Entrevista a Phil Hawkins, director de “The Last Showing”

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Puede considerarse a Phil Hawkins todo un niño prodigio del cine inglés. Formado de modo autodidacta, con tan solo trece años ya había realizado su primer corto y con veinticuatro su ópera prima. Ahora, recién entrado en la treintena, acumula diferentes reconocimientos y galardones, tanto en festivales cinematográficos como de spots publicitarios, habiendo dirigido también videos musicales y espacios televisivos. Por si aún quedaran dudas acerca de su valía, cabe añadir que el propio Steven Spielberg en persona le apadrinaría hace unos años en un reality show catódico sobre cineastas emitido en los Estados Unidos.

Con todo este bagaje a sus espaldas, Hawkins visitaría “Nocturna” para presentar The Last Showing, uno de los dos films recientes que pudieron verse a lo largo del certamen protagonizados por el más mediático de los Maestros del Fantástico de este año: Robert Englund. En ella, el intérprete de Freddy Krueger da vida a un viejo proyeccionista de cine que, tras ser apartado de sus funciones debido a la implantación de los sistemas digitales, llevará a cabo una retorcida venganza: secuestrar a una pareja de espectadores para obligarles a participar en el rodaje de una película terrorífica en la que las muertes de los personajes sean verídicas. Esta sencilla trama da pie para que el joven cineasta inglés realice un ejercicio metacinematográfico en el que, entre otras cosas, reflexiona acerca de las nuevas formas de consumir el cine por parte del público, tal y como él mismo nos expuso en la entrevista que mantuvimos a propósito de la proyección de su película.

¿Cómo surge el proyecto de The Last Showing?

Como supongo que les ocurrirá a otros directores, siempre había pensado en escribir y rodar una película de terror, pero me frustraba el hecho de que en el cine de terror moderno prevalezca por encima de todo el intentar impresionar al espectador por medio del gore, mientras que mi intención primera era filmar una película más cercana al terror psicológico. No obstante, cuando me metí de lleno en la escritura del guion me di cuenta de que me inclinaba casi más hacia el psychothriller que hacia el terror. También fue durante este primer proceso cuando la figura de Robert me vino a la mente y así fue como la historia, además de ir tomando forma, fue adquiriendo un estilo propio, casi de film de meta-terror, en el que además a través del personaje de Robert podía aprovechar para expresar mi opinión acerca del cine de terror actual.

Como dices, tus anteriores películas se encuentran bastante alejadas del género terrorífico. ¿Qué te llevó a hacer un film de este género?

Aún intento encontrar mi propio estilo, así que siempre estoy probando cosas diferentes. Por ejemplo, mi última película está más encuadrada dentro del género de acción o aventuras, por lo que es bastante distinta a The Last Showing. Siempre y cuando me sienta interesado en abordar y desarrollar unos personajes o una historia en concreto que me atraigan, no me importa realmente el género al que pertenezcan.

Por ejemplo, lo que hemos intentado reflejar en The Last Showing es el cambio que se ha producido estos últimos años en el modo en que consumimos cine, así como también la manera en que está evolucionando el terror. Me encanta el cine de terror, pero tampoco todo: me gustan sobre todo Carrie, La semilla del diablo, Pesadilla en Elm Street y otras por el estilo. Esas son mis películas preferidas, y The Last Showing es una especie de reacción a la metamorfosis que el género ha sufrido estos últimos tiempos.

Dado tu bagaje previo, ¿existe mucha diferencia entre rodar una película de terror y otra de otro género?

Sí, supongo que es diferente, pero porque cada película es diferente. La manera de rodar que elijas en cada caso, más que por el género, viene determinada por la historia que quieras contar. Siempre intento adaptar mi manera de filmar a la historia que cuento, si creo que de esa manera voy a poder mejorarla sustancialmente. En una película de terror, o en un thriller, el trabajo con la cámara es absolutamente crucial, y más aún en un film como The Last Showing, donde el cine además es el escenario principal, y en el que una correcta utilización de la fotografía o de la iluminación es primordial. Así que sí, cada película es diferente porque siempre depende de la historia y de lo inspirado que estés a la hora de ser capaz de exprimirle todo su potencial.

Robert Englund y Phil Hawkins posando para los medios.

Robert Englund y Phil Hawkins posando para los medios.

El principal reclamo de cara al público con el que cuenta la película es, sin lugar a dudas, la presencia de Robert Englund, cuyo rol guarda ciertas semejanzas con otros papeles suyos como Freddy Krueger o El fantasma de la ópera, dado su perfil de demiurgo de la historia. ¿Escribiste el personaje pensando expresamente en él?

Sí. Obviamente conozco el trabajo de Robert en la saga de Pesadilla en Elm Street y en El fantasma de la ópera, así como en muchos otros trabajos más, pero Robert es un actor al que siempre he querido ver haciendo algo diferente: verle protagonizar una película en la que no tuviera que estar todo el rato detrás de la máscara, o interpretando personajes demasiado excéntricos cuyo único propósito sea el de asustar. Sabía que un actor de su talento sería capaz de hacer algo distinto, así que, cuando escribí esta historia, y al ser de alguna forma una película de meta-horror, se me ocurrió que lo idóneo sería que una leyenda del género interpretara a este personaje en concreto, y Englund fue muy receptivo cuando se lo propuse, lo cual me alegró muchísimo, por supuesto.

Como admirador del género ¿te sentiste intimidado a la hora de trabajar con toda una leyenda como él?

¡Por supuesto! (risas) Recuerdo que tuvimos una larguísima conversación por teléfono acerca del personaje y realmente no daba crédito a estar hablando personalmente con él. He visto un montón de películas suyas y, obviamente, lo admiraba. Pero lo bueno de mi relación con Robert es que simplemente conectamos: tiene un conocimiento cinematográfico casi enciclopédico, así que sabía exactamente lo que hacer en cada momento, cómo abordar su personaje de forma profesional, directamente, sin tonterías ni pérdidas de tiempo.

Robert estaba comprometido por completo con la película y trabajamos en equipo perfectamente. Eso sí, en muchos momentos no pude evitar tener presente que este tipo fue el que me asustó cuando era niño interpretando a Freddy Krueger; de hecho, recuerdo haberle corregido levemente su actuación en un momento dado, y unos segundos después pensado: “¡Oh, Dios mío! ¡Le he dicho a Robert Englund que algo que ha hecho no me ha gustado!” Sin duda existieron esos momentos en los que era plenamente consciente del nivel de la leyenda con la que estaba trabajando, pero con lo que me quedo al final de la experiencia es con su compromiso y sus ganas de trabajar. Fue un auténtico placer trabajar con Robert. Aparte, él es totalmente opuesto al personaje que interpreta, lo cual creo que otorga a su trabajo mucho más mérito del que ya de por sí posee.

Y, en general, ¿cómo fue el trabajo con el equipo de actores, teniendo en cuenta lo reducido del reparto y el hecho de que en muchas escenas tuvieran que trabajar sin tener que interactuar con nadie?

Bueno, durante el rodaje combinamos diferentes estilos de interpretación, porque teníamos actores de diferentes escuelas: unos eran más proclives a la improvisación, pero a Robert, por ejemplo, le gusta tenerlo todo controlado, por lo que era muy interesante verles colaborar juntos e intentar sincronizar sus casi opuestas formas de trabajar.

Una película de este estilo era muy desafiante para los intérpretes, porque cuando actuaban en las escenas situadas en el cine tenían que reaccionar ante la pantalla sin tener nada delante; tenían que ser capaces de mostrar toda una serie de emociones ante algo que no podían ver. Pero por fortuna podían verse a sí mismos en el combo después de rodar cada escena, para así poder ir puliendo los errores que hubiera en cada momento. Además, Robert, al ser el último en incorporarse el rodaje, pudo reaccionar a todas estas escenas grabadas previamente en la sala de cine, por lo que su parte fue relativamente más sencilla que la de los otros, ya que pudo reaccionar ante algo más tangible.  Técnicamente fue muy laborioso, pero creo que, tras toda la posproducción y el trabajo de montaje, realmente funciona muy bien.

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A lo largo del metraje haces multitud de referencias y guiños a los aficionados al género, empezando por el hecho de que los protagonistas vayan a ver Las colinas tienen ojos 2 de Wes Craven. ¿Era una manera de homenajear al cine de terror que te ha influenciado?

Por supuesto. Mi intención era incluir tantas referencias como me fuera posible en lo que al cine de terror respecta, y Wes era una cita obligada debido a la presencia de Robert Englund en la película. Por otra parte, al tratarse de una película ambientada en un cine, nos pudimos permitir el capricho de llenarlo todo con posters y fotos de otras películas, al tiempo que intentamos emular planos de films míticos, como El resplandor y muchos otros. Sabía que esta clase de referencias les iba a encantar a los fans del terror en general y a los de Robert en particular. Y aunque no soy demasiado aficionado a la moda del torture porn, también incluí referencias a estos títulos más modernos en consideración con el segmento más joven de la audiencia. Quizás algunos espectadores puedan opinar que hay demasiados homenajes, o incluso que son innecesarios, pero para mí resultó muy divertido la posibilidad de ir deslizando todas estas referencias a lo largo del metraje.

En cualquier caso, homenajes aparte, mi principal propósito era rodar una película que no estuviera libre de controversia: que no estuviera del todo seguro de si el público realmente iba a querer ir a verla.

