King Kong 2

KingKong2

Título original: King Kong Lives

Año: 1986 (Estados Unidos)

Director: John Guillermin

Productor: Martha De Laurentiis

Guionistas: Steven Pressfield, Ronald Shusett, según los personajes creados por Merian C. Cooper, Edgar Wallace

Fotografía: Alec Mills, Peter MacDonald [no acreditado]

Música: John Scott

Intérpretes: Peter Elliott (King Kong), George Antoni [acreditado como George Yiasomi] (Lady Kong), Brian Kerwin (Hank Mitchell), Linda Hamilton (Amy Franklin), John Ashton (coronel Nevitt), Peter Michael Goetz (Dr. Andrew Ingersoll), Frank Maraden (Dr. Benson Hughes), Alan Sader, Lou Criscuolo (doctores de la facultad), Richard Rhodes, Larry Souder, Ted Prichard, Jayne Gray, Debbie McLeod, Elizabeth Hayes (reporteros), Marc Clement, Nat Christian, Mac Pirkle, Larry Sprinkle (periodista), Rod Davis (reportero de televisión), David de Vries, Bonnie Johnson [acreditado como Bonnie Cook], J. Michael Hunter (técnicos), Robin Cahall (Mazlansky), Don Law, Jack Maloney, Jimmie Ray Weeks (mayor Peete), Jeff Benninghofen, Jim Grimshaw (sargento), Bernard Addison, Michael McClendon, Jimmy Wiggins, Mary Swafford (novios), Michael Forest (Vance), Leon Rippy, Wallace Merck, Dean Whitworth, Herschel Sparber (cazadores), Dandy Stevenson, Lydia Smith, Hope Nunnery, Margaret Freeman, Winston Hemingway, Tom Parkhill, Jeffrey Buckner Ford, Derek Pearson, Gary Kaikaka, Duke Ernsberger, Mike Starr, Shannon Rowell, Michael Bard Bayer, Jeff Bridges (Jack Prescott), Benjamin Kechley (hijo de Kong), Scott King, Jessica Lange (Dwan), Eddy Schumacher, Matt Totty…

Sinopsis: Tras caer abatido en el World Trade Center, King Kong ha permanecido en coma durante los últimos diez años, gracias a las modernas técnicas de un equipo de científicos de Atlanta, dirigidos por la doctora Amy Franklin. Para salvarle la vida necesitan efectuarle una transfusión, sin que exista un animal que tenga un plasma compatible con el suyo. En Borneo, un aventurero llamado Hank Mitchell caza a un ejemplar de hembra de gorila gigante, trasladándolo a Atlanta. Una vez despierta de la operación, Kong siente la presencia de la gorila, por lo que va a buscarla, huyendo juntos a un bosque cercano. La doctora Franklin y Hank Mitchell salen tras ellos para evitar que las autoridades, alarmadas, puedan destruirlos.

King Kong 2, titulada en su versión original como King Kong Lives, supone la tardía continuación del remake que en 1976 orquestara Dino de Laurentiis del clásico dirigido por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. A pesar de que la realización de esta segunda parte estuvo siempre en la mente del productor italiano, dado el óptimo rendimiento monetario conseguido por su mastodóntica visión de la octava maravilla del mundo, la cual, a decir de algunas fuentes, triplicó en taquilla su presupuesto, tuvieron que pasar diez años hasta que finalmente llegó a cristalizar el proyecto. Quizás por ello, la cinta que nos ocupa arranca con un resumen del desenlace de su predecesora, a modo de recordatorio de cara al público de su condición de secuela de aquella exitosa película. No obstante, en contra de lo mostrado por este prólogo, la siguiente escena nos informa que Kong no murió ametrallado en el World Trade Center, sino que ha pasado la última década en estado de coma, a la espera de un donante compatible que permita hacerle una transfusión sanguínea con el fin de transplantarle un nuevo corazón artificial. Tan delirante premisa es solo el primero de los disparates en los que incurre una película mala de solemnidad.

En su descargo habrá que decir que su producción resultó de lo más accidentada. Por un lado, su director, John Guillermin, que ya se había encargado de la primera entrega, no se encontraba en las mejores condiciones tras haber sufrido la pérdida de su hijo durante el rodaje de su anterior película, Sheena, adaptación al medio del homónimo personaje nacido para la viñeta, hasta el punto de que, según parece, en ocasiones abandonaba el set para ir a comer y no regresaba hasta el día siguiente. Para colmo de males, su relación con el resto del equipo, sobre todo el técnico, fue muy tirante, lo que tampoco facilitó el ambiente de trabajo, a lo que se le sumó el cambio del director de fotografía original, Peter MacDonald, por su colega Alec Mills, tras sufrir un ataque de apendicitis. Por otra parte, la película se vio afectada desde un principio por problemas presupuestarios que obligaron a que el planteamiento original tuviera que ser simplificado. El rodaje en localizaciones brasileñas y jamaicanas inicialmente previsto fue cancelado, eliminándose también varias escenas de efectos que requerían de un fuerte desembolso económico.

Qué duda cabe que todos estos condicionantes acabaron por afectar de un modo u otro al producto resultante. Es posible que las aludidas restricciones presupuestarias influyeran en la pobreza que arroja el acabado de los efectos especiales, merecedores de una nominación en los mediáticos Razzies, en especial en lo concerniente a los trajes empleados para dar vida a los simios, a años luz de los que Rick Baker se enfundara diez años antes, incapaces de disimular en pantalla la sensación de que los gigantescos gorilas se tratan, en realidad, de actores disfrazados. Lo mismo puede aplicarse al exagerado uso que se hace del brazo articulado a tamaño natural de Kong construido por Carlo Rambaldi para el film anterior. E, incluso, estos mismos motivos llegarían a explicar el porqué del esquematismo de una trama articulada a partir de las idas y venidas del gran simio y su descubierta congénere femenina mientras huyen del ejército estadounidense, poblada por personajes unidimensionales y cuya evolución obedece en todo momento al capricho de los guionistas y nunca a la lógica marcada por la sucesión de los acontecimientos. Sin embargo, aún siendo benévolos, todos los problemas padecidos durante el rodaje no sirven para justificar por sí mismos los muchos defectos que se agolpan a lo largo de un film cuyo visionado transita entre el estupor y la carcajada.

