Entrevista a Víctor Matellano, director de «Mi adorado monster»

Fotografía: Alberto Rivas

El 7 de octubre de 2017, el edificio L’Escorxador, sede de la sección Brigadoon del Festival de Sitges, acogía el estreno mundial de Los resucitados. Se ponía fin así a un proyecto iniciado a mediados de los noventa; más de dos décadas en las que la película estuvo rodeada de un aura de mítica, misterio y, sobre todo, rumorología. Unos comentarios que, lejos de acallarlos, su estreno no hizo más que disparar, y que en su mayoría hablaban de un rodaje demencial que, en parte, venían a subrayar el porqué de los resultados obtenidos en pantalla.

Sobre esta base, Víctor Matellano ha construido Mi adorado monster, un film a caballo entre el documental y la ficción que desgrana las vicisitudes vividas durante el rodaje de Los resucitados a través del testimonio de varios de sus participantes, al tiempo que explora la singular personalidad de su artífice, Arturo de Bobadilla, un fan que decidió sentarse en la silla de director para rodar una película con la que emular el cine que le gustaba. Un punto de partida que sirve al director madrileño para indagar en las causas por las que alguien sin medios ni conocimientos se embarca en una empresa como esta tan solo armado con su desmesurada pasión y entusiasmo, pero también para reflexionar sobre ese monstruo interior que a todos nos acompaña. ¡Motores!

¿Qué te lleva a hacer una película sobre Arturo de Bobadilla y Los resucitados?

Es una historia de la que ni siquiera sabía si quería hacer un documental. Yo conozco a Paul Naschy en el año 1993, y cuando Bobadilla rueda Los resucitados yo soy como él, de los muchos que íbamos a casa de Paul a ver sus películas. Era una cosa que le gustaba mucho a Paul y, la verdad, es que a mí también me molaba muchísimo sentarme con él a ver sus películas. Arturo y yo nunca coincidimos sentados en casa de Paul viendo una película, pero sí que alguna vez coincidimos a la entrada. Él era otro tipo de persona a la que es ahora. Como se cuenta en la película, tenía mucha altivez, por decirlo de alguna manera. Y yo veía cómo era aquella película e, incluso, me atreví a decirle a Paul que quizás era un poco arriesgada. Pero Paul estaba muy convencido e implicado en el proyecto. El caso es que en el tiempo que va pasando, aunque no nos llegamos a hacer amigos como tal, la cordialidad entre Arturo y yo va a más. Me encontraba muchas veces con él y le sacaba el tema de Los resucitados. Unas veces te decía que quería volverlo a retomar, otras que ya estaba trabajando en ello…. En fin, las respuestas no eran nunca exactamente las mismas, pero la idea era que lo quería terminar.

Luego vivo el momento en 2017 en el que realmente se termina la película. Tras ver la película en su tienda un día en el que nos la puso a cuatro, decidimos que la cosa tire para adelante y hay que grabar los extras. Los extras son unas entrevistas, y entre ellas hay una a Segura y otra a Tallafé. La de Segura está muy graciosa, pero en la de Tallafé lo que contaba era tan alucinante que me dije: “Esto no me lo puedo creer”. Y vi que ahí había una película. De eso hará dos o tres años. Esa idea se quedó ahí y yo siempre la tenía en la recámara, hasta que un día con Tallafé planteamos la idea de abordarla. Y se aborda con cuatro criterios que me parecen interesantes. El primero es que la almendra central fuera el discurso de Tallafé, porque él había hecho incluso un monólogo con esta historia. El segundo es la cuestión del monster, que era algo que yo tenía muy claro; es decir, la idea de que a alguien le persigue su monstruo, le persigue su pasado, casi como una entelequia. Era la idea de La rosa púrpura de El Cairo o de Un hombre lobo americano en Londres, en la que también hay conversaciones con un monstruo. Otro elemento que nos parecía que tenía que estar desde el principio y que también se ha utilizado en algunos sitios es el visionado. El decir: “Vamos a poner la película a gente que no sabe nada de ella a ver qué pasa”.  Y el cuarto, que desde el principio le propusimos a Arturo, y que aceptó, era que, junto a que él se autointerpretase, tenía que haber comedia. Yo tenía muy claro que esto era una comedia, igual que iba a haber una parte de tragedia y otra de tragicomedia, y que estarían más al final. Cuando digo comedia no me refiero tanto a buscar la comicidad como a ritmo de comedia, como música típica de comedia, como gag de comedia. Esos eran los parámetros.

