Memorias. Roman Polanski

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Título: Memorias. Roman Polanski

Autor: Roman Polanski

Editorial: Malpaso

Datos técnicos: 554 páginas (Barcelona, mayo de 2017)

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“Ahora se me considera universalmente, bien lo sé, un perverso enano libertino. Mis amigos, y las mujeres de mi vida, saben que eso no es cierto.”

Roman Polanski

Cuenta el responsable de El pianista en esta subyugante autobiografía que la principal razón que le condujo a querer volver a ponerse detrás de una cámara tras el asesinato de Sharon Tate fue la lectura de la novela Papillon, de Henri Charrièrre, y su posterior deseo de adaptarla a la gran pantalla con Warren Beatty como protagonista. Salvando las lógicas distancias, no resulta difícil adivinar el motivo por el cual el realizador polaco se sintió identificado con el contumaz prófugo francés al que más tarde daría vida en el cine Steve McQueen.

Y es que, desde que nació en París en 1933, la vida de Roman Polanski ha representado una huida casi constante hacia la libertad, tanto en el ámbito individual como en el creativo. Ya en 1936 se traslada a Polonia junto a su familia, teniendo que transcurrir los últimos años de su infancia en el ghetto de Varsovia durante la ocupación nazi a causa de su origen judío. Tras la liberación del país por parte de los rusos, el joven Roman hizo lo que estuvo en su mano por escapar, a través del arte, el teatro y el cine, de la pobreza y el aislamiento que trajo consigo el subsiguiente régimen comunista, con vistas sobre todo a emigrar por medio de su talento a Occidente y, en especial, a Norteamérica, país cuya cultura le producía una especial fascinación y que llegaría a conocer a través de las películas que, tras la guerra, fueron llegando en oleadas a los cines de toda Polonia.

Cuando un par de décadas más tarde la conquista de Hollywood se convirtió en una realidad tras el éxito crítico-económico de La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968), Polanski se vio forzado a regresar a Europa para recluirse, escapando esta vez del acoso de la prensa y de los rumores que recorrían medio mundo a raíz del asesinato de su esposa por parte de la familia Manson. Unos años más tarde, y tras contar con una nueva oportunidad de asentamiento profesional en los Estados Unidos, se volvería a producir en su vida la brutal dicotomía éxito-tragedia a la que a esas alturas parecía ya estar acostumbrado: un tiempo después de filmar Chinatown (Chinatown, 1974) Polanski se vio de nuevo perseguido, en esta ocasión por las autoridades norteamericanas, tras ser acusado de drogar y abusar de una menor en casa de Jack Nicholson, estableciendo desde entonces su residencia en Francia con el fin de evitar una condena de prisión que, a estas alturas, lleva esquivando cuatro décadas y que se haría efectiva de inmediato en el caso de que el ya octogenario director pisara suelo estadounidense.

De este modo, en sus continuos intentos de atravesar el otro lado del espejo con el fin de alcanzar un mejor nivel de vida el polaco se ha ido topando con una serie de realidades que, si bien en principio se ajustaban como un guante a su peculiar y hedonista modo de entender la vida, le han acarreado asimismo una serie de perjuicios que, ya sea de manera merecida o por puro azar, le han estigmatizado a lo largo de los años y en diferentes sociedades y países como un sucio judío, un drogadicto satanista y/o un violador de niñas, respectivamente.

De su condición de obligado trotamundos, de su asombrosa capacidad de adaptación y de su innato sentido de supervivencia dan buena cuenta estas memorias escritas hace más de treinta años, publicadas en su momento en nuestro país por Grijalbo y que desde hace unos meses podemos disfrutar en una nueva edición de la mano de Malpaso, en un volumen tan voluminoso, compacto y elegantemente sobrio que no podemos evitar la sensación de tener en nuestro poder la cuidada edición de alguna suerte de biblia pagana desde el momento en que nos adentramos por vez primera entre sus absorbentes páginas.

Excepción hecha de un nuevo epílogo escrito para la ocasión por el propio autor, y que narra sucintamente los hechos que en 2009 le llevaron a permanecer dos meses encarcelado en Suiza, este volumen abarca desde su niñez hasta su regreso a Polonia a comienzos de los ochenta con el propósito de representar Amadeus en el teatro, circunstancia que también aprovecharía para volver a los escenarios de una infancia que, con una madre muerta en un campo de concentración y un padre deportado, no fue lo que se dice fácil. Quizás habría que advertir a todos aquellos que esperen una biografía cien por cien cinematográfica que, aunque obviamente las películas suponen un elemento primordial en el tortuoso recorrido vital del director de La novena puerta, en líneas generales Polanski se centra más en detallarnos su vida que su labor como director. De esta manera, se consagran las primeras doscientas páginas, por ejemplo, en relatar una infancia y adolescencia forzosamente picarescas, su faceta como actor infantil, así como su paso por la Escuela Cinematográfica de Lodz o su relación con su compatriota Andrew Wajda, entre muchas otras cosas.

Seguramente en su propio detrimento, y anticipándose quizás a lo que el lector medio pudiera esperarse, el director dedica más espacio a las consecuencias de  la matanza ocurrida en Cielo Drive, o al episodio de la violación, que al rodaje de cualquiera de sus películas, peculiaridad ésta que se extiende a la enumeración de sus conquistas amorosas, algunas de ellas de inquietante naturaleza “lolitesca”. Tanto es así que no muestra reparos tanto en contar sus devaneos con varias señoritas de dieciséis años con el propósito de superar la tristeza causada por la muerte de su esposa (¡!), como que mantuvo relaciones sexuales con Nastassja Kinski, futura protagonista de Tess, cuando ésta contaba apenas con quince años de edad (¡¿?!).

Y es que por mucho que Polanski advierta al lector que este libro se escribió hace ya más de tres décadas, y que le aconseje que tenga presente lo diferente que era la sociedad entonces, lo cierto es que esta falta de tapujos y prejuicios provoca que llegado cierto punto resulte muy difícil identificarse con el autor debido a los hechos narrados – al menos al que esto suscribe le pareció imposible -, por mucho que, por otra parte, la abundancia de anécdotas y una atención al detalle casi dickensiana hagan de esta una autobiografía cautivadora y amena en extremo, aún a pesar, y como ya digo, del laxo sentido de la moral de su protagonista.

