El francotirador

Título original: El francotirador

Año: 1977 (España)

Director: Carlos Puerto

Productor ejecutivo: Juan José Porto

Guionistas: Juan José Porto, Jacinto Molina, Carlos Puerto, según la novela No he muerto todavía de este último

Fotografía:
Leopoldo Villaseñor

Música: Carlos Laporta

Intérpretes: Paul Naschy [Jacinto Molina] (Lucas), Blanca Estrada (Ángela), Pep Munné, Elisa Montés (Concha), Carmen de Lirio (Doña Flora), José Nieto, Carlos Casaravilla (D. Gonzalito), Ernesto Martín, Fernando Pérez, Eva León, Ángeles Lamuño, Ursula Grim…

Sinopsis: Lucas es un relojero viudo con una hija que vive en un pueblo del Norte de España. Un día la hija se despide para ir al colegio como cada mañana mientras él abre su tienda. Poco después, una vecina viene corriendo para avisarle que su hija acaba de morir víctima de un desgraciado atentado que un grupo terrorista ha perpetrado contra el coche de un ministro en visita oficial. Lucas queda destrozado. Lucas piensa que todo esto es debido a la grave tensión política que está viviendo esa zona del país; emocionalmente desequilibrado toma una terrible resolución: atentar a la vida del Jefe del Estado. Llega a Madrid para preparar el magnicidio, eligiendo fecha y lugar: la Demonstración Sindical del 1 de Mayo.

Con el régimen franquista ya dando sus últimos coletazos, la siempre errática industria cinematográfica nacional aprovechó oportunistamente las fisuras abiertas en el ámbito sociocultural para ofrecer una serie de productos impensables pocos años atrás, dando cabida a los lugares más perseguidos por la moralizante tradición cristiana del país como la recreación en una violencia recrudecida y en la sexualidad explícita, originando así fenómenos harto conocidos (y no siempre bien entendidos, tanto en su realización como en su recepción pública) como el del destape.

Inserta plenamente en esta época cambiante y una vez ya muerto el Caudillo, El francotirador nace, como ya hemos mentado, con intención de rapiñar -atención al juego de palabras de su título- en el todavía fresco cadáver del régimen para construir un thriller a partir de una novela anterior del propio director de la película Carlos Puerto llamada No he muerto todavía, autor también del guión junto a Juan José Porto y el protagonista Naschy, quien según las propias palabras del artífice de la película no colaboró realmente en su redacción. Aun con ello, sí puede entenderse cierta autoría en Molina al fagocitar el material para adaptarlo a su particular figura cinematográfica y características presentes en su cine.

En principio la novela contaba la historia de un joven que decidía, sin motivo aparente, matar al dictador, alojándose en la capital en un burdel de la capital hasta ser finalmente traicionado y muerto por sus camaradas. Adaptada a Naschy, el joven se convertirá en un padre torturado por la muerte accidental de su hija, atropellada por la comitiva de Franco al evitar un atentado contra este, por lo que planteará su venganza. Redimido posteriormente al encontrar el amor en una prostituta, será obligado, en una huida hacia delante al plantearse un nuevo rumbo a su vida, a cometer su plan por una organización con la que había trabado contacto.

Entrados ya a valorar el film en sí mismo, destaca especialmente el preferente tratamiento psicológico que Puerto da a la trama, con un tratamiento apropiadamente conseguido en lo referente al suspense creado cuando la historia avanza en su vertiente de thriller. A retener especialmente el acoso a Naschy desde el coche por las calles y pequeños detalles que marcan el tempo de la secuencia, como aquel del grifo averiado que pierde agua, con el protagonista encerrado claustrofóbicamente entre las cuatro paredes de su habitación en la pensión. Por el contrario, la segunda mitad del metraje detiene morosamente la acción para dar cabida a la trama romántica, con sus consiguientes concesiones a la moda del destape. También resultan francamente pobres las escenas de acción que dan inicio y final a la película, demasiado abruptas y chuscas en su resolución. Por su parte, los breves insertos del NO-DO mostrando a Franco, están medianamente bien entramados, no siendo unos pegotes demasiado molestos para el espectador.

