“Inéditos de Jesús Franco”: Cartas de amor a una monja portuguesa

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Título a título, desde La Abadía hemos ido dando buena cuenta durante estas últimas semanas de los imprescindibles “Inéditos de Jesús Franco”, editados por Tema Distribuciones. En esta ocasión nos centramos en la que, al menos en teoría, pudiera ser considerada por el público profano como la más “normal” y digerible de las cinco películas pertenecientes a la susodicha colección: Cartas de amor a una monja portuguesa (Die Liebesbriefe einer portugiesischen Nonne, 1977), la cual ya fuera reseñada hace más de cinco años en esta misma Abadía por Jesús Palop, y que ahora vuelve a ser analizada por nuestro activo colaborador José Manuel Romero Moreno.

LA PELICULA

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Al estar enmarcada en una etapa (1976-77) en la que el género que más se prodigó en la filmografía de su director fue el de las W.I.P movies, muy bien pudiera caerse en el lógico error de considerar que esta Cartas de amor a una monja portuguesa no se trata más que de una vulgar traslación de los estilemas de las películas de cárceles femeninas (… que el propio Franco ya se encargara de asentar con su fundacional 99 mujeres) a los films consagrados al relato de las escabrosas hazañas de monjas con fácil inclinación al pecado. De hecho, en la mayoría de los casos basta con trocar la prisión por el monasterio, dejando intactos el resto de constantes y personajes prototípicos, para pasar con toda facilidad de un subgénero a otro: de esta manera, la entrada en escena de la novata, los rituales de iniciación, las secuencias de torturas, la represora presencia de figuras dominantes – ya vengan representadas éstas en las formas de guardianas, curas, alcaides o madres superioras -, y, por supuesto y sobre todo, la consabida y generosa dosis de liberador – por prohibido en ambos estamentos – sexo lésbico, van conformándose película a película como inevitables peajes por los que es imprescindible transitar cuando uno introduce en su reproductor un film de estas características.

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Y aunque todos estos denominadores comunes estén también contenidos en el presente film (de una u otra manera y en diferente medida), definitivamente aquí no es tan determinante esa utilización mecánica y facilona de los clichés que el propio Franco ya se encargara de aplicar en otros títulos suyos, o tal y como Walerian Borowczyk hiciera con su Interior de un convento, película que con un toque inconfundiblemente arty maridaba de alguna forma el subgénero de mujeres encarceladas con el de los films de novicias calientes, y que fue el éxito de taquilla que verdaderamente propició el boom de la modalidad más tarde denominada nunsploitation, en una tesitura bastante similar a la que tuvo lugar una década antes cuando La caída de los dioses de Visconti se convirtiera en la semilla de otro subgénero también conectado con las W.I.P. y aún más infame si cabe: el porno-nazi; nueva tendencia ésta la de los conventos del vicio en la que, para variar, los italianos volvieron a hacer su agosto con derivaciones tan poco sutiles y ventajistas como ese cruce con el slasher que es La monja homicida o incluso mediante delirantes crossovers con la saga erótico-viajera más de moda a mediados de los 70 con Sor Emanuelle.

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Incluso, y después de intentarlo sin éxito con la fórmula de las artes marciales (Kung fú contra los 7 vampiros de oro) o con el thriller setentero (Acorralado en Hong Kong), una ya agonizante Hammer también se subió en aquellos años al carro de esta tendencia con la simpática – aunque finalmente fallida – La monja poseída, su penúltima producción para salas de cine antes de echar el cierre y dedicarse, hasta su resurrección en 2010, exclusivamente al mercado del video y la televisión. Protagonizada también por una monja adolescente interpretada por Nastassja Kinski, y con Christopher Lee como maléfico líder de un culto satánico, el último film de terror de la mítica productora británica era una obvia consecuencia de la corriente satánica que en el género volviera a poner en boga El exorcista unos años antes y que, sorprendentemente, resulta estar casi tan próxima a Cartas de amor de una monja portuguesa como los especímenes erótico-religiosos-explotativos antes citados, vinculación existente principalmente a través de la cuestión demoníaca que el propio Franco ya se encargase de abordar tanto en ésta como en Les démons y El proceso de las brujas (también con Lee en su reparto), ésta última rodada – casualmente o no – el mismo año que la célebremente brutal Las torturas de la inquisición de Michael Armstrong, precursoras ambas de la explícitamente gráfica representación en pantalla durante la década de los 70 de los escarceos entre la iglesia, la santa inquisición y el maligno, piedras de toque también de la polémica Los demonios, firmada por el siempre provocador Ken Russell y sin duda una de las cintas más emblemáticas de esta variedad.

