Phantasma: Desolación

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Título original: Phantasm: Ravager

Año: 2016 (Estados Unidos)

Director: David Hartman

Productores: Don Coscarelli, Gigi Bannister, Reggie Bannister

Guionistas: Don Coscarelli, David Hartman

Música: Christopher L. Stone

Intérpretes: Reggie Bannister (Reggie), Michael Baldwin (Mike), Dawn Cody (Dawn/Jane), Stephen Jutras (Chunk), Daniel Roebuck (Demeter), Bill Thornbury (Jody), Angus Scrimm (El Hombre Alto)…

Sinopsis: Mientras Reggie se debate entre dos mundos, El Hombre Alto continúa su viaje, de pueblo en pueblo, convirtiendo a los muertos en su propio ejército, y usando sus mortales esferas contra cualquiera que trate de impedir sus planes.

Un día después de su emisión en Movistar Plus se estrena en cines de la mano de 39 Escalones la última entrega de una pentalogía que se inició hace casi cuatro décadas y que ha contado, debido a las circunstancias en las que se ha desarrollado su creación, con un devenir casi tan rocambolesco como su propio argumento: de hecho, cada uno de los capítulos que componen la saga de el Hombre Alto se han visto influenciados de una manera determinante por condicionantes económicos de distinto signo y, una vez vistos los resultados, este Phantasma: Ravager no iba a suponer una excepción.

Corre el año 2010 y el primerizo David Hartman, director de animación de series como Transformers o Mis amigos Tiger y Pooh (¿?) y supervisor de los efectos especiales de Bubba-Ho-Tep, le propone a Don Coscarelli escribir y filmar un cortometraje inspirándose en la saga que éste último inauguró en 1979, tal vez con la posibilidad de incluirlo como extra en una futura edición en Blu-ray de Phantasma, pero sin contar en realidad en esta primera fase con un propósito comercial definido. De esta manera, lo que comenzó siendo un experimento aislado de diez minutos rodado durante un fin de semana con un equipo de apenas siete personas fue transformándose con el paso de las semanas en una serie de cortos lo suficientemente numerosos como para crear a partir de ellos una serie que, careciendo de un mínimo nexo argumental entre un capítulo y el siguiente, podría convertirse en la obra ideal para ser emitida a través de Internet.

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Concebida, siempre según sus autores, a partir de unos términos manejables y simples con el fin de poder ofrecer un producto lo más digno posible a pesar de la escasez de medios, con el tiempo los cineastas consideran sin embargo transformar el abundante material que tenían entre manos en un largometraje, también como una manera de rentabilizar la, por otra parte, escasa inversión financiera que les había supuesto un plan de rodaje discontinúo que se había prolongado a lo largo de más de cuatro años, a los que habría que añadir otro par más dedicado a la posproducción. Así, y debido a la imposibilidad de llegar a un acuerdo económico con las pocas páginas web interesadas en acoger el proyecto, Hartman y Coscarelli decidieron tomar el metraje rodado hasta la fecha y convertirlo, dieciocho años después de la cuarta parte, en el capítulo final de una saga que ha hecho de los viajes en el tiempo, los saltos entre dimensiones y el indiscriminado saqueo de tumbas su inconfundible marca de fábrica. Curiosamente este concepto de reciclaje no es algo que le resulte ajeno a Coscarelli, ya que asimismo estuvo presente en el origen de la anterior entrega, la aquí llamada Phantasma Apocalipsis, concebida con el propósito de aprovechar veinte minutos sobrantes de la película original del 79 y realizada justo después de que se cayera Phantasm’s End, un proyecto de gran envergadura escrito por Roger Avary (Pulp fiction) y que en teoría iba a producir Miramax.

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Entrando ya en materia, y aún tomando en consideración su peculiar génesis, hay que dejar claro de antemano que todo el feedback negativo que ha recibido Phantasma: Desolación desde su estreno el año pasado en los USA hasta el día de hoy es, por desgracia, justamente merecido. Así las cosas, el sencillo y humilde colofón a la saga que pretendían sus creadores pasa por ser un chapucero, inconexo y antiestético capricho en el que continuamente se tiene la sensación de estar ante un bienintencionado “fan-film”, antes que asistiendo a la última entrega de una franquicia con profesionales serios y experimentados, al frente, y con la responsabilidad de toda una legión de seguidores (o “phans”) a sus espaldas.

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Tras un breve resumen de las entregas previas, marca de la casa que supone además un modo rápido y fácil de poner en antecedentes a los espectadores con respecto a una saga que, en realidad, no es que haya mostrado nunca demasiada voluntad de continuidad entre las distintas partes que la conforman, se nos propone una premisa que hace borrón y cuenta nueva no sólo en lo que respecta a su conexión con el cuarto capítulo, si no también con el espíritu inherente a toda la franquicia. De manera paradójica, a pesar de que Hartman y Coscarelli se esfuerzan por incluir en su libreto aquellas imágenes y símbolos propios que, a estas alturas, ya han alcanzado el estatus de iconos – como pudieran ser las esferas voladoras, los enanos o, por supuesto, el Hombre Alto – como decimos, a pesar de su carácter recapitulativo el balance final que arroja Phantasma: Desolación no podría estar más alejado de representar un punto y final digno a una de las sagas de terror más originales y legendarias del último medio siglo.

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De esta manera, y suponemos que con la bendición de Coscarelli, Hartman decide prescindir de todos los aspectos minimamente interesantes que atesorara la mitología que el primero había establecido y desarrollado a lo largo de las entregas precedentes (efectivo sentido del humor, coherencia argumental, el carisma de sus protagonistas…), para elegir en cambio estancarse en una irritante superficialidad, simplificando así los elementos reconocibles por el fan y reduciéndolos a una suerte de greatest hits, metidos con calzador y sin demasiada coherencia, dentro de un “guion” que, para más inri, sería extremadamente generoso por mi parte calificarlo como tal. Así las cosas, Desolación se arrastra de manera lastimosa sobre los aciertos de sus predecesoras, sin desarrollar o hacer propio en ningún momento el atractivo concepto que una renovación de la imaginería de Phantasma pudiera haber inspirado gracias a la tecnología actual, ofreciendo en cambio, y exclusivamente, ridículos golpes de efecto, una puesta en escena amateur y un irritante exceso de diálogos bobos, todo ello dentro de un discurrir arrítmico que no sabe, no puede o no quiere disimular en momento alguno su primigenio origen episódico.

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De este modo, el espectador asiste perplejo al discurrir de un desfile de secuencias que carecen de sentido, tanto por sí mismas como en su conjunto como film; torpemente encadenadas entre sí, y con el débil pretexto del ingreso de un enajenado Reggie en un asilo para la tercera edad, se entremezclan haciéndose pasar por recuerdos, sueños y/o alucinaciones una serie de momentos – ni siquiera me atrevería a calificarlos de escenas – sin una finalidad clara que no sea la de apelar a la nostalgia de los fans más frívolos de las cuatro partes anteriores, películas éstas que, por muy disparatadas e imperfectas que fueran, albergaban sin embargo ese mínimo de dignidad y sentido de la técnica cinematográfica que, desgraciadamente, no encontramos en ningún detalle, en ningún plano… en absolutamente ninguna idea de esta quinta parte.

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Basculando entre el aburrimiento producido por esta sucesión de anticlímax, y el bochorno que provoca la continúa sensación de improvisación que acusa la película a todos los niveles, siempre consecuentes con su filosofía del “todo vale”, el dúo formado por Coscarelli y Hartman incluso se atreven a recuperar ciertos elementos del guión postapocalíptico escrito por Roger Avary a mediados de los noventa, en el cual el Hombre Alto habría esparcido por la Tierra una especie de plaga que ha convertido a la mayor parte de la humanidad en zombis con la cabeza llena de pus (¿¡!?). El proyecto, que en un principio había sido planeado para ser a Phantasma lo que el Aliens de James Cameron supuso al Alien de Ridley Scott (más presupuesto, más acción, más espectacularidad y más monstruos), y que además iba a contar entre los integrantes del comando matazombies con nombres tan representativos del cine de terror como Bruce Campbell y Tom Savini, se troca aquí en cambio en un abrumador aluvión de malos efectos especiales, en el cual el uso de la pantalla azul es tan horroroso, y la plasmación de la acción tan chusquera, que en ocasiones parece que estuviéramos visionando una nueva entrega de Resident Evil … pero dirigida en esta ocasión por Albert Pyun.

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Uno se pregunta tras terminar de ver este ¿film? como es posible que alguien tan protector con su legado como Coscarelli – alguien que, a día de hoy y en plena fiebre “remakeadora”, aún se niega a vender los derechos de Phantasma para una hipotética nueva versión – ha sido capaz de dar el visto bueno a un producto de una pobreza tan evidente e incuestionable como el presente. Indefendible por lo tanto desde cualquier punto de vista (estético, narrativo… incluso interpretativo),  Phantasma: Desolación demuestra en última instancia lo mal que le ha sentado a la Serie B de las dos últimas décadas el cada vez más fácil acceso a las infraestructuras necesarias para rodar una película.

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En último término, la ópera prima de David Hartman supone por encima de todo el rotundo certificado de defunción de la saga a la que – en teoría – pertenece, y ya no sólo por su desenlace argumental si no porque se hace dolorosamente evidente la imposibilidad de que la franquicia caiga más bajo de lo que ya ha caído (de todos modos, crucemos los dedos…), siendo por lo tanto necesario un nuevo enfoque que, a tenor del desastroso balance que ha arrojado esta nueva secuela, sólo podría producirse lejos del ámbito de influencia del responsable de El señor de las bestias.

José Manuel Romero Moreno

 

Published in: on septiembre 29, 2017 at 11:08 am  Dejar un comentario  
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Memorias. Roman Polanski

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Título: Memorias. Roman Polanski

Autor: Roman Polanski

Editorial: Malpaso

Datos técnicos: 554 páginas (Barcelona, mayo de 2017)

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“Ahora se me considera universalmente, bien lo sé, un perverso enano libertino. Mis amigos, y las mujeres de mi vida, saben que eso no es cierto.”

Roman Polanski

Cuenta el responsable de El pianista en esta subyugante autobiografía que la principal razón que le condujo a querer volver a ponerse detrás de una cámara tras el asesinato de Sharon Tate fue la lectura de la novela Papillon, de Henri Charrièrre, y su posterior deseo de adaptarla a la gran pantalla con Warren Beatty como protagonista. Salvando las lógicas distancias, no resulta difícil adivinar el motivo por el cual el realizador polaco se sintió identificado con el contumaz prófugo francés al que más tarde daría vida en el cine Steve McQueen.

Y es que, desde que nació en París en 1933, la vida de Roman Polanski ha representado una huida casi constante hacia la libertad, tanto en el ámbito individual como en el creativo. Ya en 1936 se traslada a Polonia junto a su familia, teniendo que transcurrir los últimos años de su infancia en el ghetto de Varsovia durante la ocupación nazi a causa de su origen judío. Tras la liberación del país por parte de los rusos, el joven Roman hizo lo que estuvo en su mano por escapar, a través del arte, el teatro y el cine, de la pobreza y el aislamiento que trajo consigo el subsiguiente régimen comunista, con vistas sobre todo a emigrar por medio de su talento a Occidente y, en especial, a Norteamérica, país cuya cultura le producía una especial fascinación y que llegaría a conocer a través de las películas que, tras la guerra, fueron llegando en oleadas a los cines de toda Polonia.

Cuando un par de décadas más tarde la conquista de Hollywood se convirtió en una realidad tras el éxito crítico-económico de La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968), Polanski se vio forzado a regresar a Europa para recluirse, escapando esta vez del acoso de la prensa y de los rumores que recorrían medio mundo a raíz del asesinato de su esposa por parte de la familia Manson. Unos años más tarde, y tras contar con una nueva oportunidad de asentamiento profesional en los Estados Unidos, se volvería a producir en su vida la brutal dicotomía éxito-tragedia a la que a esas alturas parecía ya estar acostumbrado: un tiempo después de filmar Chinatown (Chinatown, 1974) Polanski se vio de nuevo perseguido, en esta ocasión por las autoridades norteamericanas, tras ser acusado de drogar y abusar de una menor en casa de Jack Nicholson, estableciendo desde entonces su residencia en Francia con el fin de evitar una condena de prisión que, a estas alturas, lleva esquivando cuatro décadas y que se haría efectiva de inmediato en el caso de que el ya octogenario director pisara suelo estadounidense.

De este modo, en sus continuos intentos de atravesar el otro lado del espejo con el fin de alcanzar un mejor nivel de vida el polaco se ha ido topando con una serie de realidades que, si bien en principio se ajustaban como un guante a su peculiar y hedonista modo de entender la vida, le han acarreado asimismo una serie de perjuicios que, ya sea de manera merecida o por puro azar, le han estigmatizado a lo largo de los años y en diferentes sociedades y países como un sucio judío, un drogadicto satanista y/o un violador de niñas, respectivamente.