En lo que a la labor actoral respecta, resulta estimulante encontrar a un Naschy bien entonado dentro de su alcance como intérprete, en una etapa de su carrera bastante arriesgada a todos los niveles –cf. Comando Txikia: Muerte de un presidente (1976), El transexual (1977), El huerto del francés (1978) -, y que al parecer le reportó varias amenazas de muerte –al igual que a otros miembros de la producción-. Blanca Estrada, es en esta ocasión la belleza encargada de mostrar generosamente sus encantos, desaprovechando así en parte una mayor caracterización y profundidad. Por último, no faltan varios de los impagables secundarios prototípicos del cine español como Carlos Casaravilla, José Nieto, Elisa Montés o Ernesto Martín, cuya sola presencia suele ser deleite para el aficionado y que en buena medida salvaban los trastos de muchos productos cuya su única presencia era su mayor virtud.

José María Miralles Aznar

Infierno en el río

Título original: Blue

Año: 1968 (Gran Bretaña)

Director: Silvio Narizzano

Productores: Judd Bernard, Irwin Winkler

Guionistas: Meade Roberts y Ronald M. Cohen, según una historia del segundo

Fotografía: Stanley Cortez

Música: Manos Hadjidakis

Intérpretes: Terence Stamp (Blue), Joanna Pettet (Joanne Morton), Karl Malden (Doc Morton), Ricardo Montalbán (Ortega), Anthony Costello (Jess Parker), Joe de Santis (Carlos), James Westerfield (Abe Parker), Stathis Giallelis (Manuel), Carlos East (Xavier), Sara Vardi (Inez), Robert Lipton (Antonio), Jerry Gatlin…

Sinopsis: Trata a la gente de su pequeña localidad de Texas con justicia, pasa su tiempo atendiendo a las cosechas y hace todo lo posible para mantener la paz, incluso cuando algún exaltado le insulta. Pero ese hombre llamado Blue no siempre fue así: una vez vivió como un implacable y despiadado bandido, robando, destruyendo y matando junto a la banda de forajidos de su padre adoptivo Ortega…

La psicología del pistolero ha sido analizada en infinidad de clásicos del western, desde El pistolero (The Gunfighter, 1950), de Henry King; hasta Sin perdón (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood; sin olvidar títulos tan emblemáticos como las excelentes Raíces profundas (Shane, 1953), de George Stevens; o El Dorado (El Dorado, 1966), de Howard Hawks; por poner algunos ejemplos de todos conocidos. Al otro lado del charco, las producciones europeas conocidas como spaghetti westerns nunca han intentado una profundización psicológica tan profunda, salvo excepciones, caso de Il grande silenzio [dvd: El gran Silencio, 1968], de Sergio Corbucci; o la película de Narizzano que tratamos aquí.

A grandes rasgos, la concepción del protagonista de la película de Narizzano es muy similar en su punto de partida al de la película de Corbucci citada, aun cuando el personaje de Terence Stamp sí que es capaz de hablar, pero es casi tan silencioso como el Silencio de Jean Louis Trintignant. Sólo ese apunte en cuanto a similtudes entre ambos films, porque la película de Narizzano es sin duda extrañísima y desconcertante, muy difícil de adscribir rápidamente a una de las dos corrientes del western de la época, el clasicismo o el spaghetti.

Así, esta producción británica rodada en el recordado valle de Moab (Utah) -primer motivo de conflicto: las localizaciones y la producción, ¿es un spaghetti puro o no?- se inicia como cualquier producción italo-española de la época, ambientándose en el México de la época de Maximiliano y con una puesta en escena y una estética propiamente spaghetti (algunos zooms rapidísimos, efectismos y cierta festividad folclórica salvajista), pero en cuanto la línea dramática pasa al otro lado de Río Grande y el personaje es protegido por el doctor interpretado por Karl Malden y su hija, la cosa cambia a un tono reposado más clásico, indagando en el interior de la psicología de los personajes y dando tiempo a sus relaciones personales.

Ambos estilos están hábilmente compenetrados, y es de agradecer que Narizzano no cargue demasiado las tintas sobre aquellos recursos visuales mas molestos como los zooms o los grandilocuentes planos desde helicóptero, es más, por momentos su dirección es digna de maestría, aprovechando una gran profundidad de campo, como en aquel plano de una noche estrellada en que Ricardo Montalbán dialoga con su lugarteniente (Joe de Santis) mientras se alejan de espaldas a la cámara.

No nos olvidemos tampoco de alabar la excelente fotografía, la música de Manos Hadjidakis, todo ello sumado a un estupendo reparto donde brillan por encima de todos los veteranos Malden y Montalbán, de los que no desmerecen los jóvenes protagonistas, Joanna Pettet y Terence Stamp, del que sólo hay que lamentar su episódico histrionismo. Todo ello dan como conjunto una película extraña como ya hemos apuntado, pero también fascinante y visualmente exquisita.