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Volviendo al film que nos ocupa, además de encontrarnos con toda seguridad ante el proyecto más personal de los acometidos por Franco dentro de su asociación con el productor suizo Erwin C. Dietrich (la película se basa en las misivas que en el siglo XVII una religiosa escribiera a un aristócrata, y que también serían la base de la muy diferente y posterior Cartas de amor de una monja, rodada en 1978 por Jorge Grau y, curiosamente, con Lina Romay en su reparto), con toda probabilidad éste también sea – junto al Jack the Ripper protagonizado por Klaus Kinski – el trabajo más clásico, a la vez que mejor acabado a todos los niveles, de los realizados por su autor en este prolífico período.

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Y con esto no nos venimos a referir únicamente a su obvia condición de producción de época, si no tanto a una mayor “corrección” visual de lo que estamos acostumbrados en su director (ausencia de zooms demasiado marcados, exquisito sentido del encuadre, cuidados montaje, iluminación y música, etc…), como a un cierto conservadurismo a la hora de relatar la historia, ya que aparte de recurrir al acostumbrado esquema narrativo de presentación-nudo-desenlace, Franco escoge finalmente una opción demasiado moralista (también de forma algo contradictoria, ya que un tufillo claramente anticlerical recorre todo el metraje) al recompensar a los buenos – de una manera bastante abrupta, absurda y anticlimática, todo hay que decirlo – y dar castigo a los villanos de la función, impecablemente representados por la portuguesa Ana Zanatti y el austríaco William Berger.

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Aunque tal vez no tan vinculado al imaginario franquiano como pudieran serlo Howard Vernon, Jack Taylor, Antonio Mayans o Klaus Kinski, el polivalente William Berger es uno de esos intérpretes que, a fuerza de acostumbrar a verlos en cintas de todo pelaje, acaban resultando una presencia entrañable para el cinéfago de pro, ya que en sus más de treinta años de trayectoria representó como pocos el nacimiento, auge y triste decadencia del cine de género hecho en Europa, gracias sobre todo a sus colaboraciones con lo más granado (… y también con lo peor) de los realizadores que abordaron el llamado cinema bis en el viejo continente: al propio Franco habría que añadir nada menos que a Sergio Sollima, Mario Bava, Tonino Valerii, Duccio Tessari o Enzo G. Castellari y, ya durante la última etapa de su carrera, a “maestros” de la talla de Ruggero Deodato, Lamberto Bava o Luigi Cozzi.

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En Cartas de amor de una monja portuguesa Berger, con su histriónica interpretación místico-rijosa del perverso padre Vicente, se revela como lo más desmesurado – a la vez que acertado – de un film cuya mayor carencia acaba siendo precisamente su constante e incomprensible voluntad de no caer en el exceso, actitud ésta más que ejemplificada en la que debería ser la escena capital de la película (la aparición de Satanás), y que desgraciadamente se resuelve torpemente con una muy sosa y endeble puesta en escena y algunos primeros planos de los ejecutantes, desaprovechando absolutamente todas las posibilidades visuales, rituales y transgresoras que una estampa de tales características pudiera haber deparado.

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Aunque técnicamente intachable a todos los niveles, y con la ventaja de un guión en su mayor parte coherente, aparte de la contención formal antes mencionada y de su demasiado moroso ritmo, al film le acaba pesando el protagonismo de Susan Hemingway, “actriz” de escueta filmografía (apenas siete títulos… y todos ellos bajo las órdenes de Franco) y de núbil y turbadora belleza (un poco en la línea de la Romina Power de Justine), por desgracia también poseedora de un exiguo talento interpretativo – se limita a poner la misma carita de cordero degollado durante todo el metraje – y definitivamente sin el carisma necesario como para defender con sus inexistentes aptitudes un personaje de tamaño protagonismo y recorrido dramático.

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Así las cosas, paradójicamente la mayor baza de Cartas de amor a una monja portuguesa (su más que correcto acabado) acaba convirtiéndose en el peor de sus defectos: y es que, y permítanme la pequeña maldad, cuesta horrores reconocer al padre de títulos como Ilsa o Aberraciones sexuales de una rubia caliente en una película tan clásica y correctamente rodada, aunque finalmente tan aburrida, estéril y poco inventiva, como es ésta.