De su condición de obligado trotamundos, de su asombrosa capacidad de adaptación y de su innato sentido de supervivencia dan buena cuenta estas memorias escritas hace más de treinta años, publicadas en su momento en nuestro país por Grijalbo y que desde hace unos meses podemos disfrutar en una nueva edición de la mano de Malpaso, en un volumen tan voluminoso, compacto y elegantemente sobrio que no podemos evitar la sensación de tener en nuestro poder la cuidada edición de alguna suerte de biblia pagana desde el momento en que nos adentramos por vez primera entre sus absorbentes páginas.

Excepción hecha de un nuevo epílogo escrito para la ocasión por el propio autor, y que narra sucintamente los hechos que en 2009 le llevaron a permanecer dos meses encarcelado en Suiza, este volumen abarca desde su niñez hasta su regreso a Polonia a comienzos de los ochenta con el propósito de representar Amadeus en el teatro, circunstancia que también aprovecharía para volver a los escenarios de una infancia que, con una madre muerta en un campo de concentración y un padre deportado, no fue lo que se dice fácil. Quizás habría que advertir a todos aquellos que esperen una biografía cien por cien cinematográfica que, aunque obviamente las películas suponen un elemento primordial en el tortuoso recorrido vital del director de La novena puerta, en líneas generales Polanski se centra más en detallarnos su vida que su labor como director. De esta manera, se consagran las primeras doscientas páginas, por ejemplo, en relatar una infancia y adolescencia forzosamente picarescas, su faceta como actor infantil, así como su paso por la Escuela Cinematográfica de Lodz o su relación con su compatriota Andrew Wajda, entre muchas otras cosas.

Seguramente en su propio detrimento, y anticipándose quizás a lo que el lector medio pudiera esperarse, el director dedica más espacio a las consecuencias de  la matanza ocurrida en Cielo Drive, o al episodio de la violación, que al rodaje de cualquiera de sus películas, peculiaridad ésta que se extiende a la enumeración de sus conquistas amorosas, algunas de ellas de inquietante naturaleza “lolitesca”. Tanto es así que no muestra reparos tanto en contar sus devaneos con varias señoritas de dieciséis años con el propósito de superar la tristeza causada por la muerte de su esposa (¡!), como que mantuvo relaciones sexuales con Nastassja Kinski, futura protagonista de Tess, cuando ésta contaba apenas con quince años de edad (¡¿?!).

Y es que por mucho que Polanski advierta al lector que este libro se escribió hace ya más de tres décadas, y que le aconseje que tenga presente lo diferente que era la sociedad entonces, lo cierto es que esta falta de tapujos y prejuicios provoca que llegado cierto punto resulte muy difícil identificarse con el autor debido a los hechos narrados – al menos al que esto suscribe le pareció imposible -, por mucho que, por otra parte, la abundancia de anécdotas y una atención al detalle casi dickensiana hagan de esta una autobiografía cautivadora y amena en extremo, aún a pesar, y como ya digo, del laxo sentido de la moral de su protagonista.

Este libro representa en última instancia una lectura imprescindible tanto para los admiradores incondicionales del trabajo del director como para aquellos que sólo busquen el puro y duro morbo; paradójicamente, y por la manera en la que Polanski enfoca el relato de su controvertida vida, es posible que estos últimos queden incluso más satisfechos que los primeros. Así las cosas, en definitiva y se mire por donde se mire, estas memorias resultan una lectura obligada para todo aquel que posea un mínimo de curiosidad acerca de la vida de uno de los directores imprescindibles del pasado siglo, así como una de sus personalidades más polémicas.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on septiembre 12, 2017 at 5:04 am  Dejar un comentario  
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Eastwood. Desde que mi nombre me defiende

Título: Eastwood. Desde que mi nombre me defiende

Autor: Francisco Reyero

Editorial: Fundación José Manuel Lara

Datos técnicos: 226 páginas (Sevilla, 2017)

Está siendo esta una temporada especialmente prolífica en lo que se refiere a la incorporación de nuevos títulos a la bibliografía patria consagrada al western mediterráneo: a la puesta de largo editorial en los últimos meses de La Almería de Sergio Leone o El libro guía del spaghetti western, hemos de añadir desde el pasado mes de abril este volumen escrito por Francisco Reyero, periodista sevillano colaborador de La Razón que con uno de sus anteriores trabajos, Nunca volveré a este maldito país, ya abordó la conflictiva relación que mantuvo con España otro icono cinematográfico de origen estadounidense, Frank Sinatra.

Este Eastwood. Desde que mi nombre me defiende se centra en cambio, y en teoría, en el período durante el cual Clint Eastwood rodara en nuestro país “La trilogía del dólar” a las órdenes de Sergio Leone, y en como el éxito sucesivo y creciente de estas películas a nivel global serían determinantes a la hora de que el intérprete nacido en San Francisco se ganara una independencia artística que se le había negado hasta el momento en Hollywood; aunque, y contrariamente a lo que pudiera parecer, la atención del autor no se dirige exclusivamente a este asunto.

Y es que además de detallarnos a nivel internacional los entresijos burocráticos, económicos y/o de distribución de Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, Reyero opta asimismo por destacarse de otros estudios precedentes subrayando la españolidad de su libro, no sólo en el origen de los hechos o de los testimonios elegidos, sino también en el estilo que utiliza a la hora de exponerlos. De esta manera, y lejos de erigirse en un libro de tesis, abundan en este volumen los testimonios de aquellos que, de una manera u otra, estuvieron relacionados con el fenómeno así como con sus máximos responsables, ya fueran Leone, Eli Wallach o el propio Eastwood; gentes éstas que desempeñaron en su mayoría cometidos de lo más modestos, trabajando de especialistas, sacándose unas perrillas cavando zanjas para construir el puente de Flagstone o el cementerio de Sad Hill, o simplemente acogiendo a los actores y al equipo técnico durante aquella época irrepetible en la que los rodajes de estos films supusieron una importante inyección económica en aquellos lugares que fueron elegidos como localizaciones.

Así las cosas, y en consecuencia con el tono minucioso adoptado por Reyero, tan importantes son las declaraciones de Eastwood como, por poner un ejemplo, las de la señora que acogió a Wallach en su hotel durante el rodaje en Burgos de El bueno, el feo y el malo. Atraído por lo tanto por el aspecto humano que deriva de los detalles mundanos y cotidianos de aquellos rodajes, antes que por los datos más glamurosos y/o sobados, el autor intenta dibujar, a través del mosaico de anécdotas en el que acaba convirtiéndose el libro, un retrato de las principales características de la España que acogió a Leone y a su troupe, antes que detenerse en analizar en profundidad lo que el colosal éxito de estas producciones supusieron, tanto para la posterior trayectoria de Eastwood como para la continuidad de los rodajes extranjeros en suelo español.

Siempre es preferible un buen periodista (y ciertamente Reyero lo es), antes que un mal crítico de cine. Por desgracia en este país de lo primero escasea y de lo segundo tenemos de sobra. Reyero no es ni crítico ni historiador de cine y, afortunadamente, tampoco pretende serlo; y si tal vez debido a esta circunstancia se echa en falta un mayor nivel de contexto histórico en sus páginas, un poco de pegamento que mantenga unidas las diferentes piezas que conforman el estudio, por así decirlo, esta elección de un estilo ligero deviene por otra parte en la ventaja de una lectura clara, ágil y amena. A esta característica tampoco es ajeno el hecho de que el libro se presente dividido en capítulos que, en ocasiones, no superan la extensión de una página.

Aparte de la referida profusión de testimonios, que van desde los de Antonio Ruiz Escaño, el llamado “Niño Leone”, hasta los de Andrés Vicente Gómez, que en la primera entrega de la trilogía desempeñó funciones de ayudante de producción, el autor se sirve asimismo de las publicaciones de la época a la hora de intentar desentrañar los precedentes del imprevisible boom del spaguetti. Se incluyen así desde informes previos de la censura franquista, cartas de los productores españoles protestando por la falta de seriedad de los italianos (en este sentido, se hace especial hincapié en las penurias económicas que se sufrieron durante el rodaje de Por un puñado de dólares), así como la reacción negativa por parte de la crítica americana, en un intento muy hábil por parte de Reyero de enfrentar la precariedad de medios con la que se realizaron estos films con su fulminante e inesperado éxito, así como con la miticidad de la que gozan a día de hoy.

Como apuntábamos anteriormente, tal acumulación de citas, declaraciones, documentos y anécdotas, aunque perfectamente organizados, impiden que la personalidad y la voz de Reyero salgan a relucir en un libro que, por otra parte, es enfrentado por su autor con cierto nivel de modestia. Despojado así de todo atisbo de egocentrismo autoral, el sevillano opta en cambio por dar voz a todos aquellos que, en uno u otro grado, pusieron su granito de arena para que una de las trilogías más célebres de la historia del cine se hiciera realidad, a pesar de encontrarse durante el proceso con situaciones adversas de toda índole.

En un recorrido geográfico y temporal que nos lleva de Los Ángeles a Almería, y de Burgos a Carmel, localidad californiana donde hace décadas que Eastwood fijó su residencia, Reyero nos regala un libro de cine escrito desde una óptica popular y cercana, algo que casi parece un milagro en estos tiempos en los que por lo común los que escriben sobre cine suelen mirar a sus lectores permanentemente por encima del hombro. Un texto que seguramente interesará por igual tanto a los neófitos que estén interesados en iniciarse en el tema como a los que se sepan de memoria la obra de Christopher Frayling o Carlos Aguilar. Finalmente, Eastwood. Desde que mi nombre me defiende certifica que el spaguetti sigue constituyendo, a más de medio siglo de su aparición, un tema tan variado, rico y aparentemente inagotable que aún puede ser objeto de estudios tan dignos como el presente.

José Manuel Romero Moreno

Entrevista a Geoff Redknap, director de “The Unseen”

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Por más que se trate de una de las figuras icónicas por antonomasia del cine fantástico y de terror, el hombre invisible no ha tenido demasiada suerte en sus apariciones en la gran pantalla. Desde la icónica adaptación de la novela de H. G. Wells que realizara en 1933 James Whale para la Universal, todas las películas que han venido después no han conseguido aprovechar las posibilidades de un personaje de estas características, a pesar de haber sido tratado por cineastas de la talla de Paul Verhoeven. Consciente del potencial que anida en el personaje, el hasta ahora reputado técnico de efectos especiales de maquillaje Geoff Redknap, cuyo trabajo ha podido verse en films como Deadpool, Watchmen o La cabaña en el bosque, y series como Sobrenatural, Fear the Walking Dead o Expediente X, ha elegido la figura del hombre invisible para dar forma a The Unseen, su debut como director en el formato largo, un film que destaca por su bien construido guion, el trabajo de su elenco interpretativo, y una narración sobria que, al contrario de lo que cabría esperar dados los antecedentes de su responsable, no se pierde en la posible espectacularidad de sus efectos especiales, sino que se centra en la vertiente humana de los personajes. Coincidiendo con la proyección de su ópera prima dentro de la Sección Oficial de la pasada edición de Fant, Geoff Redknap visitaría el festival bilbaíno junto con su productora Katie Weekley, brindándonos así la oportunidad de charlar más detenidamente sobre diferentes aspectos de su apreciable ópera prima.

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Aunque habías rodado varios cortos, tu carrera hasta ahora era conocida por tu faceta de técnico de efectos especiales de maquillaje. ¿Cómo te surge la oportunidad de rodar tu primera película como director?

Supongo que todo surgió de forma natural. Mientras trabajaba como técnico de efectos especiales siempre pensaba en rodar mi propia película, una que contara con un presupuesto ajustado y que fuera del estilo de El proyecto de la bruja de Blair. Por otra parte, también quería poner en práctica todo lo que había aprendido haciendo cortos. En realidad, no existe una escuela de cine comparable a filmar tu propia película, ya sea un corto o un largo; aprendes un montón durante todos esos meses de trabajo, y lo bueno es que con cada proyecto siempre se descubre algo nuevo.

Soy también de la opinión de que, por mucho tiempo que consagres a la escritura del guion de una película, todo ese esfuerzo se quedará en nada si no conoces los rudimentos básicos del oficio. Por eso, y en mi condición de técnico de efectos, además de desempeñar mi trabajo en el set intentaba fijarme en lo posible en el resto de departamentos para así, y como ya digo, intentar aprender lo máximo posible de todo el proceso de creación de un film, desde el trabajo de guionista hasta el del director.

Aunque fue un proceso lento, de dirigir cortos pasamos a enfrentarnos a la producción de un largometraje, y ahí también descubrimos, por poner un ejemplo, que la versión número diez de un guion siempre será mejor que la primera; así que, como ves, también se puede aprender de los errores que vas cometiendo por el camino. Y aunque sea mi debut como director, estoy feliz de que The Unseen sea el séptimo guion que escribí en mi vida, ya que creo que toda mi experiencia previa como guionista se ve reflejada en el resultado final.

Por otra parte, y de alguna manera, hacer un largometraje supone la misma cantidad de trabajo que filmar diez cortos… o tal vez más: para un cortometraje empleábamos normalmente cuatro o cinco días, y en ese tiempo podías ser más o menos capaz de tenerlo todo en tu cabeza, pero en cambio para este largo empleamos casi un mes con más de veinte localizaciones distintas y con veintiún personajes diferentes; todo esto supone muchísimo más trabajo, ya que debes tener en cuenta en todo momento las miles de piezas del rompecabezas que finalmente acaba siendo el rodaje de cualquier largometraje.

