose en un pretendido humor para justificar las salidas de tono y reacciones absurdas de los personajes. La puesta en escena, por su parte, no logra aprovechar lo sugerente del punto de partida, y muestra una indecisión narrativa preocupante. Lo que queda, al final, es una comedia de terror facilona, prescindible y muy del montón, a la que solo una fotografía ajustada logra aportar cierto sentido atmosférico. Carlos Díaz Maroto

GENERATION Z (Steve Barrer, 2015)

Generation Z se une a la larga lista de títulos que, desde que George Romero diera carta de naturaleza al subgénero allá por 1968, han utilizado el personaje del zombi como una figura metafórica con la que denunciar algunos de los males endémicos del mundo actual. En este caso, el acuciante problema de la inmigración desde el tercer mundo y la progresiva deshumanización a la que tiende la sociedad occidental centran el foco de atención de esta producción británica que se sitúa en un futuro cercano en el que, tras una pandemia, los escasos infectados que aún sobreviven se agrupan en un complejo situado en una isla paradisíaca, donde sirven de caza para turistas adinerados. Dejando a un lado el detalle de que el lugar donde se localiza esta singular reserva en la ficción sean nuestras Islas Canarias –a pesar de que, en realidad, el rodaje se llevara a cabo en Mallorca, lo que permite una nutrida participación española entre la que destaca la presencia de Zacarías M. de la Riva a cargo de la banda sonora–, la película es víctima de la confrontación entre las pretensiones de realizar una alegoría de orden sociopolítico y su condición de “Parque Jurásico con zombis”, tal y como muy atinadamente ha sido definida por sus responsables. No solo eso, sino que en ningún momento toma partido por ninguna de las dos vertientes, quedando sus resultados en tierra de nadie. Las buenas ideas que atesora en este apartado no son suficientes para que su componente de crítica social sea a duras penas desarrollado más allá de su mero enunciado, mientras que su alcance como película de terror se limita a repetir de modo formulario los clichés mil veces vistos dentro del survival, sin que exista mayor capacidad de variación o innovación por su parte, lo que se traduce en una cinta menor y decididamente rutinaria que, objetivamente hablando, no aporta nada al ya de por sí superpoblado panorama del cine zombi.

JERUZALEM (Doron y Yoav Paz, 2015)

La israelí Jeruzalem evidenciaría su lugar de procedencia con el mensaje que de forma subrepticia se desprende de sus fotogramas a favor de la reconciliación y hermanamiento entre judíos, cristianos y musulmanes ante la adversidad. Dicha adversidad está representada en la ficción por el apocalipsis zombi que desata en la parte vieja de la ciudad la apertura de una de las puertas del infierno que, según la Biblia, se encuentra en la capital de Israel. Tan atractiva premisa es presentada en un potente prólogo ilustrado a modo de falso documental para, a partir de entonces, desarrollarse bajo los cauces de una narración en primera persona, sustituyendo la tradicional cámara en mano por unas gafas interactivas y multimedia. Además de justificar de un modo más verosímil el que “su operador” no deje de grabar nunca pese a las difíciles circunstancias (si es que aún existe alguien a estas alturas que continúe preocupándose por tales menesteres), su concurso da pie para varios hallazgos de puesta en escena. Por ejemplo, el reconocimiento facial de Facebook que durante el arranque ayuda a presentar a los diferentes personajes servirá más adelante para alertar a la protagonista de la presencia de varios muertos vivientes alados entre la oscuridad de las catacumbas; mientras que el progresivo deterioro del dispositivo tras los sucesivos golpes que va sufriendo a lo largo de la aventura es empleado para potenciar el impacto de ciertas escenas cuando algunas aplicaciones dejen de responder o comiencen a funcionar de forma imprevista. Aciertos como los ya comentados hablan bien a las claras de las cualidades de la película dirigida por los hermanos Doron y Yoav Paz. No son las únicas, no obstante. En el mismo apartado hay que apuntar la bella postal turística que ofrece de la ciudad santa, invitando a visitarla a pesar de la apocalíptica imagen que se da de ella durante la segunda mitad del metraje, ciertos instantes potentísimos bien dosificados –pienso en las esquivas apariciones de los gigantescos demonios deambulando por entre las callejuelas de Jerusalén a lo Monstruoso–, un ritmo que no decae en ningún momento, un atinado dibujo de personajes dentro de las limitaciones excelentemente defendido por sus intérpretes, o la patente falta de ambiciones con la que es encarado el conjunto. Elementos todos ellos que, en suma, hacen de Jeruzalem un efectivo y entretenido ejercicio de terror.

THE PIPER (Kim Gwang-tae, 2015)