Más allá de lo apuntado, el principal problema de King Kong 2 reside en la total disonancia que se establece entre el tono de la realización con el buscado por el guion. Escrito al alimón por el entonces debutante Steven Pressfield y Ronald Shusett, en cuyo haber figuran Alien, el octavo pasajero o Desafío total, el libreto parece remitir a un registro ligero, cuando no humorístico, acorde con la concepción familiar que evidencia el producto. Así lo atestigua la desopilante descripción que el villano de la historia, el coronel Nevitt, da a sus hombres sobre el par de primates a los que tienen que capturar: “miden unos quince metros de alto y van como vinieron al mundo.” En cambio, la teórica comicidad que desprenden diálogos como este es pasada por alto por la, ya de por sí, poco inspirada puesta en escena de un Guillermin que apuesta en todo momento por adoptar una óptica seria, lo que no le libra de brindar no pocos instantes que solo pueden ser tachados de ridículos. Entre los muchos ejemplos que podríamos poner en este sentido, destacan por derecho propio las secuencias en la que se muestran los flirteos amorosos entre Kong y su amada, en la que los dos gorilas se comportan como si de dos quinceañeros humanos se tratara, sin olvidar la sonrojante escena del parto del hijo de ambos, que en su intención de ser emotiva acaba por resultar hilarante.

Pero por más que su trabajo en última instancia evidencie las dificultades del veterano realizador inglés para adaptarse al tratamiento intergenérico, con su peculiar mezcla de romance, acción y comedia, que se había impuesto en las superproducciones hollywoodienses a comienzos de los ochenta a raíz de los éxitos cosechados por Steven Spielberg y George Lucas, sería injusto culpabilizar al director de El coloso en llamas en solitario de los desastrosos resultados que arroja la película. Máxime, cuando ninguno de los principales apartados implicados consiguen salvarse de la quema. Antes al contrario, ni siquiera lo hace la sección interpretativa, comenzando por la falta de química y carisma demostrada por su pareja protagonista, compuesta por una Linda Hamilton recién salida de Terminator, y el habitualmente secundario Brian Kerwin, quien da vida al aventurero que captura en Borneo a la compañera de Kong, personaje este en el que no es difícil percibir la influencia ejercida por Indiana Jones, en uno de esos rasgos exploits tan característicos de las producciones de De Laurentiis. En este sentido se antoja bien indicativo que en los títulos de crédito finales los nombres de las dos supuestas estrellas queden relegados em segundo término por detrás del de los desconocidos especialistas que dan vida a la pareja de simios.

Como no podía ser de otra forma a la vista de este panorama, King Kong 2 cosecharía un estrepitoso fracaso en taquilla en su momento de estreno. Con un presupuesto estimado que oscila entre los diez y los veinte millones de dólares dependiendo de la fuente consultada, recaudaría menos de cinco durante su estreno en los Estados Unidos, acaecido en las navidades de 1986, permaneciendo inédita en salas comerciales de mercados tan potentes como el Reino Unido. Ni qué decir tiene que semejante rendimiento económico esfumó la idea de rodar esa nueva entrega protagonizada por el hijo de Kong que dejaba entrever el desenlace de la cinta, afectando también a algunos de sus principales implicados. Es el caso de John Guillermin que, casualidad o no, a sus sesenta años no volvería a rodar nunca más para la gran pantalla, dirigiendo únicamente a continuación el telefilm Perseguido en Arizona (The Tracker, 1988), un par de años más tarde.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on agosto 11, 2017 at 6:16 am  Comments (1)  
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Kong: La Isla Calavera

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Título original: Kong: Skull Island

Año: 2017 (Estados Unidos)

Director: Jordan Vogt-Roberts

Productores: Alex Garcia, Jon Jashni, Mary Parent, Thomas Tull

Guionistas: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly, según argumento de John Gatins

Fotografía: Larry Fong

Música: Henry Jackman

Intérpretes: Tom Hiddleston (James Conrad), Samuel L. Jackson (Preston Packard), Brie Larson (Mason Weaver), John C. Reilly (Hank Marlow), John Goodman (Bill Randa), Corey Hawkins (Houston Brooks), John Ortiz (Victor Nieves), Tian Jing (San), Toby Kebbell (Jack Chapman / Kong [captura de movimientos]), Jason Mitchell (Mills), Shea Whigham (Cole), Thomas Mann (Slivko), Eugene Cordero (Reles), Marc Evan Jackson (Landsat Steve), Will Brittain (Marlow joven / Marlow hijo), Miyavi (Gunpei Ikari), Richard Jenkins (senator Willis), Terry Notary (Kong [captura de movimientos]), Allyn Rachel, Robert Taylor, James M. Connor, Thomas Middleditch, Brady Novak, Peter Karinen, Brian Sacca, Joshua Funk…

Sinopsis: Año 1973. Un equipo científico, apoyado por un destacamento militar recién evacuado de Vietnam, se traslada a la Isla Calavera para efectuar determinadas investigaciones. Pero cuando allí llegan se topan con una realidad descomunal…

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La presente película no tiene nada que ver con el King Kong de Peter Jackson, aunque en un inicio parece ser que pretendía ser una secuela, cuando los derechos pertenecían a Universal; pero al pasar el proyecto a Warner se replanteó el proyecto y se integró en un llamado MonsterVerse, iniciado con el Godzilla del 2014, y a las que seguirán Godzilla: King of Monsters (2019) y Godzilla vs. Kong (2020)[1]. Se dice, por cierto, que el diseño de Kong pretende, a modo de homenaje, ser una mezcla del de 1933 y del (feísimo) de King Kong contra Godzilla, pero, sinceramente, los primeros planos me parecían idénticos al de Jackson, aunque es posible que en sus andares recuerde a la creación de Willis O’Brien.

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De todas maneras, cuando aparece una película de las presentes características es inevitable realizar comparaciones. Técnicamente, por supuesto, es absurdo enfrentarla al mítico Kong de los años treinta, pues las cuestiones técnicas y de enfoque son muy distintas. Inevitable o no, la comparación más obvia es establecerla con la película de Peter Jackson que, recordemos, se anunció como una declaración de amor al film original de Schoedsack y Cooper, cuando, a mi juicio, representó más bien un insulto. Es decir, la película del neozelandés me supuso una decepción ante las expectativas que me despertó; este, sin embargo, tiene un enfoque claro desde el inicio, que cumple, y dentro de esos cánones me parece más honesto que el previo, y sus resultados me convencen más, aun con sus (muchos) defectos.

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Y es que parece inevitable que, a estas alturas, las películas de esta índole ofrezcan una mera sucesión de escenas de acción, suponiendo las demás una excusa, o un compromiso irreemplazable. Así, tenemos que soportar paseos por la jungla de los soldados, desarrollando unos diálogos de un cretinismo irritante. Claro que, hasta cierto punto, eso es comprensible cuando comprobamos que el film pretende ser una crítica al estamento militar, muy poco sutil, cierto es. Esa falta de sutileza se prolonga a las constantes referencias a Apocalypse Now, el film de Francis Ford Coppola (en cualquier momento esperaba que comenzara a sonar “La cabalgata de las valquirias”). Para hacer esa alusión a la película de Coppola tenemos diversas referencias visuales, así como dos personajes, el protagonista, llamado Conrad, igual que el autor de la novela que la inspira, El corazón de las tinieblas, como otro llamado Marlow, y que en diversos aspectos se parece al protagonista homólogo del libro.