Este libro representa en última instancia una lectura imprescindible tanto para los admiradores incondicionales del trabajo del director como para aquellos que sólo busquen el puro y duro morbo; paradójicamente, y por la manera en la que Polanski enfoca el relato de su controvertida vida, es posible que estos últimos queden incluso más satisfechos que los primeros. Así las cosas, en definitiva y se mire por donde se mire, estas memorias resultan una lectura obligada para todo aquel que posea un mínimo de curiosidad acerca de la vida de uno de los directores imprescindibles del pasado siglo, así como una de sus personalidades más polémicas.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on septiembre 12, 2017 at 5:04 am  Dejar un comentario  
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Cine cómico español 1950-1961. Riendo en la oscuridad

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Título: Cine cómico español 1950-1961. Riendo en la oscuridad

Autor: Carlos Aguilar

Editorial: Desfiladero Ediciones

Datos técnicos: 304 páginas (Valencia, 2017)

La publicación de Cine cómico español 1950-1961. Riendo en la oscuridad puede considerarse un hito dentro de la bibliografía cinematográfica patria, por múltiples y muy variadas razones. De entrada, se trata de la segunda referencia de Desfiladero Ediciones, un nuevo sello creado por Pablo Herranz, al que los aficionados conocerán por sus colaboraciones en Quatermass o Cine-Bis, que estrena así su especializada “Colección Moviola”. A ello hay que añadirle la novedad que supone la temática tratada dentro de la obra de su autor, Carlos Aguilar. Y es que, si bien es conocida la natural inclinación que el prestigioso crítico e historiador madrileño ha mostrado desde siempre por la producción europea de cine de género, y más en concreto la autóctona, con especial predilección por variantes como el western o el fantástico, esta es la primera ocasión en la que dedica un trabajo completo al cine cómico español, corriente por otra parte que, paradójicamente, a pesar del peso industrial, popular y cultural del que ha disfrutado históricamente, apenas ha contado con estudios que se ocuparan de analizar y desgranar sus pormenores, ya no digamos merecedores de interés.

Precisamente, en el arranque de Cine cómico español 1950-1961 el autor justifica la carencia de ensayos sobre la temática debido a los prejuicios que desde siempre han existido en nuestro propio país sobre el cine español y su supuesta calidad, máxime en un género como el tratado, de clara vocación popular. Armado pues de un confeso espíritu reivindicativo, Aguilar escoge la comedia como materia de estudio por “cuanto supone un bloque de nuestro cine que no ha despertado la atención debida”. ¿Y por qué precisamente el periodo comprendido entre 1950 y 1961? Además de por las cuestiones relativas a su calidad productiva, no dudando en considerarla la mejor etapa de la historia del cine español, el autor basa su elección por la importancia sociopolítica que rodeó al país, coincidiendo con el momento en el que abandonaba la autarquía que había regido los destinos de España desde la llegada al poder de Franco para abrirse al mundo exterior.

No obstante, por encima de los motivos señalados, la principal razón se encuentra en la creación de un estilo identitario propio e inconfundible. La sustancia del cine cómico en la década larga tratada es así resumida “en un desembozado regusto costumbrista, sustancioso y específico, que hunde sus raíces, desde luego legítimamente, en inveteradas tradiciones literarias, pictóricas y teatrales del país con las cuales el espectador, incluso el de menor nivel cultural, se identifica automáticamente por aplastantes razones de atavismo”. Es decir, la personalidad de esta etapa concreta de nuestra cinematografía y nuestra comedia radica en el modo en que consigue conectar con nuestro legado cultural, y por tanto, con nosotros mismos, a través de historias protagonizadas por “personajes verosímiles óptimamente interpretados viviendo una serie de situaciones reales/realistas (ora cotidianas, ora disparatadas), que unas veces provocan hilaridad y otra ternura”, en palabras de Aguilar.

Puesto el lector en antecedentes y establecidas las principales señas características de la corriente, Aguilar procede a dividir la filmografía estudiada en dos vertientes estilísticas: la comedia rosa, en la que su humor es presentado “en tanto edulcoración más o menos gentil de una realidad cuya desesperante sordidez, en el fondo, no se le escapa a nadie”, y la negra, cuyo humor es “reflejo de esa realidad, unas veces caricaturesco o parabólico, otras literal e incluso descarnado.” Dos opciones en principio antitéticas en sus planteamientos, incluso a nivel estético (en la rosa predomina la fotografía en color, mientras que la negra opta por el monocromatismo, estando además fuertemente influenciada por los postulados del neorrealismo italiano), pero que en no pocas ocasiones se entremezclaron, como demuestra el repaso por la producción de aquellos años que ocupa el corpus central del libro, y que va desde El último caballo (1950) de Edgar Neville hasta Plácido (1961) de Luis García Berlanga.

Dividido en tres grandes periodos cronológicos, los dos primeros dominados por cada una de las opciones cómicas enunciadas, Aguilar efectúa un minucioso recorrido por los diferentes títulos que conforman la filmografía propuesta, desde los más famosos a los más ignotos, haciendo gala de un espíritu crítico no reñido con sus pretensiones reivindicativas, atento tanto a la letra como al contexto (político, social, industrial) y la estética de los films comentados, señalando temáticas, localizando puntos comunes, rastreando impregnaciones en otros exponentes coetáneos fuera del género y descubriendo o revalorizando, según procede, ejemplares que hasta ahora permanecían ocultos o (semi)olvidados, como puede ser el caso de Un ángel tuvo la culpa (1958) de Luis Lucía o Salto al vacío (1961) de Mariano Ozores, por citar solo un par de ejemplos.

Un paseo de lo más ameno y fluido que, como no podía ser de otra forma, está estrechamente conectado con las principales figuras que hicieron posible esta corriente, tanto delante como detrás de las cámaras. Esto es, Edgar Neville, Berlanga, Rafael Azcona, Pepe Isbert, Manolo Morán, José Luis Ozores, Tony Leblanc y, muy especialmente, Fernando Fernán Gómez. En este sentido, no parece casual, ni mucho menos, que para ilustrar la portada se haya usado una imagen del polifacético artista, como tampoco que el prólogo venga firmado por quien fuera durante años su pareja profesional y sentimental, Analía Gadé, ya que su labor a lo largo de los años recogidos, en los que a sus tareas interpretativas se le une su salto a la dirección, se erige en poco menos que en uno de los leitmotivs de la obra que nos ocupa. Todo ello, claro está, sin dejar de lado la labor de otros nombres quizás menos relevantes que los ya enumerados, pero sin cuya contribución sería difícil de entender la producción estudiada, y que se suma a la consecuente atención que Carlos Aguilar dedica a otros viejos conocidos de su obra, singularizados por el espacio dedicado a los trabajos dentro del género y fechas indicadas de Joaquín Luis Romero Marchent, Eugenio Martín y, cómo no, Jesús Franco.

La sobresaliente labor analítica e historiográfica desplegada, bien cimentada en una trabajada documentación, la consabida bibliografía seleccionada y un índice onomástico, tan útil como necesario en una obra como la que nos ocupa. Un contenido que es realzado por el empaque visual que le brinda la maquetación de Javier G. Romero, tan espectacular como nos tiene (mal) acostumbrados, ilustrada con una selección de carteles en color y fotografías en blanco y negro, en su mayoría inéditas o poco vistas, que se acompañan de pies explicativos que ayudan a enriquecer el texto principal con el concurso de nuevos datos, declaraciones y extractos pertenecientes a escritos de otros analistas.