Con esta idea, solo vamos al rodaje con las líneas escritas de cada vez que Arturo habla con el monstruo y el final. Nada más. A las demás, dentro de los parámetros que teníamos, les explicamos un poco lo que queríamos y les fuimos dejando. Y después hemos construido el guion de montaje y luego yo he hecho mi labor de dirección para ordenar todo el material. Ha sido un modelo de trabajo muy interesante, porque es esa máxima de Fellini sobre el proceso, de “No sé el camino, pero sé que voy en la dirección”; esa idea felliniana de dejarse llevar por la historia. Y aunque ha sido un proceso arduo, ha sido muy interesante hacer la película. Por ejemplo, en Regresa El Cepa había mucho más guion que aquí, porque había una investigación inicial muy grande y yo cuando llegaba a las entrevistas había estudiado tanto que las guiaba. Pero esto era todo lo contrario. De hecho, hay muchas perlas del rodaje que no sabíamos, porque yo tampoco sabía todo lo que pasaba en Los resucitados, ni lo sé todavía.

¿Cómo se toma Arturo de Bobadilla cuando le explicas que quieres contar su historia interpretándola él mismo, con sus grandezas y miserias?

Arturo se presta desde el principio a la historia. La entendió desde el primer momento y, sobre todo, le gustó mucho la historia de fantasía, digamos, el mundo de la entelequia de hablar de los otros yo que tenemos todos, en este caso con un monstruo que tiene una carga filosófica, porque tiene frases filosóficas y literarias, y que le explico con el ejemplo de Luces de bohemia de Valle-Inclán y el personaje de Max Estrella, que decía que incluso los héroes clásicos frente a un espejo convexo se deforman. Es decir, esa idea de que todos desnudos somos lo que somos. Y eso le gustó. El hecho de que le planteara profundizar mucho más en su dolor fue más adelante del rodaje y lo aceptó. El día que rodamos esa parte lo hicimos con teleprompter para que él estuviera solo mientras nosotros nos encontrábamos en otra habitación. Le dije que íbamos a llegar hasta donde él quisiera llegar. Fue muy generoso, y la verdad es que se abrió. Y ahí está yo creo el quid de lo que queríamos contar. Todos hemos sido algo parecido o nos ha pasado algo parecido.

Eso te iba a decir, ¿qué grado de identificación tenías con Arturo? Porque, al final, salvando todas las distancias que le queramos poner, su historia es la de muchos de nosotros, que hemos intentado formar parte de un modo u otro de aquello que nos gustaba…

Es que nos ha pasado a todos. Yo llevo toda la vida haciendo cine. Mi primera película de ficción es una obra de teatro que hago en el colegio y que dirijo con once años. Se llamaba, y creo que reconocerás el homenaje, “Pánico en el museo de cera”. Y eso es Wax. Yo conseguí hacerlo y sufrí muchísimo, porque tuve una post-producción durísima, horrorosa, que algún día contaré, con los peores productores que puedan existir en la historia del cine español y probablemente mundial.

Ahora, en lo que quizás ya no me identifique tanto y sí es un poco la clave de Los resucitados, es ese axioma de estar más cómodo en la promesa que en la realidad. Esa es una de las explicaciones de por qué en veinte años no termina la película, aunque es un poco más complejo, ya que hay muchas cosas más y no es solo por eso. En cambio yo soy una persona que digo que me lanzo, y me lanzo. Pero claro que me he identificado con Arturo y muchas veces me he sentido plenamente identificado en cosas que decía y en sentimientos que expresaba. Muchísimo. Y creo que todos hemos tenido algún proceso como el suyo y hemos sido en algún momento héroes y también unas piltrafillas humanas.

Manuel Tallafé y Arturo de Bobadilla

¿Por qué has optado por no hacer un documental al uso, sino que a lo largo del metraje vas entremezclando ficción y metaficción con los testimonios sobre Bobadilla y el rodaje de Los resucitados?