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LA EDICION

Como suele ser habitual con los títulos que componen la presente colección nos encontramos ante una edición que derrocha una calidad visual como pocas veces han disfrutado en nuestro país los films del tío Jess editados en formato doméstico. Como ya se indica orgullosamente desde la propia carátula delantera, el trabajo de limpieza de imagen a partir del negativo original en 35 mm se hace notar y mucho, ofreciendo un espectacular colorido, una claridad prístina y una definición tal que delata en su exquisita restauración el propósito de su posterior conversión a HD, Blu-ray hasta el momento exclusivamente adquirible en Alemania a través de la colección Jess Franco Golden Goya Collection auspiciada por el propio Dietrich.

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En cuanto a sus características técnicas, el film se presenta en formato 1.78:1 anamórfico, con audios en alemán y español. Incomprensiblemente, y aquí sí se desmarca del resto de los “Inéditos de Jesús Franco”, esta edición no incluye subtítulos en castellano. Por lo demás, el apartado de extras se compone de los acostumbrados tráilers (tanto de éste como del resto de títulos) y de una fotogalería que nos ofrece una recopilación de carteles así como fotocromos originales de la película.

José Manuel Romero Moreno

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FICHA TÉCNICA

Título original: Die Liebesbriefe einer portugiesischen Nonne

Año: 1977 (República Federal Alemana, Suiza)

Director: Jesús Franco

Guionistas: Erwin C. Dietrich, Christine Lembach a partir de las cartas de Mariana Alcoforado

Productor: Erwin C. Dietrich

Fotografía: Peter Baumgartner

Música: Walter Baumgartner

Interprétes: Susan Hemingway (Maria Rosalea Coutinho), William Berger (Padre Vicente), Herbert Fux (Satán), Ana Zanatti (Madre Alma), Aida Vargas (Hermana Joana), Vítor Mendes (Alcalde), José Viana (El Gran Inquisidor)…

Sinopsis: Maria, una joven de 16 años, es sorprendida besándose con su novio por el padre Vicente: éste insistirá a la madre de la joven, pobre e inculta, que la mejor manera de alejar a su hija del pecado es dejarla a su cuidado e ingresarla de inmediato en un convento, petición a la que en principio ambas acceden de buena fe. Sin embargo, el cada vez más extraño comportamiento del cura y de las novicias allí internadas provocará que Maria haga todo lo que esté en su mano por alejarse lo antes posible del claustro.

*Todas las imágenes de la película que ilustran este artículo pertenecen a capturas de la edición comentada.

Cartas de amor de una monja

Título original: Cartas de amor de una monja

Año: 1978 (España)

Director: Jorge Grau

Producción: José Frade

Guionistas: Gemma Arquer, Jorge Grau

Fotografía: Fernando Arribes

Música: Antonio Pérez Olea

Intérpretes: Analía Gadé (Madre Mariana de la Cruz ), Alfredo Alcón (Don Agustín Rojas), Teresa Gimpera (Isabel), Fernando Sánchez Polack (Jerónimo), Lina Romay (María), Carmen Fortuny (Madre Margarita), Virginia Mataix (Natalia), Nelida Quiroga (Madre de don Agustín), Carmen Pastor, Ana Galván (Criadas), Coral Pellice , José María Labernier (Inquisidor), José Ramón Larraz, Antonio Orengo (Capellán), Roberto Cruz (Mendigo), Pedro Lavilla (Alguacil), Ana Milena, Carmen L. Blanco, María Alvarez, Mercedes Ariza, Esther Farré, Tamara, Juana Jiménez, Mary Salinier, Concepción Zofio, María Luisa González (Monjas), Quetxé Parra, Marineu Grau, Mercedes Cinos, Carmen González, Cristina Puig, Virginia Ruiz, María Luisa Serrano (Novicias), Ana Ruiz, Carlota Castellan, María José Peral (Legas)…

Sinopsis: Estamos en 1640, en una España donde la Inquisición imponía, casi a la fuerza, la ley de Dios. A raíz de una serie de sucesos, Mariana de la Cruz, Madre Superiora de un convento de carmelitas, comienza a preguntarse si el sexo es pecado cuando va ligado al amor.