Un volumen, en definitiva, cuyos resultados superan con creces el marcado objetivo de cubrir la laguna bibliográfica existente, logrando una obra que en adelante se antoja de referencia obligada a la hora de hablar del cine cómico carpetovetónico en particular, y de cine español en general. No solo eso, sino que también consigue el difícil mérito al que cualquier ensayo de este tipo debiera aspirar: incitar al lector a través de sus páginas a (re)visionar, descubrir y, en definitiva, investigar las películas comentadas, con el fin de ampliar, confrontar y completar las opiniones vertidas con conocimiento de causa, que al fin y al cabo es de lo que se trata.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on agosto 25, 2017 at 5:34 am  Dejar un comentario  

Eastwood. Desde que mi nombre me defiende

Título: Eastwood. Desde que mi nombre me defiende

Autor: Francisco Reyero

Editorial: Fundación José Manuel Lara

Datos técnicos: 226 páginas (Sevilla, 2017)

Está siendo esta una temporada especialmente prolífica en lo que se refiere a la incorporación de nuevos títulos a la bibliografía patria consagrada al western mediterráneo: a la puesta de largo editorial en los últimos meses de La Almería de Sergio Leone o El libro guía del spaghetti western, hemos de añadir desde el pasado mes de abril este volumen escrito por Francisco Reyero, periodista sevillano colaborador de La Razón que con uno de sus anteriores trabajos, Nunca volveré a este maldito país, ya abordó la conflictiva relación que mantuvo con España otro icono cinematográfico de origen estadounidense, Frank Sinatra.

Este Eastwood. Desde que mi nombre me defiende se centra en cambio, y en teoría, en el período durante el cual Clint Eastwood rodara en nuestro país “La trilogía del dólar” a las órdenes de Sergio Leone, y en como el éxito sucesivo y creciente de estas películas a nivel global serían determinantes a la hora de que el intérprete nacido en San Francisco se ganara una independencia artística que se le había negado hasta el momento en Hollywood; aunque, y contrariamente a lo que pudiera parecer, la atención del autor no se dirige exclusivamente a este asunto.

Y es que además de detallarnos a nivel internacional los entresijos burocráticos, económicos y/o de distribución de Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, Reyero opta asimismo por destacarse de otros estudios precedentes subrayando la españolidad de su libro, no sólo en el origen de los hechos o de los testimonios elegidos, sino también en el estilo que utiliza a la hora de exponerlos. De esta manera, y lejos de erigirse en un libro de tesis, abundan en este volumen los testimonios de aquellos que, de una manera u otra, estuvieron relacionados con el fenómeno así como con sus máximos responsables, ya fueran Leone, Eli Wallach o el propio Eastwood; gentes éstas que desempeñaron en su mayoría cometidos de lo más modestos, trabajando de especialistas, sacándose unas perrillas cavando zanjas para construir el puente de Flagstone o el cementerio de Sad Hill, o simplemente acogiendo a los actores y al equipo técnico durante aquella época irrepetible en la que los rodajes de estos films supusieron una importante inyección económica en aquellos lugares que fueron elegidos como localizaciones.

Así las cosas, y en consecuencia con el tono minucioso adoptado por Reyero, tan importantes son las declaraciones de Eastwood como, por poner un ejemplo, las de la señora que acogió a Wallach en su hotel durante el rodaje en Burgos de El bueno, el feo y el malo. Atraído por lo tanto por el aspecto humano que deriva de los detalles mundanos y cotidianos de aquellos rodajes, antes que por los datos más glamurosos y/o sobados, el autor intenta dibujar, a través del mosaico de anécdotas en el que acaba convirtiéndose el libro, un retrato de las principales características de la España que acogió a Leone y a su troupe, antes que detenerse en analizar en profundidad lo que el colosal éxito de estas producciones supusieron, tanto para la posterior trayectoria de Eastwood como para la continuidad de los rodajes extranjeros en suelo español.

Siempre es preferible un buen periodista (y ciertamente Reyero lo es), antes que un mal crítico de cine. Por desgracia en este país de lo primero escasea y de lo segundo tenemos de sobra. Reyero no es ni crítico ni historiador de cine y, afortunadamente, tampoco pretende serlo; y si tal vez debido a esta circunstancia se echa en falta un mayor nivel de contexto histórico en sus páginas, un poco de pegamento que mantenga unidas las diferentes piezas que conforman el estudio, por así decirlo, esta elección de un estilo ligero deviene por otra parte en la ventaja de una lectura clara, ágil y amena. A esta característica tampoco es ajeno el hecho de que el libro se presente dividido en capítulos que, en ocasiones, no superan la extensión de una página.

Aparte de la referida profusión de testimonios, que van desde los de Antonio Ruiz Escaño, el llamado “Niño Leone”, hasta los de Andrés Vicente Gómez, que en la primera entrega de la trilogía desempeñó funciones de ayudante de producción, el autor se sirve asimismo de las publicaciones de la época a la hora de intentar desentrañar los precedentes del imprevisible boom del spaguetti. Se incluyen así desde informes previos de la censura franquista, cartas de los productores españoles protestando por la falta de seriedad de los italianos (en este sentido, se hace especial hincapié en las penurias económicas que se sufrieron durante el rodaje de Por un puñado de dólares), así como la reacción negativa por parte de la crítica americana, en un intento muy hábil por parte de Reyero de enfrentar la precariedad de medios con la que se realizaron estos films con su fulminante e inesperado éxito, así como con la miticidad de la que gozan a día de hoy.

Como apuntábamos anteriormente, tal acumulación de citas, declaraciones, documentos y anécdotas, aunque perfectamente organizados, impiden que la personalidad y la voz de Reyero salgan a relucir en un libro que, por otra parte, es enfrentado por su autor con cierto nivel de modestia. Despojado así de todo atisbo de egocentrismo autoral, el sevillano opta en cambio por dar voz a todos aquellos que, en uno u otro grado, pusieron su granito de arena para que una de las trilogías más célebres de la historia del cine se hiciera realidad, a pesar de encontrarse durante el proceso con situaciones adversas de toda índole.

En un recorrido geográfico y temporal que nos lleva de Los Ángeles a Almería, y de Burgos a Carmel, localidad californiana donde hace décadas que Eastwood fijó su residencia, Reyero nos regala un libro de cine escrito desde una óptica popular y cercana, algo que casi parece un milagro en estos tiempos en los que por lo común los que escriben sobre cine suelen mirar a sus lectores permanentemente por encima del hombro. Un texto que seguramente interesará por igual tanto a los neófitos que estén interesados en iniciarse en el tema como a los que se sepan de memoria la obra de Christopher Frayling o Carlos Aguilar. Finalmente, Eastwood. Desde que mi nombre me defiende certifica que el spaguetti sigue constituyendo, a más de medio siglo de su aparición, un tema tan variado, rico y aparentemente inagotable que aún puede ser objeto de estudios tan dignos como el presente.