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Justificación intelectual para cubrir una película de acción sencilla y directa, aunque dramáticamente hay algunas otras alusiones, como esa teoría de la Tierra hueca, aparecida en literatura en tiempos tan lejanos como 1741 con Iter svbterranevm novam telluris theoriam ac historiam qvintae monarchiae adtur nobis incognitae exhibens Bibliotheca B. Abelini, del barón Ludvig Holberg (1684-1754), y editado en Hafniae y Lipsiae (Copenhagen y Leipzig) por Jacobi Prevssii[2], y que hoy es solo carne de cañón para las teorías conspiranoicas de alucinados. En todo caso, representa un punto de partida de espíritu pulp, que entronca con narraciones como At the Earth’s Core (1914) de Edgar Rice Burroughs[3].

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Es una lástima que el director, Jordan Vogt-Roberts[4], tenga tan poco estilo, y no perdone uno solo de los tópicos visuales inherente al más pedorro cine de acción contemporáneo. La saturación de cámaras lentas, movimientos de cámara enfáticos, poses chulescas de los personajes, planos en silencio seguidos del esperado susto, rebosan el metraje, haciéndolo cansino, formulario y plano. Puede decirse que el inicio de la película es lo peor (salvo la pequeña escena de John Goodman en las dependencias estatales, que promete que va a derivar en algo interesante), formalizado por medio de esos personajes tan poco atractivos, los diálogos cretinos y el estilo narrativo tan adocenado. Pero, a partir de cierto momento, pese a lo mecánico del desarrollo, brota algo, y la cinta se hace simpática, convirtiéndose en una monster movie sencilla y, hasta cierto punto, efectiva. A ello ayuda una acción imparable, unos monstruos realmente atractivos, en su diseño y su consecución, y un look de estética similar a las aventuras aportada por la Toho y rodadas en esplendoroso fujicolor. Puede que sea poco, pero, dado el escaso nivel del cine de evasión actual, al menos tenemos un entretenimiento medianamente efectivo. Eso sí, una vez obviados todos los inconvenientes referidos.

Carlos Díaz Maroto

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[1] De momento, los guionistas integrados a ese proyecto son Lindsey Beer, Patrick McKay, T. S. Nowlin, John D. Payne, Terry Rossio, J. Michael Straczynski y Cat Vasko.

[2] Existe reciente edición en castellano: Viaje al mundo subterráneo; edición, traducción y notas, Carlos Castillo; Barcelona: Abraxas, 2002. Con anterioridad se publicó como Niels Klim descubre el fondo de la tierra; adaptación española por C.C.; Madrid: [s.n.], 1954 (Estades, imp.). Y añadamos una más reciente aún edición en catalán: El viatge a sota terra de Niels Klim; traducció del llatí de Vicenç Reglà; Martorell: Adesiara, 2011.

[3] Existen muchas ediciones en castellano, siendo la más reciente En el centro de la Tierra; traducción de Javier Jiménez Barco; Madrid: Costas de Carcosa, 2017. Colección Esmeralda; nº 1.

[4] Con anterioridad ha hecho diversas producciones televisivas, y dirigido el largometraje The King of Summer (2013), una comedia de superación adolescente.

King Kong se escapa

Título original: Kingu Kongu no gyakushu / King Kong Escapes

Año: 1967 (Japón, Estados Unidos)

Director: Ishirô Honda

Productores: Tomoyuki Tanaka, Arthur Rankin Jr.

Guionistas: William J. Keenan, Kaoru Mabuchi [Takeshi Kimura], según la serie televisiva de animación de Rankin/Bass, basada en los personajes de Merian C. Cooper

Fotografía: Hajime Koizumi

Música: Akira Ifukube

Intérpretes: Rhodes Reason (comandante Carl Nelson), Mie Hama (Madame Piranha/Madame X), Linda Miller (teniente Susan Watson), Akira Takarada (teniente comandante Jiro Nomura) Eisei Amamoto (Dr. Who), Paul Frees (voz del Dr. Who en la versión americana), Haruo Nakajima (King Kong), Hiroshi Sekita (Mekanikong), Shoichi Hirose, Andrew Hughes, Toru Ibuki, Nadao Kirino, Ryuji Kita, Seishiro Kuno, Susumu Kurobe, Tadashi Okabe, Sachio Sakai, Ikio Sawamura, Kazuo Suzuki, Yoshifumi Tajima, Yasuhisa Tsutsumi, Osman Yusuf, Julie Bennett…

Sinopsis: El comandante Nelson, del submarino Explorer, estudia el mito de King Kong, que le fascina, y aprovechando unas reparaciones se acerca a la isla de Mondo, donde según sus investigaciones debe habitar Kong. Mientras, en el Polo Norte, el pérfido Doctor Who tiene una base secreta, en la cual ha construido un émulo robótico de Kong, Mechanikong.

King Kong se escapa, pese a lo que muchos piensan, no es una secuela de King Kong contra Godzilla (Kingu Kongu tai Gojira, 1962), también de Honda. En esta ocasión, los orígenes se hallan en Estados Unidos. Y es que este film era un derivado de la serie de animación The King Kong Show/Sekai no Osha King Kong daikai, coproducción de los americanos y los japoneses entre la Rankin Bass Productions y la Toei. La serie de televisión se estrenó en Norteamérica el 6 de septiembre de 1966, mostrándonos a la familia Bond, asentada en la isla de Mondo en los mares de Java, y donde conocerán a un amigable King Kong, a quien protegerán de las pérfidas manos del doctor Who, quien, entre sus creaciones tiene un émulo robótico del simio llamado Mechanikong.

A la hora de trasladar los dibujos a imagen real, Rankin/Bass se asociaron con la Toho, posiblemente porque Toei sólo disponía de los derechos del personaje en animación, y la Toho ya había abordado al simio de la R.K.O. La tarea de escribir el guión fue adjudicada a Shinichi Sekizawa, responsable de algunos clásicos de la productora nipona como Mosura (1961) –más conocido por su título americano Mothra– o Godzilla contra los monstruos (Mosura tai Gojira, 1964), ambas de Ishirô Honda. El resultado, titulado “King Kong vs. Ebirah: Operation Robinson Crusoe”, fue rechazado por Arthur Rankin debido a que había perdido la esencia de la serie animada; ese guión se reaprovecharía para convertirlo en la base para otra película de la saga Godzilla, la deliciosa Los monstruos del mar (Gojira, Ebirah, Mosura: Nankai-no Daiketto, 1966), de Jun Fukuda. Así pues, el proyecto fue destinado a otro guionista, Takeshi Kimura, quien bajo el seudónimo de Kaoru Mabuchi dio en el blanco.

