Sinopsis: Lucy, en compañía de sus amigas, aprovecha unas vacaciones para aparcar sus estudios universitarios y viajar de regreso con su familia, en la espectacular mansión hawaiana de su padre, célebre antropólogo. Allí también habita Ben, el chimpancé con el que su progenitor realiza algunos de sus estudios, interesado en el lenguaje por signos, algo potenciado por su propia condición como sordomudo. Sin embargo, lo que parecía que iban a ser unos días de ensueño en buena compañía, se convierten en una pesadilla cuando descubren que Ben ha sido contagiado de hidrofobia, más popularmente conocida como la rabia. Sin la ayuda del padre de Lucy, a kilómetros de allí en la presentación de su nuevo libro, los jóvenes se refugian en la piscina, intentando escapar de los continuos ataques del chimpancé.
Año: 2025 (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá Australia)
Director: Johannes Roberts
Productores: Walter Hamada, John Hodges, Bradley Pilz
Guionistas: Johannes Roberts, Ernest Riera
Fotografía: Stephen Murphy
Música: Adrian Johnston
Intérpretes: Johnny Sequoyah (Lucy), Jess Alexander (Hannah), Troy Kotsur (Adam), Victoria Wyant (Kate), Gia Hunter (Erin), Benjamin Cheng (Nick), Charlie Mann (Drew), Tienne Simon (Brad), Miguel Torres Umba (Ben), Amina Abdi (Susan), Robin Chalk (intérprete), Joe Abercrombie (editor), Nick Romano (oficial de Policía)
Hace 40 años se estrenó sin pena ni gloria Link (Link, Richard Franklin, 1986), en la que una adolescente norteamericana, a la que daba vida Elisabeth Shue, se trasladaba a la mansión, situada en la costa británica, de un antropólogo, encarnado nada menos que por Terence Stamp. Su intención es reforzar sus estudios, ejerciendo como ayudante en los experimentos del excéntrico científico. Pero las cosas empiezan a pintar mal cuando el mayordomo, un veterano orangután amaestrado de cara resignada, empieza a dar muestras de hartazgo respecto a su amo. Quizá, la recién llegada haya encendido dentro de él una llama largo tiempo apagada. El director de la primera y muy apreciable secuela de la legendaria Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), supo construir tres años después de aquella una nueva y sorprendente película de suspense, con una memorable banda sonora original de Jerry Goldsmith, ganador de un Oscar por La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976). Y como pueden haber adivinado por la premisa, es la principal referencia de este Primate (Primate, Johannes Roberts, 2025). De hecho, es la recreación de ese concepto, pero con el electroencefalograma plano y sin resquicio alguno para la sorpresa.

El británico Johannes Roberts, que parece abonado a eso del survival con animales enfurecidos, como demuestran las dos entregas de A 47 Metros (47 Meters Down, 2017), comienza su nueva película haciéndonos un spoiler en toda regla. El prólogo es un flashforward donde se revelan todas las cartas. Primero, un texto en pantalla nos define en qué consiste la hidrofobia, y acto seguido tenemos el primer ataque del chimpancé asesino. Y así queda todo el pescado vendido. Tan sólo resta asistir al consabido body count y su desfile de atrocidades a juego. La historia retrocede unas horas y tenemos al grupo de adolescentes de hormonas revolucionadas haciendo su viaje hacia la tierra prometida del alcohol y el sexo. Nada nuevo bajo el horizonte. Y entonces llega una nueva señal de alarma. Todo luce cutre y bastante falso. Cromasestridentes y unos decorados cochambrosos haciendo las veces de mansión hawaiana. Y es que buena parte de la producción ha tenido lugar en Inglaterra y Portugal, más concretamente entre Londres y Madeira, en lugar del archipiélago norteamericano.

Su modesto presupuesto no ha sido bien disimulado ni por el director de fotografía y mucho menos por el equipo de arte. Tampoco ayuda el señorito disfrazado de chimpancé. Nada que objetar a que los efectos especiales sean prácticos en su mayoría para resultar más realistas o, más importante todavía, para evitar amargarle la vida a un verdadero primate. Pero las cosas se pueden hacer mucho mejor. Ejemplos sobran a patadas. Y de películas del siglo pasado, sin ir más lejos, con efectos de maquillaje o máscaras animatrónicas infinitamente más creíbles, como las supervisadas por el genio del maquillaje Rick Baker en títulos como Greystoke: La Leyenda de Tarzán, el Rey de los Monos (Greystoke: The Legend of Tarzan, Lord of The Apes, Hugh Hudson, 1984) o Gorilas en la Niebla (Gorillas in the Mist: The Story of Dian Fossey, Michael Apted, 1988).

No vamos a entrar tampoco en discusiones de credibilidad. Esto es ficción desmelenada. De hecho, forma parte de su argumento el que no exista la rabia en Hawái. Otra cosa es que sea ilegal por esos pagos tener como mascota en tu casa a un chimpancé. Pero a quién lo importa. Aquí hemos venido a jugar. Y el realismo es lo de menos. Los problemas son otros. Más oportuno aquí es el debate de si lo de dar asco convalida como terror. Y al menos el que esto suscribe es de los que opina que no. Esto anda más cerca de sagas como las inauguradas por Viernes 13 (Friday the 13th, Sean S. Cunningham, 1980) y Saw (Saw, James Wan, 2004), o la más reciente y abyecta Terrifier (Terrifier, Damien Leone, 2016), donde el jump scare y las muertes más grotescas intentan esconder la falta de imaginación de sus realizadores, asaltando los sentidos de la audiencia con toneladas de casquería y situaciones enfermizas porque sí. Que no se me entienda mal, porque soy de los que defiende el buen uso del gore, desde John Carpenter a Sam Raimi, pasando por David Cronenberg. Y antes de que me tachen de abuelo cebolleta, ahí está la inteligencia con la que nos golpeaba más recientemente en Cuando acecha la maldad (Cuando acecha la maldad, Demián Rugna, 2023). Resultar impactante o, incluso, estomagante no está reñido con sobrecoger ni con mantenernos en vilo.

Ahora bien, si alguien puede considerar sorprendente que a un personaje le arranquen la piel de la cara o a otro la mandíbula, o simplemente deshojar la margarita apostando por cuál de los protagonistas sobrevivirá a la escabechina, pues algo tendrá donde rascar aquí. Más allá de eso, queda una cinta rutinaria que se hace eterna, y eso que apenas roza los 90 minutos de duración. Y donde la anécdota, más allá del gore que se ha erigido en bandera de la propuesta, la pone el actor Troy Kotsur, ganador del Oscar por su trabajo en CODA: Los sonidos del silencio (CODA, Sian Heder, 2021), que le pidió al director que no le enseñara con antelación el cadáver mutilado que iba a encontrar su personaje, para que la sorpresa fuera genuina en el momento de grabar su escena climática. Al menos, este buen señor sí que sabe en lo que consiste el terror.
Guillermo Martel