José Manuel Romero Moreno

Supersonic Man (Cómic 2017)

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Título: Supersonic Man

Autores: Héctor Caño (guion y dibujo), David García (portada alternativa), David García (texto “Supersonic Man. The Spanish Superman”), Eduardo Franco (entrevista “José Luis Ayestarán, mito de la musculación española”)

Editorial: Eneas Beat Comics

Datos técnicos: 40 páginas (Primavera de 2017)

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No es ninguna noticia que el fantaterror atraviesa un periodo de efervescencia. Denostado en su momento por la crítica oficialista, en los últimos años venimos asistiendo a cómo este movimiento está siendo recuperado y reivindicado por una legión de seguidores cada vez más numerosa procedente tanto de dentro como de fuera de nuestra frontera, y que en la mayoría de los casos ni siquiera había nacido cuando estas películas se llevaron a cabo. El auge ha sido tal que muchos de aquellos títulos están viviendo una segunda vida comercial a través de su lanzamiento en formato digital, con una calidad de imagen y añadidos poco menos que impensables hace apenas unos años, al menos en las aparecidas en el extranjero, principalmente en los Estados Unidos.

Pero el culto por este cine no ha quedado aquí, y fruto del interés existente ha devenido en la comercialización de diversos productos de merchandising relacionados con personajes y películas pertenecientes al estilo, lo que de entrada da buena cuenta del tirón y la popularidad de la que gozan entre ciertos círculos de aficionados. De entre los diferentes medios empleados, el denominado noveno arte ha sido uno de los más utilizados para prolongar la vida de estas creaciones más allá de la pantalla. Como en tantas cosas, el precursor en este campo fue el propio Paul Naschy, quien en compañía del dibujante Javier Trujillo lanzaría en 2007 Waldemar Daninsky: el retorno del hombre lobo, adaptación a cómic del film al que alude el título, al que seguiría un año después Waldemar Daninsky: el origen de la maldición, esta vez tomando como base la película del personaje La bestia y la espada mágica.

Fuera del tótem por excelencia del cine de terror patrio, en 2014 Héctor Caño recuperaría para la viñeta a otro personaje emblemático del fantaterror. Nos referimos a Supersonic Man, el superhéroe protagonista de la homónima película dirigida en 1979 por Juan Piquer Simón como respuesta al Superman de Richard Donner, que ya fuera llevado al cómic por José Sanchis para Editorial Valenciana con motivo del estreno del film, en una primera incursión que se prolongaría a través de ocho números pertenecientes a la colección “Colosos del Comic”. Treinta y cinco años más tarde, Caño traía a la actualidad al superhéroe tras haberle utilizado como personaje secundario en los libros El reto de los super-freaks (2007) y Legion Cosplay (2013), con un primer cómic distribuido de modo gratuito al que se uniría poco tiempo después una segunda entrega en formato digital denominada Supersonic Man Returns.

Este díptico es continuado ahora con Supersonic Man, un nuevo comic book que regresa al formato papel compuesto por treinta y seis páginas en blanco y negro, con portada y contraportada a color. Su núcleo central se encuentra en El sonido del trueno”, una nueva aventura del superhéroe llegado del espacio, cuya historia combina una nada velada crítica social hacia ciertos aspectos de la realidad sociopolítica española actual con simpáticos guiños a varios ilustres personajes del cómic patrio clásico, lo que en última instancia propicia una tan bienintencionada como sincera reflexión sobre el olvido al que un país tan poco dado al chauvinismo como el nuestro condena a sus propios héroes. Un contenido argumental que es acompañado por el también guionista con un dibujo que, salvando las distancias, puede recordar al Carlos Pacheco de los tiempos de Iberia Inc en particular, y al de la Marvel de los años ochenta en general.

Pero esto no es todo. Poniendo de relieve el grado de reivindicación de su personaje protagonista que subyace a lo largo de la publicación, esta se completa con diferentes artículos que sirven para situar en contexto al lector menos familiarizado con el material en que se basa. Así, tenemos desde un texto sobre el autor, hasta un pequeño recorrido por la trayectoria cinematográfica de Juan Piquer Simón, pasando por un artículo sobre la película originaria a cargo de David García, responsable del longevo fanzine Monster World, así como una entretenida entrevista de Eduardo Franco a José Luis Ayestarán, actor encargado de encarnar en la gran pantalla a Supersonic Man en las escenas en las que el personaje aparecía bajo su forma de superhéroe y que ejerce como padrino en esta resurrección del personaje. A modo de guiño final, se incluye una portada alternativa firmada por Rubén García y Estudio Beat que parodia la famosa tapa del número 1 de Action Comics que sirviera de carta de presentación de Superman.

Pedro Príncipe

Published in: on mayo 5, 2017 at 6:39 am  Dejar un comentario  
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Las fábulas mecánicas. Guillermo del Toro

Título: Las fábulas mecánicas. Guillermo del Toro

Autores: Juan A. Pedrero Santos, Tonio L. Alarcón, Rubén Higueras Flores, Carlos Díaz Maroto, Tomás Fernández Valentí, José Luis Salvador Estébenez, Adrián Sánchez, Javier G. Romero, Diego Salgado

Editorial: Calamar Ediciones

Datos técnicos: 250 páginas (Madrid, septiembre de 2016)

“… un crítico, que en teoría ilumina el quehacer del cine,  sí creo que necesita saber un poco de contexto, dónde se sitúa la obra dentro de la filmografía de quien la hace. Necesita todo lo que pueda saber acerca del contexto, y ello le servirá de apoyo y de referencia.” 

Guillermo Del Toro

Dentro de veinticinco, cincuenta ó cien años lo tendrán realmente fácil aquellos estudiosos del medio que quieran conocer el estado de la crítica cinematográfica patria de este 2016 que ya se acaba: no tendrán que perder tiempo ni emplear esfuerzo alguno investigando en polvorientas hemerotecas, o navegar por blogs de cine como éste que además, y para esas fechas, lo más probable es que ya hayan sido borrados de la (inter)faz de internet. Gracias a libros de naturaleza colectiva como el presente, o como otros que tanto proliferan últimamente en el mercado editorial español, el historiador del mañana contará con la posibilidad de tener compilados en un sólo volumen todo un catálogo de reseñas que representarán en su variedad lo bueno, lo malo y lo peor del ejercicio del análisis cinéfilo actual.

Tras un prólogo escrito por Santiago Segura (bastante menos horrible de lo que cabría esperar) y un perfil de Del Toro a cargo de Juan A. Pedrero Santos,  coordinador asimismo de todo el asunto, el primer bloque importante del libro viene compuesto por nueve reseñas que se encargan de examinar con más o menos fortuna, dependiendo siempre del talento con el que esté dotado cada autor, los nueve largometrajes firmados hasta la fecha por el director oriundo de Guadalajara. Se pasa de puntillas por lo tanto por el resto de disciplinas cultivadas por el responsable de Cronos en más de dos décadas consagradas al entretenimiento: esto es, cortometrajes, novelas, televisión o animación.