Dado que, como dices, ya habías escrito media docena de guiones antes, ¿por qué decidiste precisamente rodar el de The Unseen?

Los guiones que había escrito antes eran por encima de todo trabajos de aprendizaje. Además, no creo que poseyera aún la suficiente experiencia como director como para enfrentarme a ellos debidamente… aunque también intentamos darles un enfoque diferente para hacerlos más fáciles de llevar a la gran pantalla, pero no hubo manera.

Por ejemplo, uno de estos guiones trataba sobre el bigfoot porque conocí a alguien que tenía algo de dinero y que estaba interesado en invertir en la producción de cine. Así que le envié un guion y me respondió que no era lo suficientemente comercial, así que para el siguiente que le mandé propuse esta historia sobre el sasquatch que, por desgracia, finalmente tampoco llegó a buen puerto.

Por fortuna, en mi país puedes contar con la ayuda de Telefilm Canada, una corporación que promueve el cine independiente y que apoya bastante a los jóvenes talentos. Estuvimos un tiempo trabajando con ellos desarrollando nuestro propio largometraje, enseñándoles los cortos que habíamos realizado, hasta que llegamos a un punto en el que con The Unseen dijeron: “Este es el proyecto en el que creemos”; y, afortunadamente, nosotros también compartíamos esa sensación. Probablemente todos los guiones que escribimos antes jamás se hubieran convertido en película, pero con éste todos teníamos la sensación de que era el proyecto adecuado. Incluso si alguno de los primeros libretos que escribí llegara a hacerse, creo que no se parecería demasiado a como los concebimos en un primer momento, ya que intentaríamos aportarle todo lo que hemos aprendido durante la realización de esta primera película.

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Un momento de la rueda de prensa de “The Unseen” en FANT con la productora Katie Weekley a la derecha.

En la rueda de prensa has comentado que la elección del hombre invisible se debía a tu voluntad por tratar un tema novedoso. ¿Qué aspecto te atraía más de este personaje a la hora de escogerlo?

Con toda mi experiencia previa en el terreno de los efectos especiales ya habíamos probado antes en algún corto todo este asunto de crear a un hombre invisible y sabíamos de sus posibilidades cinematográficas, así que solo teníamos que esperar a que se me ocurriera una buena historia en la que poder enmarcar al personaje.  También sabía a ciencia cierta que, al tener cierta fama en el mundillo de los efectos, me resultaría más fácil sacar adelante una película de este tipo antes que una comedia o una historia romántica. Y, efectos especiales aparte, en el caso concreto de The Unseen estaba convencido de poder hacerla.

Visto de esta manera, resulta lógico que mi película incluyera tantos efectos, pero por otro lado mi principal propósito era contar una historia protagonizada por seres humanos que viven en una pequeña ciudad. Habiendo nacido y crecido rodeado de este tipo de gente sencilla, tenía la necesidad de incluirlos en mi historia… por mucho que ésta también incluyera fantasía, hombres invisibles y científicos.

No sé nada de científicos, pero lo que sí sé, por ejemplo, es cómo se trabaja en una granja de Vancouver, así que mi principal objetivo a la hora de realizar este film fue coger una historia fantástica y situarla en un entorno que conociera a la perfección. Creo que este también es el caso de Midnight Special de Jeff Nichols, película que por cierto se rodó al mismo tiempo que la nuestra. Para mí está claro que, aunque el elemento fantástico esté asimismo presente, su director quería contar la historia de un padre y de su hijo y centrarse por encima de todo en la relación que se establece entre ellos.

A nivel de guion la película está muy trabajada, sobre todo en lo que respecta a los personajes, sobre los que se crea esa sensación de que tienen vida más allá de lo que se muestra en la pantalla. ¿Cómo fue el proceso de escritura?

En realidad, no lo sé… Si estudias escritura de guion, o lees un manual sobre el tema, los llamados expertos te dirán que tu obligación es escribir una historia increíblemente detallada para cada personaje. Sin embargo, esta manera de enfrentarse a la escritura de un guion no funciona demasiado bien para mí, ya que en general se suele escribir sobre cosas que no están conectadas entre sí; lo veo necesario si algo que le ha pasado a un personaje cuando era niño tiene después algún tipo de relevancia en la película, pero de lo contrario me resulta una absoluta pérdida de tiempo.

Creo que todo es mucho más sencillo que eso. Por ejemplo, Stephen King escribió un libro sobre el tema, Mientras escribo, y en él explicaba que básicamente su manera de trabajar consistía en inventarse un personaje interesante al que situaba en un mundo que fuese creíble y que luego algo extraordinario le ocurriese. Mi pensamiento está más en consonancia con esta filosofía orgánica de introducir a un personaje en un mundo y desarrollar la historia a partir de ahí. Otra cosa que me funciona es que normalmente suelo desechar las tres o cuatro primeras ideas que se me ocurren, porque por lo general suelen ser demasiado obvias. Por ejemplo, si pienso en una profesión para mi protagonista procuro que no sea la típica de detective, médico o periodista: siempre intento ir más allá.

También si comparas el guion original con el resultado final comprobarás que descarto muchas cosas por considerarlas demasiado evidentes. Por eso, una de mis partes preferidas del proceso de crear una película es el montaje, porque a veces estás trabajando con un diálogo que escribiste hace tres años y te das cuenta, sentado en la sala de montaje, de que el personaje no necesita decir eso, porque la intención de lo que quiere decir se ve suficientemente clara en su rostro o en su comportamiento… o incluso en el lugar que ha elegido para vivir. No necesitas explicitar tantos detalles sobre su vida cuando tienes su casa detrás y puedes ver por ti mismo el modo en que vive. Por eso pienso que el montaje es sobre todo un proceso que sirve para eliminar lo innecesario de tu película, y conseguir así que ésta sea elocuente utilizando el menor número posible de elementos.

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El desarrollo de la película está muy centrado en los personajes y, por tanto, en las interpretaciones de los actores, ¿Cómo fue el trabajo con ellos y, sobre todo, con Aden Young, que es quien lleva todo el peso de la historia?

Respecto al trabajo con los actores tengo que volver a referirme a mi experiencia en el mundo del cortometraje. Conozco a muchos directores que al comienzo de sus carreras solo se preocupan por mover la cámara lo máximo posible, por cómo va a quedar el plano, por usar el mayor número de grúas y otros juguetitos. Al principio yo también trabajaba de esa manera, dibujando hasta el más mínimo detalle en el storyboard antes de comenzar a rodar y preocupándome en cambio bastante poco por las interpretaciones. Pero en cuanto comencé a trabajar con actores que eran realmente buenos enseguida comprendí que existía toda una faceta que se me había escapado hasta entonces, de que lo más importante de todo el proceso es el lado emocional que los actores aportan a la historia y, sobre todo, que sean capaces de transmitirlo a la audiencia.

Así que soy de la opinión de que, aunque el acabado visual de una película sea brillante, éste no sirve de nada si el público no es capaz de conectar con los personajes. Por eso intenté a partir de entonces concentrar casi toda mi energía en los actores cada vez que surgía un nuevo proyecto. De este modo puedo confiarle el look de mi película al director de fotografía Stephen Maier y dedicar la mayor parte de mi tiempo en el rodaje al trabajo con los actores, creando sus interpretaciones en colaboración con ellos.

Y aunque está claro que fue un placer para mí trabajar con todos, en el caso de Aden Young en concreto es un tipo diferente de actor con el que no había tenido la oportunidad de trabajar anteriormente. Su trabajo en la película es asombroso, y como director primerizo creo que me dio toda una lección. Él aparece durante toda la película, ésta trata básicamente de lo que le ocurre en todo momento a su personaje… Todos los eventos de la historia están relacionados con él, y lo bueno es que, aunque como autor me conocía la historia y el personaje al dedillo, aun así Aden conseguía siempre sorprenderme.

En este sentido, ¿los actores incorporaron algo de su cosecha propia a los personajes que interpretaban?

En un rodaje de bajo presupuesto como el de The Unseen siempre es importante seguir adelante y rodar las escenas lo más rápido posible para, acto seguido, ir a la próxima localización y montarlo todo de nuevo para la siguiente escena. Por eso, cuando antes de rodar estás ensayando con los actores, y alguno te dice algo que va en contra de lo que tenías planeado, no puedes evitar que te estalle la cabeza porque toda esa enorme maquinaria se tiene que parar forzosamente hasta encontrar una solución al problema o, de lo contrario, jamás se acabaría la película a tiempo. Así las cosas, en un rodaje siempre estás dispuesto a escuchar los consejos de cualquiera, siempre que estos sean válidos, por lo que también puede ocurrir que, trabajando con los actores, a ellos se les ocurra alguna idea que mejore notablemente aquello que tú ya tenías planeado desde hacía meses. Tampoco se trata de tirar todo el guion a la basura. Me refiero más bien a pequeños cambios o a añadir detalles que puedan mejorar algún aspecto del personaje o alguna escena en concreto.

Por ejemplo, en una escena se suponía que Aden tenía que salir del cuarto de baño y encontrarse con otro actor en la barra del restaurante. Pero en lugar de eso me propuso que su personaje ya apareciera sentado allí. En ese momento no pensé que ese cambio supusiera ninguna diferencia, así que no creí necesario cambiar el modo en que escribimos la escena, pero finalmente me di cuenta de que en realidad sí que mejoraba ese momento en concreto, ya que estaba más en consonancia con la forma de comportarse del personaje.

Esta forma de trabajar es muy diferente a como se hace en televisión. En una serie de televisión, cuando un actor quiere cambiar una línea de diálogo el director casi tiene que llamar al jefe del estudio para ver si le parece bien, así que los actores no se suelen molestar en hacer sugerencias cuando están trabajando en el medio televisivo, ya que hay demasiados obstáculos que deben sortear, por lo que es natural que por lo común prefieran ceñirse al guion. Esa creo que es la principal diferencia para un actor entre trabajar en una serie de televisión o en una película independiente. A pesar de la falta de medios, su opinión es tenida más en cuenta.

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Geoff junto a Justo Ezenarro, director de FANT, durante la rueda de prensa de “The Unseen” en el certamen bilbaíno.

Al parecer, el proceso de post-producción os llevó más de un año. ¿A qué se debió?

Bueno, el primer y principal motivo de que tardáramos tanto es que la película necesitaba todo ese tiempo de trabajo; simplemente fue por eso. Por otro lado, tampoco teníamos una fecha de estreno impuesta por ningún estudio o distribuidor, así que pudimos emplear todo ese año para que The Unseen terminara siendo la película que queríamos que fuera. En realidad tardamos poco más de un mes en filmarla, luego estuve otras diez semanas trabajando junto a un montador, pero más tarde surgió la oportunidad de trabajar de nuevo como técnico de efectos en Deadpool… ¡y realmente me moría de ganas de trabajar en esa película! Cuando estás haciendo tu propia película puedes permitirte el lujo de rechazar muchas ofertas en las que no estás interesado, como algún programa de televisión mierdoso que te importa un pimiento y del que solo quieres cobrar el cheque al finalizar tu trabajo. Pero cuando me ofrecieron Deadpool decidí que debíamos tomarnos un descanso, trabajar en la película de Ryan Reynolds durante cuatro meses y después volver y terminar The Unseen… Lo que ocurrió fue que, justo después de Deadpool, los de The Walking Dead decidieron rodar en Vancouver, así que también tuve que trabajar en la serie, lo que supuso otras seis semanas… Y justo después recibí una oferta para una película con la compañía de Jim Henson, la cual tampoco me vi capaz de rechazar. Por último, también colaboré en Star Trek: Más allá, y lo que yo pensaba que iban a ser cuatro semanas acabaron representando cinco meses de trabajo, así que en un momento dado decidí que ya había pasado demasiado tiempo alejado de mi proyecto y opté por regresar a montar The Unseen durante otro par de meses.

Pero creo que todo ese tiempo que pasé alejado de mi película fue algo positivo, ya que me permitió verla de otra manera cuando volví a trabajar en ella. Al comienzo no sabíamos cómo mejorarla, pero después de esa pausa la pude ver con ojos nuevos y no me importó eliminar todo aquello que era evidente que no funcionaba. En realidad, todo el proceso de montaje es una locura, porque, por ejemplo, una escena que en el guion está al principio de la historia te das cuenta luego de que quedaría mejor en mitad de la película a modo de flashback, o también compruebas gracias a la rapidez de la tecnología que otra escena quedaría mucho mejor si la sitúas dos minutos antes de lo que habías pensado.

Es obvio que si esta película hubiera tenido un estudio detrás no me hubieran dejado gastar un año entero para dedicarlo a la posproducción, pero creo que en mi caso este intervalo mejoró enormemente el resultado final de la película.

Por ejemplo, lo de incluir los osos fue algo que decidimos montando la película, ya que consideramos que tener un oso rugiendo fuera de plano no era suficientemente impactante. Tuve que ponerme en contacto con un entrenador de animales de Vancouver que había trabajado en un montón de películas. Le pregunté cuánto era lo menos que podía pagarle para que me dejara usar a uno de sus osos, y de esta manera conseguimos uno de los días más divertidos de todo el rodaje con un equipo reducido al mínimo, un actor y un par de osos.