José María Miralles Aznar

Forajidos de leyenda

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Título original: The Long Riders

Año: 1980 (Estados Unidos)

Director: Walter Hill

Productores: Tim Zinnemann, James y Stacy Keach

Guionistas: Bill Bryden, Steven Phillip Smith, Stacy y James Keach

Fotografía: Ric Waite

Música: Ry Cooder

Intérpretes: David Carradine (Cole Younger), Keith Carradine (Jim Younger), Robert Carradine (Bob Younger), James Keach (Jesse James), Stacy Keach (Frank James), Randy Quaid (Clell Miller), Dennis Quaid (Ed Miller), Harry Carey Jr. (George Arthur), Nicholas Guest (Bob Ford), Christopher Guest (Charlie Ford), Whitmore (Sheriff), Pamela Reed (Belle Starr), Peter Jason (Agente de Pinkerton)…

Sinopsis: La Guerra Civil americana ha terminado, pero muchos en el Sur se resisten a admitir la derrota. Algunos de los héroes que cabalgaron junto a Lee se han convertido ahora en unos facinerosos. Entre ellos, y dominando las praderas de Missouri, se encuentran los hermanos James, ladrones de bancos y asaltadores de trenes que viven al margen de la ley.

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Muchas son las versiones cinematográficas sobre las andanzas del gang de los James y los Younger, algunas de ellas de gran fama y reputación, empezando por Tierra de audaces (Jesse James, 1939) de Henry King y su secuela La venganza de Frank James (The Return of Frank James, 1940) de Fritz Lang; y en general ha habido visiones de para todos los gustos, desde las más románticas y glorificadoras, pasando por obras más reflexivas, sino desmitificadoras o revisionistas, hasta vomitivos productos de acción que duermen el sueño de los justos.

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Dentro de todo este conglomerado de visiones, Forajidos de leyenda (The Long Riders, 1980) posiblemente pase por ser aquella que mayor realismo aporte, no tanto a la fidelidad histórica de los hechos sino más bien en la recreación y ambiente de la época, algo significativo si recordamos que su director, el reivindicable Walter Hill, siempre se ha movido entre personajes históricos cuando ha abordado de nuevo el género para la pantalla grande con Gerónimo (Geronimo: An American Legend, 1993) y Wild Bill (1995).

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De esta manera, la película de Walter Hill en vez de centrarse en algún determinado miembro de la banda, opta por mostrar un retrato coral del grupo, usando para ello (con toda seguridad la anécdota más recordada del film) a diferentes familias de actores para los distintos hermanos de la banda (habría que añadir una dinastía más que nunca se menciona ( Whitmore, hijo de James, interpreta al agente Pinkerton encargado del caso), que da como resultado unos personajes creíbles y muy definidos, así la frialdad de Jesse en el pétreo rostro de James Keach, el aura crepuscular y parcialmente romántica del Cole Younger de David Carradine, el empequeñecido Frank James de Stacy Keach, siempre bajo la sombra de su hermano o el aire de granjero del Clell Miller de Randy Quaid, por poner algunos ejemplos.

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Paradójicamente, el realismo buscado por Hill en la puesta en escena contrasta plenamente con el tiroteo final tras la debacle producida en el grupo en el asalto al banco de Northfield. Hill, heredero directo de Sam Peckinpah, de quien fue colaborador, muestra un tiroteo con reminiscencias del inaugural de Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) que ya estaba basado en los hechos reales nombrados, con un empleo de la ralentización que incluso supera a la de su maestro, pues aquí incluso el sonido es ralentizado, convirtiendo los impactos de bala en un ritual de dolor y agonía, que da paso a unos bellísimos travellings siguiendo al maltrecho grupo por un bosque tal cual si fuesen espectros de lo que eran.

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Son estas algunas de las virtudes de un film modélico, del que se podría decir mucho más, pero del que no puedo dejar de destacar brevemente para acabar la magnífica banda sonora de Ry Cooder, llena de canciones de aires sureños que ayudan a ese aire de realismo ambiental comentado al inicio, una cita visual en el momento de la muerte de Jesse James al legendario plano del forajido disparando a la cámara de Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery, 1903) y la inclusión, al igual que en muchas de las versiones, de un momento de glorificación de los bandidos, en este caso en el instante final, cuando un granjero ve pasar el tren que transporta el féretro y se descubre del sombrero en señal de respeto: el reconocimiento final de aquellas clases populares que siempre estuvieron a favor de las fechorías de los forajidos, que siempre fueron para ellos una especie de Robin Hood con Colt en vez de arco y flechas.