Eso estaba muy claro desde el principio porque yo no sabía si era un documental o qué era. A mí lo que me parecía importante era esa historia de alguien que la gran ilusión de su vida le sale de la pantalla. Arturo, más que a Paul Naschy, uno de los personajes que cita constantemente es a Amando de Ossorio. Yo imagino que a la protagonista de La rosa púrpura de El Cairo cuando le salía aquel tipo de la pantalla era lo más emocionante que le podía pasar en la vida o casi la respuesta a sus plegarias. Y yo veía eso en Arturo; un hombre que va todos los días a ver una película de Templarios para ver a su Templario. Y eso estaba desde el principio precisamente por ese añadido. Es decir, no es que yo haya dicho: “Vamos a hacer este tipo de peli”. No, es otra cosa. No había referentes. De hecho, tengo la sensación de que no se parece mucho a nada, pero porque no ha habido referentes, sino que nos hemos dejado llevar.  Sí que vuelvo a decir que el ritmo y el tipo de música que tiene estaban también desde el principio. De hecho, la música se compuso antes de rodar. En otras de mis películas no, pero aquí se dio la circunstancia de que sí.  

En cuanto a la óptica adoptada, Mi adorado monster no es como se podría pensar en un principio una película para aficionados que sepan quiénes son Arturo de Bobadilla y Los resucitados, sino que como está planteada puede ser vista por cualquier espectador profano con el tema tratado. ¿Era esa tu intención?

Sí, esa era la intención. Fue algo que nos planteamos en un momento determinado: a ver si no nos iba a entender todo el mundo quién era esta gente. Hace mucho tiempo que hago películas para que los aficionados puedan ver un wéstern en Parada en el infierno, por ejemplo, pero yo en ella lo que construí fue un thriller. Y aquí pasa lo mismo. De alguna manera quiero contar una historia humana, que es la historia de un fan, que algunos mal llamarían un friki, que lleva hasta las últimas consecuencias su pasión. Me parece una historia tan universal que quizás la podríamos haber hecho con alguien que pinte figuritas de plomo o algo por el estilo. Y planteado desde ahí no podía solo guiarse para los aficionados al fantástico. Yo no lo he hecho nunca, ni siquiera con Zarpazos. Recuerdo que alguien me dijo de ella que a lo mejor no era lo suficientemente profunda, pero, precisamente, no la hice para la gente que es seguidora del género, sino que la hice para que aquel que quisiera acercarse a él le sirviera de guía.

Elena S. Sánchez y Víctor Matellano ensayando antes del rodaje de una secuencia

En Mi adorado monster, aparte de gente más o menos implicada o cercana a la gestación de Los resucitados, como puede ser el caso de Santiago Segura, Manuel Tallafé o Álex de la Iglesia, también cuentas con la participación de otras personas totalmente ajenas y alejadas, caso de Millán Salcedo o Pedro Ruiz, por citar quizás los casos más notorios. ¿Qué criterios seguiste a la hora de escoger quién querías que interviniera en el documental? ¿Te costó mucho implicarlos? Porque la verdad es que has reunido a un grupo de personalidades espectacular…

Lo de implicar a la gente me ha costado. Que dijeran que sí, no; todos dijeron que sí desde el principio. El problema era coordinar agendas; eso fue más de lío. Es verdad que hay gente que está directamente conectada con Los resucitados; es el caso de Santiago Segura, Antonio Mayans, Angélica Revert, Natalia Fisac y Tony Fuentes, entre todos los que salen. Aparte, había uno que no se dobló en Los resucitados y no quería salir, que es Zoe Berriatúa. Así que le propuse que por qué no «no intervenía», y dijo que sí, y es por eso que en la película le perseguimos por todas partes, porque realmente él no quiere hablar de Los resucitados por lo que sea; lo desconozco totalmente. Después, digamos que todos los que estaban alrededor de Los resucitados pero no vivieron el rodaje es el grupo de Manolo Colomina, Ángel Sala, Álex de la Iglesia y, en cierta parte, de Enrique López-Lavigne, que de alguna manera sí que sabían la historia. Y luego estaban, por un lado, a los seis que les ponemos la película, que llegan vírgenes y saben muy poco de la historia, más luego digamos los que hablan de una forma didáctica. A mí me parecía interesante, por ejemplo, que aparezca Elena Sánchez porque, precisamente, a ella no le gusta el terror, aunque sabe de cine fantástico español, porque sabe de cine español. Y esa era una perspectiva que me parecía interesante.