De esta manera, y en su referida condición de fiel reflejo del panorama de la crítica española contemporánea, trascendiendo incluso por momentos su propia naturaleza de estudio de la obra del mexicano, nos podemos encontrar en las páginas de este Las fábulas mecánicas con varios arquetipos de las tres mayores corrientes que, en mi opinión, se hacen valer más en nuestro país a la hora de acercarse a la práctica del análisis cinematográfico.

Por un lado podemos identificar a aquel espécimen de cronista irritante en su pretenciosidad, ése que por falta de referentes, por pereza, o simplemente por pura petulancia, se coloca por encima del film a analizar, y, en la mayoría de los casos, incluso por encima del propio lector: críticos estos que se caracterizan ante todo por el intento de dotar de legitimidad intelectual a un cine que no lo necesita, siempre a través de una serie de referencias religiosas, filosóficas, políticas, históricas o sociológicas, entre las que, de manera incomprensible, se deja casi siempre de lado el elemento cinematográfico, o cuando menos, se ve reducido a su mínima expresión. Nos encontramos pues ante un modelo que en este caso en concreto revela su ineficacia no tanto por los cuestionables referentes que maneja, si no por las débiles (cuando no nulas) conexiones que se establecen entre éstos y el cine del mexicano.

En el otro lado de la balanza de este discurso particularmente coñazo y estéril, tan denso en la forma como superficial en el fondo, nos topamos asimismo con un par de ejemplos de la igualmente molesta crítica “sinopsis”, aquella variante obvia, apolillada y poco esforzada del género que se limita poco menos que al rutinario comentario de la película de principio a fin, y en donde, por supuesto, brilla por su ausencia tanto el análisis como núcleo central de la propuesta, así como cualquier intento de contextualizar la obra a analizar dentro de la filmografía de su director.

Cuestión de gustos. Supongo que ambas modalidades son perfectamente válidas, pero en mi modesta opinión los colaboradores de este libro dan en la diana única y exclusivamente cuando optan por acercarse a la obra de Del Toro en términos puramente cinematográficos, visuales y/o narrativos; y, por suerte para el sufrido lector, en Las fábulas mecánicas los partidarios de esta última corriente representan una amplia mayoría.

Así las cosas, y si el libro presenta a fin de cuentas una mínima sensación de unidad entre sus diferentes reseñas, ésta viene dada principalmente por el estilo más o menos común desplegado por la mayor parte de las firmas aquí convocadas: un enfoque éste en el que no falta el análisis, pero tampoco la glosa de las circunstancias en las cuales se fraguaron los diferentes films, así como tampoco lo que representan, o representaron, dentro de la trayectoria fílmica de su realizador. Para leer sinopsis ya existen páginas como IMDb o Filmaffinity, gracias.

De este modo, los numerosos aciertos que podamos encontrar a lo largo de la lectura de Las fábulas mecánicas parecen responder más al talento individual que al esfuerzo colectivo, una sospecha que viene reforzada por el hecho de que en esta primera parte del volumen, y dejando de lado los referidos rasgos estilísticos en común, los nueve autores no parecen disponer ni de una meta definida, más allá de escribir sobre la película de Del Toro que les haya tocado en suerte, ni tampoco de una hoja de ruta colectiva con la cual poder dotar de algo de solidez y continuidad formal al volumen.

Tras estas nueve extensas reseñas nos podemos encontrar a continuación con la trascripción, igualmente prolija, de la conversación de tres horas de duración que Juan A. Pedrero Santos mantuvo vía telefónica la pasada primavera con el protagonista de este libro. A lo largo de casi setenta páginas Del Toro desgrana su trayectoria vital y profesional, sus métodos de trabajo y sus gustos cinematográficos y literarios a través de una charla de todo punto interesante, pero a la que le acaba pesando su desmedida extensión así como cierta falta de fluidez debido al absoluto caos cronológico y temático del cuestionario. Por citar tan sólo un ejemplo, una pregunta de carácter técnico sobre la puesta en escena puede venir seguida de una de naturaleza más profunda y existencial sobre la muerte, y así.

El volumen se cierra con una biografía de unas doce páginas del personaje de Lucille Sharp, encarnado por Jessica Chastain en la estupenda La cumbre escarlata, escrita por el propio Del Toro, y que, esta vez sí, representa el ejemplo más revelador y completo contenido en este libro acerca de la tan apasionada como rigurosa manera que tiene el director azteca de enfocar su trabajo.

Ilustrado con un gran número de carteles y fotogramas, así como con dibujos y storyboards proporcionados por el propio Del Toro, Las fábulas mecánicas se beneficia asimismo de una maquetación clara en cuanto al diseño que deviene en una comodísima lectura, la cual, y junto a su impecable empaque visual, disimula en gran medida el que nos encontremos ante un libro que, más allá del hecho de su autoría colectiva, resulta a todas luces imperfecto, cojitranco, incompleto… monstruoso o resultón, según por donde se mire:

un volumen que, a pesar de volar alto la mayor parte del tiempo, resulta demasiado irregular como para poder considerarlo el estudio definitivo publicado en nuestro idioma sobre la obra del director de Hellboy; y es que, y a pesar de sus muchas virtudes, tanto por intenciones como por sus desiguales resultados, Las fábulas mecánicas está algo lejos de serlo.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on noviembre 23, 2016 at 6:57 am  Dejar un comentario  
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Entre dioses y monstruos. Historias de cine y vida

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Título: Entre dioses y monstruos. Historias de cine y vida

Autor: Joan Lluís Goas

Editorial: Editorial Alrevés

Datos técnicos: 224 páginas (Barcelona, Septiembre, 2016)

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Una década al timón del mejor festival de cine del mundo y más de tres años presentando un mítico programa de televisión dan para mucho. Y es básicamente de las experiencias adquiridas en el primero de esos foros de lo que nos habla Joan Lluís Goas en Entre dioses y monstruos. Historias de cine y vida. Aunque su labor en el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Sitges es lo que da verdadero peso a su trayectoria, quizás el rostro de Joan Lluís sea más conocido por el común de los mortales gracias a “Noche de lobos” (si de comunes se nos puede calificar a los aficionados al cine de terror, que ya es mucho calificar), ese espacio de Antena 3 TV donde se emitía cada semana una película del género recurrentemente presentada con aquel famoso «buena luna, criaturas de la noche» que se hizo tan popular.

Que este sea el primer libro de Joan Lluís sorprende mucho, pues alguien con ese currículum y que en una de las solapas de la sobrecubierta (sí, tapa dura con sobrecubierta, …aun hay clases) se atribuye la condición de «periodista, articulista y gestor cultural» no es habitual que hasta ahora no vea cumplimentado semejante hito. Pero nunca es tarde, y menos si de lo que se trata es de hacernos a todos partícipes de anécdotas y sentimientos alumbrados durante tantos años de estrecha relación con la historia pasada y contemporánea del cine fantástico mundial.