Un oso es en lo último que piensas cuando manejas presupuestos tan bajos como el nuestro. Y en dos osos, ya ni te cuento.

José Luis Salvador Estébenez

Traducción: José Manuel Romero Moreno

Fotografías: Juan Mari Ripalda

Entrevista a Steven DeGennaro, director de “Found Footage 3D”

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La Selección Oficial de la pasada edición del Festival de Cine Fantástico de Bilbao-FANT acogió la premier en la Europa continental de la película norteamericana Found Footage 3D. Como su nombre pone de relieve, el film combina en su puesta en escena dos de las corrientes formales más visitadas en los últimos años: la narración en primera persona y la tridimensionalidad visual. Sobre esta base, su director y guionista, Steven DeGennaro, plantea una obra de carácter metacinematográfico en la que reflexiona sobre los mecanismos y lugares comunes acuñados en los últimos años por las películas de grabaciones encontradas, un poco en la línea de lo que hiciera a finales de los noventa Wes Craven con Scream, vigila quién llama, el confesado espejo en el que se mira el debutante cineasta. En este caso, el argumento toma como premisa la realización de una película de terror de bajo presupuesto, en la que la ficción acaba mezclándose con la realidad, lo que hace que su discurso metacinematográfico acabe adquiriendo varios niveles teóricos.

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Si no me equivoco eres astrofísico. ¿Cómo acabas convertido en director de cine?

En realidad nunca he estado demasiado atraído por la astrofísica, ya que lo que siempre he deseado era dedicarme al cine; de hecho, cuando estaba haciendo el doctorado ya estaba metido de alguna manera en el mundo del cine a través de mi trabajo en la sonorización de películas. Justo por esa época hubo un momento clave cuando me encontraba escribiendo un artículo sobre astrofísica, el cual, seguramente, no interesaría ni a cuatro personas en todo el mundo. A su vez me encontraba también trabajando en una película horrible, que probablemente tampoco iría a ver nadie, así que decidí en ese mismo instante que debía comenzar a hacer mis propias películas, que es lo que verdaderamente me apasionaba, en vez de perder el tiempo escribiendo cosas que nadie iba a leer y/o ver. En realidad también disfruto con el mundo de la ciencia, pero cuando trabajas en astrofísica tu campo de acción es muy limitado, por lo que de manera natural dejó de interesarme el tema y decidí en su lugar centrarme en el cine.

Found Footage 3D supone tu primera película como director. ¿Por qué te decantaste precisamente por este proyecto para dar tu salto al largo?

Principalmente porque cuando se me ocurrió la idea sabía que podría escribirla, buscar financiación y rodarla por mí mismo. Tenía la certeza de que era la historia adecuada para mi debut como director, ya que era una película que no necesitaba de un presupuesto demasiado elevado para llevarse a cabo.

El origen del proyecto se remonta a 2012. ¿Cómo ha sido su evolución?

Es cierto que tuve la idea en 2012, pero nos llevó dos años reunir el dinero necesario. Además, una vez que lo obtuvimos seguí trabajando en el guion, lo cual fue algo positivo, ya que me dio un margen de tres años más para poder pulirlo y perfeccionarlo en la medida de lo posible. Por otra parte, nos llevó otro año rodar la película. El principal motivo de este retraso es que intentamos que ésta resultara lo más barata posible, por lo que, además del trabajo de director, me vi forzado a ocuparme de otros cometidos, como el de montador o el de técnico de sonido.

No niego que nos llevó más de lo esperado dar por terminado el film, pero por suerte ahora conozco a un montón de gente dentro la industria, y además parece que Found Footage 3D está gustando, por lo que espero que para la próxima ocasión nos resulte un poco más fácil encontrar financiación. Antes intentaba convencer a los inversores con un simple guion. Ahora, en cambio, cuento con más recursos, ya que puedo enseñarles mi película y demostrarles de lo que puedo ser capaz.

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Un momento de la rueda de prensa de “Found Footage 3D” en FANT, con su director, Justo Ezenarro, a la izquierda.

En los últimos años ha habido un auténtico auge de películas rodadas utilizando la premisa del found footage, especialmente dentro del cine de terror. ¿A qué crees que se ha debido esta obsesión por el formato?

Creo que ahora mismo vivimos en un mundo found footage, formato al que hemos llegado a acostumbrarnos en nuestra vida diaria. Hace poco hemos sido testigo del gran revuelo que formó el video del incidente de las United Airlines de hace unas semanas, cuando sacaron a un pasajero de uno de sus aviones por la fuerza a causa del overbooking, y que dio la vuelta al mundo. Esta clase de cosas las podemos ver porque en la actualidad todo el mundo tiene la posibilidad de grabar todo el tiempo desde sus dispositivos móviles, por lo que también creo que cada vez es más fina la línea que separa lo que es real de lo que no. Creo que ése es el principal motivo de que este género siga funcionando, porque aún somos capaces de crear algo que te da esa sensación de realidad aunque tú sepas que no lo es.

Por ejemplo, cuando vi El proyecto de la bruja de Blair trabajaba en un cine, así que tuve la oportunidad de verla la noche antes de su estreno, en una sala vacía a las dos de la madrugada… y me cagué por las patas abajo de miedo, porque, como dije antes, aunque sabía que no lo era, parecía real. Hoy en día, al estar grabando y viendo videos todo el tiempo, estamos más acostumbrados que hace veinte años a que la realidad se nos presente en este formato, y gracias a esto las películas adscritas al found footage aún nos siguen pareciendo creíbles, sobre todo comparándolas con películas más trabajadas, cuyo acabado profesional siempre nos va a imponer una cierta distancia.

En el caso de tu película, a la utilización del found footage se le une el 3D. ¿Cómo fue trabajar el aspecto visual del film dadas estas particulares condicionantes?

Al comienzo del proyecto tuve esta estúpida idea de filmarla en 3D, así que llamé a Charles, mi socio, y se lo propuse: “¿Por qué no la rodamos en tres dimensiones?”  Y supe que podría hacerlo por el precedente de Jackass 3D, la cual filmaron con diferentes cámaras y usando técnicas distintas, pero siempre dentro del formato. Así que por lo menos sabía que se podría hacer, tecnológicamente hablando. También sabía que, dada la estructura de la película, aunque rodarla así fuera una idea arriesgada tendría por otro lado la ventaja de poder asustar de manera más eficaz al público.

Decidido esto, comencé a experimentar con el director de fotografía para ver qué aspecto tendrían las imágenes. Entonces nos dimos cuenta de que teníamos entre manos algo único que, cinematográficamente, no se había visto con anterioridad. Comprobamos que el 3D y el found footage funcionaban de una manera que no habíamos sido capaces de prever. Sin ir más lejos, a la hora de rodar intentamos que todo estuviera enfocado, para que el público pudiera mirar a cada punto de la habitación desde la misma perspectiva, tal y como sucede en la vida real; así podrían sentirse parte de la película y, lo que es más importante, sin que fuéramos nosotros los que les forzáramos hacia dónde debían mirar. De esta manera, tuvimos que pensar la composición de los planos de modo que se diferenciaran claramente todas las capas que queríamos incluir en ellos. Por poner un caso, en una escena el protagonista está hablando en primer plano y detrás tenemos a otro personaje que aparece en segundo término, por lo que siempre intentábamos sacar el máximo de partido posible a los diferentes niveles de profundidad que nos ofrecía la técnica del 3D a la hora de intentar que el espectador se sintiera como si se encontrara dentro de la propia película.

Debido a esta mezcla de dos formatos narrativos tan empleados en los últimos tiempos como el found footage y 3D, seguro que no faltarán las voces que quieran ver en su uso una maniobra comercial, algo con lo que incluso bromeas en la película…

Definitivamente. Al ser algo que no se había hecho antes, es normal que se tome como una estrategia comercial. Como dices, Derek, el protagonista, confiesa en la película que lo hace exclusivamente por motivos económicos, por lo que creo que somos la única película en 3D de la historia del cine que justifica en su propio argumento el por qué se ha filmado así. Con ello también conseguimos que forme parte del mismo argumento y, aunque obviamente yo no decidiera rodarla de este modo por razones puramente comerciales, traté de enfocarlo de un modo orgánico para que tuviera sentido con la historia que quería contar y que así, y de alguna manera, la decisión estuviera justificada.

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En consonancia con su estilo narrativo, Found Footage 3D tiene un fuerte componente de metacine, rasgo que de un tiempo a esta parte es cada vez más habitual de encontrar dentro del cine de terror, gracias a títulos como La cabaña en el bosque o Las últimas supervivientes. En tu caso, ¿qué te lleva a añadir este componente?

Esa era la idea original, y como era algo que jamás se había intentado antes, decidí coger el toro por los cuernos y hacerlo yo mismo antes de que a alguien más se le ocurriera la misma idea. Además, parecía el momento adecuado, porque hoy en día hay muchas películas adscritas al fenómeno del found footage, pero hay que reconocer que, desde finales de los noventa, la evolución que ha sufrido el género ha sido mínima. Por eso pienso que éste era el momento justo para hacer un poco de broma sobre el tema, y que a su vez funcionara en su vertiente más terrorífica. Por ese mismo motivo me gusta tanto la saga Scream, porque a la vez que señala de forma irónica todos los estúpidos clichés típicos del género slasher funciona asimismo perfectamente como película de terror.

Hablando de la utilización de clichés, llama la atención el que acabes utilizando la misma estructura que parece prefijada dentro del found footage, y sobre la que ironizas en la película…

Uno de mis objetivos era hacer algo que de algún modo siguiera las reglas del género. Por ejemplo, que todos los protagonistas tuvieran que morir, y eso ciertamente sucede en mi película, aunque también espero que aunque este final sea previsible, el público pueda llegar a sorprenderse con el resto del film. Dicho de otro modo, que aunque los espectadores sepan lo que está por venir no sean capaces de adivinar cómo va a suceder. Para mí eso forma parte de la diversión de hacer películas de terror: pensar en maneras divertidas de sorprender al público con las muertes de los personajes.

Dado este planteamiento, ¿la película está dirigida especialmente a los fans del terror o puede ser disfrutada también por una audiencia menos familiarizada con el género?

Mi película cuenta con varias capas de lectura, y ese es uno de los principales motivos por los que quise hacerla, para comprobar si era capaz de conseguir realizar un film que funcionara con gente diferente en distintos niveles. Por ejemplo, algunos amigos míos que fueron a ver la película odian el cine de terror, pero no obstante disfrutaron de las relaciones que se establecen entre los personajes y todo el drama que ello implica. Por otro lado, también está gustando a los espectadores que son fans y entendidos del género, por lo que creo que logramos el milagro de hacer una película que gusta tanto a los admiradores del found footage como a sus detractores.

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Por cierto, para tu ópera prima has contado con la participación de Kim Henkel, coguionista de la mítica La matanza de Texas. ¿Cómo entró en el proyecto? ¿Aportó algo al guion o solo ejerció de productor?

Mi socio Charles conocía a Kim, ya que habían trabajado juntos en una película titulada Butcher Boys, así que, dado que teníamos cierto contacto con él, aprovechamos para hacerle llegar una de las primeras versiones del guion, por si estaba interesado en involucrarse en el proyecto. Tras eso estuve un año escribiendo diferentes versiones del libreto y enviándoselas, a la vez que él me animaba a mejorarlo dándome consejos sobre la historia y la forma de desarrollar a los personajes. Esa fue básicamente su mayor contribución al proyecto, aconsejarme en todo momento con el propósito de que mi idea original se explotara en todo su potencial en el guion. Curiosamente, cada vez que de manera intencionada incluía algo que careciera de sentido, esperando que nadie se diera cuenta, Kim era el primero en señalármelo y en explicarme por qué no encajaba en la historia. Y aunque su participación en el rodaje fuera mínima, más tarde en postproducción también resultó de gran ayuda a la hora de montar la película.

Dadas sus características, es de suponer que Found Footage 3D está ideada para ser disfrutada en cines. ¿Con qué tipo de distribución va a contar? ¿Va a estar más orientada a su proyección en salas o, por el contrario, para el mercado doméstico?

Aunque la película está pensada y rodada para ser vista en cines, creo que también tiene sentido que la veas por la tele. De hecho, cuando la rodábamos sabíamos que la mayoría de la gente la iba a ver en su home cinema. Seguramente de este modo no vaya a tener el mismo impacto que en una sala de cine, pero creo que mientras la historia interese, a la gente le puede funcionar igualmente si la disfrutas cómodamente desde el sofá de tu casa.

Una última curiosidad. Has sido técnico de sonido y lo cierto es que el microfonista que aparece en tu película guarda cierto parecido físico contigo. ¿Se trata de tu alter ego?

Sí, desde luego (risas). En realidad ese personaje está basado en un par de amigos míos que también trabajan en el departamento de sonido, por lo que ese personaje está introducido en la trama de una manera claramente sarcástica. Pienso que cuando vi a este actor lo contraté porque se parecía a mí. A la hora de desarrollar este personaje me basé en el hecho de que a la gente que trabajamos en sonido nunca nos afecta el éxito de las películas en las que participamos. A nosotros nos pagan lo mismo sean un éxito o un fracaso… De hecho, si trabajamos en una película que resulta ser mala, y en cambio el sonido es impecable, nadie nos va a reconocer la buena calidad de nuestro trabajo. Por eso los miembros del departamento de sonido podemos llegar a ser bastante pasotas con respecto al futuro comercial de las películas en las que nos vemos involucrados.