La preponderancia de temas y ambientes puramente cinematográficos da pie para que, como ya has adelantado, realices un ejercicio metalingüístico en el que reflexionas acerca del modo en el que ha cambiado el cine en diferentes campos con el transcurrir de los años. ¿Dicho componente estaba ya desde el principio o surgió sobre la marcha?

Originalmente la idea era hacer una película situada en una sala de cine, pero luego se fue transformando de forma progresiva en una especie de reacción al terror moderno, en confrontación con el más clásico. Así que, en realidad, todo surgió de manera bastante orgánica, como ya dije antes, como una respuesta a los cambios que el género ha ido experimentando estos últimos años.

Este componente metalingüístico acerca a The Last Showing a otros ejemplos de lo que podríamos denominar cine de terror posmoderno, como puede ser el caso de Scream, por seguir con Wes Craven. ¿Era esa tu intención?

Me encanta Scream, creo que es una película muy original. De ese estilo también me gusta mucho La cabaña en el bosque; me pareció fantástica. Me gustan las películas que no sólo se atreven a cuestionar otras películas, sino también aquellas que cuestionan la manera en que percibimos la realidad y que nos fuerzan a replantearnos nuestra propia manera de vivir. Y no tienen por qué pertenecer forzosamente al género de terror: ahí tenemos por ejemplo El show de Truman. Es por ello que The Last Showing no es sólo un film de terror. También aborda el conflicto héroe-villano, y creo que es interesante ver la transformación de villano a héroe que sufre el personaje de Robert en la película.

Englund y Hawkins en un instante de la rueda de prensa de "The Last Showing" en "Nocturna".

Englund y Hawkins en un instante de la rueda de prensa de “The Last Showing” en “Nocturna”.

El debate que planteas se divide entre el modelo clásico de consumir cine representado por Stuart, el personaje interpretado por Englund, y el concepto más moderno que encarna la joven pareja protagonista. ¿Cuál es tu posición personal en este enfrentamiento?

En mi caso lo que pretendo con cada nuevo proyecto es hacer una película lo más exitosa posible, y que la vean todo tipo de audiencias, a ser posible en una sala oscura y rodeado de otros espectadores. Pero la distribución ahora está cambiando, quizás de una manera excesiva con el video-on-demand, aunque tampoco es que esté en contra de ese tipo de exhibición en concreto. Soy consciente de que el cine también lo consumen  padres con sus hijos pequeños, así como parejas jóvenes, por lo que no puedes enfocar tu película exclusivamente a un determinado tipo de público o a un único modelo de exhibición. También pienso que, en cierto sentido, es triste que se haya perdido la figura del proyeccionista. Actualmente, cuando voy a una sala de cine, no hay nadie a quien reclamar cuando la imagen se ve mal o hay problemas con el sonido. Donde antes había una persona, por desgracia, hoy en día sólo hay un ordenador.

Debido a sus motivaciones subyacentes, es fácil que ciertos espectadores, entre los cuales me incluyo, puedan desarrollar cierta empatía hacia Stuart, lo que no deja de ser paradójico tratándose de un psicópata…

Era importante que Stuart fuera ante todo un personaje frustrado por el sistema, y que esto se viera representado sobre todo en la figura de su jefe en el cine, el personaje al que tan bien interpreta Malachi Kirby. Para mí el personaje de Stuart es el verdadero héroe de la película, quizás porque es el que más se parece a mí, además de porque me parecía divertido que la audiencia sintiera simpatía por el supuesto villano de la película y que además comprendiera sus motivaciones a la hora de hacer lo que hace.

El final abierto de la película da pie para una posible segunda parte. ¿Se encuentra tal posibilidad entre tus planes?

En efecto, estoy abierto a una continuación. Actualmente estamos escribiendo una secuela, así que si los fans quieren, si esta primera parte funciona, el proyecto de una secuela es posible, de ahí ese final abierto. Así Robert puede regresar: el personaje del proyeccionista nunca va a morir.

Ya por último, sé que acabas de rodar una nueva película titulada Four Warriors. ¿Qué nos puedes adelantar sobre ella?

Four Warriors es una película de acción y aventuras situada en épocas medievales, al estilo de Juego de tronos pero en un tono mucho más familiar, sin desnudos ni sexo. Poco más puedo desvelar de ella. Creo que es posible que se estrene este verano o de aquí a final de año, como muy tarde.

José Luis Salvador Estébenez

Traducción: José Manuel Romero Moreno

Fotografías: Juan Mari Ripalda

Ángeles robados

Título: Ángeles robados

Autor: Shaun Hutson

Editorial: Tyrannosaurus Books

Datos técnicos: 376 páginas (Barcelona, enero, 2015)

“… no es que no la crea, pero venir aquí y decir algo como eso (…) es como una escena de una mala película de terror.”

Fuera de los ámbitos literarios, Shaun Hutson es principalmente conocido por ser el autor de la historia que dio origen a Slugs, muerte viscosa, el entrañable mini-clásico del terror patrio dirigido por Juan Piquer Simón en 1987, novela que – al igual que estos Ángeles robados – se encuentra desde hace algún tiempo disponible en librerías de la mano de la editorial independiente Tyrannosaurus Books: empeño digno de aplauso el de la modesta empresa barcelonesa por publicar en nuestro país la obra de un escritor tan prolífico como desconocido por estos lares como es Hutson, aunque es una lástima que todo ese esfuerzo esté destinado finalmente a dar a conocer una obra tan decepcionante como es la presente.

Precisamente, si existe una característica que defina el estilo desarrollado por el autor inglés, tanto en esta novela como en la mayoría de sus obras adscritas al género, es su tan excesiva como perniciosa dependencia de los más ramplones recursos narrativos del lenguaje cinematográfico: y es que, y aún contando con un interesante epicentro argumental que combina de manera ecléctica satanismo, pedofilia y maldiciones mortales, conforme vamos pasando las páginas no podemos evitar tener la sensación de que Hutson se limita en todo momento a reimaginar el guión de un mal thriller a la hora de dar forma a su novela, sin que apenas se gane en lo que a calidad literaria respecta con el cambio de formato.

Así pues en Ángeles robados hincha hasta lo indecible lo escueto de su atractiva historia principal mediante la suma de una serie de mucho menos interesantes subtramas y situaciones de relleno, a la vez que hace progresar la trama mediante el uso y abuso de unos estereotipados y previsibles diálogos, como ya señalamos más propios de una mala película de Serie B que de un escritor que se tome a sí mismo, o a sus lectores, mínimamente en serio. Redundando en estos vicios contraídos del séptimo arte, nos podemos encontrar asimismo con una desmesurada inclinación por una tan minuciosa como estéril descripción de personajes y ambientes, sirviéndose la mayor parte de las veces de esta técnica para situar al lector desde un punto de vista visual en los escenarios donde se desarrolla la acción, pero jamás en pos de potenciar la caracterización de sus más bien impersonales protagonistas.

De esta manera, Hutson parece más interesado en sobredimensionar hasta el más mínimo detalle del vestuario o el mobiliario antes que en profundizar en las motivaciones y/o sentimientos de sus desdibujados personajes: justamente por su condición de vacuos estereotipos andantes, fruto de la absoluta incapacidad de su creador a la hora de hacernos partícipes de su mundo interior, resulta extremadamente difícil llegar a sentir un mínimo de empatía por cualquiera de los roles principales. En este sentido es obligado señalar el del inspector Talbot, simplista y muy poco original amalgama de todas aquellas peculiaridades que definen por principio a los duros protagonistas del género noir, ya sea en su variante literaria o cinematográfica, y que en esta ocasión por desgracia no consigue evolucionar más allá del monolítico y consabido cliché.

Y aunque al menos se percibe una cierta voluntad de enriquecer el relato a través del uso de una narración a tres bandas, en la que el protagonismo se va alternando entre los principales personajes, tal estrategia deviene como resultado en una historia mucho más deslavazada e impresionista de lo que cabría desear. Así las cosas, la principal dificultad que Piquer Simón achacaba a la novela original de Slugs a la hora de ser trasladada a la gran pantalla (“No tiene una historia coherente, sino que son fragmentos de pequeñas estampas con los bichos” [1]) puede extrapolarse perfectamente a ésta: a lo largo de los noventa y seis capítulos en los que se divide un libro que, recordemos, no supera las cuatrocientas páginas, Hutson nos ofrece una serie de escenas breves que, si bien pueden llegar a funcionar de manera independiente, están muy lejos de formar una historia consistente como conjunto.

En este caso en concreto este enfoque excesivamente episódico no beneficia por lo tanto ni a la construcción de una historia sólida ni a atrapar la atención del lector de una manera más o menos continuada: defectos estos a los que habría que añadir lo limitado que se muestra el autor en lo que a exhibir sus (escasas) habilidades literarias se refiere. De este modo podemos encontrarnos con metáforas tan “evocadoras” como “Las hojas yacían esparcidas por el césped como si fueran confeti verde”, por citar sólo una de las más desafortunadas y cursis imágenes con las que nos podemos topar en este sentido a lo largo del texto.

Aún teniendo en cuenta todas sus flaquezas, quizás lo más molesto de aproximarse a la lectura de Ángeles robados sea la manera en la que incluso el propio Hutson parece acabar aburriéndose de su propia historia: así, y consciente de su ineficacia a la hora de sacar partido de sus ya agotados contenidos, decide en sus últimas páginas forzar un cambio de rumbo en el que el grueso de lo explicado anteriormente carece súbitamente de importancia. De hecho se deja en suspense gran parte de la trama principal en favor de un tramo final tan efectista como tramposo y que, por muy sorprendente o inesperado que llegue a resultar, no es tan brillante como para hacernos olvidar los infinitos cabos sueltos que el autor se ha ido dejando chapuceramente en el camino.