Treinta y tres son los capítulos dedicados a ciertos personajes, individualmente o como grupo, sobre los que Goas vuelca sus comentarios (directores y actores en su gran mayoría), algunos tan emocionados como emocionantes, ya sean nacidos del cariño surgido durante un encuentro, que pudo ser fugaz o continuado a lo largo de los años, ya desde la admiración previa profesada por una figura más tarde conocida en carne y hueso. En todos los casos se trata de personalidades fundamentales para la historia del tipo de cine que al autor tanto le interesa y al que tantas horas le ha dedicado. Pero también se otorga un espacio a la desilusión, a la caída de mitos y al ataque frontal contra otros individuos, los menos (alguno vinculado al cadáver todavía caliente de una pretendida industria del cine de género en nuestro país), que según la experiencia vivida por Joan Lluís parecen merecer, a sus ojos, esa clase de referencias y no otras. Lo asombroso es cómo el barcelonés logra, sutilmente, incrustar dichas críticas dentro de un tono elegante, meloso y de prosa seductora, capaz, a poco que uno se despiste en la lectura, de quedar mimetizadas entre tan particularmente tierno follaje. Un ejemplo: cuando habla de su encuentro con cierto individuo, intocable para algún sector del fandom, se nos regala una perla como la que sigue: «puedo afirmar que tal vez haya dejado de ser el director de moda del nuevo cine fantástico italiano, pero tengo que reconocer que por lo menos ya no huele mal». No voy a desvelar de quien se está hablando, ya lo descubriréis al leer el libro. Es de agradecer, dados los tiempos que corren que, cosa rara, la corrección política no parece incluirse entre las directrices vitales de quien ya a su edad  tiene muy poco de lo que esconderse, cuyas heridas del alma, aunque cerradas, mantienen como recordatorio una visible cicatriz. Una edad que solo suponemos, pues en el texto de presentación que se hace del autor en la solapa se evita incluir el año de su nacimiento, lo que estimo un simpático y muy premeditado gesto de coquetería.

De ninguna manera el título del libro podía hacer más justicia a aquello que podemos encontrar en su interior. En sus páginas descubrimos como esos dioses del celuloide pueden ser a la vez tan humanos como monstruosos, tan adorables como despreciables, tan encantadores como insoportables, tan terrenales como divinos. Aun así, la mayoría de los retratados han conseguido, de una u otra manera, convertirse en alimento de nuestros sueños y sedante para nuestras pesadillas. Esa es la  magia del cine; y, a la postre, eso es lo más importante.

En las palabras de Goas se percibe la nostalgia y un sentimiento sincero asentado en el recuerdo de unos tiempos que ya no volverán, pero que quedarán retenidos en su memoria formando parte indisoluble de su existencia. Todos esos recuerdos, aunque personales, intransferibles y únicos, son con los que, en cierto modo, Goas incita al lector a reproducirlos en su propia vida, a darse la oportunidad de regalarse momentos similares, capaces de llenar el espíritu de ilusión, emoción y felicidad, que bien servirán para aportar combustible a futuros períodos de mayor sosiego. Una memoria compartida desde la seguridad de quien, implícitamente, reconoce haber tenido un paso por la vida donde ha vivido mucho –valga la expresión–, ansiando merecer durante la mucha que le quede –el tono nostálgico obliga– cuanto menos una porción igual de singular y provechosa que la que ya ha hecho historia.

Juan Andrés Pedrero Santos

 

Published in: on octubre 11, 2016 at 9:48 am  Dejar un comentario  
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Noche silenciosa, noche sangrienta

La salida al mercado el pasado mes de noviembre por parte de Tyrannosaurus de la novelización de Noche silenciosa, noche sangrienta, supone una inmejorable excusa para acercarnos a esta oscura película, la cual, y aunque con el paso de los años ha logrado crearse una pequeña legión de admiradores en torno suyo en medio mundo, aún continúa inédita en nuestro país en DVD.

Tras la publicación, en mayo del 2015, de La noche de los muertos vivientes en forma de novela, la barcelonesa Tyrannosaurus Books nos sorprendía hace apenas unos meses con la puesta a la venta de la novelización de otro film de culto, Noche silenciosa, noche sangrienta: y si bien la película dirigida por el ignoto Theodore Gershuny no llega a rozar siquiera el nivel de seguimiento de la obra maestra de Romero, sí que es merecedora en cambio, y por más de un motivo, de la, en ocasiones, aleatoria etiqueta de cult movie, como trataremos de explicar a continuación.

Como en el caso de la de La noche de los muertos vivientes esta adaptación viene firmada por Declan Sinnot y, también como era de esperar, el libro toma como guía (en ocasiones de manera demasiado literal), el tortuoso relato contenido en el film que toma como base; una modesta película estrenada con no demasiado éxito a comienzos de los setenta pero que se fue ganando con el tiempo cierto status entre los aficionados, sobre todo gracias a su condición de precursora de las cintas pertenecientes al subgénero slasher que se rodarían a partir de entonces y durante las siguientes décadas.

Producida por la Cannon pre-Golan & Globus, y por el Lloyd Kaufman anterior a la fundación de la Troma, Noche silenciosa, noche sangrienta fue filmada en las afueras de Nueva York por un reducido equipo proveniente de la escena underground de la ciudad. Dirigida por Theodore Gershuny y protagonizada por su entonces esposa Mary Woronov, actriz y modelo que antes de convertirse en una habitual de la escudería Corman (por títulos como La carrera de la muerte del año 2000 o Hollywood boulevard), había formado parte de la factory fundada por Warhol a comienzos de la década anterior, al igual que otros personajes asimismo presentes en esta película, como veremos más adelante.

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A la hora de llevar a buen puerto la filmación de La noche de la oscura luna llena (junto a Deathouse, otro de los títulos alternativos de la película), el director y su peculiar troupe lo hicieron valiéndose de un reducido presupuesto de apenas 300.000 dólares; los mismos con los que, por otra parte, contaría casi una década más tarde John Carpenter para acometer la realización de La noche de Halloween (Halloween, 1978), película con la que la de Gershuny comparte más de una similitud, además del aspecto económico.

Nos podemos encontrar de esta manera con coincidencias puntuales entre ambas como pudieran ser la fuga del asesino de una institución mental, o la ubicación temporal de la trama en el marco de una festividad típicamente americana; navidades, en un caso, la noche de brujas, en el otro. A todo ello habría que sumar el hecho de que parte de las andanzas del psychokiller nos sean mostradas desde su propio punto de vista, así como que el motivo que le impulsa a cometer sus crímenes tenga su origen en un suceso de naturaleza traumático-familiar que tuvo lugar en el pasado. Trágico acontecimiento éste que, como era de prever, irán pagando con sus vidas toda una serie de personajes relacionados con las diferentes instituciones (la alcaldía, la oficina del sheriff, el diario local…) del pequeño y, en apariencia, tranquilo pueblo de Willard.