José María Miralles Aznar

Brannigan

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Título original: Brannigan

Año: 1975 (Estados Unidos)

Director: Douglas Hickox

Productores: Jules Levy, Arthur Gardner, Michael Wayne

Guionistas: Christopher Trumbo, Michael Butler, William P. McGivern y William Norton; según una historia de los dos primeros

Fotografía: Gerry Fisher

Música: Dominic Frontiere

Intérpretes: John Wayne (Teniente Jim Brannigan), Richard Attenbororugh (Comandante Sir Charles Swann), Judy Geeson (Jennifer Thatcher), Mel Ferrer (Mel Fields), John Vernon (Ben Larkin), Daniel Pilon (Gorman), Ralph Meeker (Capitán Moretti), James Booth (Charlie-the-Handle), John Stride (Inspector Traven), Anthony Booth (Freddy), Arthur Batanides (Angell), Barry Dennen (Julian), Lesley Anne Down (Luana), Pauline Delany (Sra. Cooper), Del Henney (Drexel), Brian Glover (Jimmy-the-Bet), Stewart Bevan (Alex)…

Sinopsis: El Teniente de la Policía de Chicago Jim Brannigan es enviado a Londres con objeto de repatriar al capo de la mafia Ben Larkin, capturado por Scotland Yard. Una vez en Londres, Brannigan se entera de que su objetivo ha sido secuestrado en una sauna mientras disfrutaba de libertad bajo fianza. Brannigan habrá de unirse al equipo de Scotland Yard liderado por Sir Charles Swann, para encontrar al secuestrado, contando con la colaboración del abogado de este, Mel Fields. Al tiempo, un asesino es contratado con el fin de eliminar a Brannigan…

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En la década de los 70 incluso para John Wayne era evidente que los grandes tiempos del western habían pasado y, aunque todavía seguían produciéndose con regularidad, cada ve eran más dejados de lado por los espectadores más ávidos de aventuras contemporáneas. En este contexto, el Duke se decidió a realizar dos películas policíacas tal como las modas de la época imperaban, quizá para intentar enmendar el error de haber rechazado protagonizar la celebérrima Harry el Sucio (Dirty Harry, 1971) de Don Siegel; y el experimento dio como resultado dos productos no reputados pero sí correctos y apreciables: McQ (McQ, 1974) de John Sturges y este Brannigan (Brannigan, 1975) dirigido por el británico Douglas Hickox que ahora tratamos.

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La mayor novedad que Brannigan representa en la carrera de Wayne no es el hecho de interpretar a policías (en el fondo, tanto Brannigan como McQ son muy similares a muchos de los personajes de Wayne en el western, salvando las distancias temporales) sino el hecho de ambientarse en Inglaterra y poder confrontar las heterodoxas pero efectivas maneras del policía americano en contraposición con la metódica labor de Scotland Yard y el poder ver como se desenvuelve un personaje tan “políticamente incorrecto” en una sociedad totalmente opuesta a él.

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Hickox, sabedor de lo peligroso y frágil que puede ser este cóctel, planifica la película evitando caer en muchos de los tics habituales que más puedan chocar con el cine habitual del astro y sólo en un par de ocasiones se permite concesiones a cámaras lentas o apuntes sexuales, y en general, opta por un tono irónico y por momentos desenfadado que se convierte en lo mejor del film: la relación que se establece entre el maduro Wayne y la joven detective está invertida, siendo el personaje joven el que controle al viejo; o la escena de la pelea en el pub, rodada como si de un western de Wayne de toda la vida fuese.

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Así, la trama se desenvuelve con gran dinamismo, a pesar de que no abunden las escenas de acción (apenas una persecución rodada con el mismo tono irónico del film, un intento de asesinato al protagonista y el clímax final), pero sí desarrolla un suspense bien construido en torno a la incertidumbre de saber si el villano realmente ha sido secuestrado o es una treta urdida para escapar de la justicia; por no hablar de la modélica escena de la entrega de sobres al buzón en medio de Piccadilly Circus, con una manifestación irrumpiendo en el momento clave.