En cuanto a los que puedan parecer extraños, si algo me ha interesado del documental sobre Rociíto, es que el día en el que el presidente del gobierno y una ministra intervienen, de repente se convierte en una cuestión nacional. Y el que determinados personajes se preocupen ahora por Arturo es darle una dimensión diferente. Ahora, también es verdad que en el caso de Antonio Miguel Carmona, que es amigo, en ese momento hacía un programa de radio, y eso es real. No es real que estemos en las ondas, pero es verdad que él hacía un programa de radio igual. Y en la entrevista que sale haciendo en la película, Arturo no conocía las preguntas; es decir, es una entrevista real. Luego está la parte ficcionada. Y si alguien me parecía ahora mismo que era nuestro monstruo nacional para vestirle de Templario es Javier Botet, y es un honor que lo haga. Y el caso de Millán Salcedo, por el personaje que hace me parecía que tenía que ser un clown, porque eso es lo que quería decir. Y después está Tallafé que es el que guía completamente todo y tiene ese punto. Otra de las que vivió todas estas circunstancias pero alrededor fue Alaska, que formaría parte de ese grupo de Álex de la Iglesia, que siempre oían sobre aquel rodaje y que sabían que tenía ese punto de mítica.

Ver la película, la habían visto muy pocos. Hubo quien la vio para rodar, pero exhaustivamente. Por ejemplo, tengo que decir que Don Pedro Ruiz se vio la película entera. Nos la pidió, se la enviamos y se la vio en el DVD de su casa. Y él la definió muy bien: es lo que es. Te gustará más, te gustará menos, pero este señor ha hecho esto. Lo ha hecho y le ha costado. No podemos entronizarlo, ni despreciarlo. Ya está.

En este punto Mi adorado monster guarda un cierto paralelismo con Los resucitados, en el sentido de involucrar a gente para que participe en el rodaje…     

De hecho hicimos un video que pondremos por ahí en el que sale Botet. Por hacer un poco la gracia, le llevamos vestido de Templario desde 8 ½ hasta el Templo de Debod en plan cine de guerrilla. Y le grabé un video en el que dice: “¿Pues no me ha traído el maldito de Matellano vestido así?”, porque quería hacerle un homenaje a Los resucitados. Y hemos vivido situaciones de esas. No tantas, porque esto era un rodaje organizado, pero sí que tenía era la construcción en plan “Ya veremos dónde nos lleva”. Lo que pasa es que yo hice una cosa que nunca hizo Arturo en Los resucitados y es tener un final. Imagino que sabrás que el final de Los resucitados está sacado en realidad de un corto. Y en cambio yo tenía muy claro tanto cómo comenzaba la película, que es como en Sueños de un seductor, nada más que en este caso él no ve Casablanca, sino que ve Templarios, y cómo terminaba. La escena en el Templo de Debod y el diálogo que se produce en ella fue lo primero que escribimos.

De izda. a drcha.: Javier Botet, Víctor Matellano, Millán Salcedo, Manuel Tallafé y Arturo de Bobadilla posando en un descanso del rodaje

En una de las primeras escenas en las que se encuentran dialogando Tallafé y Segura, en un momento determinado dicen algo así como “vamos a contar toda la verdad del rodaje de Los resucitados… o no”. ¿Cuánto hay de verdad y de ficción en lo que se cuenta en Mi adorado monster?

Pues es que no lo sé. Lo que sí que te puedo decir es algo que he descubierto. Hay cosas de las que se cuentan que parecen de verdad y no son de verdad, y cosas que piensas que se las han inventado y están ficcionadas y no lo son. Pero este era un poco el objetivo; que al final no supiéramos qué era sí y qué era no. Y de hecho hay cosas que yo ni siquiera he preguntado y no sé qué es verdad y qué no. Hay una cosa, por ejemplo, que he dejado adrede. No sé si te has dado cuenta, pero cada uno dice una cifra diferente de los años que hace que rodaron la película. Uno dice veinte, otro veintitrés y otro llega hasta los veinticinco. Y no han dicho treinta de milagro. Y es que da igual, aparte de que tampoco está claro en qué momento se rodó. Parece ser que fue diciembre de 1994 cuando se inició el rodaje, que se hacía en días sueltos, pero no se sabe exactamente, porque la poca información que hay es la que se publicó en Fotogramas y es un poco confusa.