Los resultados semejan una especie de mezcla entre la serie televisiva Viaje al fondo del mar (Voyage to the Bottom of the Sea, 1964-1968) y la saga cinematográfica de James Bond por aquellos años. Aquí, al contrario de la serie originaria de animación, no tenemos a la familia Bond, sino al comandante Nelson del submarino Explorer, y que guarda un evidente parecido con el Sean Connery de aquellos años (el actor americano Rhodes Reason).

Decíamos que no se trata de una secuela de King Kong contra Godzilla, pero resulta inevitable efectuar comparaciones: ambas películas comparten mismo realizador, director de fotografía, músico, técnico en efectos especiales, algún actor…, e inclusive uno juraría que se recicla el disfraz de Kong, aunque con diversos cambios en la máscara facial, a la cual se le ha otorgado un par de ojos con párpados, que parecen estar siempre al borde del llanto, y un mecanismo que le permite efectuar muecas con los labios. Y de esa comparación sale vencedora la presente, muy superior en todos los ámbitos: posee un guión mejor hilvanado, una puesta en escena más trabajada, los efectos especiales son muy superiores, y los actores funcionan mejor. Y, en especial, carece de ese infantiloide humor que lastraba tanto su predecesora.

En el campo de los efectos especiales hay cambios en el disfraz de Kong, como ya hemos dicho, a quien, por lo demás, el actor que lo porta otorga movimientos de mayor similitud simiesca. Mechanikong, por su parte, es toda una joya de diseño, un hermoso robot que semeja portar una armadura nipona medieval. Inclusive las otras criaturas que se nos brindan, un tiranosaurio y una serpiente marina, están resueltos con convicción, y el primero es una interesante aportación al bestiario japonés, pues tanto las creaciones de la Toho como su rival la Daei siempre habían ofrecido criaturas que, aún partiendo de animales pre-existentes, derivaban hacia cierto desvarío surrealista por medio de maridajes extraños; aquí, sin embargo, el tiranosaurio se brinda medianamente efectivo, y gracias al excelente montaje se alternan planos de un suitmatronic –permítasenos el neologismo- y una marioneta, ofreciendo una pelea rodada y coreografiada con convicción.

El clímax final está al nivel de todo, con un enfrentamiento entre el simio y su émulo robótico, y donde este último será el encargado de efectuar el homenaje a la versión clásica, ascendiendo la construcción oportuna con la chica en la mano, en este caso la Torre de Tokio, mucho más pertinente que el edificio del parlamento del título previo. El resultado es una excelente película de evasión, una especie de versión cinematográfica de los cómics de Mytek el poderoso, una delicia fílmica para saborear sin prejuicios.

Carlos Díaz Maroto

King Kong contra Godzilla

Título original: Kingu Kongu tai Gojira

Año: 1962 (Japón)

Director: Ishirô Honda

Productor: Tomoyuki Tanaka

Guionista: Shinichi Sekizawa, según el guión de George Worthing Yates, basado en el argumento de Willis O’Brien para “King Kong Versus Prometheus”, según el personaje de Merian C. Cooper y el de Shigeru Kayama

Fotografía: Hajime Koizumi

Música: Akira Ifukube

Intérpretes: Tadao Takashima (Osamu Sakurai), Kenji Sahara (Kazuo Fujita), Yu Fujiki (Kinsaburo Furue), Ichirô Arishima (sr. Tako), Jun Tazaki (general Masami Shinzo), Akihiko Hirata (primer ministro Shigezawa), Mie Hama (Fumiko Sakurai), Akiko Wakabayashi (Tamiye), Akemi Negishi (madre de Chikiro), Haruo Nakajima (Gojira), Katsumi Tezuka (Gojira), Shoichi Hirose (Kingukongu), Somesho Matsumoto, Senkichi Omura, Sachio Sakai, Haruya Kato, Nadao Kirino, Kenzo Tabu, Shin Otomo, Yoshio Kosugi, Tatsuo Matsumura……

Sinopsis: En una isla es hallado King Kong, que es transportado a Tokio. Mientras, en un iceberg a la deriva es localizado Godzilla congelado. Pronto, el enfrentamiento entre ambos gigantes no se hará esperar.

En 1959 Willis O’Brien desarrolló un argumento en el cual el monstruo de Frankenstein se enfrentaba a King Kong, acompañado de una serie de atractivos bocetos. Este “King Kong Versus Frankenstein”, después cambiado a “King Kong Versus the Ginko”, ofrecía de nuevo a Carl Denham trasladando a King Kong a San Francisco, donde lo hace enfrentarse a un monstruo creado por el nieto del doctor Frankenstein, que ha construido mezclando partes de distintos animales, así, rinocerontes, elefantes y otros animales africanos. El clímax tenía lugar en el Golden Gate, a donde llegarán los dos monstruos tras dejar a su paso una estela de destrucción y muerte.

El productor John Beck, que trabajaba en la R.K.O., desvincula del proyecto a Obie y lo pasa al escritor George Worthing Yates, quien transforma la historia y, de paso, a Frankenstein, que acaba convertido en Prometeo; en este boceto, Yates elimina a Carl Denham de la historia y proporciona al monstruo de Frankenstein una mayor inteligencia. Así, el guión definitivo acaba titulándose “King Kong Versus Prometheus”, y el 2 de noviembre de 1960 se anuncia públicamente como el próximo proyecto de la R.K.O. sobre el simio gigante. Sin embargo, ciertos problemas, presupuestarios lo más seguro, hacen que los planes se congelen, hasta que surge la posibilidad de co-producción con Japón (tras un tímido y fallido contacto con productores italianos), en concreto los estudios Toho, cuya figura señera era el monstruo radiactivo Gojira, más conocido en Occidente como Godzilla. Allí, el guionista japonés Shinichi Sekizawa toma el trabajo de Yates y lo re-escribe en su totalidad, aunque aprovecha bastantes elementos de su trabajo.

Godzilla había debutado en pantalla en 1954 con Japón bajo el terror del monstruo (Gojira), de Ishirô Honda. Su enorme éxito mundial conduce a una inmediata secuela con El rey de los monstruos (Gojira no Gyokushu) en 1955, dirigida en esta ocasión por Motoyoshi Oda. Esta sería, pues, la tercera ocasión en que Godzilla aparecerá en pantalla, la primera en color, en pantalla panorámica y sonido estereofónico, y donde se le emparejará con otro monstruo mítico.