José Luis Salvador Estébenez

Traducción: José Manuel Romero Moreno 

Fotografías: Juan Mari Ripalda

El último guateque

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Título original: El último guateque

Año: 1978 (España)

Director: Juan José Porto

Productora: Arte 7 Producción, S. A.

Guionistas: Juan José Porto, Juan José Daza, Carlos Puerto

Fotografía: Raúl Perez Cubero

Música: Jesús Gluck

Intérpretes: Cristina Galbó (Maribel), Miguel Ayones (Juan José Blasco), Nadia Morales (Pepa), Miguel Arribas (Paco), Jaime Gamboa (Manolín), Beatriz Elorrieta (Marita), Agustín Villaronga (Eduardo), Esther Farré (Tere), Fernando Cebrián (Alberto, padre de Maribel), Lone Fleming (Julia, madre de Maribel), Sandra Alberti (Adriana), Eva León (Carmen, sirvienta en casa de Juan), Ignacio de Paúl (Agustín, padre de Juan), Manuel Torremocha (Miguel), Elisa Montés (Germana, prostituta), Amel Amor (Purita, prostituta), José Calvo (Don Julián), Antonio Casas (Emilio), Vicente Parra (Cura)…

Sinopsis: Un grupo de  jóvenes viven historias sentimentales con la ciudad de Granada como escenario, bajo las normas y costumbres imperantes en la España de la década de los sesenta.

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Gracias a la publicación del libro Cine de terror y Paul Naschy, escrito junto a Angel Falquina en 1974, el periodista, escritor y crítico granadino Juan José Porto entraría en el mundo del cine de la mano del creador de Waldermar Daninsky, ocupándose a continuación de la producción y/o escritura de guiones de films como pudieran ser Todos los gritos del silencio (Ramón Barco, 1975), la polémica y disputada producción La Cruz del Diablo (John Gilling, 1975), así como las controvertidas El transexual (José Jara, 1977) y El francotirador (Carlos Puerto, 1978). El mismo año de El francotirador Porto dirigiría su ópera prima El último guateque, a partir de un guión escrito a seis manos entre el propio Porto, Carlos Puerto y Juan José Daza, siendo éste además colaborador del primero en la escritura de los libretos de dos films tan dispares entre sí como pudieran ser Jenaro el de los 14 (Mariano Ozores, 1974), y El extraño amor de los vampiros (León Klimovsky, 1975).

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A pesar de este bagaje, Porto debuta tras las cámaras en pleno declive del cine de género en España. Sólo hay que comprobar de qué manera los referidos filmes que en plena Transición escribió para Naschy intentaban capitalizar temas hasta entonces tabúes, como pudieran ser las operaciones de cambio de sexo o el terrorismo, dejando de lado, al menos momentáneamente, ese cine de terror que tan buenos réditos económicos había procurado a la industria cinematográfica nacional en la primera mitad de la década.

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Localizada geográficamente en su mayor parte en la ciudad de Granada, y en una época indeterminada del régimen franquista en lo temporal, El último guateque narra el paso de la adolescencia a la edad adulta (o así) de un grupo de estudiantes universitarios de ambos sexos, centrándose en el tira y afloja sentimental que se desarrolla a lo largo de todo el metraje entre la pareja compuesta por Maribel, encarnada por la tan bella como sosita Cristina Galbó, la protagonista de La residencia (1969) o No profanar el sueño de los muertos / Non si deve profanare il sonno dei morti (1974), y Juan José, evidente alter ego de Porto interpretado por Miguel Ayones, asimismo cabeza de cartel de algunas de las posteriores producciones del director.

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Porto deja sin embargo de lado en esta ocasión las connotaciones políticas que la situación temporal de su historia pudiera acarrear, decidiendo en cambio dirigir su mirada hacia los aspectos sociológicos más frívolos y obvios que pudieran derivarse del retrato de aquellos años. De esta manera, podemos asistir a todo un catálogo de tópicos en el que no faltan los conflictos paternofiliales (muy leves en este caso) derivados del inevitable abismo generacional, así como a la presentación absolutamente risible, de tan negativa y groseramente libidinosa, de los miembros del clero a través del sacerdote incorporado por Vicente Parra, el cual no duda en mostrarse particularmente rijoso a la hora de interrogar a sus feligresas sobre sus pecados de carácter sexual.

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De esta manera Porto se queda a medio gas como mínimo en dos frentes. Aparte de mostrarse incapaz de explotar al cien por cien todo el componente nostálgico desaprovecha asimismo la libertad que en plena transición democrática ya se disfrutaba en nuestro país a la hora de aproximarse a todos estos asuntos con un poco más de osadía; de hecho, y más que estar situada en aquella época, por su nulo atrevimiento en casi todos los aspectos El último guateque parece estar filmada en plena década de los 50. Así las cosas, el dibujo bobo y superficial continúa, y los tópicos se siguen agolpando uno tras otro, a través de lugares comunes como hacer manitas en el cine, el saboteo del ponche del guateque con yumbina, los primeros escarceos sexuales con prostitutas o algún que otro embarazo no deseado. Mas la ñoña  ilustración por parte del director de los usos, costumbres y situaciones propias de aquellos años carece, por desgracia, tanto de un distanciamiento crítico/irónico que la redima así como de una genuina implicación sentimental, quedándose en un neutro, ramplón y poco imaginativo retrato generacional que es coronado, además, con diálogos que, debido a su poca profundidad y pretendida trascendencia, parecen extraídos de la más cursi de las revistas femeninas de la época.

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En el saldo positivo es de justicia reconocer que la película se beneficia tanto de una banda sonora que apela directamente a la nostalgia del espectador, como del buen hacer de actores secundarios y característicos, como pudieran ser el antes citado Vicente Parra, la exuberante Eva León (en un papel de chacha similar al que incorporaba en El francotirador), o un José Calvo en el rol de mentor del protagonista, representando además el único personaje con un mínimo de dimensión de todo el filme. Curiosamente, y en una película en la que sus protagonistas ya aparecían talluditos como para encarnar a adolescentes, la últimamente omnipresente Lone Fleming interpreta en esta ocasión a la madre del personaje de Cristina Galbó, aún siendo tan sólo cinco años mayor que ella en la vida real.

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A pesar de la mediocridad a todos los niveles de la propuesta, Porto cosechó con su ópera prima un éxito más que aceptable, algo más de 354.000 euros, una cifra que posteriormente no lograría alcanzar ni reuniendo las recaudaciones de los cinco títulos que dirigiera entre El último guateque y su secuela del 88; es decir, Crónicas del bromuro (1980) y El curso que amamos a Kim Novak (1980), las cuales incidían en los mismos temas de su primera película y que además compartían el protagonismo de Miguel Ayones; dos paupérrimas producciones de terror, Morir de miedo (1980) y Regreso del más allá (1982), y El violador violado (1983), inenarrable película que todo un especialista en la materia como Víctor Olid considera – con toda razón – como la peor de la historia, y que, como mínimo, supone una de las comedias más fascinantes – por desafortunada –  de la cinematografía patria; sin duda, ya su sola existencia justificaría el incluir a Porto entre los más desvergonzados cultivadores del cine trash ibérico.

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Tras cinco años sin firmar una película, y una década después de su ópera prima, el director volvió a Granada – como Miguel Ríos – para hacerse cargo de El último guateque II, revelándose lo poco que Porto había aprendido por el camino a nivel de dirección. Más bien al contrario. Al igual que su predecesora, esta segunda parte se ve lastrada por unos personajes de cartón piedra y por el abuso de estereotipos, así como por un sentimentalismo rancio y folletinesco. Por otra parte, y debido a su absurda e insistente inclinación en recurrir a modo de flashbacks a escenas completas del film del 78, esta secuela se asemeja más a un mal resumen de la primera (que, como hemos dicho, tampoco era como para tirar cohetes), antes que a una obra con autonomía y/o sentido propio.

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Y aún contando con mayor contenido político que su predecesora, al elegir una serie de temas que eran puestos sobre la mesa, como mínimo, con una década de retraso, Porto evidenciaba en este caso haber perdido ese sentido de la oportunidad que tan buenos resultados económicos le había procurado en su ópera prima. Como lógica consecuencia, El último guateque II representó en cambio un absoluto desastre en taquilla, congregando poco más de cincuenta mil espectadores y alejando de este modo a Porto, durante casi tres lustros, de las funciones de director.

José Manuel Romero Moreno

 

Los cuatro del apocalipsis

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Título original: I quattro dell’apocalisse

Año: 1975 (Italia)

Director: Lucio Fulci

Productor: Edmondo Amati

Guionista: Ennio De Concini, basado en una historia de Bret Harte

Fotografía: Sergio Salvati

Música: Bixio, Frizzi & Tempera

Reparto: Fabio Testi (Stubby Preston), Lynne Frederick (Emanuelle “Bunny” O’Neill), Michael J. Pollard (Clem), Harry Baird (Bud), Donald O’Brien (Sheriff de Salt Flat), Lorenzo Robledo (Sheriff torturado), Tomas Milian (Chaco), Adolfo Lastretti (Reverendo Sullivan), , Bruno Corazzari (Lemmy), Giorgio Trestini (Saul)…

Sinopsis: El jugador de ventaja Stubby Preston llega al pueblo de Salt Flat con la intención de ejercer su “oficio”. Sin embargo, el sheriff del lugar reconoce a Stubby nada más bajar de la diligencia y en cuestión de minutos éste acaba en la cárcel, donde pasará la noche junto a una joven prostituta, un negro visiblemente perturbado que dice poder hablar con los muertos, y un borrachín llamado Clem. Después de que en el pueblo unos misteriosos pistoleros encapuchados provoquen una matanza, los cuatro prisioneros son liberados por el sheriff y a continuación emprenden juntos un viaje en el que se encontrarán con un peligro aún mayor encarnado en la figura de Chaco.

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“El padrino del gore“. Que un realizador poseedor de una filmografía tan variada genéricamente como lo fue Lucio Fulci ostente tan simplista y reductor apelativo (apodo que, por cierto, comparte con el director de Blood Feast, Herschell G. Lewis), ha tenido como resultado al menos un par de, en mi opinión, bastante nefastas consecuencias en lo que se refiere a la manera en que la totalidad de su obra fílmica es valorada en la actualidad. La primera y principal de ellas es que toda película que no pertenezca al nutrido grupo de títulos que el director romano rodara durante la última, e irregularísima, etapa de su trayectoria profesional es inmediatamente ignorada por todos aquellos aficionados que atienden exclusivamente a los aspectos más superficiales, excesivos y truculentos de los que hacían gala esas cintas, aquellas mismas que encumbraron a Fulci como un “auteur” de estilo perfectamente reconocible y definido dentro del marco del cine de terror de comienzos de la década de los 80. Se deja así de lado, ya sea por simple prejuicio o por pura ignorancia, a toda una serie de films precedentes, con toda seguridad mucho más impersonales que los anteriormente mencionados pero que, al estar rodados en su mayor parte durante el período de mayor esplendor del cine de género italiano, cuentan por lo común con mucha más calidad que aquellos que Fulci filmara con cada vez más escasez de medios e ideas apenas unos años más tarde, cuando el cambio en los hábitos de los espectadores a la hora de consumir películas a mediados de la década de los 80 propició que la mayoría de los cines de barrio (hábitat natural, por otra parte, del trabajo de Fulci y de tantos otros cineastas), cerraran sus puertas y dieran paso al predominio de las multisalas y el vídeo doméstico hasta prácticamente nuestros días.

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El otro efecto secundario de la, por desgracia, ya ampliamente consensuada asociación entre la figura del director de El más allá y el género terrorífico lo encontramos en el hecho de que aquellos pocos curiosos que se atreven a profundizar un poco más en el resto de su filmografía se aproximan a ella por lo general con el erróneo propósito de establecer pueriles vínculos estilísticos con sus posteriores, y mucho más célebres, obras. De esta manera, y movidos por una primera impresión, podría establecerse por ejemplo que este Los cuatro del apocalipsis se trata de una película inconfundiblemente afín al estilo de Fulci, basándonos en el simple hecho de que en ella podemos encontrar brutales y sangrientos tiroteos, torturas, violaciones e incluso prácticas antropófogas más o menos soterradas. La realidad es que el segundo de los tres westerns que dirigiera el realizador romano se aleja significativamente no sólo de todo aquello que lo hiciera célebre años más tarde, si no que asimismo destaca de manera sobresaliente y por muy diversos motivos, como trataremos de analizar a continuación, de entre el grueso de la producción que conforma la inabarcable filmografía que nos legara el fascinante fenómeno del spaghetti western.