En última instancia, y retomando el símil cinematográfico, Ángeles robados podría ser considerada, tanto en la forma como en el fondo, el equivalente a aquellas películas que a finales de los 90 intentaron saquear con más pena que gloria el éxito de Seven (Seven, 1995) de David Fincher, sin que responda a la casualidad el hecho de que la novela esté escrita un año más tarde del estreno del célebre film protagonizado por Brad Pitt. Como Postmortem (Postmortem, 1998) de Albert Pyun o Resurrección (Resurrection, 1999) de Russell Mulcahy, nos encontramos ante un refrito de temas mucho mejor tratados en otras obras, que en muy pocas ocasiones logra zafarse de su asumida condición de sucedáneo y con ello, de su mediocridad literaria.

José Manuel Romero Moreno

[1] Extraído de “Entrevista a Juan Piquer Simón” de Manuel Valencia en el libro coral coordinado por Carlos Aguilar,  Cine fantástico y de terror español 1900-1983 (Donostia Kultura, 1999), pág. 440.

Hantik Films pone a la venta el thriller de horror alemán “Dead Past”

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Hantik Films vuelve a la carga. Tras unos meses de inactividad, el sello francés responsable de la celebrada “The Scare-ific Collection” anuncia la salida para el próximo 5 de junio de una nueva referencia. Se trata de la producción alemana del pasado 2010 Dead Past, thriller de horror dirigido por Daniel Flügger.

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Protagonizada por la estrella televisiva Simon Gosejohann, y con la voz como narrador del doblador germano de Samuel L. Jackson, Helmuth Krauss, Dead Past narra el descenso a los infiernos de David, cuando decide regresar a la casa de campo en la que fuera asesinada su esposa en busca de respuestas que aclaren lo sucedido. Allí descubre que en algún momento el asesino retornará al lugar del crimen, por lo que decide pasar el invierno esperándole. Lo que no sospecha es que a lo que se enfrenta es, en realidad, a una maldición…

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Hantik Films lanza la película en una edición en Dvd en versión original con subtítulos en castellano y francés. La edición no tiene distribución en España, aunque puede adquirirse a través de Paypal por 10 € en el siguiente mail: contact@sinart.asso.fr

Published in: on mayo 25, 2015 at 7:32 am  Dejar un comentario  

Entrevista a Nando Torres, protagonista de la última película de Martín Garrido “El hijo bastardo de Dios”

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Recientemente asistimos al estreno en España de El hijo bastardo de Dios, la nueva película escrita y dirigida por Martín Garrido Ramis, conocido por ser el responsable de cintas como Mordiendo la vida (1986), con Paul Naschy, o Héroes de cartón (2001), protagonizada por Antonio Mayans.  A excepción de algún cortometraje (Manolito, de 2005, por ejemplo), Garrido no había dirigido ningún proyecto desde hacía casi quince años, y ahora, en 2015, regresa con un filme sobre un hombre completamente amargado en busca de la felicidad, en un cóctel con elementos de denuncia social y thriller ultra-violento.

Para hablar de la película entrevistamos a su protagonista, el actor mallorquín Nando Torres, quien tuvo el reto de interpretar hasta cinco registros diferentes durante el rodaje.

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  • Antes de centrarnos en El hijo bastardo de Dios hablemos un poco de ti, de tus inicios como actor. ¿Cómo fueron?

A los 13 años inicié mis clases de Teatro en la escuela de Manel Barceló, a partir de ahí, fui pasando por varias escuelas hasta que por motivos personales lo dejé. Años más tarde decidí que era el momento de luchar por mi pasión y retomé el tema. El último curso que realicé fue uno de “preparación a un casting” impartido por el cineasta  Santiago Zannou, hace menos de un mes en Madrid.

  • Has trabajado en teatro, publicidad, cine… ¿en qué medio te sientes más cómodo?

Lo cierto es que es difícil esa elección, ya que me siento muy cómodo en todos. El teatro es mágico, pero el cine y la televisión tienen algo especial que te permiten vivir la interpretación de una forma muy diferente, quizás con menos adrenalina, pero también de un modo intenso. Personalmente trato de trabajar de la misma forma, sobre todo en cuanto a la preparación de los personajes.

  • Pasemos a tu nueva película ¿En que momento te llegó el guión de El hijo bastardo de Dios?

Puede que en el momento justo. Hacía tiempo que esperaba la oportunidad de volver a rodar y tenía todas las ganas del mundo. Así que no dudé en aceptar, más aún después de leer el guión.

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  • ¿Qué te pereció la historia tras su primera lectura, sobre todo al descubrir que tenías que interpretar cinco personajes diferentes?

Creo que es un todo un reto para cualquier actor/actriz. Evidentemente no lo dudé, supe que iba a ser una gran oportunidad para mí. Arriesgada, pero muy valiosa. Por mi parte he tratado de darle a cada personaje su propia personalidad, intentando destacar la enorme diferencia que hay entre ellos, respetando siempre los límites marcados por el director.

  • La película es una combinación de diferentes géneros que van del thriller, al drama social, con momentos eróticos y otros directamente cómicos. ¿Tú cómo la definirías?

Aciertas de pleno en los adjetivos; es un intento de reflejar algunos de los problemas de la realidad actual, por lo tanto, como en la vida, hay un poco de todo. Las diferentes situaciones están muy marcadas por un método de montaje y de interpretación muy directo y visceral. Creo que debe ser el público quien la defina, ya que a algunas personas les marcará más una historia que otra. Todo dependerá de eso.

  • Como hemos dicho, interpretas cinco personajes en la película. Estos individuos son muy diferentes entre ellos: un pobre lisiado maltratado por la sociedad, un asesino en serie, un productor de televisión agresivo… ¿Cómo fue el proceso de preparación de cada personaje?

Está claro que no fue fácil para mí, sobre todo si tenemos en cuenta los perfiles tan dispares de los personajes. En mi caso no intento parecerme al personaje, intento ser el personaje. Con alguno sufrí más que con otros…pero gracias al trabajo de todos (el equipo de rodaje), creo que conseguimos darle su propia personalidad a cada uno de ellos.

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  • ¿Cómo fue el método de dirección de Martín Garrido Ramis? ¿Te dejaba crear los personajes libremente o marcaba mucho la dirección, con ensayos previos, etc.?

Es un director que tiene muy claro lo que quiere. Eso te deja poco margen para la improvisación pero, al mismo tiempo, si está dentro del perfil marcado por él, te permite adaptar el personaje a tu idea del mismo. Fue toda una experiencia para mí. Una oportunidad única para seguir creciendo e intentar aprender.

  • ¿Cómo elaboró el equipo de dirección el plan de rodaje? ¿En base a cada uno de los personajes que interpretas (filmándose primero, por ejemplo, todas tus secuencias como asesino) o más bien pensando en otros elementos como las localizaciones, iluminación, etc.?

Debido a mis cambios físicos no hubo otra opción que adaptar el plan de rodaje a mis personajes. Así que los rodamos uno tras otro hasta llegar al personaje principal, ya que cambié mi corte de pelo, mi peso, etc.

  • ¿A qué público crees que va dirigida la película?

A cualquier espectador al que le guste el cine de autor, independiente y/o cine denuncia. Es evidente que no es una película “comercial”, y tampoco está hecha con ese propósito. De lo que se trata es que el espectador acabe sintiéndose reflejado con alguna de las historias que aparecen en la película.

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  • No es la primera vez que trabajas con Garrido. En 2012 ejerciste de secundario en Mediterranean Blue un thriller inédito en España escrito por Garrido Ramis y dirigido por su hijo Martín Garrido Barón (responsable de H6: diario de un asesino de 2005). En aquella compartías cartel con actores como Tony Isbert, Tony Tarantino o Juan Fernández. ¿Qué tal fue la experiencia?

La experiencia fue única. Siempre agradeceré a Martín Garrido (hijo) la oportunidad que me dio. Poder trabajar junto a ese gran reparto es un lujo y algo muy poco probable para un actor/actriz en Baleares. Está claro que Mediterranean Blue fue un punto de inflexión en este inicio de mi carrera. Afortunadamente, he tenido la suerte de poder trabajar con Garrido Ramis y Garrido Barón, y lo cierto es que cada uno de ellos tiene una forma distinta de dirigir, y eso es algo que también te ayuda a crecer como actor.

  • ¿Conocías y/o habías visto las películas previas dirigidas por Martín Garrido Ramis?

Forma parte de mi preparación de personajes y, evidentemente, vi todas las que pude.

  • Desde tu posición de actor, ¿cómo ves el panorama actual del cine español?

Afortunadamente parece que el gran público empieza a valorar las producciones nacionales, tanto en cine, televisión y teatro. L@s guionistas español@s tienen una capacidad de creación enorme. Desde hace tiempo se está valorando el trabajo de los directores y cada vez más el de los actores/actrices. Ahora espero que se empiece a valorar de igual forma el de l@s guionistas y que las mujeres crezcan en protagonismo como directoras, productoras, etc. Aunque todo eso no servirá de mucho si las instituciones no ayudan. Espero que l@s políticos se den cuenta de que el valor cultural de una sociedad no se mide en euros ni en dólares y que es una inversión a largo plazo, pero necesaria para cualquier país y sociedad que quiera crecer como tal.

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  • Actualmente ¿estás trabajado en algún nuevo proyecto?