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Cartas de amor de una monja fue realizada por Jordi Grau en 1978, tres años después del boom social que supuso su filme La trastienda, marcando un punto de inflexión en su carrera que continuaría cuatro años después con la cinta seudohistórica La leyenda del tambor, a la que seguirían otras como Coto de caza (1984) o Muñecas de trapo (1987).

Centrándonos en la presente, Grau continúa manufacturando cine erótico, algo casi inevitable en la época de la Transición, aunque el realizador catalán se atreve a llevarlo a un convento de carmelitas del siglo XVII, entrando de lleno en el género llamado nunexploitation que había sido llevado a cabo en cintas como Historia de una monja de clausura (Storia di una monaca di clausura, 1973) de Domenico Paolellao o sus coetáneas Interior de un convento (Interno di un convento, 1978) y Cartas de amor a una monja portuguesa portuguesa (Die Liebesbriefe einer portugiesischen Nonne, 1977), estrenada anteriormente a ésta aunque, como ha declarado el propio Grau (1), parece ser que fue Jesús Franco el que aprovechó la idea para hacer su propia versión de la historia.

La historia a la que nos referimos no es otra que la famosa obra de Mariana Alcoforado Cartas de amor de una monja portuguesa, cinco escritos supuestamente auténticos que fueron recogidos en un volumen considerado como una obra maestra del género erótico, en el que la religiosa enamorada escribe sus pensamientos a su objeto de deseo, el apuesto Marqués de Chamilly, aunque a día de hoy aún no haya quedado esclarecida la autenticidad de dichas cartas.

El filme de Grau además se apoya en hechos históricos de los siglos XVI y XVII, en textos de Santa Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Diderot y en la mencionada obra de Alcoforado, aunque la principal diferencia entre esta última, reside en que el amor de la monja no sea hacia un Marqués sino hacia otro religioso, el capellán del convento, incrementando así el interés de la trama.

Todo comienza en el lecho de muerte de un hombre, cuya esposa desconsolada besa su miembro viril – en un primerísimo primer plano que para haber sido realizado en el año 78 no es moco de pavo- en un gesto de desesperanza. Aquí es cuando la religiosa y hermana de la viuda despierta de su letargo y comienza a llegar a plantearse si el sexo les debería estar prohibido, ya que éste va ligado al amor, “lo más bello del mundo”. Mariana redacta todo ello en una carta al reverendo padre, que no hará otra cosa que quitarle esos pensamientos de la cabeza, aunque posteriormente entre confesión y confesión se despertará una atracción mutua que acabará finalmente consumándose.

Otro episodio que llevará a la religiosa a plantearse la importancia del sexo y el deseo será el lamentable estado en que se encuentra una de las novicias del convento – interpretada por una Lina Romay recomendada para el papel por el propio Jesús Franco y que ciertamente le va como anillo al dedo-; ésta acudirá a la propia Mariana en busca de un deseo no correspondido, y debido a su desesperación y enloquecedor comportamiento llegará a ser acusado por la Santa Inquisición de posesión demoníaca.

La monja irá aclarando sus planteamientos sexuales con ayuda de su confesor, pero lo que en un principio era una duda dará lugar al deseo, dejando ambos atrás su castidad, ya que ello sería “pecar contra el amor, lo más grande que nos ha dado Dios”, para terminar dando rienda suelta a sus descontrolados instintos en un encuentro que les hará ver la vida desde una óptica diferente.

Grau ofrece esta versión de las cartas de Alcoforado a través de una impecable factura, envuelta en una fotografía acartonada, asfixiante y casi sobrenatural, una música barroca y una óptima ambientación – a destacar esa pared llena de calaveras que cubre la celda de la monja o la reja llena de pinchos a través de la cual hablan los enamorados-, factores estos que ofrecen en conjunto una estética muy cercana a la posterior Extramuros (1985) de Miguel Picazo.