El mayor cambio con respecto al Kong original fue el de la altura. En la película de Schoedsack tenía quince metros, y aquí llega a los sesenta; así pues, la explicación es que éste no es aquél Kong, sino otro, casualmente llamado igual aunque sito en otra isla donde también los indígenas lo adoran; uno de los expedicionarios le llamará de pronto King Kong, sin saberse el motivo. Eiji Tusburaya era el maestro de los disfraces (suitmation sería denominada esta técnica), y en esta película no sería distinto. Chocó a muchos, con todo, el aspecto grotesco e infantil que se otorgó a nuestro simio, con un rostro cuasi-deforme y cuerpo depauperado y andrajoso. Por su parte, el disfraz de Godzilla evoluciona favorablemente con respecto a las primeras películas, confiriéndole una cola de lo más flexible y que usará con habilidad en la lucha. Eso induce a pensar a muchos que Tsuburaya buscaba mofarse del producto americano en beneficio del propio, máxime cuando en el mismo guión Kong aparece como un cobardica que huye o se esconde.

El gran Eiji Tsuburaya dando instrucciones durante el rodaje de la película.

El gran Eiji Tsuburaya dando instrucciones durante el rodaje de la película.

Así, King Kong contra Godzilla se estrena en Japón el 11 de agosto de 1962 (en España ese estreno no tendría lugar hasta el 25 de diciembre de 1978, y por parte de una distribuidora especializada en películas infantiles), consiguiendo un éxito espectacular, con once millones de entradas vendidas en Japón.

El resultado es una película simpática, pero lejos de lo que podría haber deparado. Es una lástima cómo, después del tono sobrio y lóbrego de las dos entregas previas de Godzilla ya citadas, aquí se optó por un tono más superficial, infantil y humorístico. En este sentido, los personajes graciosos de la trama resultan por completo insoportables –aún cuando en la versión occidental algunos de estos apuntes fueran eliminados-. De igual modo, y como una costumbre casi mayoritaria en estas producciones niponas, el argumento se ve salpicado con comentarios científicos de parvulario, y las fuerzas militares no tendrán un comportamiento mucho más maduro –“Yo soy el jefe y se hace lo que digo”, clama el general ante un consejo de no atacar-. Con todo, pese a que resulte un tanto difícil calibrar en su totalidad el film a partir de la desastrosa versión americana (1), se trata de un espectáculo simpático, dentro de sus limitaciones, y donde destacan momentos mágicos como el surrealista ataque del pulpo, y en general toda la secuencia que transcurre en la isla de Farou, donde se aúnan toques aventureros, fantásticos y cuasi-mágicos por medio de una fastuosa fotografía en color que se recrea en las policromías más arrebatadoras.

Existía el mito de que se rodaron dos finales, uno para el público japonés, con Godzilla como vencedor, y otro con King Kong como triunfador, con destino a los espectadores occidentales. Sin embargo, no es así, y tanto en la versión nipona como la que se montó especialmente en Estados Unidos el final es el mismo… que, sin embargo, no desvelaremos, por si algún espectador futuro desea esperar a averiguarlo.

Y ahora llegamos a la ardua cuestión de los remontajes. Como hemos dicho, John Beck era el productor americano, que distribuyó la película por medio de la Universal. Se escribieron nuevas escenas, dirigidas por un tal Thomas Montgomery, del que nada más se sabe, para explicar al público occidental las tomas que se eliminaron de la versión original, como numerosas secuencias de órdenes militares, que se ofrecen sin sonido, y con el presentador inicial narrando las decisiones. También hubo cambios en los diálogos, como unas fiebres selváticas que atacan a uno de los expedicionarios en el principio, transformadas en una alusión a un “dolor de callos” que se repite machaconamente sin parar. Por lo demás, también se levantará de la película la mayor parte de la excelente partitura compuesta por Akira Ifukube, habitual de la productora nipona, reemplazándola por música de archivo, en especial composiciones de Henry Mancini para La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1953), de Jack Arnold.

Carlos Díaz Maroto

(1) Las sucesivas ediciones en vídeo y dvd que han aparecido de la película proceden del montaje americano; al parecer, ver la versión nipona, inclusive en el propio Japón, es dificilísimo.

Trailer de la versión japonesa:

Trailer del montaje norteamericano:

King Kong (2005)

Título original: King Kong

Año: 2005 (Nueva Zelanda, Estados Unidos)

Director: Peter Jackson

Productores: Peter Jackson, Fran Walsh, Carolynne Cunningham, Jan Blenkin

Guionistas: Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa Boyens, según el argumento de Merian C. Cooper y Edgar Wallace

Fotografía: Andrew Lesnie

Música: James Newton Howard, Max Steiner

Intérpretes: Naomi Watts (Ann Darrow), Jack Black (Carl Denham), Adrien Brody (Jack Driscoll), Andy Serkis (King Kong/Lumpy el cocinero), Jamie Bell (Jimmy), Kyle Chandler (Bruce Baxter), Lobo Chan (Choy), Thomas Kretschmann (capitán Englehorn), Evan Parke (Hayes), Colin Hanks (Preston), John Sumner (Herb), David Dengelo (tripulación delVenture), Stephen Hall (tripulación del Venture), Richard Kavanagh (tripulación delVenture), Louis Sutherland (tripulación del Venture), Ray Woolf, Geraldine Brophy, Joe Folau, John Clarke, William Wallace…

Sinopsis: El director de cine Carl Denham localiza a una actriz al borde de la indigencia, Ann Darrow, y decide ofrecerle un papel en su próxima película, a rodar en una exótica isla. Una vez en el lugar comprobarán que los indígenas rinden culto a un dios al que llaman Kong…

Una palabra recurrente que se ha escuchado mucho en relación a la nueva versión de King Kong de Peter Jackson es “realista”. El director decía que quería que sus monstruos, entre ellos el simio gigante, parecieran realistas al público, pero también se refería a los personajes, ya que consideraba planos a los del clásico que tanto decía adorar. Pero en esto último Peter Jackson ha fallado estrepitosamente, ya que contarnos más cosas sobre ellos no hace que sean más realistas, ni siquiera más dimensionales. Ahora sabemos que Ann Darrow, aunque esté hambrienta y no tenga dinero, no trabajaría en un espectáculo erótico, pero sí está dispuesta a robar una manzana. Todo muy real.

Así, los personajes concebidos por el realizador y guionista parecen más elaborados que los del King Kong de 1933, aunque sólo en la superficie, ya que la realidad es que éstos resultan meros arquetipos: están el caradura simpático, el intelectual, el galán cobarde y la rubia, no hay nada más; amén de ello, el capitán, el grumete y todos los personajes secundarios carecen de desarrollo, el historial creado sirve para ocultar las carencias de éstos y nada aporta al relato; qué importa que el grumete (Jamie Bell) sea cleptómano o que lea a Conrad, que el cocinero (Andy Serkis) esté liado con el tripulante chino, algo que descubrimos a la mitad de la película sin más, ya que antes apenas han interactuado juntos…; sólo sirven para hacer bulto y/o morirse.