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Esta retorcida historia de venganza, en la que todos y cada uno de los personajes implicados parecen tener un terrible secreto que ocultar, viene firmada por Jeffrey Konvitz, por aquella época un simple abogado que trabajaba en la Gran Manzana. Sin embargo, y apenas un par de años después del estreno de esta película, Konvitz lograría situarse en los primeros puestos de las listas de best-sellers gracias a su primera novela, la también terrorífica La centinela: relato éste con ecos de La semilla del diablo que contaría con una posterior, y excelente, adaptación cinematográfica por parte de Michael Winner, en la que, curiosamente, y al igual que esta Noche silenciosa, noche sangrienta, contaría en su reparto con la presencia de John Carradine.

En lo que respecta al guion del título que nos ocupa, resulta evidente en esta ocasión que es el Psicosis de Alfred Hitchcock el principal referente del que se sirve Konvitz a la hora de dar forma a su libreto. Y no sólo por su clara adhesión temática al american gothic, o a la preponderancia en ambas de una morada de ominosa presencia (el motel Bates y la mansión Butler, respectivamente), sino también por la desembozada invocación de ciertos resortes y trucos narrativos ya presentes en el clásico estelarizado por Anthony Perkins. Por ejemplo, y como justamente ocurría en el film de Hitchcock, aquí se nos hace creer que determinado personaje va a ser el principal protagonista de la historia, para poco tiempo después quitarlo de en medio de manera pretendidamente sorpresiva. Volviendo a La centinela, y puestos a buscar rasgos en común, resulta curioso comprobar el hecho de que ambos films escritos por Konvitz cuenten con el personaje de un padre que, debido a su amoral comportamiento, influye de manera tan negativa en la estabilidad mental de su hija que la conduce inevitablemente a la locura… aunque en diferentes grados en ambos casos, eso sí.

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En lo referente a su ritmo narrativo, y aun contando con la baza de un impactante comienzo, por desgracia su devenir posterior acaba resultando algo monótono, como por otra parte lo es el de la inmensa mayorías de films adscritos a este subgénero. A pesar de todo es de justicia reconocer que en casi ningún momento se termina por perder el interés por aquello que se nos muestra en pantalla. En realidad, el mayor problema de la película lo podríamos encontrar en el hecho de que, y con la posible excepción del encarnado por Mary Woronov, todos los personajes muestran ya desde el principio un comportamiento tan excesivamente mezquino que, como espectadores, no nos llega a importar demasiado en realidad si éstos finalmente viven o mueren.

Así las cosas, y entre la curiosa galería de especímenes que desfilan por su metraje, cabría destacar el incorporado por Patrick O’Neal, protagonista unos años antes de La carta del Kremlin, de John Huston, y presente asimismo en ejemplares del género tan distintos como La cámara de los horrores o The Stuff (Innatural): en el caso de Noche silenciosa, noche sangrienta O’Neal interpreta a un abogado de mediana edad llegado a Willard con el propósito de ejercer de intermediario en la venta de la mansión, a la vez que aprovechará tal circunstancia (además de para sacar tajada económica), para mantener un affaire extramarital con su mucho más joven secretaria.

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Resulta inevitable asimismo no mencionar al ubicuo y antes citado John Carradine; visto lo visto, ninguna película de terror era lo suficientemente modesta, ni ningún papel lo bastante insignificante, como para no contar en ella con el concurso del ya veterano actor. En esta ocasión el patriarca de los Carradine interpreta al pintoresco y mudo editor del periódico local, el cual, y dada su condición, se comunica con el resto de personajes exclusivamente a través de un timbre.

Retomando nuevamente a su historia, seguramente la algo rutinaria evolución de los acontecimientos ayude por otra parte a que la lectura del diario de Simon Butler (punto clave en la resolución de la trama), resulte aún más impactante si cabe. Este descubrimiento nos es mostrado a través de un inquietante flashback, radicalmente alejado del estilo visual del resto de la película, más cercano al “arte y ensayo” – e incluso al surrealismo –  antes que al goticismo reinante en la mayor parte de la cinta. Además, y no creemos que responda a la casualidad, en esta suerte de enloquecida performance participan también algunos de los componentes de la antes mencionada factory de Warhol, como pudieran ser los casos de Ondine, el travesti Candy Darling, o el actor, y también director de Flaming Creatures o Thundercrack!, Jack Smith.

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A pesar de este altamente perturbador clímax final, si a día de hoy Noche silenciosa, noche sangrienta figura en los libros de la historia del género es principalmente por establecer las bases fundamentales, junto a la posterior y bastante superior Navidades negras, de lo que un tiempo más tarde se conocería como slasher, modalidad ésta que contaría entre sus más célebres exponentes con títulos tan legendarios y sobreexplotados como La matanza de Texas, Viernes 13 o la ya citada La noche de Halloween.

Tras permanecer oculta más de una década, este protoslasher disfrutaría de una segunda vida con el pase que el programa televisivo Elvira’s Movie Macabre le dedicara a mediados de los 80, para pasar más tarde a ser una obra de dominio público y, por lo tanto, libre de derechos para cualquiera que quisiera comercializarla en formato doméstico a partir de entonces. Esta característica, sumada al hecho de que el culto en torno a ella no ha hecho más que crecer a lo largo de los años, ha propiciado que recientemente se rodaran un par de secuelas oficiosas, Silent Night, Bloody Night: The Homecoming (2013), y Silent night, Bloody Night 2: Revival (2015), sin ningún tipo de relación o continuidad entre ambas.

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En cuanto a la novela editada ahora por Tyrannosaurus, si ésta cuenta con algún mérito es principalmente no representar una mera extensión de la historia narrada en la película del 72. El texto de Declan Sinnot cuenta de esta manera con una entidad propia, por mucho que se atenga (de forma demasiado taquigráfica en ocasiones), tanto a los diálogos que los diferentes personajes mantienen entre sí como a las descripciones físicas de los actores que encarnan a los mismos.

En cualquier caso, la novela se revela necesariamente menos sutil que el film en la que se basa, sobre todo a la hora de lograr mantener ocultos todos los secretos que de forma progresiva se nos van desvelando en la película: esto ocurre desde el preciso momento en el que el autor decide desvelar más temprano las motivaciones del asesino, otorgándole así al mismo tiempo un mayor protagonismo del que goza en la cinta de Gershuny, en la cual permanece oculto durante la mayor parte del metraje.

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Por otro lado, lo más satisfactorio de enfrentarse a una obra de tan singular gestación es que esta novelización de Noche silenciosa, noche sangrienta no engaña absolutamente a nadie ni tampoco pretende ser nunca más de lo que es, no ocultándose así en momento alguno su asumida condición de producto derivativo… y hasta bastardo.

De este modo, su autor se muestra tan efectista como eficaz, tan descriptivo como desvergonzadamente sangriento y sensacionalista, potenciando así hasta sus últimas consecuencias todos aquellos elementos que eran tan sólo sugeridos en la película… sobre todo en lo concerniente al sexo y a la violencia. Por poner un ejemplo, Sinnot consagra nada menos que un capítulo entero a la hora de describirnos (con todo lujo de detalles, por supuesto) los dos primeros crímenes, cuando en cambio en el film, y aun conservando todo su impacto y crudeza, estas muertes en concreto se resuelven en apenas unos segundos.