Además de todo ello, también destaca un trabajado guión, compuesto por inteligentes y existenciales líneas de diálogo que son trasladadas a la pantalla de forma impecable por la totalidad de su reparto, sobre todo por parte de una Analía Gadé que, además de aportar credibilidad a su personaje (2), tarea harto difícil, y soportar el peso de la obra, se atreve con escenas tan arriesgadas como el de un afeitado púbico, aunque según declaró en años después, pediría a una doble para realizar las escenas más comprometedoras si bien “al final acabé haciéndolo yo casi todo por prurito de actriz”(3). La obra posee poderosos y arrebatadores momentos propios del género al que pertenece, totalmente blasfemos, como el personaje de Lina Romay acercando un crucifijo a sus sexo, el beso que le da Mariana al Cristo en la Cruz al que reza cada día, o el propio encuentro entre los religiosos, rodado con enorme sutilidad a través de una sobrenatural fotografía de colores azulados.

Por otro lado, aunque el filme es impecable en su planteamiento y nudo, el desenlace resulta tal vez demasiado estirado, volviendo a retomar el pulso en su tramo final, trágico como una obra clásica, cortante como el filo de una navaja, cerrando así la obra a través de un epílogo con grandes dosis de ironía por parte del autor en lo que termina resultando un oscuro retrato de la sociedad clerical del siglo XVII.

Jesús Palop

(1) https://cerebrin.wordpress.com/2009/09/25/entrevista-a-jorge-grau-“me-gustaria-hacer-un-retrato-de-edgar-allan-poe”/
(2) Que incluía al argentino Alfredo Alcón, que cobró unos doce mil dólares de la época.
(3) Declaraciones realizadas al diario ABC en 1987 tras el pase televisivo del filme.

Published in: on diciembre 10, 2009 at 2:11 pm  Dejar un comentario  
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Cartas de amor a una monja portuguesa

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Título original: Die Liebesbriefe einer portugiesischen Nonne

Año: 1978 (República Federal Alemana, Suiza)

Director: Jesús Franco

Productor: Erwin C. Dietrich

Guionistas: Manfred Gregor [Erwin C. Dietrich], Christine Lembach, sobre las cartas de Mariana Alcoforado.

Fotografía: Meter Baumgartner

Música: Walter Baumgartner

Intérpretes: Susan Hemingway (María Rosalea), William Berger (Padre Vicente), Ana Zanatti (Madre Alma), Aida Vargas (Antonia), Herman José (Manuel Gonçalves)…

Sinopsis: María Rosalea es una humilde campesina de dieciséis años que es descubierta por el padre Vicente jugando de forma inocente con un amigo en el bosque. El cura tilda dicha acción de actos impuros y fuerza a la madre para recluirla en un convento y así poder expiarle de sus pecados.

¿Qué pecados puede tener una adolescente pura como María Rosalea?

¿Qué pecados puede tener una adolescente pura como María Rosalea?

Cartas de amor a una monja portuguesa fue rodada en pleno furor de la denominada nunsploitation, género muy popular en la década de los 70 que mezclaba la religión y el erotismo y cuyos orígenes se remontan al filme sueco Häxan (1922) de Benjamín Christensen, en donde se mostraba la superstición y la brujería a lo largo de los tiempos, a través de imágenes realmente escalofriantes. Aunque quizá el filme más popular encuadrado dentro de esta corriente sea Interior de un convento (Interno di un convento, 1978) de Walerian Borowczyk.

Niña, ven que te voy a pervertir un poco.

Niña, ven que te voy a pervertir un poco.

Con la presente cinta, el prolífico Jess Franco abordaba el tema inspirándose en las cinco cartas de amor escritas por Mariana Alcoforado, una monja clarisa natural de la ciudad de Beja que allá por el año 1664 cayó enamorada de un militar galo, de nombre Noël Bouton de Chamilly, al que conoció a través de una de las ventanas de su convento y al que posteriormente conocería de forma carnal, en una época donde el ingreso en un convento también se realizaba por otras causas que iban más allá de la pura vocación; en el caso de Alcoforado, fue obligada a la tierna edad de diez años.

¿Qué somos, monjas o espermatozoides?

¿Qué somos, monjas o espermatozoides?

Dichas cartas de amor que la religiosa le dedicó a su caballero, fueron publicadas en Francia cinco años después, aunque muchos atribuyen la autoría al propio marqués de Chamilly. En España fueron prohibidas en su época por la Inquisición y actualmente se conocen con el nombre de “Cartas de amor de una monja portuguesa”.

Ana Zanatti es la diabólica y viciosa superiora.

Ana Zanatti es la diabólica y viciosa superiora.