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Por último, la película se beneficia de un reparto bastante homogéneo donde, cómo no, Wayne hace gala del carisma y magnetismo de siempre, llenando la pantalla sin ningún esfuerzo con un personaje prototípico pero consistente. A su lado, le secundan hábilmente la joven Geeson y un Attenborough, por momentos francamente divertido; y sin olvidar a los siempre solventes veteranos Mel Ferrer y John Vernon, en esta ocasión los villanos de la función.

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No es Brannigan una película de las que permanecen en la memoria, pero sí un entretenimiento de sábado noche la mar de agradecido y disfrutable, que no es poco, viendo en lo que han devenido los actuales niveles del cine de consumo hollywodiense.

José María Miralles Aznar

Convict Stage

Título original: Convict Stage

Año: 1965 ( Estados Unidos)

Director: Leslei Selander

Productor: Hal Klein

Guionista: Daniel Mainwaring, basado en una historia de Donald Barry

Fotografía: Gordon Avil

Música: Richard LaSalle

Intérpretes: Harry Lauter (Ben Lattimore), Donald Barry (Marshal Karnin), Jodi Mitchell (Sally), Hanna Landy (Sra. Gregory), Joe Patridge (Jeb Sims), Eric Matthews (Johnny Sims), Walter Reed (Sam Gill), Michael Carr (Piute), Fred Krone (Dixon)…

Sinopsis: Una mujer es asesinada, pero en sus últimos estertores logra escribir con su propia sangre una pista referente a su ejecutor. El hermano de la fallecida partirá en busca de venganza.

 

Convict Stage parece una película anacrónica. Un western de la más pura cepa de la serie b de los 40 ó 50 rodado a mediados de los 60 en blanco y negro por un habitual (o mejor dicho: sempiterno) del género, Lesley Selander. El problema es que no añade nada nuevo al género, y si bien presenta por momentos tiene alguna escena impecable, el resto del conjunto presenta una puesta en escena bastante plana, amén de cierta torpeza, tanto en su argumento (obra de Donald Barry, protagonista del film) como en su resolución.

Vayamos por partes. En principio la propuesta es sugerente: dos excelentes escenas con dos tipos atracando una diligencia y matando a la mujer que viajaba en ella, en cuyos últimos estertores intenta escribir con el dedo en la tierra el nombre de los asesinos. Acto seguido alguien termina lo que la mujer no había acabado y nos muestra la dualidad entre los dos protagonistas del film: el hermano de la fallecida en busca de venganza, y el marshal con métodos más reflexivos. Visceralidad contra racionalidad, interesante.

Pero a partir de aquí Selander comete el primer error, la madre de los forajidos hiere gravemente a Lattimore (Harry Lauter), el hermano vengador e introduce una elipsis temporal de varios meses sin aviso, injustificada y totalmente descolocadora. El marshal atrapa a los forajidos y Lattimore se entrena con el revólver junto a la tumba de su hermana.

Entonces entra en juego la diligencia del título, el marshal introduce en ella a una serie de nuevos personajes totalmente tópicos y manidos: la madre de los proscritos, de incógnito para infiltrar a un miembro de la banda en la diligencia; la novia de Lattimore que le ha dejado por la obsesión que este tenía en vengar a su hermana, los dos empleados de la diligencia y un viajante un tanto pusilánime.

Tras varias desventuras y la unión de Lattimore para proteger al coche de la banda de proscritos llegan a un pueblo abandonado donde se recrea el clímax con un tiroteo entre ambos bandos, el intento de fuga de los presos ayudados por su madre e hiriendo gravemente al marshal y la redención del protagonista con su amada presente en el acto.

En cuanto a los actores, Harry Lauter, habitual secundario de directores de mayor enjundia, no llega a dar con el personaje de Lattimore, amén de resultar un tanto mayor para él, aunque no resulta tan mal parado como otros miembros del reparto. Donald Barry, estrella de serie b en la época de fulgor del género y más tarde secundario habitual, se reserva el mejor papel, el del marshal, sin altos vuelos pero con bastante discreción. El resto del reparto resulta bastante tópico, en especial las féminas.
Un western más que no aporta nada al género, pero cuyos escasos 70 y poco minutos son de agradecer para pasar el rato. En todo caso, Selander debiera haberse movido mejor tras su larga trayectoria en el género.