Estoy en varios procesos de casting, pero de eso no se habla hasta que se está grabando (risas).

  • Muchas gracias por tu tiempo Nando. ¿Quieres añadir algo más?

Gracias a ti y a todas las personas que me apoyan en todo esto. Tan sólo intento hacer mi sueño realidad.

Javier Pueyo

Fotografías: Pau Torrens

Published in: on mayo 20, 2015 at 5:13 am  Dejar un comentario  
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Cautivos

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Título original: The Captive

Año: 2014 (Canadá)

Director: Atom Egoyan

Productores: Atom Egoyan, Patrice Theroux, Jennifer Weiss, Simone Urdl

Guionistas: Atom Egoyan, David Fraser

Fotografía: Paul Sarossy

Música: Mychael Danna

Intérpretes: Ryan Reynolds (Matthew), Mireille Enos (Linda), Rosario Dawson (Nicole), Scott Speedman (Jeffrey), Alexia Fast (Cass), Kevin Durand (Mika)…

Sinopsis: Ocho años después de la desaparición de Cassandra, algunos indicios perturbadores parecen indicar que aún está viva. Sus padres y los policías encargados del caso intentan descubrir el misterio de su desaparición antes de que sea demasiado tarde.

Ryan Reynolds i The Captive

No deja de resultar curiosa la manera en la que la mayoría de cronistas cinematográficos aún se aferra en su holgazanería al cliché de conectar forzadamente, y de forma injustificada en la mayor parte de los casos, los universos creativos de David Cronenberg y Atom Egoyan, basándose casi en exclusiva para tal afirmación en el débil vínculo que supone la coincidencia en la procedencia de sus films. Aun así, y a pesar de esta proximidad geográfica, sus estilos son mucho más distantes de lo que en principio pudiera pensarse, tanto por la distintiva forma de aproximarse al medio que los dos realizadores residentes en Canadá poseen, como – sobre todo – por los caminos casi divergentes que las trayectorias de ambos han ido tomando durante los últimos años, tanto en el aspecto artístico como en el económico.  En este sentido, prácticamente se podría considerar al uno como la antítesis del otro, por mucho que aún exista cierta relación a través de la etiqueta de auteur que ambos comparten, así como también se puedan hallar si se desea similitudes en lo referente al análisis y plasmación en imágenes del comportamiento humano, comúnmente abordada en gran parte de ambos corpus cinematográficos desde una perspectiva aséptica, cerebral y casi entomológica.

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Así las cosas, con Una historia de violencia (A History of Violence, 2005) la trayectoria del director de La mosca experimentó no sólo un drástico cambio de tercio temático si no también un enorme salto cuantitativo en lo que a número de espectadores se refiere: hecho al que tampoco es ajeno tanto su interés por tratar temas y/o géneros más afines al público masivo como su inteligente asociación con actores tan mainstream como Viggo Mortensen o Robert Pattinson. Egoyan, en cambio, y tras alcanzar un punto de inflexión con el masivo reconocimiento de público y crítica (nominación al Oscar al mejor director incluida) que supuso el éxito de la magistral El dulce porvenir (The Sweet Hereafter, 1997), no ha querido, no ha sabido (o, sencillamente, no le ha dado la gana) alejarse en demasía de sus temas recurrentes, ni variar tampoco de manera sustancial sus intransferibles y características concepciones del ritmo y de la puesta en escena cinematográficos.

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De esta manera, el autor de El liquidador se ha mantenido durante este tiempo fiel a sus ideales estéticos aun siendo consciente de que los films de esta etapa tendrán mucho mayor alcance en líneas generales que los anteriores, aunque sólo sea por el simple hecho de estar protagonizados por estrellas más o menos reconocibles por las grandes audiencias, como pudieran ser estos últimos años los casos de sus colaboraciones con figuras de la talla de Liam Neeson,  Julianne Moore o Reese Witherspoon, intérpretes obviamente atraídos por el merecido prestigio del realizador de origen egipcio. Aun así, hace un par de años se produjo con la confección de Condenados (Devil’s Knot, 2013) un intento por abordar al fin (no sabemos si premeditadamente o no) un tipo de cine si no más comercial sí al menos de connotaciones mucho más estándar de las que acostumbraba a ofrecernos el director hasta ese momento. Film judicial sobre crímenes adolescentes concebido a partir de un guion ajeno, y protagonizado por el plomizo Colin Firth, a pesar de exhibir un estilo infinitamente más domesticado en el aspecto formal que el de sus más célebres obras precedentes, desgraciadamente para Egoyan este relativo cambio de dirección se saldó, además de con un estrepitoso fracaso en taquilla, con algunas de las más devastadoras críticas recibidas por su trabajo en tres décadas de trayectoria filmíca.

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Seguramente como respuesta a esta debacle podamos disfrutar en la actualidad de la existencia de Cautivos, retorno plenamente consciente a los asuntos, paisajes e inquietudes consustanciales a sus mejores films de primeros-mediados de los 90, temas y tonos estos con los que Egoyan ha demostrado sobradamente desenvolverse mejor. Enlazando con su anterior y fallido film exclusivamente en lo tocante a la irracional violencia ejercida contra la infancia, en esta vuelta a sus orígenes, protagonizada por el también canadiense Ryan Reynolds, nos podemos encontrar de esta manera tanto con el tema del secuestro que ya se apuntaba en El viaje de Felicia, el sentimiento de culpa por la pérdida de la inocencia que sobrevolaba El dulce porvenir, el vouyerismo de Exótica, así como la posibilidad de controlar las vidas de nuestros seres queridos a través de la tecnología y sus dispositivos, argumento principal de La vida en vídeo.

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Y es que aunque se nos brinda un thriller en toda regla, que además cumple a la perfección con las constantes esenciales del género, se hace evidente en esta ocasión la voluntad de Egoyan por llevar un paso más allá su historia, en lo que a términos autorales se refiere, gracias a una serie de elementos muy concretos. En primer lugar, otorgando a la narración del film una estructura basada en flashbacks y flashforwards que, si bien en un primer momento pudiera considerarse superflua y hasta confusa, se acaba revelando imprescindible para este caso en particular: y ya no tanto a la hora de ocultar y/o revelar secretos de la trama como sí para conseguir reflejar la transformación que el paso del tiempo ha ido provocando en sus torturados protagonistas, así como para dotar de un extra de atractivo y complejidad a su algo simplona historia gracias a esta disposición del relato no estrictamente lineal.

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Asimismo se retuerce de forma bastante sutil el estereotipo a la hora de caracterizar a los personajes, no llegando tan lejos como para empatizar con los villanos de la función pero sí dotándolos en cambio con unas personalidades tan ambiguas como levemente seductoras, así como mostrándolos absolutamente satisfechos, y hasta orgullosos, de su totalmente reprobable estilo de vida. Por otro lado, se introduce la subversiva idea de dibujar tanto a los personajes de los padres como a los integrantes de las fuerzas del orden (con Rosario Dawson a la cabeza) como unos seres carcomidos por la culpa y la obsesión, cuya única vía para liberar el dolor es la insensibilización. Algo que queda meridianamente claro en el caso del personaje del policía encarnado por Scott Speedman, capaz de los métodos más reprobables, e incluso de acercarse demasiado al modus operandi de este tipo de criminales, con tal de tener la más remota posibilidad de meterlos entre rejas.

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Por otra parte, si hay algo que se le puede achacar a Cautivos es el evidente afán de Egoyan por no excederse ni en el sensacionalismo que un tema tan delicado como el de la pederastia pudiera deparar, ni tampoco a la hora de cargar las tintas en los aspectos más melodramáticos que una historia de tamaña carga emocional podría haber procurado. En el mismo sentido, los contados momentos felices son demasiado breves y anticlimáticos como para poder ser considerados como tales, persistiendo de este modo una permanente frialdad a la hora de abordar las relaciones humanas que el director parece haber adquirido de los nevados y desolados paisajes canadienses de los que tanto provecho visual saca en esta oportunidad.

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Quizás Cautivos finalmente peque de escasa originalidad, no sólo con respecto al resto de la filmografía de su director si no también dentro del marco del cine contemporáneo, y posea igualmente demasiadas buenas ideas que nunca llegan a desarrollarse en todo su potencial. Sin embargo, esta última película es la prueba palpable de que Egoyan, aún a costa de imitarse en algunos momentos a sí mismo, todavía es capaz de ofrecer una versión fascinante, depurada y, lo más importante, exquisitamente evolucionada de lo mejor de su propio estilo.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on mayo 15, 2015 at 7:16 am  Dejar un comentario  

La noche de la ira

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Título original: La noche de la ira

Año: 1986 (España)

Director: Javier Elorrieta

Productor: Alejandro Sacristán

Guionista: Joaquín Oristrell

Fotografía: José García Galisteo

Música: M & C

Intérpretes: Patxi Andión (Alejandro Liema), Beatriz Elorrieta (Marta), Agustín González (Gonzalo Cruz), Yolanda Ventura (Ana), Aldo Sambrell (Sebastián), Lina Canalejas (Aurora), Teréle Pávez (Prostituta), Lola Gaos (Enriqueta), Valentín Paredes (Mudo), Alejandra Grepi (Mari)…

Sinopsis: Alejandro es un joven médico que abandona la ciudad para ejercer su profesión en un pequeño pueblo. Al principio todo transcurre con normalidad, pero cuando empieza a conocer a sus habitantes, descubre que en las inmediaciones existe un centro de rehabilitación para drogadictos en el que se aplican métodos muy poco ortodoxos y que forma parte de un oscuro secreto del pasado.