Siguiendo la moda imperante en los últimos años por revisionar los cuentos infantiles clásicos, el realizador y guionista Kim Kwang-tae traslada en The Piper la leyenda de “El flautista de Hamelín” hasta una apartada aldea de Corea en los meses posteriores a la finalización de la guerra que supusiera la división del país en dos nuevos estados; un contexto histórico y sociopolítico que es empleado por el primerizo cineasta para poner de relieve el lado oscuro que esconde la naturaleza humana cuando lo que se encuentra en juego es la propia supervivencia. El producto resultante sintetiza de forma diáfana las virtudes y defectos de una cinematografía con una personalidad tan marcada como la surcoreana, sin ninguna duda una de las más interesantes actualmente dentro del panorama mundial como, año tras año, viene reafirmándose en Sitges. De este modo, cabe destacar de forma positiva su extraordinario dominio de la técnica que se proyecta en la fuerza estética que transmiten no pocas de sus imágenes; la capacidad para manejar distintos registros tonales, como demuestra el modo con el que poco a poco se va oscureciendo lo que en principio parece una comedia ligera, en una evolución que es secundada visualmente a través de la fotografía; o la creación de momentos memorables en su expresión dramática, entre los que sobresale la soberbia escena en la que el flautista comprueba en sus propias carnes la traición de los aldeanos que hasta poco tiempo antes le admiraban como poco menos que un héroe. Mientras que, en la parte contraria, hay que señalar la exagerada dilatación a la que es sometido su metraje y que se hace especialmente detectable durante el último tercio, un empleo de una violencia por momentos granguiñolesca, o cierta tendencia a la sensiblería más lacrimógena tan propia del cine más comercial de aquellas latitudes, representada por la cuestionable decisión de puesta en escena que supone la inclusión de imágenes del personaje vivo cuando el protagonista recoja entre sus brazos el cadáver de su hijo envenenado. Con todo, estos aspectos negativos no logran empañar los indudables atributos de una película que supera el aprobado con nota.

ABSOLUTELY ANYTHING (Terry Jones, 2015)

Diecinueve años después del que fuera su último largo de ficción, Terry Jones retorna con esta comedia de ribetes fantásticos protagonizada por un Simon Pegg que, como viene siendo costumbre, vuelve a interpretarse a sí mismo, acompañado de Kate Beckinsale y Robin Williams, encargado de poner voz a Dennis, el perro del protagonista, en el que a la postre fuera su último papel para la gran pantalla. No solo eso, sino que para su esperado regreso el ya septuagenario cineasta ha contado también con la colaboración del resto de integrantes de los Monty Phyton, desempeñando asimismo tareas de doblaje. La unión de todos estos alicientes hacían que quien más quien menos esperara con cierta expectación lo que pudiera dar de sí el contenido de la película. Unas expectativas que, a la hora de la verdad, quedarían muy lejos de ser satisfechas. Gran parte de la culpa hay que buscarla en el tratamiento al que es sometido su metraje. Si en 1983 Jones se planteaba en compañía de sus compañeros en los Monty Phyton el sentido de la vida, esta vez la pregunta que se hace es qué ocurriría si un ser humano normal y corriente tuviera el don de hacer realidad todo aquello que deseara con solo mover un dedo. Un planteamiento abierto a jugosas posibilidades pero que apenas es desarrollado, más allá de una moraleja tan pueril como bienintencionada. Dejando a un lado la mordacidad y carga metafísica de la que hiciera gala en otros exponentes de su filmografía como el ya comentado, el veterano realizador se decanta por la creación de una comedia romántica ligera e intrascendente que, en esencia, y salvo por la aparición de varios gags de humor escatológico marca de la casa, no se diferencia en demasía del estilo al que nos tiene acostumbrados la industria hollywoodiense en producciones de este tipo. Ahí se encuentra lo preocupante del caso; viniendo del (co)responsable de alguna de las mejores, más revolucionarias y menos ortodoxas comedias del último medio siglo, como La vida de Brian, Los caballeros de la mesa cuadrada o la citada El sentido de la vida, lo mínimo que habría que exigirle es algo más que una simpática y acomodaticia cinta de usar y tirar que, tan fácil como se ve, se pierde en el olvido.

HIGH-RISE (Ben Wheatley, 2015)

Publicada por primera vez en 1975, J. G. Ballard proponía en su distópica novela Rascacielos una parábola sobre el sistema capitalista, concentrando su marco de acción en el interior de un moderno edificio construido hacia al cielo y cuyas distintas estancias representaban a su vez los diferentes escalafones en los que se divide nuestra sociedad. Cuarenta años más tarde, High-Rise traduce el texto del escritor inglés a imágenes, naufragando a causa de la pretenciosa mirada de auteur que adopta su director, Ben Wheatley, marcada por el signo del exceso y el surrealismo. Tras darse a conocer con Kill List y, sobre todo, la comedia negra Turistas, y acompañado de su inseparable colaboradora y compañera en la vida real Amy Jump, Wheatley prosigue en ella con la radicalización estilística de su cine, como ya anunciara en la previa A Field in England; lo cual no deja de ser curioso, teniendo en cuenta que el presente pasa por ser el proyecto más ambicioso hasta la fecha de su carrera conceptual y productivamente, tal y como se deduce de un reparto compuesto en sus roles principales por Tom Hiddleston, Luke Evans, Sienna Miller y Jeremy Irons. Ahora bien, la posible concesión a la comercialidad que pudiera deducirse de la presencia de tan famosos intérpretes y de sus orígenes literarios –aunque Ballard no es, precisamente, un autor acomodaticio– es bien pronto desmentida por un Wheatley cuya principal pretensión es hacer de su trabajo la principal estrella de la película. Más preocupado pues en la forma que en el fondo, el cineasta entrega un trabajo superlativo en su desmesura. Anárquico, inconexo y grotesco a partes iguales, ni su fuerza visual, ni la atractiva estética seventies con la que envuelve al conjunto, ni otros aciertos atmosféricos y de puesta en escena consiguen compensar el confuso desarrollo de una narrativa progresivamente tan caótica como la desestructuración del orden social que ilustra. Algo que, aún siendo premeditado, conduce a la cinta hacia una deriva que ya no abandona y que termina por aburrir hasta al espectador más convencido.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on noviembre 21, 2015 at 8:57 am  Dejar un comentario  
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