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Con un guión basado en una historia corta del americano Bret Harte, y escrito por el prolífico guionista transalpino ganador del óscar Ennio De Concini, la película comienza con la llegada de Stubby Preston a una ciudad típica del oeste en la cual, y dada su condición de jugador de ventaja, es apresado de inmediato por el scheriffo local, encarnado por el habitual del género Donald O’Brien, yendo a parar de esta manera a la misma celda que los otros tres protagonistas, desamparados e indefensos miembros de la sociedad que dan título al film. Ellos son “Bunny”, una prostituta embarazada a la que da vida la bella actriz inglesa Lynne Frederick (como nota curiosa cabe mencionar que un par de años después del rodaje de este film contrajo matrimonio con el mítico Peter Sellers), y Bud, un negro claramente trastornado que puede ver y comunicarse con los muertos, en excelente y entrañable creación del también británico Harry Baird, intérprete que ya había contado con papeles destacados dentro del western mediterráneo, concretamente en Trinidad y Sartana, dos angelitos y en Los cuatro de Fort Apache. Por último, en el camino de Preston también se cruzará un tan inofensivo como manipulable borrachín que atiende al nombre de Clem y que cuenta con los tan redondeados como poco agraciados rasgos del característico secundario Michael J. Pollard, en la que sería la segunda y última intervención del americano en el western europeo tras la cómica Las petroleras, protagonizada por Claudia Cardinale y Brigitte Bardot.

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Previo soborno al sheriff, y tras sobrevivir a una matanza indiscriminada perpetrada por un misterioso clan de pistoleros encapuchados (¿referencia velada al Django de Corbucci?), nuestro peculiar grupo se dirige en una desvencijada carreta hacia no se sabe donde, convirtiéndose así el film, desde ese momento y durante la mayor parte de su metraje, en una suerte de road movie situada en los escenarios del salvaje Oeste, sin más argumento a señalar que las mínimas vicisitudes y los contados personajes que los protagonistas van encontrándose a lo largo de su accidentado periplo. Con una estructura eminentemente itinerante que evidencia el origen yanki del relato que toma como base, Los cuatro del apocalipsis comparte asimismo varios puntos en común con ciertos westerns contraculturales que rodaran cineastas tan vinculados al movimiento hippie como Monte Hellman o Peter Fonda (A través del huracán, Hombre sin fronteras), a la vez que se aleja por esta misma razón de la mayoría de sus coetáneos europeos, tanto en el dibujo de los personajes como a la hora de matizar, o directamente ignorar, ciertos rasgos estilísticos y/o narrativos inseparables en teoría del western italiano.

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Así en Los cuatro del apocalipsis la representación tanto del vestuario como de los decorados es mucho menos barroca y recargada de lo que solía ser habitual en el género. Del mismo modo, las por lo común estridentes melodías típicamente morriconianas se sustituyen esta vez por unas anacrónicas baladas sixties de sonoridades inconfundiblemente folk, revelándose inesperadamente como el contrapunto ideal a la descarnada gelidez que nos transmite la sobria fotografía de Sergio Salvati, operador de cámara habitual de Fulci en la que supuso su primera colaboración conjunta. Incluso a la hora de caracterizar al supuesto protagonista principal de la historia, el jugador de cartas incorporado por un correcto Fabio Testi, Fulci y su equipo se distancian de la tipología habitual del protagonista arquetípico del spaghetti a través de la creación de un personaje que, debido a su pasiva actitud durante la mayor parte de la trama, podríamos definirlo como poco más que un mero observador de todo aquello que les acontece a sus compañeros de viaje; estamos por lo tanto ante alguien excesivamente neutral, frío y “civilizado”, que rehúsa defenderse a sí mismo o a los demás, aún cuando resulta obvio que tienen el peligro delante de sus narices.

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Y justamente si de peligro hablamos, muy pocas veces éste ha estado tan bien representado en el western all’italiana en particular, y en la historia del cine en general, como en el personaje de Chaco que tan brillantemente interpreta un Tomas Milian en estado de gracia absoluto, deleitándose con la creación de una figura que derrocha pura maldad y depravación en cada uno de los planos en los que participa, dejando con su tan infame como breve presencia en pantalla (apenas veinte minutos) una sensación tan indeleble de iniquidad y desasosiego en el espectador que en países tales como Finlandia, Suecia o Dinamarca la película se rebautizó para sus respectivos mercados con el apelativo de tan memorable villano. En su tercer trabajo para Fulci tras La verdadera historia de Beatrice Cenci y la perturbadora Angustia de silencio, el actor cubano evolucionó claramente de los ingenuos y vitalistas (anti)héroes que comúnmente encarnara en el spaghetti a través de la composición de un personaje despreciable y carismático a partes iguales, al que incorporó elementos en principio tan extemporáneos como pudieran ser el lenguaje corporal propio de un guerrero samurai (Milian se mueve y sujeta su fusil como si de una espada japonesa se tratase), a la vez que incide en la vertiente hippie antes comentada al basar su caracterización en el aspecto físico del tristemente célebre Charles Manson, tomando asimismo su condición de gurú enloquecido a la hora de concebir la manipuladora forma en la que Chaco se comporta con sus semejantes, sobre todo en cuanto a la manera en la que ofrece alucinógenos (en este caso peyote) a “los cuatro del apocalipsis” en la mini-comuna que les fuerza a formar con el fin de tener sus voluntades bajo control. Si unos años antes Sergio Leone, con la inestimable ayuda de Henry Fonda, parecía haber alcanzado con la creación del Frank de Hasta que llegó su hora la cúspide en lo que a la representación de la maldad en el western italiano se refiere, Fulci y Tomas Milian en este sentido, y sin lugar a dudas, consiguieron superarlos con creces.

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De todas formas, y aunque Fulci no se muestre aquí precisamente recatado a la hora de mostrar en imágenes las crueles afrentas que ejecuta Chaco, en esta ocasión la explícita representación de la violencia no se convierte en el motor ni en la razón última del film, tal y como pudieran ser los casos de las posteriores y entrañables (…por la profusión de entrañas, claro) Aquella casa al lado del cementerio y El destripador de Nueva York, por citar tan sólo un par de ejemplos. Aquí el interés de la propuesta se centra mucho más en los efectos que esta agresividad sin sentido ejerce sobre el resto de personajes, transformando así a Los cuatro del apocalipsis en un western de cámara prácticamente teatral, dada la importancia que se le otorga al desarrollo de las relaciones y de las personalidades de sus protagonistas, por encima de otras consideraciones más superficiales como pudieran ser la acción o el predominio visual de unos paisajes que, aunque espectaculares en su mayoría, no están tan bien aprovechados plásticamente como en otras obras mucho más convencionales del subgénero.

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Lamentablemente, y a pesar de sus muchas cualidades, estamos lejos de encontrarnos ante un film perfecto. La narración goza de un ritmo más o menos constante pero algo irregular, que se rompe definitivamente con la disolución del grupo llegados a un momento dado de la trama, que coincide justamente con el final del viaje así como con la entrada en escena y el súbito protagonismo de toda una serie de personajes no tan bien definidos como los anteriores, descendiendo de este modo de manera sustancial el interés de lo que se nos cuenta a partir de entonces. Por otra parte, este último segmento de la historia se localiza en el marco de unos atractivos, e insólitos para el género, parajes nevados que – aunque como ya hemos dicho – no llegan a explotarse en todo su potencial, sí que consiguen crear en cambio un mínimo vínculo estético entre éste y otro de los más despiadados, melancólicos y pesimistas ejemplares pertenecientes al spaghetti western; nos referimos, obviamente, a El gran silencio de Sergio Corbucci.

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A pesar de contar con un presupuesto bastante holgado para lo que se solía manejar en el género a esas alturas de la década (unos cien millones de pesetas: poco más de seiscientos mil de los actuales euros), lo que más sorprende si acaso del visionado actual de Los cuatros del apocalipsis es la evidente voluntad de sus responsables por alejarse de toda comercialidad mediante la realización de una película profundamente triste y desesperanzada, cuyo sentido último de la acción y de la violencia -cuando la hay- más que espectacular se revela sumamente desagradable y, por lo tanto, totalmente insatisfactoria para todo aquel espectador que esté mínimamente en sus cabales. Estamos, en definitiva, ante un western más fúnebre que crepuscular y que por sus características intrínsecas solamente podía ser concebido – así como contar con una mínima posibilidad de éxito – en el panorama de una década tan arriesgada, a la vez que estimulante en lo cinematográfico, como lo fue la de los 70.

José Manuel Romero Moreno

Necrológica de Tomas Milian

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El jueves pasado conocíamos la noticia de la muerte en su casa de Miami, a causa de un ictus y a la edad de 84 años, del actor cubano Tomas Milian, figura de sobra conocida por cualquier aficionado a la edad de oro del cine de género europeo merced a su protagonismo en algunos de los más populares spaghetti westerns donde trabajaría  a las órdenes Sergio Sollima o Sergio Corbucci, así como a su reiterada presencia en la variedad que derivaría de la anterior, el cine criminal italiano, también llamado poliziesco.

La noticia es si cabe más dramática si tenemos además presente que unos pocos días antes de producirse su fallecimiento había manifestado a una amiga su deseo de regresar a Italia, y en concreto a Roma, con la intención de pasar allí sus últimos días. Como el propio actor manifestaba en el documental dedicado a su figura The Cuban Hamlet (2014): “Italia es mi verdadera patria, la que me ha dado amor, éxito y una familia. Es el país que me ha honrado y que me ha acogido. Además, soy consciente de que he tenido suerte, ya que los italianos no suelen tratar tan bien a los extranjeros como me han tratado a mí.”

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Nacido en una familia de la alta sociedad de La Habana el 3 de marzo de 1933, Tomás Quintín Rodríguez Varona y Milian tuvo una infancia cómoda en el aspecto económico pero sumamente inestable en lo emocional. Justamente el 33 fue el año en que Fulgencio Batista toma el poder en Cuba a través de un golpe de estado en el que derroca al dictador Gerardo Machado. El padre de Milian, general asociado al ejército del depuesto Machado, es encarcelado, hecho que agravó a su salida de prisión la naturaleza ya de por sí tiránica y violenta que éste desplegaba para con su familia, a la vez que alimentó la inclinación del pequeño Tomás por crearse sus propios mundos de fantasía, ya fuera a través de la música – de pequeño era aficionado a cantar zarzuelas -, montando obras teatrales en el garaje de la casa familiar o yendo al cine, donde se sentía atraído y fascinado en particular por los films de Humprey Bogart.

La infancia de Milian sin embargo se quiebra de manera total y definitiva a los doce años, cuando tiene la mala suerte de entrar en la habitación de su padre momentos antes de que éste se suicide, vestido con su uniforme de gala, de un disparo en el pecho. A pesar del posterior y lógico trauma, el joven Tomas se siente al fin libre para vivir su propia vida y, desoyendo los deseos paternos de hacer carrera en el ejército, decide emigrar a los Estados Unidos con la intención de formarse en el Actor’s Studio y emular de esta manera a James Dean, su ídolo de aquellos años, con el cual se sentía identificado en especial merced a su interpretación en Al este del Edén (East of Eden, Elia Kazan, 1955), ya que, no por casualidad, también representaba un personaje en conflicto continuo con su padre.

Tras terminar sus estudios en los Salesianos y desempeñar en su Cuba natal algún trabajo menor como pudiera ser el de gorila de night-club, Milian llega a Nueva York en 1956, donde, y siempre según palabras del futuro actor, “menos que me la metieran por detrás, hice de todo para ganarme la vida: ascensorista, friegasuelos, chico de los recados… incluso me vi obligado a robar.”

Tras estudiar interpretación en el Miami Acting Studio, el cubano es acogido  un año después de su llegada a los Estados Unidos por el Actor’s Studio de Nueva York, representando uno del único par de alumnos aceptados en el curso de 1957. En la influyente escuela fundada por Lee Strasberg, Milian cultivaría cierta amistad con Marilyn Monroe así como entablaría contacto con Dennis Hopper, que en 1971 lo dirigiría en la espídica The Last Movie.

A pesar de que se encontraba a gusto en el país, al menos lo suficiente como para que le fuera concedida en 1957 la ciudadanía, al adivinar poco futuro en lo profesional en el Hollywood de entonces para un actor con aspecto latino y con un marcado acento como él, Milian decide en 1959 hacer de nuevo las maletas y emigrar a Italia con la esperanza de que un hipotético éxito allí pudiera suponer su trampolín de regreso a los Estados Unidos. Poco podía imaginarse entonces un Milian de 26 años que su trayectoria profesional en el país transalpino abarcaría cuatro décadas y casi cien películas.

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Todo comienza cuando, representando una pieza de Jean Cocteau, el cubano llama la atención de Mauro Bolognini, con el cual debutará en el cine en un rol secundario con La notte brava (1959) y con el que repetirá al año siguiente en El bello Antonio (Il bell’Antonio, 1960). En la primera mitad de la década de los sesenta Milian actuaría merced a un contrato en exclusiva de seis años contraído con el productor Franco Cristaldi en películas de autores como Lattuada, Zurlini, Visconti o Pasolini, nada menos. Sin embargo, y para sorpresa de todos, el actor se negó en redondo a prorrogar su contrato con Cristaldi. En palabras del propio Milian, “durante mi primer año en Italia hice mayormente películas intelectuales donde me aburría soberanamente. Necesitaba hacer algo comercial, no un film intelectual conmigo en la cama mirando al techo, mientras oigo como en la cocina un grifo gotea. En mi opinión todo ese rollo intelectual es una auténtica mierda.”