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Fotocromo original de La noche de la ira.

La noche de la ira fue la segunda película dirigida por el realizador, compositor (1), cantante –ha editado un disco de versiones llamado Ne me quitte pas– y actor ocasional, Javier Elorrieta. (2) Este polifacético y emprendedor autor, crea en 1975 su propia productora, Origen S.A., con la que realizaría entre otras, la película que nos ocupa, que por cierto dedica a la memoria de su padre, el prolífico cineasta José María Elorrieta. Para ello, partiría de un argumento propio, convertido en guión por el posteriormente realizador Joaquín Oristrell, quien por aquel entonces se encontraba dando sus primeros pasos en el mundo del cine, habiendo firmado un año antes el libreto de Operación Mantis en colaboración con Paul Naschy, además de escribir la serie de televisión Platos rotos.

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Patxi Andión tonteando con Beatriz Elorrieta ante la mirada de una inocente Yolanda Ventura.

Ya desde su propio título es fácil hacerse una idea de por dónde van a ir los tiros de la propuesta, y nunca mejor dicho, ya que durante su visionado se hacen evidentes las influencias ejercidas por el cine de Sam Peckinpah, trasladadas, eso sí, al terreno ibérico. Y, precisamente, si algún acierto encierra el filme, este se encuentra en el retrato que hace de la España profunda, algo a lo que contribuye de forma decisiva la amplia galería de personajes que pueblan la cinta – a excepción del grupo de machitos del pueblo, demasiado estereotipados, o los drogadictos, presentados como una plaga enferma-, a los cuales dan vida un magnífico plantel de actores, tan variopinto como irrecuperable, hasta el punto de ser lo mejor de la película.

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Lola Gaos junto a Yolanda Ventura y Patxi Andión.

A saber: una desaprovechada Lola Gaos, la cual quizá por problemas de voz comparece doblada – hay que recordar que también fue doblada en Latidos de pánico y que dos años después tendría que ser operada de la laringe-, y que hace de la tendera del pueblo; la siempre arrebatadora y roba escenas Teréle Pávez en el papel de la madame del prostíbulo, acreedora de las mejores secuencias del filme; el mítico Aldo Sambrell, también doblado, por desgracia; o Agustín González encarnando el rol de malo malísimo, con un personaje muy en la línea del que realizara un año antes para Crimen en familia.

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Terele Pávez y Alejandra Grepi, acreditada como Alejandra Crepy, las dos lumis del pueblo.

Junto a estos papeles secundarios se encuentra un trío protagonista formado por el nuevo médico que nuevo al pueblo y descubrirá que éste guarda un oscuro secreto, interpretado por el ya retirado pero muy habitual en el cine de los 70 y 80, el también cantante Patxi Andión; Beatriz Elorrieta, hermana del director, quien interpreta el papel de Marta, la profesora y cómplice de Alejandro, un personaje endeble y vacío, algo que encima no mejora en absoluto al recurrir de nuevo a un profesional del doblaje, Paloma Escola en esta ocasión, que sustituye la voz original de la actriz, para intentar mejorar la actuación, pero cuyo resultado resulta harto artificioso(3); y en la piel de Ana, la hermana pequeña de Marta, nos encontramos la frescura de una encantadora y desperdiciada, Yolanda Ventura, recién salida del grupo Parchís, y casualmente prima de Oristrell con el que ya había coincidido en la serie de televisión Platos rotos. (4)

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Una Lolita llamada Yolanda Ventura.

En cuanto al contenido del filme propiamente dicho, narrativamente tarda en arrancar, limitándose en la primera hora a la presentación de los personajes. Aunque en este primer tramo se van ofreciendo las primeras pistas sobre los oscuros secretos que se esconden tras las calles del pueblo en el que discurre el relato, como en la secuencia que abre el filme, en la que se muestra el encierro de forma violenta de un grupo de yonkis en un camión, tras este primer contacto no volveremos a saber apenas del asunto hasta bien avanzado el metraje, echándose en falta el punto de vista de los adictos durante su cautiverio. La narración por tanto, se vuelve algo tediosa, no terminando de arrancar el filme hasta su recta final, con el enfrentamiento entre ambos bandos a tiros, como si de un western se tratara,  concluyendo con una resolución demasiado precipitada, que sabrá a poco al espectador que haya estado aguantando hasta el final para un explosivo cierre.

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Beatriz Elorrieta, sufridora como ella sola.

Otro factor en su contra lo tenemos en el apartado musical, compuesto por temas que parecen de librería, además de la canción principal, ejecutada encima tres veces durante la acción, titulada Oh, Lord e interpretada por Doris Cales, cantante de jazz neoyorquina afincada en España. Se trata de un tema compuesto por el propio Elorrieta en inglés, algo que solo puede tener sentido si se le quiere dar una venta internacional, pero que choca radicalmente con el espíritu de la cinta, que es retratar un pueblo de lo más castizo, por lo que termina resultando tan postizo como el doblaje citado con anterioridad.

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Buena fotografía de José García Galisteo, hermano de Carmen Sevilla.

A pesar de todo, se agradece esta atrevida incursión a un tipo de cine más arriesgado y menos facilón que el que por desgracia abordaría posteriormente el realizador con cintas como Los gusanos no llevan bufanda o Demasiado caliente para ti, aunque en Cautivos de la sombra volvería a abordar el tema de la drogadicción, esta vez sí, centrándose y dándole voz a los afectados por esta enfermiza dependencia, algo que seguramente tendría como asignatura pendiente tras la realización de la presente película.

Jesús Palop

(1) De hecho, Javier Elorrieta comenzó su carrera como autor de bandas sonoras, entre las que se encuentra Al filo del hacha, de José Ramón Larraz.

(2) Recordemos la cinta Freddy el croupier, de Álvaro Sáenz de Heredia, que protagonizaba junto a Ana Obregón y situada temporalmente entre la cinta que nos ocupa y su ópera prima: La larga noche de los bastones blancos (1979).

(3) Aunque según la opinión de Fiorella Faltoyano recogida en el libro Las estrellas del destape y la transición escrito por José Aguilar (T & B ediciones. Madrid, 2012), p. 109: “Si se doblaba a una actriz era, principalmente, porque le faltaba profesionalidad. Eran señoritas muy guapas, pero no actrices y, dado que el nivel de exigencia era mínimo, en ocasiones no quedaba otra salida que utilizar este recurso. A mí me han llegado a proponer realizar el doblaje de Beatriz Elorrieta, hermana de Javier Elorrieta, en la película, Tac, tac, de Luis Alcoriza, ante su imposibilidad para interpretar con naturalidad.”

(4) Tras la disolución del grupo infantil continuó con su carrera de actriz, que había comenzado a las órdenes de Javier Aguirre en La guerra de los niños, emigrando a México, aunque volvería a España de forma ocasional, tras la nueva llamada de Oristrell en la película ¿De qué se ríen las mujeres? (1996).

Published in: on abril 20, 2015 at 5:06 am  Dejar un comentario  
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Voodoo Passion. Las diosas del porno

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Finalizamos con el repaso que hemos desarrollado en los últimos meses a los cinco títulos aparecidos, al menos hasta el momento, dentro de la colección “Inéditos de Jesús Franco”, publicada por Tema Distribuciones y distribuida por Cameo, centrada en la recuperación para nuestro mercado de varios de los títulos que el tío Jess rodara junto al productor suizo Erwin C. Dietrich a mediados de los años setenta. El encargado de poner el broce es nuestro colaborador Javier Pueyo, quien se encarga de comentar Voodoo Passion, película estrenada originalmente en España con el título de Las diosas del porno.

LA PELÍCULA

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Voodoo Passion es una de las múltiples películas que Jesús Franco realizó para el productor suizo Erwin C. Dietrich. A lo largo de los años, la pareja incursionó en todo tipo de géneros definitivamente exploits como pudieron ser las naziexplotations o las WIP, llegando incluso a coquetear con personajes de la cultura popular, caso de Jack el Destripador; la cinta que aquí se reseña explora, a la manera de Jesús Franco, el goloso tema del voodoo, presente en el celuloide desde los ya lejanos años treinta. Pero muy lejos de situarse en la onda explotada por los, digamos, pioneros Victor Halperin con La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932) o Jacques Tourneur con Yo anduve con un zombie (I Walkes with a Zombie, 1943), a Franco los rituales caribeños le sirven únicamente como excusa para rodar un film de carácter erótico. Uno más para ser más preciso.

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El metraje se inicia con una secuencia situada en una playa, y allí ya se anuncia al espectador con que tipo de producto va a encontrarse si decide dedicar unos minutos de su vida a ver dicha película. A ritmo de tambor, unos nativos caribeños realizan una danza como parte de una ceremonia en la que las féminas participantes muestran su desnudez con absoluta naturalidad. A continuación da comienzo la trama, cuyo argumento gira alrededor de una mujer victima de los maléficos planes del villano de función, controlada mentalmente con el fin de que cometa una serie de asesinatos sin ella saberlo. Planteamientos similares ya fueron vistos en otras películas de Franco –Les cauchemars naissent la nuit (1970) o Los ojos siniestros del Dr. Orloff (1973), por citar dos ejemplos-, de modo que puede entenderse que está confeccionada para fans del cineasta que comulgan con ese juego realidad-ficción tan utilizado en la filmografía del director madrileño. Pero no olvidemos en ningún momento que en Voodooo Passion el sexo es el protagonista absoluto¹, pero realizar un análisis de los diferentes actos sexuales que se realizan a lo largo del filme quizá no sea un ejercicio necesario. Rápidamente y sin querer ir más allá, diremos que hay practicas heterosexuales, lesbianismo, incesto, vouyerismo e incluso onanismo explícito con una botella, todo ello muy del gusto de los espectadores de la época y aplaudido hoy en día por los aficionados a la obra del director de Al Pereira vs. the Alligator Ladies (2012).