Me imagino que esa información a Fotogramas se la remitiría el propio Bobadilla…

Eso fue Daniel Monzón, que no ha podido estar en Mi adorado monster porque estaba hasta arriba con su última película, pero quería estar. Él entonces trabajaba en Fotogramas y fue el que lleva a la revista la historia, porque fue testigo del rodaje. Por ejemplo, Daniel Monzón estuvo el famoso día del incidente de la manzana que se cuenta en la película…

Antes hablabas de la construcción de la película durante el montaje. Viéndola, está claro que inicialmente había varias líneas narrativas: la chica que va entrevistando a gente que participó en Los resucitados, Carmona y su programa de radio… Sin embargo, en el montaje final todo esto queda difuminado en la narración…

Lo que intentamos es que nadie pareciera que lo que decía se lo estaba contando al aire. Por eso Angélica Revert tiene un pinganillo, porque se supone que la está llamando por teléfono Carmona. Y Ángel Sala o Tony Fuentes lo mismo. Era un juego que nos parecía muy importante. Y luego había gente que aparecía con alguien. El papel de la chica que entrevista lo iba a hacer inicialmente Rafa Rodrigo, por entonces presentador de TeleMadrid. Pero el primer día que rodábamos fuimos a La Pedriza con Mayans y, aunque daba lluvia, lo preparamos todo ya que el cielo estaba despejado. Total, que filmamos el plano general en el que están grabando a Antonio. Y cuando vamos a hacer la siguiente, saco un cartel de Los resucitados y según dije: “Chicos, aquí está: Los resucitados”, cayó un rayo, te lo juro, y nos empezó a llover. Llegamos a los coches empapados mientras llovía y caían rayos. Pero fue llegar a los coches y dejar de llover. En ese momento yo le dije a David Cortázar, el director de fotografía: “A lo mejor esto no es buena idea”. Y lo cierto es que tardamos bastante en reanudar el rodaje.

Preparando la filmación de uno de los momentos cúlmenes de «Mi adorado monster»: Álex de la Iglesia y Arturo de Bobadilla frente a frente

Mi adorado monster ya se ha podido ver en varios festivales, tanto nacionales como extranjeros. ¿Estás contento con la recepción que está recibiendo?

Sí, sí, porque era una película muy arriesgada. Nosotros sabíamos que se iba a divertir la gente, otra cosa es que enterneciéramos y que llegara el subtexto. Eso es lo que me daba a mí miedo. Y de lo que me he sentido más satisfecho es que haya llegado esta otra parte que hay debajo, filosófica, épica, de entelequia y profundamente humana, más allá de la broma que supone el rodar una película a capón. Yo sabía que eso iba a funcionar, pero no nos podíamos quedar en el making of de algo gracioso, del retrato de un desastre.

Y tras su paso por el circuito de festivales, ¿qué distribución va a tener?

Lo primero serán eventos cinematográficos en enero, y luego ya irá al mundo home, es decir, plataformas, televisión y todo eso.

Si no me equivoco, el año que viene se cumplirá el décimo aniversario del rodaje de Wax, tu primera película. ¿Qué valoración haces de tu trayectoria como director de cine hasta el momento, cuando ya cuentas con más de media docena de films a tus espaldas?

Yo no puedo valorar ese tipo de cosas. Aunque no me sienta satisfecho, el dirigir es como una pasión, una necesidad que tengo. Y, aunque suene un poco raro, no lo he pasado bien. Lo que pasa es que es como una carga que me ha caído. Es mi vocación, mi interés y me siento muy feliz haciendo películas, pero no siempre lo he pasado muy bien. Ahora, lo que deseo que ojalá quede de esto es que siempre he hecho un trabajo honesto. Al menos por mi parte, creo que he sido bastante honesto con lo que hago y que no engaño a nadie. La virtud o la desgracia de todas mis películas es que suelo darles unos arranques que en los primeros diez minutos enseño rápido mis cartas. En cualquier caso, el juzgarlo es potestad de los demás, porque yo las películas las hago para el público, no para mí, hasta el punto de que no he vuelto a ver ninguna. Ahí están, y si a la gente le siguen entreteniendo e interesando, pues maravilloso.

José Luis Salvador Estébenez

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