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Asqueado de la pedantería dominante de esta primera etapa, fue la necesidad de conectar con el público lo que le llevó a aceptar el rol antagonista en el eurowestern dirigido por Eugenio Martín El precio de un hombre (1966), su primer film del Oeste así como primera de las muchas películas que Milian rodaría en nuestro país y, en concreto, en Almería. El actor queda lo suficientemente satisfecho del cambio de rumbo que ha decidido imprimir a su carrera como para permanecer en España para rodar de inmediato su siguiente spaghetti, Oro maldito / Si sei vivo spara (1967), film de absoluto culto en la actualidad que, aunque no hizo demasiado en su momento por impulsar la carrera del cubano, al menos pasará a la historia por ser el que le proporcionó su primer protagonista en el género.

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Fue, sin embargo, El halcón y la presa / La resa dei conti (1966) la película que le dio a Milian la oportunidad de inaugurar, gracias al personaje de Cuchillo Sánchez, una tipología propia dentro del subgénero, alejada tanto del modelo impuesto por Leone como del más clásico puesto de moda sólo un año antes por Duccio Tessari y Giuliano Gemma con su exitosa Una pistola para Ringo, y presagiando si se quiere por sí misma toda una variedad dentro del eurowestern como sería su vertiente política, también llamada “Zapata western”, la cual tendría como máximos valedores a Franco Solinas como guionista y a Milian como principal cabeza de cartel. Inspirado en la actuación de Toshiro Mifune en Los siete samuráis, el actor crea así con la ayuda del director Sergio Sollima al primer “héroe de la clase obrera” del género, a la vez que consigue con su tercer western convertirse al fin en una estrella.

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Sin embargo su manera de enfocar la interpretación chocaba con la filosofía de los directores de género de aquella época, sin demasiado tiempo ni dinero como para atender a las exigencias de un Milian que ya entonces se comportaba como un auténtico divo. Como el propio actor reconocía, “todos los directores me odiaban porque yo era un auténtico tocapelotas.” No tuvo tanta paciencia, no obstante, su coprotagonista en la siguiente película en la que se puso a las órdenes de Sollima. Durante el rodaje de la ya desembozadamente política Cara a cara (Faccia a faccia, 1967), los intensitos Milian y Gian Maria Volontè acabaron a puñetazo limpio, seguramente porque el primero veía que el personaje más interesante de la película era el interpretado por el milanés. A pesar de que en esta ocasión la actuación de Milian queda significativamente ensombrecida por su partenaire, Cara a cara consigue asentarlo definitivamente como una cara reconocible del eurowestern, llegando a representar en nuestro país su segunda película más taquillera tras El halcón y la presa.

La popularidad de Milian fue tan fulgurante en su país de acogida que incluso Federico Fellini lo citó en Toby Dammit, su segmento para el film colectivo Historias extraordinarias (1968, Vadim, Malle, Fellini): de viaje en Italia con vistas a interpretar un spaghetti western, el actor inglés Toby (Terence Stamp) es presentado a su doble de escenas de acción, el cual no duda en decirle al conocerlo, “estoy muy contento de ser tu doble, también lo he sido de Tomas Milian.”

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Tras un paréntesis de dos films criminales, la española Crónica de un atraco y Banditi a Milano, cinta precursora del poliziesco en la que volvía a compartir cartel con su “amigo” Volontè, Milian interpreta una gran variedad de personajes en las trece películas en las que participa en los siguientes años dentro del spaghetti a pesar de que, como hombre de izquierdas que era, sentía una especial predilección por el arquetipo revolucionario que él mismo había ayudado a popularizar. Citemos dentro de esta heterogénea galería de personajes desde el pistolero albino de Sentencia de muerte, el bandido brasileño protagonista de O’Cangaceiro, el Vasco de Los compañeros o el caza recompensas del díptico Providenzia que, como el propio actor, poseía una irrefrenable inclinación por el disfraz, y que tomando como obvio modelo las películas de Trinidad, contaba incluso como compañero con un sosias de Bud Spencer interpretado por el americano Gregg Palmer.

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Ciudadano italiano desde 1969, Milian encontró a comienzos de la década de los 70 un provechoso nicho en el emergente poliziesco, género que trasvasó directores, guionistas y actores del ya por entonces decadente western mediterráneo. A pesar de representar uno de los profesionales que mejor y con más éxito supo llevar este cambio, Milian tuvo que sobrellevar por esa época una seria adicción al alcohol y a las drogas. Umberto Lenzi (junto a Bruno Corbucci, el director que más veces dirigió al cubano), recordaba como Milian solía beberse una botella de vodka al día durante la filmación de Milano odia: la polizia non può disparare (1974). Por lo demás, el actor demostró en el poliziesco la misma versatilidad de la que había hecho gala en el western interpretando indistintamente a policías, comisarios o al más brutal de los delincuentes, como pudiera ser el caso de Vincenzo Marazzi, el sádico jorobado que encarnó por primera vez en Roma a mano armada.

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Tras, como decimos, interpretar a un amplio abanico de personalidades en esta nueva década, Milian consigue tras casi veinte años su mayor éxito en Italia merced a Brigada todo terreno (Squadra antiscippo, 1976) y a la creación del personaje de “Monnezza”, personaje basado en la apariencia del Al Pacino de Sérpico a la vez que nombre genérico que sirve para designar a dos personajes distintos: por un lado tenemos a Nico Giraldi, que nació con el film anteriormente citado y cuyas aventuras se prolongarán a lo largo de ocho años y once películas, todas dirigidas por Bruno Corbucci y con guion de Mario Armendola; por el otro tenemos a Sergio Marazzi que vio la luz el mismo año en Il trucido e lo sbirro, dirigida por Lenzi. Mientras que en nuestro país la primera película de Monnezza gozó de una discreta carrera comercial, en su país de origen Brigada todo terreno supuso el tercer mejor estreno del año, incluyendo tanto nacionales como extranjeros.

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Curiosamente, y mientras llegaba a rodar hasta dos películas al año protagonizadas por el personaje por el que sería mayormente recordado, directores epítomes del cine de autor como Bertolucci o Antonioni seguían reclamando su presencia, en roles en los que dejaba de lado momentáneamente esa propensión por el disfraz y la pantomima que se había disparado definitivamente con el nacimiento de Monnezza. Milian llegó en esta fase incluso a interpretar en ocasiones hasta a dos personajes en un mismo film, como pudiera ser el caso de La banda del gobbo (Umberto Lenzi, 1978) en la que incorporaba a Marazzi y al jorobado, o Delitto al ristorante cinese (1981, Bruno Corbucci), en la cual encarnaba a la vez a Nico Giraldi y al dueño oriental del establecimiento del título.

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Aunque algunas voces culparan a esta saga de películas orientadas cada vez más hacia la comedia como la responsable de la debacle del género criminal, como ya habían acusado algunos años antes al díptico de Trinidad con respecto al ocaso del spaghetti, lo cierto es que los films de Monnezza protagonizados por Milian supusieron las únicas películas mínimamente relacionadas con el poliziesco que aún recaudaban algo de dinero (o bastante, dada la prolijidad de la saga) en la Italia de los 80. Tras interpretar la última aventura del personaje en Delitto al Blue Gay (Bruno Corbucci, 1984), un Milian cercano a los sesenta decide regresar a los Estados Unidos, conformándose en el último tramo de su carrera con personajes episódicos en series como Corrupción en Miami, Se ha escrito un crimen o La ley de Los Angeles, así como con breves roles en películas de Sidney Pollack, (Habana), Tony Scott, (Revenge), Oliver Stone, (JFK: caso abierto), Steven Spielberg, (Amistad), o Steven Soderbergh, que con Traffic con toda seguridad le brindó su último papel de cierta relevancia en el cine. Tristemente el proyecto de rodar Roma nuda de Giuseppe Ferrara, en la cual el actor iba a interpretar a un inspector de policía retirado en la que hubiera supuesto su vuelta al cine italiano, no llegó a realizarse por falta de fondos.

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Justamente hace unas semanas el Almeria Western Film Festival anunciaba la visita del cubano para la edición del próximo año con motivo del correspondiente homenaje que se le pensaba ofrecer en una tierra en la que, precisamente, Milian consideró también pasar los últimos años de su vida. Con la noticia de su fallecimiento también hemos conocido que el ya octogenario intérprete aún tuvo tiempo de rodar su parte como Cuchillo en Keoma Rises, reunión de viejas glorias del spaghetti orquestada por Enzo Castellari de la que, por desgracia, quedó fuera Bud Spencer, otras de las indiscutibles glorias del género también tristemente desaparecida hace escaso tiempo.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on marzo 27, 2017 at 6:00 am  Dejar un comentario  
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Entrevista al equipo de “(I Had a Bloody Good Time at) House Harker”

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Con la llegada del nuevo milenio la comedia terrorífica ha experimentado un considerable auge comercial y/o crítico, a tal punto que rara es la temporada en la que alguno de sus exponentes no se sitúa entre las sorpresas de la temporada dentro del ámbito del fantástico… Lesbian Vampire Killers, Tucker & Dale Vs Evil, Lo que hacemos en las sombras, la magistral La cabaña en el bosque o, sin movernos de nuestras fronteras, Lobos de Arga, son solo algunos de estos ejemplos que, a diferentes niveles, han propiciado que el estilo viva una auténtica edad de oro. Una larga lista a la que ahora se ha unido (I Had a Bloody Good Time at) House Harker, ganadora del premio del público en la pasada edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Madrid, Nocturna, en lo que supondría su première mundial. En ella se narra cómo unos descendientes de Jonathan Harker tienen que hacer frente al ataque vampírico que se cierne sobre la pequeña ciudad en la que habitan. Dirigida por Clayton Cogswell y protagonizada por Noel Carroll, Jacob Given y Derek Haugen, (I Had a Bloody Good Time at) House Harker ha supuesto el debut de este cuarteto formado en el mundo de las webseries.

Lleváis varios años trabajando juntos, ¿cómo nace esta asociación artística?

Nos conocemos desde el instituto, la universidad… Los que menos nos conocemos es desde hace diez años, aproximadamente. Todo surgió durante una despedida de soltero en la que estábamos los cuatro juntos. Noel, Derek y Jacob comenzaron a comentarle a Clayton una idea muy divertida acerca de un talk-show… y a partir de ahí no pararon de lanzar más ideas ingeniosas sobre el mismo tema.

Estuvimos hablándolo durante un par de años, hasta que un buen día nos decidimos a hacer este pequeño show de tres episodios. Después de estos capítulos, una gran compañía llamada Machinima contactó con nosotros para decirnos que le encantaba nuestro show y que quería formar parte de él, así que gracias a eso hicimos más episodios, hasta llegar a la segunda temporada, que ellos financiaron.

Habláis de la webserie Good Cops. ¿Por qué decidisteis dejar este formato y optar por hacer una película?

Después de terminar la tercera temporada (que, por cierto, fue bastante elaborada), nos reunimos para realizar un brainstorming con el fin de encontrar ideas para nuestra siguiente serie. Pero llegado el momento nos miramos y nos dijimos que en lugar de seguir haciendo webseries, que es con lo que empezamos, debíamos evolucionar, dar un paso adelante y comenzar a hacer películas. Así que, en vez de dedicar todo nuestro tiempo y energía realizando otro show para YouTube, optamos por volcar todo aquello que habíamos aprendido rodando un largometraje.

Así que acabamos lanzándonos y realizando nuestra propia película. Jacob estuvo escribiendo este guion en concreto durante un año y medio antes de aquella reunión, así que nos dijimos: “Es ahora o nunca. Si no rodamos la película ahora, nunca tendremos otra oportunidad mejor para hacerla”.

¿Cómo fue el desarrollo del proyecto?

El proceso empezó hace cinco años, con la escritura del guion, y el rodaje se desarrolló entre abril y noviembre de 2014; es decir, hace ya año y medio de aquello. Para reunir el dinero estuvimos haciendo una campaña en la plataforma Kickstarter desde agosto hasta finales de octubre. A veces ha sido un proceso algo frustrante, pero pensamos que ha valido mucho la pena en vista de los resultados.

El equipo de "House Harker" durante la rueda de prensa de presentación en Nocturna.

El equipo de “House Harker” durante la rueda de prensa de presentación en Nocturna.

A la hora de rodar, ¿qué diferencias habéis encontrado entre hacerlo para una webserie y para una película?

Realmente, filmar una película fue bastante similar para nosotros al trabajo que habíamos hecho hasta ese momento, porque al rodaje de la webserie ya nos habíamos aproximado de una manera bastante parecida a como se rueda un largometraje. Así, nos asegurábamos que era lo que teníamos que hacer e intentábamos hacerlo lo mejor posible. La única diferencia real es que contábamos con un poco más de ayuda, porque para la película disponíamos de más personal. Pero, como decimos, lo único que cambió fue la envergadura del proyecto, así como que la historia que tratábamos de contar en esta ocasión era mucho más ambiciosa.