Basándose en dicho texto, el también prolífico productor suizo Erwin C. Dietrich escribiría el guión de la presente cinta que dirigiría el ya mencionado Franco, en una de sus exitosas colaboraciones producidas entre 1975 y 1977 con obras como Jack he Ripper (1976) o Greta – Haus ohne Männer / Wanda, the Wicked Warden (1977).

Una buena manera para obligar a firmar un cheque en blanco. Tomad nota.

Una buena manera para obligar a firmar un cheque en blanco. Tomad nota.

Cartas de amor a una monja portuguesa narra las desventuras de una joven campesina que es obligada por un sacerdote a entrar en un convento; allí sufrirá todo tipo de penurias, tanto vejaciones sexuales como físicas dentro de una organización cuyos miembros realizan misas negras para adorar a Satanás. María Rosalea conseguirá escapar, pero terminará siendo condenada por la Inquisición.

Una de las cartas DE la monja portuguesa.

Una de las cartas de la monja portuguesa.

Como podemos comprobar en su argumento, éste tiene poco que ver con las cartas de amor escritas por Mariana Alcoforado. Lo único que tiene en común con ellas, además de que su autora sea obligada a entrar en el convento, son las dos cartas que la protagonista escribe durante el metraje: la primera, denunciando la situación por la que está sufriendo, mientras que la segunda, la cual ira a parar a manos de un caballero, será determinante para el destino de la protagonista.

Los fabricantes de Famosa se inspiraron Susan Hemingway para diseñar a su famosa muñeca de los 70, la Nancy.

Los fabricantes de Famosa se inspiraron Susan Hemingway para diseñar a su famosa muñeca de los 70, la Nancy.

La película, rodada en 1975 en unos bellísimos parajes suizos – aunque estrenada en 1977 debido a problemas con la censura, entre otras razones al ser su protagonista menor de edad- y con un plantel de actores de mayoría portuguesa, siendo la cabeza de cartel una ingenua y adolescente Susan Hemingway, que rodaría un total de siete películas, todas a las órdenes de Franco, y la pareja de malvados William Berger- también habitual en la filmografía del realizador- y la escritora y actriz Ana Zanatti.

William Berger y Ana Zanatti, una perfecta pareja de malos a rabiar.

William Berger y Ana Zanatti, una perfecta pareja de malos a rabiar.

Ante todo, resaltar la calidad de la cinta en la que se denota un holgado presupuesto- reflejado en la recreación del siglo XVII y apoyado tanto en la ambientación como en la fotografía y en su banda sonora, compuesta por Walter Baumgartner, – algo que además permite al director, alejarse de la realización utilizada en sus proyectos más humildes, plagados de sus característicos zooms y planos desenfocados. Aunque a decir verdad, la temática es cien por cien Franco, dentro de un argumento con ingredientes sadianos.

Fotocromo de la película que no hay que confundir con Cartas de amor de una monja de Jorge Grau (1978)

Fotocromo de la película. No confundir con “Cartas de amor de una monja” de Jorge Grau (1978).

Aunque el filme flojea debido a un guión quizá demasiado plano que no llega a explotar al completo todas las posibilidades que ofrece, quedando a día de hoy algo descafeinado, tanto en su erotismo como en las torturas mostradas, que no terminan de resultar del todo efectivas- probablemente debido a la censura-, algo que es subrayado además, por el material utilizado como sangre, falso y poco realista. Aún así hay secuencias como las torturas finales o la misa negra que suponen el cénit de dicha obra.

Fotocromo censurado, no os preocupeis que en la película no hay estrellitas que valgan.

Fotocromo censurado. Que no cunda el pánico, que en la película no hay estrellitas que valgan.

En este Franco también echamos de menos a su musa Lina Romay, que hubiera bordado el papel de religiosa viciosa adoradora de Satanás. En su lugar tenemos que conformarnos con un homenaje aportado a través del nombre de la protagonista: María Rosalea, un juego de palabras con el auténtico nombre de la actriz catalana Rosa María Almirall.

Ana Zanatti en la actualidad, podeis visitar su web en www.anazanatti.com/

Ana Zanatti en la actualidad, podeis visitar su web en http://www.anazanatti.com

En definitiva, una digna aportación del versátil realizador madrileño al subgénero monacal, aunque definitivamente no pueda ser considerada como un exponente que refleje al cien por cien las características más peculiares del cine realizado por tan carismático autor.

Jesús Palop

Published in: on mayo 7, 2009 at 11:23 am  Comments (4)  
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