El argumento es el mismo, con algunas variantes, que el de la película de Cooper y Schoedsack, pero alargado con incidencias sin sentido y que no aportan nada, sólo rellenar metraje. Eso sí, todo está rodado de forma impecable, con una buena fotografía y efectos excelentes, actores estupendos, un King Kong maravilloso, pero a su vez con escenas ridículas, como la que nos muestra a Ann Darrow haciendo monerías al mono, de vergüenza ajena, o la estampida de los brontosaurios. También la del velocirraptor, que, teniendo cincuenta toneladas de carne a su disposición, prefiere comerse al cámara, para que Jackson fabrique la escena emotiva y Denham repita por segunda vez la misma retahíla de frases hipócritas. Todo esto repercute negativamente en la cinta, ya que invalida otras secuencias muy bien construidas por el director. Aunque ver, claro está, a King Kong luchando contra, no sólo uno, sino tres tiranosaurios a la vez encandilará al espectador y lo hará aplaudir con entusiasmo, aunque dicha secuencia sea demasiado mayestática y alargada (como prácticamente todas las de la película). Esta escena resume las intenciones de Peter Jackson, que no son otra cosa que ofrecer al público un espectáculo el triple de grandioso del que están acostumbrados y así hacerle creer que están viendo la octava maravilla del mundo, cuando en realidad lo que están viendo es la tontería más grande el mundo.

Anque Peter Jackson no acaba aquí su felonía; dice ser un gran fan del King Kong de Cooper y Schoedsack, aunque viendo tan sólo dos escenas nos demuestra que es lo contrario. La primera de ellas nos muestra a Ann y a Baxter ensayando una escena de la película que quiere filmar Denham: los actores recitan el diálogo de forma desastrosa consiguiendo un trabajo nefasto; lo llamativo es que ese diálogo está sacado del clásico de 1933 y nos demuestra lo que en realidad piensa el director. Pero la más insultante es la parodia que hace Jackson en el espectáculo construido para presentar al encadenado Kong: el baile mostrado para la chanza de los espectadores es idéntico, en coreografía y vestuario, al rodado en 1933 y se hace uso de la misma música de Max Steiner. Esto nos demuestra lo preciada que para él es la película original.

Para terminar, King Kong 2005 podría haber sido una verdadera obra maestra, una grandiosa oportunidad para que el público actual pudiese contemplar a la octava maravilla del mundo en todo su esplendor, para que se descubriese que una historia contada hace setenta años puede resultar tan atrayente y magnífica para el espectador de hoy como lo fue para el del pasado. Pero el egocentrismo de un realizador ha acabado dando al traste con todo. Su King Kong no emociona, no llega al corazón, su Kong es el último de su especie, no habrá más como él. Tiene razón, esta es la última oportunidad de ver al Rey Kong en la gran pantalla del cine. Nunca habrá otro Kong. Bueno, aún podremos seguir disfrutando con el clásico de la RKO. Un espectáculo no apto para paladares sobresaturados.

 Luis Alboreca

King Kong (1976)

Título original: King Kong

Año: 1976 (Estados Unidos)

Director: John Guillermin

Productor: Dino De Laurentiis

Guionista: Lorenzo Semple Jr., según el guión de James Creelman y Ruth Ros

Fotografía: Richard H. Kline

Música: John Barry

Intérpretes: Jeff Bridges (Jack Prescott), Jessica Lange (Dwan), Charles Grodin (Fred Wilson), René Auberjonois (Roy Bagley), John Randolph (capitán Ross), Julius Harris (Boan), Jack O’Halloran (Joe PeR.K.O.), Dennis Fimple (Sunfish), Ed Lauter (Carnahan), Mario Gallo (Timmons), John Lone (cocinero chino), John Agar (oficial), Rick Baker (King Kong), Gary Walberg, Keny Long, Sid Conrad, George Whiteman, Wayne Hefley, Corbin Bernsen, Joe Piscopo…

Sinopsis: Un equipo de prospección petrolífera se dirige a una isla para su explotación, y en el viaje el barco recoge una náufraga. Una vez en la isla, descubrirán que ésta se halla habitada por un gorila gigante, Kong.

Con la moda del cine catastrófico de la época, una nueva versión del clásico de Schoedsack y Cooper no debió parecer descabellada. De hecho, por aquel entonces hubo dos proyectos simultáneos: el de Laurentiis, que acabó haciéndose, y otro por parte de la Universal titulado The Legend of King Kong, dirigido por Joseph Sargent, cuya protagonista femenina había de ser… Barbra Streisand, y los efectos especiales, todos por medio de stop-motion, los realizaría el gran Jim Danforth, a partir de un guión de Bo Goldman (Alguien voló sobre el nido del cuco, ¿Conoces a Joe Black?) que se centraba en la época del film original. Ese proyecto también estuvo previsto que fuese interpretado por la televisiva Susan Blakely y Peter Falk (Colombo). Se desató una batalla legal, y por último los derechos devinieron a Laurentiis. Eran los años de Poseidones y Colosos, y también de Tiburones y otras criaturas del reino animal de proporciones vastas. Aunadas ambas situaciones, tenemos a King Kong, y Laurentiis decidió crear su nueva versión del mito.

Carlo Rambaldi fue contratado para diseñar un modelo mecánico a tamaño natural del simio, un modelo que costó la escalofriante cantidad de 1,7 millones de dólares, para ser usado sólo en una escena, con pésimos resultados además, pues lo artrítico de los movimientos del mono mecánico era obvio. Con todo, la publicidad insistió que el muñeco se usó en todo el metraje, cuando en realidad se trataba del especialista en estas lides Rick Baker, caracterizado entre maquetas, a lo Godzilla, como queda obvio para cualquier espectador avezado.

La película de Schoedsack y Cooper recurría a una partitura de Max Steiner para conferir atmósfera al film. Se trataba de una composición primitiva, que evocaba ecos salvajes, que brindaba un tono de aventura oscura, numinosa, a los resultados. Por su parte, la creación de John Barry otorga visos más luminosos –salvo temas más acordes con otro tono- y dejaba traslucir sin lugar a dudas que se trataba de una historia de amor, romántica, imposible, un amour fou en definitiva. Otro cambio, igual de ostentoso, tenía lugar en esta ocasión: los cineastas eran reemplazados por prospectores petrolíferos. Es decir, los creadores de la fábrica de sueños cedían lugar a personas que pisaban el suelo y lo taladraban para crear una industria próspera. Había desaparecido el sueño y esta era la realidad; lo onírico había dado lugar a lo prosaico. Empero, no todo resulta negativo en esta cinta. El guión de Lorenzo Semple Jr. ofrece puntos de interés y, una vez asumido el cambio de rumbo, de orientación, que presenta esta cinta, todo ello está resuelto con convicción.