La gente, cuando hace webseries, especialmente en Los Ángeles, se limita a pillar una cámara, rodar algo y ponerlo todo junto, así que, en nuestro caso, nunca olvidaremos la primera temporada de Good Cops, cuando decidíamos el montaje final entre todos, y también discutíamos acerca de cosas como la colorimetría de la imagen o sobre el diseño de sonido. Así que, aunque sólo estuviéramos haciendo un capítulo de tres minutos para colgarlo en YouTube, nos lo tomábamos muy en serio, prácticamente como si estuviéramos haciendo una película.

Puede decirse entonces que esa experiencia previa en el mundo de la webserie la habéis utilizado a la hora de enfrentaros a vuestra primera película…

En efecto. Esta influencia se ha notado especialmente en lo referente al guion. El propio formato de las webseries obliga a que todo tenga que pasar mucho más rápido al tener una duración muy corta. Y fue este estilo el que adoptamos a la hora de escribir el guion, pese a tratarse de un largometraje, donde lo normal es que tenga una estructura dividida en tres actos. Pero la intención era que en cada página ocurrieran cosas increíbles y graciosas constantemente, que hicieran avanzar la historia. Así que ese bagaje previo fue muy importante a la hora de dar forma al guion. Como apunte anecdótico te comentaremos que, aunque la película dure apenas ochenta minutos, el guion original de Jacob tenía ciento treinta y cinco páginas de extensión, por lo que puedes imaginarte el ritmo al que va la película.

El equipo de "House Harker" posa con el premio del público en Nocturna tras recibir el galardón.

El equipo de “House Harker” posa con el premio del público en Nocturna tras recibir el galardón.

¿Cómo es la escritura del guion en una película como la vuestra? ¿Primero hacéis la historia y luego vais acoplando los gags, o es al revés?

Como siempre trabajamos en grupo, hay ciertos momentos en los que todos nos reímos, así que Jacob, como escritor, es consciente de que tiene que colocar justo esos momentos divertidos al final del primer acto, del segundo acto, etc… En cualquier caso, queremos dejar claro que escribimos en grupo y decidimos los chistes entre todos, aunque más tarde haya que mirar cómo se desarrollará la historia para lograr que esos gags encajen.

Lo que más disfrutamos en este sentido es cuando a las dos de la madrugada, y tras cinco horas de rodaje, los personajes que hasta ese momento sólo estaban en nuestra cabeza se hacen reales y dicen algo gracioso. Entonces nos decimos a nosotros mismos: “¡¡Sí, lo hemos logrado!!

Lo bueno de que Noel, Derek y Jacob sean también los actores es que cada uno de ellos puede entrar en sus respectivos personajes cuando estamos confeccionando el libreto. Además de esto, junto a Clayton escribimos un pasado para nuestros personajes, para saber de dónde vienen, para de esta manera poder contar también con una buena base sobre la que más tarde poder interpretar e improvisar.

Ya que lo mencionáis, a la hora de rodar los momentos cómicos, ¿teníais muy cerrado el libreto o había cierto margen a la improvisación?

Por supuesto que a veces hay improvisación, especialmente en la escena de antes de llegar al bar, cuando van camino a casa: todo ese diálogo fue improvisado. Estábamos de noche y todo esa parte salió prácticamente de la nada. Pero el resto de la película está bastante trabajado y pensado de antemano.

Esta escena de la que te hablamos en un principio era totalmente diferente, pero al ver las reacciones de los miembros del equipo caímos en la cuenta de que no funcionaba y por eso decidimos cambiarla, improvisando así en diez minutos la escena que finalmente ha quedado en la película.

Y al ser un grupo tan amplio, ¿de qué forma tomáis las decisiones? ¿No suele haber piques por ver quién lleva la voz cantante?

Nunca hay conflictos. Somos muy buenos amigos desde hace muchos años, lo que hace que el proceso de colaboración sea maravilloso. Sí es verdad que pueden surgir pequeños roces o conflictos, pero al final del día se olvida todo y volvemos a ser buenos amigos.

Todo lo que hemos hecho ha sido entre los cuatro. Es lo que llamamos “El consejo de los cuatro”. Y siempre que alguno tiene una idea la sometemos a votación, y si obtiene mayoría la llevamos a cabo. Jacob, como guionista, lo pasó mal, porque a veces no tenía esa mayoría. Es un trabajo de equipo y el tener una idea no quiere decir que vaya a ser definitiva, sino que se puede moldear entre todos para que sea aún mejor. Y aunque la titularidad de ciertos apartados sea solo de uno, la responsabilidad es de todos. Jacob firma el guion, pero el guion es de todos. Clayton aparece como director, pero en cierto sentido también la dirigimos entre todos. Y así… todo

Ya para terminar, el desenlace la película deja la puerta abierta a una posible continuación con hombres lobo. ¿Tenéis intención de hacerla?

Nos encantaría. Si la gente se decide a ver la película, no sólo haremos ésta, sino que tenemos otras tres planeadas; pero, como decimos, todo depende de la respuesta que recibamos del público.

José Luis Salvador Estébenez

Traducción: José Manuel Romero Moreno

Fotografías: Nocturna

 

Published in: on enero 20, 2017 at 6:59 am  Dejar un comentario  
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…Y Dios dijo a Caín

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Título original: E Dio disse a Caino… / Satan der Rache

Año: 1970 (Italia, República Federal Alemana)

Director: Antonio Margheriti

Productores: Giovanni Addessi, Peter Carsten

Guionistas: Antonio Margheriti, Giovanni Addessi

Fotografía: Riccardo Pallottini, Luciano Trasatti

Música: Carlo Savina

Reparto: Klaus Kinski (Gary Hamilton), Peter Carsten (Acombar), Marcella Michelangeli (Maria), Antonio Cantafora [acreditado como Michael Coby] (Dick Acombar), Giulianno Raffaelli (Dr. Jonathan), Guido Lollobrigida [acreditado como Lee Burton] (Miguel Santamaria), Luciano Pigozzi [acreditado como Alan Collins] (Francesco Santamaria), Lucio De Santis (Jim), María Luisa Sala (Rosy), Joaquín Blanco (Frank), Marco Morelli (Sacerdote), Giacomo Furia (Juanito), Furio Meniconi (Mike), Luigi [Gigi] Bonos (Joë), Franco Gulà, Ettore Arena, Paul Costello, Alberigo Donadeo, Pedro Mendiconi, Osiride Pevarello, Renzo Pevarello, Amerigo Santarelli…

Sinopsis: Después de una condena de diez años de trabajos forzados por un crimen que no cometió, Gary Hamilton es liberado gracias a una amnistía gubernamental. El hombre que lo acusó injustamente, Acombar, se ha convertido en ese tiempo en un tirano local que cuenta con un ejército de hombres para protegerlo. Hamilton espera a que anochezca y llegue a la ciudad un tornado para llevar a cabo su venganza contra Acombar. Éste a su vez, y conocedor gracias a su hijo Dick de la llegada de Gary, ordena a su ejército de pistoleros que acaben con él.

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A comienzos de la misma década en la que nos regalara cócteles genéricos tan sugestivos como pudieran ser los casos de El kárate, el colt, y el impostor (divertida e imposible mezcla entre spaghetti western, el por entonces emergente kung fú y la comedia picante), y Por la senda más dura (mixtura esta vez de blaxploitation y western all’italiana, también con su toque de cine de artes marciales), Antonio Margheriti realizaría esta Y Dios dijo a Caín, que justamente representaría el polo opuesto, tanto en el fondo como en la forma, de las películas de la exitosa saga de Trinidad protagonizadas por Bud Spencer y Terence Hill, variante cómica del spaghetti que, ese mismo año 1970, se consolidaba como la más popular y novedosa formula a través de la cual poder seguir exprimiendo el ya por entonces maltrecho, y necesitado de nuevas ideas para su renovación, subgénero.

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Protagonizada por un Klaus Kinski que, alejándose de manera significativa de los roles que habitualmente acostumbraba a interpretar dentro del género (sádicos cazarrecompensas, revolucionarios místicos, rencorosos jorobados…), encarnaba en esta ocasión lo más cercano a un hierático (anti)héroe que un actor de su fisonomía y temperamento pudo alguna vez llegar a soñar. Y aunque quizás el hecho de poner al frente del reparto a un actor tan asociado al rol de villano como lo era Kinski puede llegar a parecer una elección inadecuada, en realidad no lo es tanto si tenemos en consideración la naturaleza última del proyecto. En esta ocasión Margheriti, y más que abordar la variante crepuscular que por aquellos años ya iba exigiendo el obvio agotamiento del subgénero (como, por ejemplo, lo harían las posteriores Keoma y Los cuatro del apocalipsis), se hace patente sin embargo en Y Dios dijo a Caín su intención de ofrecernos un western de claras reminiscencias góticas, llevando tanto narrativa como estéticamente a los paisajes de la frontera los logros que ya alcanzara en la década de los 60 con obras como Danza macabra, I lunghi capelli della morte o El justiciero rojo, logrando así dejar su inconfundible impronta en el cine del Oeste allí donde otros directores con mucho más talento habían fracasado en cambio de manera evidente, como pudiera ser por ejemplo el caso de Mario Bava con su impersonal y decepcionante Roy Colt y Winchester Jack.

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De todas formas, fue la logística de la producción la que transformó en última instancia a este film en un western de horror gótico. …Y Dios dijo a Caín se filmó en Roma en los mismos escenarios y al mismo tiempo que otra película de Sergio Corbucci (El especialista). De esta manera, mientras que la película del director de Django se rodaba durante el día, Margheriti y su equipo sólo podían trabajar por las noches, por lo que se vieron obligados a reescribir el guión con el fin de adecuarlo a la nueva coyuntura. Debido a esta peculiar circunstancia el director romano consigue dotar de una serie de inesperados y distintivos valores a un film construido por otra parte alrededor del arquetípico relato de venganza mil veces contemplado dentro del spaghetti, y esto lo consigue tanto inflamando a su máximo potencial las características más trágico-melodramáticas que pudieran derivarse de su tan simple como efectivo libreto, así como rodeando a sus personajes de la iconografía inconfundible y consustancial a la variante gótica del cine de género italiano.

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Así las cosas, y gracias a la condición de terrateniente del villano incorporado por Peter Carsten, el director se encuentra con la excusa perfecta a la hora de decorar los interiores de su mansión a base de espejos, candelabros, lujosos cortinajes y hasta un piano de cola, a la vez que incide aún más si cabe en esta imaginería tenebrista en lo referente a la ambientación de las húmedas catacumbas, pasadizos secretos y minas abandonadas por las que se va moviendo el personaje de Kinski, con el objeto de ir dando buena cuenta de las tres decenas de hombres que conforman el ejército personal de Acombar.

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Curiosamente, en el año 1971 el mismo equipo de esta …Y Dios dijo a Caín (Margheriti a la dirección, Giovanni Addessi como productor y guionista, y Klaus Kinski y Peter Carsten entre sus intérpretes) afrontaría la realización de una suerte de remake de Danza macabra titulada La horrible noche del baile de los muertos, film ya perteneciente al cien por cien al género gótico-terrorífico en el que Kinski encarnaba nada menos que a Edgar Allan Poe.

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En la práctica nos encontramos por lo tanto ante un western de marcados rasgos fantasmagóricos, incluso se podría decir que abstractos si tenemos en cuenta su minimalismo y simpleza estructural, tomando su director la sorprendente decisión de traspasar la obsesión de vendetta del protagonista al ritmo de la reiterativa, machacona pero fascinante narración del propio film, a través de una historia que – y para añadir aún más peculiaridades a la lista – se desarrolla durante sus últimos sesenta minutos en horario nocturno, en tiempo real y con la presencia omnipresente del ataque de un tornado, así como del desquiciante tañido de la campana de la iglesia del pueblo. Elementos estos que, combinados, logran dotar a las imágenes de una atmósfera única, a medio camino entre lo apocalíptico y lo espectral, a lo que también habría que sumar la índole casi sobrenatural que el grupo de pistoleros (así como el propio Margheriti) otorgan al personaje de Kinski: un sujeto que, si bien se termina revelando de carne y hueso, no se puede negar que en algunos momentos, y gracias a eso tan poco preciso que se ha dado en llamar “la magia del cine”, logra desafiar claramente las más básicas leyes de la física.

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Como colofón a su western de connotaciones más lúgubres, y para evidenciar aún más si cabe su voluntad de estilo, Margheriti nuevamente insiste en la canónica representación de la imaginería gótica a través de un clímax a lo La caída de la casa Usher, escenario a su vez del memorable duelo entre los dos antagonistas, situado en una estancia llena de espejos y equivalente por lo tanto de la célebre escena homóloga de La dama de Shanghai, a la vez que antecede en su juego de confusión y falsas apariencias el magnífico showdown final del mítico film de Bruce Lee Operación Dragón. Film pues infinitamente más atmosférico que narrativo, sin más subterfugios, adornos o subtramas en su historia que la pura y dura venganza que su obcecado protagonista ejerce de manera implacable durante buena parte de su metraje, …Y Dios dijo a Caín es un título que, de forma tan incomprensible como injusta, raramente se suele citar a la hora de confeccionar las listas de los más destacados representantes del (sub)género, cuando lo cierto es que es una de las más atractivas, compactas e insólitas piezas que nos legó el fenómeno del western mediterráneo en sus más decadentes y postreros años.

José Manuel Romero Moreno