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Una vez vista la película, el espectador puede deducir fácilmente que fue rodada en pocos días con un presupuesto ajustado, pues presenta una serie de fallos cinematográficos que desgraciadamente no son del todo ajenos a otras obras de Franco. Mencionar por ejemplo como algunos figurantes miran directamente a cámara, situación cuanto menos risible, pero también entendible de algún modo en una producción de estas características. En lo que se refiere al guión, también se aprecia que no debieron realizarse muchas versiones del mismo, pues a su simplicidad (la pirueta final quizá no acaba de cuajar) debemos añadir que algunos diálogos son demasiado explicativos: los personajes a menudo ofrecen cierta información necesaria para ayudar a que el público pueda seguir la trama con mayor facilidad, lo que se traduce en unas conversaciones no muy creíbles además de extremadamente largas. No obstante y en contra de lo que pueda parecer en un primer momento, personalmente disfruté con la película, siempre bajo ese prisma de “estoy viendo una película suiza de Jesús Franco”. Que el vudú tenga cierta importancia en la trama siempre es un aliciente, y además, algunos de los asesinatos que muestra la cámara parecen pertenecer a un giallo de Serie Z. Así, añadiendo esos momentos de sexo soft y hard (según la escena) convierten a Voodoo Passion en un divertido cóctel que funciona sin problemas dentro de su liga.

LA EDICIÓN

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Los amantes del doblaje quizás se sentirán un poco defraudados con esta edición, pues el único audio disponible es el alemán (con posibilidad de añadirle subtítulos en español, por supuesto), careciendo por tanto del doblaje existente en castellano. Por lo demás, su calidad de imagen se corresponde a los estándares acostumbrados al resto de los títulos aparecidos dentro de los “Inéditos de Jesús Franco”. La fotografía se ofrece con un contraste tal que no hay duda de que el máster utilizado procede de una copia “restaurada a partir del negativo original de 35 mm.”, tal y como se indica en la portada. En cuanto al apartado de los extras, junto a los tráileres del resto de películas de Jesús Franco que incluye la colección de Tema Distribuciones, destacan indudablemente una excelente colección de fotocromos originales de la película procedentes de su estreno en países de habla germana, presentes en el Dvd en un apartado denominado “Fotogalería”.

Javier Pueyo

(1) Tanto es así que para su tardío estreno en España al amparo de la etiqueta “S”, recibiría el nombre de Las diosas del porno.

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FICHA TÉCNICA

Título original: Der Ruf der blonden Göttin

Año: 1977 (Suiza)

Director: Jesús Franco [acreditado como Jess Franco]

Productor: Erwin C. Dietrich

Guionistas: Erwin C. Dietrich, Jesús Franco [acreditados como Manfred Gregor]

Fotografía: Andreas Demmer

Música: Walter Baumgartner

Intérpretes: Ada Tauler (Susan), Karine Gambier (Olga), Nanda Van Bergen [acreditada como Vicky Adams] (Inès), Jack Taylor (Jack), Vítor Mendes (Dr. Barri), Ly Frey (Marian Hawkins), Aida Gouveia (Ida), Sandra Daenliker…

Sinopsis: Susan llega a Puerto Rico donde su marido, Jack, ejerce labores políticas. Una vez allí conoce a dos mujeres que le cambiarán la vida: Ines, asistente de Jack, y Olga, su cuñada ninfómana. A raíz de su estancia en la isla, Susan comienza a tener unas terribles pesadillas relacionadas con el vudú…

*Todas las imágenes de la película que ilustran este artículo pertenecen a capturas de la edición comentada.

Clara es el precio

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 Título original: Clara es el precio

Año: 1975 (España)

Director: Vicente Aranda

Productor: Jaime Fernández- Cid

Guionista: Pedro Carvajal

Fotografía: Francisco Fraile

Música: John Campbell

Intérpretes: Amparo Muñoz (Clara), Juan Luis Galiardo (Jorge), Máximo Valverde (Juan), Ivón Sentís (Marta), Víctor Petit (Tito), Mario Pardo (Miguel), Alejandro Ulloa (Kellerman), Carmen de Lirio (Gladys)…

Sinopsis: Clara es una joven casada con un mediocre arquitecto, ésta trabaja haciendo películas pornográficas para hacer frente a su fallido matrimonio.

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Clara es el precio es el atractivo título de la que sería la segunda película en la que la ex Miss Universo, Amparo Muñoz, ejercería de protagonista absoluta tras el éxito de taquilla conseguido por, Tocata y fuga de Lolita, su primer papel de peso en el cine, donde la malagueña compartía cartel con Arturo Fernández. De hecho, ella es el principal reclamo del presente filme desde su propia carátula, encabezada por su nombre del siguiente modo: “Amparo Miss Universo es Clara”, leyenda que es acompañada por una foto de la Muñoz desprendiéndose de sus atuendos, sirviendo esto de gancho para todos aquellos espectadores que quisieran contemplar en toda su plenitud a la que un año antes, en un acto de rebeldía, había renunciado al codiciado título de la más bella.

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Para ello se dispuso de un guión realizado a mayor gloria de la estrella en ciernes, escrito por un casi debutante Pedro Carvajal -posteriormente realizador de la mediocre El baile de las ánimas-, y dirigido por el ya experimentado Vicente Aranda para el que sería el segundo proyecto de su propia productora, Morgana Films. Amparo estaría además acompañada por dos de los galanes oficiales del cine patrio de la época: Máximo Valverde, con el que había estado relacionada sentimentalmente, y Juan Luis Galiardo, ambos disputándose la cabeza de cartel en una batalla de egos, ya que, de hecho, en los créditos iniciales sus nombres se alternan de forma repetida e incluso preceden al de la actriz y modelo.

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Como decimos, el filme se abre con unos modernos y psicodélicos títulos de créditos ilustrados por imágenes en negativo de la ex Miss Universo desnuda y con el rostro cubierto por una máscara china, algo que en cierta manera adelanta el tono general de la cinta en la que Aranda recupera el surrealismo de sus inicios, como el utilizado en la primeriza Fata Morgana. Un surrealismo en ocasiones de auténtico disparate -la secuencia que transcurre en la casa del gurú hindú Kellerman es buena muestra de ello-, para dar finalmente sentido a todo el entramado en su desenlace, ya que Clara es el precio termina por convertirse en un mediano thriller con entresijos propios de culebrón, y mejores intenciones que resultados, en el que la mujer objeto descubre que ha sido utilizada como una mera herramienta de la ambición masculina.

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El argumento es por tanto más prometedor que lo que termina resultando, debido a un guión tosco, atropellado y disperso, que no aprovecha sus posibilidades y que cierra de manera abrupta. Tampoco ayudan las actuaciones; Amparo, a pesar de su poca experiencia en el cine, se atreve a doblarse su propia voz, algo muy poco habitual en el cine de la época en el que la mayoría de las actrices del destape eran dobladas por especialistas – aunque en algunas secuencias se nota el cambio de voz al optar por una profesional del doblaje, algo que resulta más que chocante-, y aunque en ocasiones su trabajo peque de amateur, tampoco desentona con lo caótico del conjunto. Además del siempre correcto Juan Luis Galiardo, y un Máximo Valverde doblado al andaluz en otro sinsentido más de la película, dando vida a un personaje que termina quedando muy disperso en el guión, el reparto se completa en sus papeles principales con la fugaz estrella Ivonne Sentís, compitiendo en belleza con la Miss Universo, y Alejandro Ulloa y Carmen de Lirio, haciendo respectivamente el papel del gurú Kellerman y su desequilibrada esposa, ambos imitando un acento extranjero que resulta de lo más postizo.

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El filme finalmente termina siendo un “todo vale”: pretende resultar disparatado, partiendo de la incongruencia de su protagonista, una actriz porno virgen, y termina ofreciendo un thriller con pinceladas de astracanada, algo que acaba por confundir totalmente al espectador que anda desorientado ante tan desconcertante guión, quedando todo como un ambicioso pero fallido vehículo de lucimiento para la entonces inexperta actriz.

Jesús Palop

 

Published in: on diciembre 23, 2014 at 7:30 am  Dejar un comentario  
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Sexy Sisters. Aberraciones sexuales de una rubia caliente

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Continuamos con el prometido repaso por parte de diferentes colaboradores de los títulos que conforman la colección “Inéditos de Jesús Franco”, la cual de la mano de Tema Distribuciones y Cameo recupera para nuestro país algunos de los títulos que el tío Jess rodara junto al productor suizo Erwin C. Dietrich a mediados de los setenta. En esta ocasión es Ángel Chatarra quien se encarga de desgranar Sexy Sisters, película estrenada originalmente en España con el inequívoco título de Aberraciones sexuales de una rubia caliente.

LA PELÍCULA

Sexy sisters o hermana, ¿por qué me haces esto si yo te quiero?

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Sexy Sisters se presenta como un clásico soft core; una de esas cintas clasificadas como “S” en España y que tan comúnmente inundaron primero cines y luego videoclubs a partir de la segunda mitad de los años setenta en Europa y que muchos de nuestros compatriotas fueron a ver a Perpiñán cuando aquí quedaban fuera de la cartelera por aquello del decoro ultraconservador propio de la moralidad católica y castrense imperante hasta el 20 de noviembre de 1975.