La acción arranca en Surabaya, Indonesia, donde un buque petrolero de la compañía Petrox parte rumbo a una isla no cartografiada en los mapas, y donde esperan hallar petróleo en abundancia. El científico de la compañía, encarnado por René Auberjonois, refiere que la isla se halla rodeada por emanaciones gaseosas con un fuerte componente de CO2, lo cual hace pensar en el oro negro, pero Jack Prescott (trasunto del Jack Driscoll de la clásica, encarnado por Jeff Bridges), un paleontólogo de Princeton que se ha colado a bordo, refiere que el CO2 muy bien podría provenir de la respiración de animales, es decir, del propio Kong. De hecho, la película ofrece ciertos vaticinios de lo que nos vamos a encontrar: la secuencia pre-créditos finaliza con un brindis “por el más grande”, y más adelante Dwan (Jessica Lange) refiere que le echaron el horóscopo en Hong Kong donde le presagiaron que atravesaría una gran masa de agua y conocería a “la mayor persona de su vida”. Otros detalles de interés aparecen al inicio, cuando se muestra una fotografía con infrarrojos de la isla, que presenta la apariencia exacta de un cráneo de mono. Prescott, por lo demás, referirá que en 1605, un viajero portugués, Fernando de Queres, fue desviado hacia la isla, envuelta sempiternamente en una niebla sobrenatural, por el viento de Tenotang, y una vez arribado en la playa del Cráneo oyó el bramido de una bestia gigantesca. ¿Es Kong centenario, o sólo el último de su especie, habiendo muerto, quizás poco antes, sus ascendientes?

Prescott supondrá el punto de inflexión crítica que impone la película, con sus postulados ecologistas, mientras que Dwan, lógico es, constituye la parte emocional, afectiva. Ésta arribará al barco proveniente de un naufragio, con lo cual se introducirá el elemento femenino de una forma, se pensaba en aquel entonces, más lógica. Como se habrá podido ver por los comentarios precedentes, los nombres de los personajes han sido cambiados por completo. Sin embargo, los elementos clave que existían en el King Kong originario son respetados aquí: la escena del tronco, Kong desnudando a la chica, los fotógrafos que lo enfurecerán y provocarán su huida, el ataque al tren elevado… Respecto a lo que decíamos al inicio de este comentario, al menos sí respetarán que Dwan sea, al igual que Ann Darrow, una aspirante a actriz.

No obstante, otros elementos son eliminados de la película. Para el amante de las monster movies, el más obvio supone la supresión de los dinosaurios. Acaso una muestra de racaneo por parte de De Laurentiis, para ahorrar en efectos especiales, o quizás un intento de otorgar mayor realismo al film… un film, recordemos, de fantasía. Sólo se respetará la aparición de la serpiente gigante, también presente en la cinta clásica. Elemento, por lo demás, sumamente interesante. Le precede la escena en la cual Kong acaricia con su enorme dedo a Dwan, le arranca abalorios y los tirantes del vestido, mientras ella gime… No cabe duda sobre el integrante sexual del momento. Y una vez excitado Kong, surge la serpiente gigante. ¿Metáfora en exceso burda?

Por lo demás, el guión de Lorenzo Semple está salpicado de forma intermitente por diálogos pueriles con otros más elaborados. En el primero de los casos, destaquemos un vergonzante “Maldito mono chauvinista” que le suelta Dwan a Kong; en el sentido contrario, lo sugestivo del comentario de Prescott sobre haber sustraído a los isleños el gorila: “Cuando cogimos a Kong, raptamos a su Dios”. Otros elementos del guión son dignos de resaltar, como, al inicio en el barco, el radar que muestra el perfil de la isla, y que detecta el inmenso volumen de Kong –en ese instante, la hermosa música de Barry sufre un quiebro inquietante-. O la magnífica escena en la cual Prescott y Dwan se besan y el pañuelo de ella es arrastrado por el viento hasta el mismísimo Kong, quien reconoce el aroma de su amada –al final, buscando a la mujer por Nueva York, se regirá por el olfato-. Enfurecido, ella habrá de calmarlo; resulta escalofriante percibir cómo Kong, de pronto, es consciente de todo, de la imposibilidad de su amor, y suelta a Dwan, dejándola partir, y quedando él solo en la bodega.

En cierto sentido, la película es una continua alternancia de momentos logrados con otros no tanto. La excelente fotografía, la bella música y el sólido plantel interpretativo se ven acompañados de una roma puesta en escena que es incapaz de sacar provecho a los elementos. Con todo, a veces Guillermin plantea resoluciones visuales dignas de interés, como cuando Dwan está atada al poste y untravelling de aproximación constituye un plano subjetivo de Kong; o, en el clímax final, el plano detalle de las ametralladoras de los helicópteros, recalibrándose y situándose, presagiando su amenaza y peligro. O el momento final, con Kong aún agonizante, y los fotógrafos posándose sobre su tórax para tomarle fotos, como buitres carroñeros. O la belleza mágica, quizá involuntaria, de los planos nocturnos en la isla rodados en estudio.

En definitiva, esta película está a años luz del portento de su originaria, pero ni mucho menos es el bodrio execrable que por lo general se le atribuye. Eso quedará para la secuela.

Carlos Díaz Maroto

King Kong (1933)

Título original: King Kong

Año: 1933 (Estados Unidos)

Directores: Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack

Productores: David O. Selznick, Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack

Guionistas: James Ashmore Creelman y Ruth Rose sobre un argumento de Edgar Wallace y Merian C. Cooper

Fotografía: Edwar Linden, J. O. Taylor y Vernon L. Walker

Música: Max Steiner

Intérpretes: Fay Wray (Ann Darrow), Robert Armstrong (Carl Denham), Bruce Cabot (John “Jack” Driscoll), Frank Reicher (capitán Englehorn), Sam Hardy (Charles Weston), Noble Johnson (jefe de la tribu), Steve Clemento (brujo), Victor Wong (Charlie, el cocinero)…

Sinopsis: Un expedición formada por un reducido equipo cinematográfico zarpa a alta mar rumbo a un destino desconocido, excepto para el director, Carl Denham. El lugar en cuestión es una isla que no aparece en los mapas y en la que habita una tribu que rinde culto a un extraño ser. Una vez allí, Ann, la protagonista femenina de la película, es raptada por los nativos para entregarla en sacrificio a un gigantesco gorila.