José María Miralles Aznar

Published in: on septiembre 30, 2008 at 11:10 am  Comments (2)  
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Decision at Sundown

Título original: Decision at Sundown

Año: 1957 (Estados Unidos)

Director: Budd Boetticher

Productores: Harry Joe Brown, Randolph Scott

Guionista: Charles Lang, basado en un argumento de Vernon L. Fluherty

Fotografía: Burnett Guffrey

Música: Heinz Roemheld

Intérpretes: Randolph Scott (Bart Allison), John Carroll (Tate Kimbrough), Karen Steele (Lucy Summerton), Valerie French (Ruby James), Noah Beery Jr. (Sam), John Archer (Doc Storrow), Andrew Duggan (Marshal Swede Hansen), James Westerfield (Otis), John Litel (Charles Summerton), Ray Teal (Morley Chase)

Sinopsis: Un tejano, ex-combatiente en la guerra de Secesión, llega a Sundown junto a su fiel amigo con la intención de vengarse de un hombre. El pueblo está de celebración pues precisamente el hombre al que ellos van a asesinar, el terrateniente más rico de la comarca, está a punto de casarse.

Decision at Sundown (inédita en cines españoles, y emitida por televisión con los títulos de Decisión en Sundown, Cita en Sundown, Decisión al atardecer y El día de la venganza) es el tercer western del ciclo Ranown dirigido por Budd Boetticher y protagonizado por Randolph Scott. Como el resto de películas del ciclo, esta se asienta sobre un eje temático común, un hombre en busca de la mujer que ha perdido, pero a diferencia de los títulos más representativos del ciclo, el argumento no se basa en el itinerario del protagonista en pos de su meta, sino que en este film es más estático: Bart Allison y su compañero Sam (Noah Beery Jr.) llegan a Sundown en busca de Tate Kimbrough (John Carroll), el cacique local. Kimbrough era el hombre que había estado con la mujer de Allison antes de que esta se suicidara. Bart interrumpe la boda de Tate y le amenaza con matarlo ese mismo día… La historia se desarrolla en varios frentes, por un lado la búsqueda de venganza de Randolph Scott, un hombre inescrutable y cegado en su objetivo (personaje arquetipo del ciclo), pues como se desvelará durante la proyección, se niega a admitir lo que conscientemente sabe que es verdad (y que Sam le ocultaba), que su mujer le era infiel, y que aunque al final parezca concebir la verdad, lo que le llevará a emborracharse e irse del pueblo, es meramente una iluminación temporal, pues de seguro volverá a reincidir en su obsesión. La herida en la mano que llevará tras enfrentarse al marshal será una huella que no le hará olvidar el periplo sucedido.

En segundo lugar tenemos las relaciones de Kimbrough con las mujeres, quizá la trama que menos interesaba a Boetticher, dividida entre dos féminas, una en busca de un matrimonio por conveniencia y la otra, la amante y confidente de Kimbrough, siempre a la sombra, que finalmente demostrará sus verdaderos sentimientos saliendo a la luz para disparar y herir a su amado e impedir que Allison lo mate, dando así carpetazo al imperio de Tate y mostrando la revelación de Scott.

Por último está el desmoronamiento del imperio de Kimbrough. La presencia de Scott y Beery en el pueblo hará que se produzca un caos (magníficamente ejemplificado en el barbero borracho) y que se desarrollará de forma similar al personaje de Scott: el pueblo cegado tomará conciencia de la situación, volverá la cara y se rebelará contra el poder imperante que pasivamente había asumido y al que en mayor o menor medida se intentaba acercar (el padre de la prometida de Kimbrough) siempre a costa de perder algo: su dignidad. Una dignidad que ese pueblo tratará de recuperar poniéndose del lado de los recién llegados ante el asedio que sufren por el sheriff comprado por Kimbrough y sus pistoleros a sueldo. Pero una vez quebrado el imperio y retomada la libertad, el pueblo volverá a ser igual y llegará otro hombre que retome el poder y el pueblo lo asumirá.

Las interpretaciones son, en general, eficientes, desde el habitual aplomo y severidad de Randolph Scott, capaz de asumir sus limitaciones y dar más que aceptables resultados; pasando por la estupenda actuación de Noah Beery Jr. Y la corrección del resto del reparto principal, a excepción de una sosilla Karen Steele; y una también correcta nómina de secundarios habituales del género: Ray Teal, James Westerfield, John Litel

Todo ello servido con la habitual parquedad y concisión de la puesta en escena de Budd Boetticher, más inspirado en otros títulos del ciclo, aunque esto no quiere decir que estemos ante una película más que correcta y en ocasiones magnífica. A los aficionados al género no hará falta decírselo dos veces para ver este film.

José María Mirralles Aznar

* Esta reseña fue originalmente publicada en “Territorio Ranown”