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Ineludiblemente influenciada, como todas las de la época, por el blockbuster erótico por excelencia, Emmanuelle –algo que se certifica cuando no se enfatiza con ciertas secuencias de mar y arena, ciertos arreglos musicales, el corte a lo garçon de Millie, los largos collares de cuentas de Edna, sus tacones o su bata de seda floreada siempre bien abierta y, como no, el icónico sillón de mimbre de la cinta francesa que aparece en esta pieza de Jess Franco por duplicado– , la película cuenta con lo que, en un primer vistazo, podría ser el argumento típico de una típica película S. Argumento que también podría pasar por el típico argumento de película pornográfica típica si contara con los planos anatómicos de detalle necesarios para tal catalogación –la única diferencia entre muchas de las S y las X de entonces, antes de que la cámara al hombro y la ausencia absoluta de postproducción inundaran la escena porno–, es decir, un cúmulo de situaciones, mejor o peor hiladas, en las que chicas pérfidas e hipersexuales aunque, en el fondo, algo ingenuas son montadas sin descanso por hombres superdotados física y/o intelectualmente –en función de lo que pudiera mostrarse en pantalla–, viriles, muy viriles, claramente superiores a ellas en todos los sentidos, incluido el moral, y que se someten a los requerimientos eróticos de las hermosas féminas más por hacerles el favor que por iniciativa propia. Tan características con éstas, son las situaciones espejo en las que, en ausencia del macho alfa, siempre ocupado en otra cosa, la que sea, de mayor trascendencia que el burdo acto carnal, son las hermosas féminas las que juguetean jocosas más que intiman entre ellas, más para el deleite del espectador que para el propio. Si a esto le añadimos un trío, algún sometimiento físico no carente de violencia o un ejercicio circense de algún tipo tenemos todos los elementos necesarios para una cinta eróticofestiva al uso. Si a todo esto le sumamos un happy ending sin necesidad de fluidos corporales –obligatorios en las X– la cinta S estará completa.

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Al fin y al cabo, el público masivamente masculino consumidor de este tipo de género nunca ha sido demasiado exigente a este respecto y, tanto en las cintas S como en las cintas X de esa época, lo que siempre contó fue la belleza, la sensualidad y el morbo que fuera capaz de generar la actriz protagonista o, si el talento del guionista o el director lo permitían, la situación en sí, así como el número total de metros cuadrados de piel desnuda que se pudieran contabilizar. Si a eso se le añadían unas gotitas de autoafirmación varonil con cierto buqué misógino, la pieza resultaba un éxito seguro.

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Y, sí, desde luego, no hay duda de que si alguien hace inventario –por poco versado que esté en el género– de estos elementos con Sexy Sisters, listado en mano, le salen las cuentas. Pero, además de una película de porno blando setentera, Sexy Sisters es una cinta de Jess Franco y ahí encontramos la principal diferencia con el resto de las de su género al que sin duda pertenece sin ambages ni artificios. Porque, en esta ocasión, no estamos ante una cinta de experimentación artística o expresiva, ante un ejercicio de ahondamiento en las obsesiones de su creador o ante una película de género que se niegue a sí misma, como ocurre en tantas cintas de Jesús Franco. Más bien al contrario, Sexy Sisters se muestra orgullosa de ser lo que es y es sólo la personalidad de su director la que le da ese plus diferenciador.

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Como decíamos, no hay nada desde el punto de vista técnico que resulte reseñable, no hay nada desde el punto de vista argumental que sea destacable, no hay ningún hallazgo especialmente significativo en las actuaciones, ni nada en el total de la cinta que resulte especialmente novedoso ni siquiera dentro de la propia filmografía de su creador. Sin embargo, desde el minuto uno, que comienza con la muy habitual performance de apertura de las cintas del tito Jessie, hasta el amable último minuto la película, el espectador verá a Jesús Franco en estado puro. Un Jesús Franco en forma, más comercial que de costumbre, con sus arreglos musicales habituales de la época, su estética mezcla entre el pop art y el funky urbano, más accesible, más cómodo de ver pero que en ningún momento se traiciona a sí mismo.

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Y no se traiciona porque, más allá del argumento en sí, de la aparente trivialidad de la pieza, la cinta contiene muchas de las constantes que hacen del cine del tito Jess una marca registrada, un sello único, desde la reiterativa dicotomía entre la bondad y la maldad humanas, encarnadas, esta vez, de manera alterna por una y otra hermana –como las máscaras teatrales del happening de apertura– según va avanzando el metraje y por el resto de personajes, cada uno en su rol benéfico o maligno; pasando por las luces proyectadas por la imagen pública de sus protagonistas y las sombras que genera la parcela privada de los mismos; el mensaje social típico de Jesús Franco en el que irremediablemente se retrata a los herederos de ascendencia aristocrática como personajes de insaciable codicia, libertinos y decadentes, rodeados muy a menudo de merodeadores de lo ajeno, de extracto social más bajo pero embriagados por la ambición de medrar socialmente, aprovechándose del dinero, el poder y la mezquindad que comparten con esos herederos moralmente lisiados; hasta una amplia retahíla de otras referencias fijas en muchas de las obras de Jesús Franco como lo son el castillo de rancio abolengo, la isla, la mansión apartada y solariega, el testamento frente al notario, el psiquiatra firmando diagnósticos incapacitantes falsos, el juego entre lo onírico y lo real, la alucinación y lo racional, el agua estancada –en forma de lago, de estanque o de piscina como es el caso– frente a la libertad del mar de espumosas olas, el sol radiante y la sombra tenebrosa, el bosque salvaje y la naturaleza domada, etc. Y, como no, aunque en cantidades esta vez mucho más digeribles su gusto por mostrar la perversión, lo tabú, lo excesivo, la identificación entre lo femenino y lo felino –con los cuadros repartidos por la casa, la jaula dorada y las cadenas de la ‘tigresa’-, lo canino y lo masculino –también mediante un cuadro de la casa donde se sienta el falso médico en un momento dado–, la excitación que (le) generan unos tacones negros y un par de medias negras en el cuerpo desnudo de la mujer, una vez más retratada como origen de todo placer y todo pecado, aunque en este caso también origen de redención para los bondadosos, para los puros de corazón, para los amantes que son capaces de amar con ese amor puro que consigue liberar a la hermosa, dulce e inocente Millie de las cadenas, literales y mentales, de su hipersexualidad, inoculada y acrecentada por su pérfida hermanastra.

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A las referencias a otras cintas ya señaladas, cabe añadir las autorreferencias tan comunes en el cine de Jesús Franco y que forman parte de su genuino sello. En Sexy Sisters hay guiños a cintas suyas tan celebradas como Las vampiras, Venus in Furs o Succubus / Necronomicon tanto en lo argumental como en lo formal e incluso recordando en su esbozo general, en la forma de armar la historia, a Los ojos de la noche. Así mismo, es curioso prestar atención a como vuelve a hacer uso de elementos eminentemente aristocráticos para mostrarnos la oscuridad del alma de sus personajes de alta cuna, siendo capaz de presentarnos el Rolls Royce negro usado por Edna para reclutar amantes para su hermana Millie como una evolución lógica de la no menos siniestra calesa con la que el doctor Orloff cometía sus fechorías en la mítica Gritos en la noche, apellido de doctor que acababa de desempolvar hacía apenas un año para bautizar al asesino de su particular versión de Jack, the Ripper. También están presentes elementos y localizaciones similares a las que después utilizará en películas como Las diosas del porno, Bahía blanca, El hundimiento de la casa Usher o, de manera más obvia, en Las orgías inconfesables de Emmanuelle, menos emmanuelliana bien es cierto de lo que cabría pensar e, incluso, que esta misma. Como vemos, una innumerable lista de lugares comunes del tito Jess tan amables en esta ocasión como reconocibles.

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En conclusión, una película de Jesús Franco que se deja ver sin presentar batalla quizá por el happy end del que hablamos –a buen seguro debido más a Erwin C. Dietrich que al tito Jess, conocido productor suizo del género con el que llegaría a firmar una docena de películas y a la sazón firmante del libreto de la presente, más que autor propiamente dicho–, quizá por su erotismo franco y, por momentos, incluso romántico, por el personaje de caballero salvador y la que a la postre será princesa cautiva y rescatada, que le confiere a la película ese aire de cuento clásico –con la correspondiente tentación de caer en la moralina fácil, lo que sí constituiría una verdadera antítesis del cine de Jess Franco– o por la linealidad formal de la historia en sí. O quizá por el callo del que les escribe, verbigracia, pero en cualquier caso me reitero, si me preguntan Sexy Sisters es la cinta perfecta para recomendársela al no iniciado en el cine de Jesús Franco, púber y virginal espectador intrigado por el aura del gran maestro que no se ha atrevido aún a abrir su caja de pandora y que no sabe lo que le espera cuando promocione de curso. Y para aquellos que ya le tienen cogida la medida al genio, ¿qué mejor acicate que decirles, si aún no la han visto, que es una película de Jess Franco en la que salen el mítico Jack Taylor y las hermosas Karine Gambier y Pamela Stanford en todo su esplendor?