Sin ningún lugar a dudas, King Kong es una de las películas más famosas e influyentes de todos los tiempos; imitada y homenajeada por innumerables títulos, hizo de su protagonista y de su escena final dos iconos del séptimo arte. Tanto es así que huelga decir que, sin su existencia, posiblemente jamás hubiera existido el subgénero de monstruos gigantes y, sin él, Godzilla y demás moles enormes que han pululado por la pantalla, aterrorizando a varias generaciones de espectadores. Partiendo de un guión un tanto irregular, donde se aprecia, y en general, en la propia concepción del proyecto, la alargada sombra de El mundo perdido (The Lost World, 1925) de Harry O. Hoyt -llegando hasta el punto de que si aquella adaptaba una novela del padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, en esta se contrató para dar forma a su historia a otro famoso literato experto en el género criminal, Edgar Wallace, el cual moriría durante la elaboración del libreto-, es tal la riqueza de la historia narrada que no es muy difícil encontrar múltiples lecturas de la misma, pese a la cierta ingenuidad de alguno de sus pasajes, subrayada por la puesta en escena.

En primer lugar se encuentra la evidente (y a mi gusto demasiado remarcada por el personaje de Denham) relectura del mito de la bella y la bestia, pero en cuya formulación ni la bella tomará en cuenta a la bestia, ni, por lo tanto, habrá un final feliz. Por otro lado se sitúa la crítica social, gobernada a su vez en dos direcciones distintas. Ambientada en las mismas fechas que su producción, los efectos del reciente crack de la bolsa del 29 y su posterior crisis quedan patentes en las enormes desigualdades retratadas a lo largo del film, empezando por su propio personaje protagonista, la inolvidable Ann Darrow a la que presta su físico Fay Wray, la cual es presentada cuando intenta robar una manzana para poder comer, y que acabará embarcándose en una arriesgada aventura de la que poco sabe, tan sólo por ser la única oportunidad que se le ofrece para mejorar su situación. A este mismo respecto resulta bien significativa la contraposición que se hace de dos momentos de la película. Mientras que en los primeros compases es mostrado cómo la gente humilde hace cola en una casa de beneficencia en busca de un plato que llevarse a la boca, hacia el clímax de la cinta serán los integrantes de las clases sociales más acomodadas los que aguardan en fila para entrar a un espectáculo del que ignoran su contenido, más allá de la promesa de contemplar a la octava maravilla del mundo, pagando para ello una entrada de diez dólares, toda una fortuna para la época teniendo en cuenta que la entrada de cine para ver King Kong venía a costar quince centavos.

El otro foco en el que se posa la atención de su crítica, si bien enunciada más de soslayo, o al menos, no de un modo tan claro, es en su cruda reprobación hacia la denominada sociedad civilizada, y tal vez, por qué no, al colonialismo imperante en el mundo occidental por aquellos años, efectuado a través del personaje de Denham, el cual, curiosamente, funciona como una especie de alter ego de los verdaderos directores del film, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, con los que comparte no pocas similitudes biográficas. Así, Denham, pese a lo dicho en el plano final de la película, será el responsable intelectual de la muerte de Kong, puesto que será él y no otro quien le desprenda de su hábitat y su libertad con el fin de mostrarlo como monito de feria (y perdón por el chiste fácil) para sus acaudalados paisanos, sin tener en cuenta las consecuencias que tal maniobra podría acarrear en su desmedido afán de lucro. De la misma manera, al llevarse a Kong de la isla de la Calavera, se llevará también parte de la identidad de los habitantes del lugar, quienes veneran a Kong como si un dios se tratara. Por si fuera poco, a los indígenas también les tocará sufrir los efectos colaterales de la captura del gran simio, con la destrucción de su poblado.

Pero si hay algo por lo que la cinta ha perdurado hasta nuestros días en la memoria colectiva es por los aún hoy asombrosos y sorprendentes efectos especiales pergeñados por Willis H. O’Brien y su equipo, mejorando lo que el maestro de Ray Harryhausen ya hubiera hecho para la anteriormente referida El mundo perdido, dentro de un trabajo en el que destaca la increíble expresividad y verismo otorgado a los movimientos de Kong en particular, y al del resto de criaturas prehistóricas o directamente fantásticas que pueblan el metraje, dotándole de esta forma de una magia especial que, a buen seguro, los modernos y perfectos efectos por ordenador nunca conseguirán. Y es la lograda conjunción y equilibrio entre estas dos dualidades, una historia aparentemente sencilla pero que encierra no pocas relecturas, y el uso de los efectos especiales para conferir al conjunto de un envoltorio de gran espectáculo, lo que hacen de King Kong un título mítico de la historia del cine. Entre sus otros aciertos cabe mencionar su lograda fotografía, más propia del cine de serie B, que además de suplir ciertas carencias presupuestarias -como queda patente en la nebulosa escena de la llegada del Venture a las inmediaciones de la isla donde habita Kong, o en el uso de material de archivo en la parte final de la película-, da a las escenas requeridas una atmósfera fantástica y singular, así como la magnífica partitura compuesta para la ocasión por Max Steiner, en la que brilla con luz propia su capacidad para otorgar la melodía necesaria a cada momento, ya sea este una escena de amor, de aventuras o de puro terror.

En lo que respecta a la dirección de Cooper y Schoedsack, se desenvuelve con buen pulso, aún con la arriesgada apuesta de no mostrar a su protagonista y principal reclamo publicitario hasta no mediada la cinta, aquejando hasta ese momento su desarrollo de cierto exceso de verborrea en sus diálogos y una puesta en escena un tanto estática, para cuando, en el momento en que Kong haga acto de presencia, la realización se torne dinámica, engarzando, una detrás de otra y de forma trepidante, las escenas de acción, con diálogos mínimos, lo que da como fruto una segunda parte más cercana al cine mudo, estilo del cual aún se detectan ciertos residuos, tanto en la dirección como en el trabajo de los actores, especialmente en el del personaje de Fay Wray. Además de todas las escenas conocidas y memorizadas por todos gracias a su fama, uno de los momentos más inspirados de la película que, aparte de su innegable fuerza y belleza, denota los inicios en el cine documental de sus dos realizadores, se localiza en la secuencia de la llegada a la isla de la expedición de Denham y su encuentro con los nativos y los ritos que estos llevan a cabo, de enorme riqueza y con un manejo del suspense envidiable, bien secundado por la partitura de Steiner.

Para terminar, también merece llamar la atención sobre las altas dosis de violencia y erotismo que se dan cita en muchos de sus fotogramas, bastante adelantadas para su tiempo, circunstancia que acabó propiciando que años después, y con un mayor endurecimiento del Código Hays, la película fuera perdiendo metraje en sus sucesivas reposiciones, hasta que en los años 70 fuera por fin reestrenada tal y como sus artífices la concibieron originalmente. Aunque el daño ya estaba hecho, y la cinta perdería en este recorrido, y hasta el momento, una de las escenas más terroríficas de la película, aquella que transcurría en un barranco con unas arañas gigantes como protagonistas y que sería objeto de réplica por parte del reciente remake de Peter Jackson, si bien dicha secuencia solo sería incluída en su montaje extendido, editado directamente en formato doméstico.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on septiembre 3, 2012 at 6:47 am  Comments (6)  
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