Ángel Chatarra

LA EDICIÓN

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Como viene siendo norma en los lanzamientos que integran la “Inéditos de Jesús Franco”, la edición de Sexy Sisters. Aberraciones sexuales de una rubia caliente comercializada por Tema Distribuciones posee una calidad más que contrastada. Tal y como se anuncia en la carátula con el diseño característico de la colección, el máster de imagen utilizado procede de una copia restaurada a partir del negativo original de 35 mm., siendo análogo al Blu-ray de la película aparecido dentro de la “Jess Franco Golden Goya Collection” por parte del sello centroeuropeo “Ascot Elite Home Entertainment”, propiedad del propio Dietrich. La imagen pues posee una apreciable nitidez que se refleja en la forma en que es reproducida la fotografía de Peter Baumgartner, ofreciéndose en formato anamórfico con un aspect ratio de 1.78:1.

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Además de la consabida pista en alemán, codificada en Dolby digital 5.1, aprovechando su comentado estreno en nuestro país en esta ocasión se incluye también una pista en steréo con el doblaje español. No obstante, ello no es óbice para la comparecencia de los perceptivos subtítulos en castellano destinados a todos aquellos espectadores que quieran visionar el film en su versión original. Como extras, se incluye el tráiler del título en cuestión, así como el del resto de sus compañeros de colección, o en teoría, ya que, como ya comentamos a propósito de la edición de Mujeres en el campo de concentración del amorLove Camp, en lugar del de esta película aparece el de Frauen für Zellenblock 9 (1978), otra película de temática wip rodada por aquellas mismas fechas por Jesús Franco bajo el paraguas financiero de Dietrich. Sea como fuere, todos ellos corresponden a su versión alemana, en algunos casos con subtítulos en francés quemados en la imagen, formato 16:9 y una calidad de imagen variable, aunque aceptable en líneas generales. El apartado de materiales extras se completa con una galería compuesta por fotocromos y material promocional del estreno de Sexy Sisters. Aberraciones sexuales de una rubia caliente en países de habla germana.

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FICHA TÉCNICA

Título original: Die teuflischen Schwestern

Año: 1977 (Suiza)

Director: Jesús Franco

Productor: Erwin C. Dietrich

Guionista: Erwin C. Dietrich (acreditado como Manfred Gregor)

Fotografía: Peter Baumgartner

Música: Walter Baumgartner

Intérpretes: Pamela Stanford (Edna von Stein), Karine Gambier (Millie von Stein), Jack Taylor (Dr. Barnes), Esther Moser (Sarah), Kurt Meinicke (Joe), Marianne Graf (Maria), Eric Falk (Tom), Walter Baumgartner (Prof. Sebesky), Mike Montana (Giglio)…

Sinopsis: Un doctor sin escrúpulos y una ambiciosa señorita traman un maquiavélico plan para adueñarse de una copiosa herencia: estimularán hasta límites insospechados la ninfomanía que padece la hermana de ella, con el objetivo de conducirla a la locura.

*Todas las imágenes de la película que ilustran este artículo pertenecen a capturas de la edición comentada.

Juegos sucios

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Título original: Cheap Thrills

Año: (2013) Estados Unidos

Director: Evan L. Katz

Productores:  Travis Stevens, Gabriel Cowan, John Suits,

Guionistas: Trent Haaga, David Chirchirillo

Fotografía: Sebastian Wintero Hansen

Música: Mads Heldtberg

Intérpretes: Pat Healy (Craig), Ethan Embry (Vince), Sara Paxton (Violet), David Koechner (Colin), Amanda Fuller (Audrey)…

Sinopsis: Juegos Sucios (Cheap Thrills) cuenta la historia de un padre primerizo amenazado de desahucio. Su vida da un vuelco cuando conoce a una pareja adinerada que puede conducirle a una vida mejor…pero a un altísimo precio.

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¿Hasta dónde llegarías si tuvieses una familia a tu cargo, te encuentras sin trabajo y tu casero pretende desahuciarte? Con esta sencilla (y desgraciadamente muy realista) premisa arranca Cheap Thrills (2013), bautizada para nosotros con el título de Juegos sucios. Se trata de la ópera prima de E. L. Katz que, tras pasar por más de veinte festivales y obtener diferentes premios, llega a nuestras carteleras de la mano de la distribuidora La Aventura Audiovisual.

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Rodada en tan sólo catorce días, con un presupuesto de poco más de 100.000 dólares y un guión escrito por Trent Haaga (responsable anteriormente de El vengador tóxico IV: ciudadano Toxie) y David Chirchirillo, Katz construye una excelente película encuadrada dentro de la cada vez más sonada ola del mumblegore tan apreciada por las nuevas generaciones. En Juegos sucios el protagonista es Craig, un treintañero que se encuentra en la triste situación antes comentada, pero cuya vida sufre un vuelco cuando, acompañado de un antiguo amigo, conoce en un antro a dos excéntricos millonarios que le ofrecen dinero a cambio de superar algunas pruebas: beber unas cuantas copas, palpar los culos de las strippers, golpear a un guardia de seguridad, defecar en un salón… Poco a poco la cosa se va calentando y las apuestas adquieren un tono cada vez más salvaje, mientras que las sumas de dinero aumentan sin parar.

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La cinta se presenta ante nosotros, los espectadores, en voz baja y con un tono bastante suave, como si de un drama social se tratara, para poco a poco convertirse en una impresionante espiral de locura y violencia capaz de golpear al más experimentado. Katz, el director, asegura que el objetivo no es que haya mucha violencia, sino que cuando aparezca, que se note¹. Sin duda es un máxima que los responsables han sabido aplicar perfectamente, pues si bien es cierto que no estamos ni de lejos ante un torture porn, Juegos sucios hace que nos estremezcamos en más de un momento con esta extraña (y quizás necesaria) reflexión sobre lo que es capaz de hacer un ser humano en un momento de crisis económica, cuando el pan de su familia está en juego; pero mejor no dar muchas pistas sobre los caminos por los que transcurrirá la trama, pues el factor sorpresa siempre es positivo.

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Filmada cámara en mano casi en su totalidad y sin virguerías técnicas que adornen la pantalla, la acción de la película transcurre casi en un setenta por ciento en la vivienda de los millonarios, pues nuestros protagonistas no pueden salir de la casa al atraparles sus peligrosas ansias de conseguir dinero fácil (¿fácil?). De alguna manera, Katz y su equipo le dan la vuelta al subgénero de las home invasion que tan buenos resultados ha proporcionado en propuestas como Funny Games (Funny Games, 1997), Tú eres el siguiente (You’re Next, 2011) o la patria Secuestrados (2010), y sitúa a sus personajes en el punto opuesto, encerrados en una vivienda ajena. Pero que nadie espere conexiones buñuelescas ni un trasfondo filosófico. Aquí la cosa es mucho más directa, sin trampa ni cartón, pura avaricia. Juegos sucios posee además una extraña facilidad para pasar del drama a la comedia en un tiempo récord y siempre en las coordenadas del thriller ultra-violento, modalidad en la que es sencillo caer en el gore facilón, aquí apenas presente salvo en momentos muy pensados, algo de agradecer en los tiempos que corren acostumbrados a que la sangre se imponga a la historia en bestiales ejercicios que a día de hoy han dejado de sorprender (salvo excepciones, claro). Así, vemos que todo está en su sitio, desde el inicio, de corte sereno, hasta el arrollador final, convirtiéndose Juegos sucios en una auténtica lección de montaje, pues con una duración no superior a la hora y media, su ritmo es brillante, la acción transcurre a toda velocidad y la trama no decae en ningún momento, dejando al espectador con la boca abierta al igual que a los personajes de Healy y Embry.

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En resumen, Cheap Thrills es divertida, salvaje y la mejor reflexión sobre el vil metal vista por un servidor en muchos años. No hay que perdérsela.

En cuanto al reparto, decir que los cinco protagonistas ofrecen unas interpretaciones excelentes, especialmente Pat Healy, al que recientemente vimos en Los huéspedes (The Innkeepers, 2011) de Ti West (en la que coincidiría, precisamente, junto a Sara Paxton) y que acaba de participar en otro importante mumblegore titulado Starry Eyes (2014). Healy da vida a Craig, el anti-héroe de la historia, un papel complicado dada la gran cantidad de matices requeridos, y cuya transformación a lo largo del filme es digna de análisis. Le acompaña Ethan Embry (Vince, el amigo en la ficción), que de intervenir en títulos junto a Jennifer Love Hewitt o Reese Witherspoon parece haber querido cambiar de rumbo y dejarse ver en otro tipo de producciones, como las series Masters of Horror o Fear Itself, por ejemplo. Sin duda, preferimos este nuevo camino. Por su parte, David Koechner (cuya carrera discurre más por la comedia pura y dura) es Colin, el millonario drogadicto casado con la bellísima Violet (Sara-Los huésedes-Paxton). Ambos están perfectos con sus excentricidades, dando en el clavo con su manera de enfocar a unos ricachones. Completando el cast tenemos a Amanda Fuller (una de las protagonistas de la ya citada Starry Eyes), aquí en la piel de la sufrida esposa de Craig-Healy, un rol secundario pero importante de cara a puntualizar determinados momentos dramáticos.

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De E. L. Katz podemos decir que tras esta primera experiencia en la silla de director, se ha encargado de realizar uno de los capítulos de la más reciente The ABCs of Death 2 (2014). En cualquier caso, contando con Juegos sucios como carta de presentación, sin duda se convierte en un cineasta al que habrá que seguirle la pista.

Javier Pueyo

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(1) Declaración extraída del pressbook de la película, cortesía de La Aventura Audiovisual.

Published in: on noviembre 28, 2014 at 10:13 am  Comments (1)  
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