En resumidas cuentas, y tanto si se conoce la película que toma como modelo como si no, la lectura de esta novela – presentada además en un tan entrañable como manejable formato bolsilibro –  resulta satisfactoria al 100% y, por lo tanto, recomendable en igual medida.

José Manuel Romero Moreno

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FICHAS TÉCNICAS

EL LIBRO

Título: Noche silenciosa, noche sangrienta

Autor: Declan Sinnot

Editorial: Tyrannosaurus Books

Datos técnicos: 170 páginas (noviembre, 2015)

Sinopsis: Un cuerpo carbonizado aparece sobre la nieve del jardín de la casa Butler. Veintidós años después llegará al pequeño pueblo de Willard un abogado con la orden, por parte del nieto de Butler, de vender la casa. Una venta que reabrirá viejas heridas del pasado en las fuerzas vivas de la comunidad y desvelará un terrible y oscuro secreto.

LA PELÍCULA

Título original: Silent Night, Bloody Night

Año: 1972 (Estados Unidos)

Director: Theodore Gershuny

Guionistas: Theodore Gershuny, Ira Teller y Jeffrey Konvitz

Fotografía: Adam Giffard

Interprétes: Patrick O’Neal, James Patterson, Mary Woronov, Astrid Heeren, John Carradine, Walter Abel, Fran Stevens…

Sinopsis: Al convertirse en el único heredero de la antigua mansión familiar, Jeffrey Butler visita el lugar para proceder a su venta, pero ahora alguien ha vuelto para vengarse y los posibles compradores están siendo asesinados. Mientras Jeffrey, que irá descubriendo su pasado, se unirá a Diane Adams, la hija del alcalde, para tratar de descubrir el misterio.

Cine-Bis – Cine de género alrededor del mundo – nº5

Cine-Bis Nº5 Javier G. Romero (1)

Título: Cine-Bis – Cine de género alrededor del mundo – nº 5

Autores: Diego Salgado, Pedro Gutiérrez Recacha, Carlos Aguilar, Pablo Herranz, José Luis Salvador Estébenez, Fernando Usón Forniés, Pablo Pérez Rubio y Javier G.Romero

Editorial: Quatermass

Datos técnicos: 128 páginas (Bilbao, septiembre 2015)

Cine-Bis Nº5 WIP

Gracias al progresivo abaratamiento de los costes de impresión, así como al cada vez más fácil acceso a las nuevas tecnologías, vivimos unos tiempos en los que la crítica cinematográfica (tanto la que podemos leer en la red como en formato físico), disfruta de mayor difusión que nunca; aunque esto no quiere decir que goce de buena salud, necesariamente.

Aquellos que ejercemos el comentario cinéfilo acusamos por desgracia cada vez mayor dependencia de las redes sociales, así como también de los gustos masivos del público. En consecuencia, este sometimiento a los temas de actualidad, así como la urgencia inherente a los nuevos medios de expresión, conlleva que abunden con cada vez mayor asiduidad superficiales reseñas de usar y tirar; auténtica “crítica-basura” en algunos casos.

Esta democratización ha conducido por lo tanto a una extrema trivialización en la que el medio utilizado en cada caso condiciona el contenido, y no al contrario; todo ello dentro de un marco general sin duda prolijo en cuanto a nivel de producción, pero en donde se echa en falta, además de una mayor originalidad a la hora de elegir temas, una mínima voluntad de perdurabilidad por parte de aquellos que ejercen (o, mejor dicho, ejercemos) la crítica cinematográfica.

Teniendo en cuenta tan efímero y urgente panorama, resulta reconfortante comprobar cómo una publicación de las características de Cine-bis (recordemos, de venta casi exclusiva por correo y sin mayores ambiciones que la pura y dura divulgación cinéfila), no sólo consigue sobrevivir dentro de un mercado tan saturado y monotemático, si no que además logra también la hazaña de aumentar su número de lectores con cada número que pone a la venta.

Manteniendo la misma filosofía con la que diera comienzo su andadura hace ya más de dos años, en esta quinta entrega se incide una vez más tanto en la máxima diversificación de contenidos de la que hace gala en cada número su sumario (uno de los principales rasgos de la cabecera dirigida por Javier G. Romero), así como en el propósito de aportar nuevos puntos de vista sobre materias ya tratadas con anterioridad en otras publicaciones.

Así las cosas, y tras un revelador prólogo escrito por el propio Romero, esta nueva entrega abre fuego con un artículo sobre los slasher films firmado por Diego Salgado. Alejándose una vez más de todo tópico, y en lugar de limitarse a una simple enumeración de las constantes de un tipo de cine ya de sobra conocido por todos, el autor nos sitúa tanto los precedentes cinematográficos como la coyuntura política relativa a los años en los que el sangriento género gozara de mayor popularidad. Asimismo se nos apunta la decisiva influencia que la crónica negra de la América profunda tuvo en esta corriente; todo dentro de un estudio en el que tampoco falta el análisis de la fascinación que la violencia ejerció – a partir de los años 70 y en todas sus acepciones – en la sociedad americana, en particular, así como en la mundial, a nivel general.

A continuación Pedro Gutiérrez Recacha nos descubre en Colts contra esvásticas el auge que a finales de los años 30 experimentó la figura del nazi como villano oficial en toda suerte de films, deteniéndose en aquellos de temática western, y más concretamente en los realizados dentro de los confines de la fecunda Serie B de la época. Realiza de este modo su autor un admirable trabajo de arqueología al descubrir y saber exponer de forma clara y amena el contexto histórico-industrial en el que fueron concebidas estas películas, a la vez que se nos citan los más destacados ejemplares pertenecientes a tan curiosa categoría.

En el otro lado de la balanza, y siempre dentro del mismo artículo, se presta  igualmente atención al desconocido por estos lares western germánico, aquel que comprende desde la época del cine mudo hasta el apogeo del Tercer Reich, diferenciando dentro de estos últimos los que dejaban traspasar la doctrina nazi de aquellos que se distinguían por reflejar una absoluta neutralidad desde el punto de vista ideológico. Se hace hincapié asimismo en la paradójica influencia que la cultura del wild west ejerció en Alemania en todo tipo de manifestaciones artísticas y/o populares, sirviendo así como colofón a una crónica modélicamente escrita, que no se detiene por fortuna en lo puramente anecdótico, si no que sabe profundizar y sacarle todo el partido posible a tan apasionante tema.

La ya habitual, y siempre bienvenida, participación de Carlos Aguilar en Cine-bis se compone en esta ocasión de dos entrevistas: una con el director italiano Sergio Sollima y otra con la actriz mexicana Rosenda Monteros. Fallecido el 15 de abril de 2015, en esta entrevista que sirve también de homenaje a su memoria, Sollima confiesa a Aguilar, entre muchas otras cosas, el decisivo influjo que a lo largo de su infancia y adolescencia ejerció sobre él la cultura americana, en especial el cine. También hay igualmente cabida para el relato de las experiencias vividas por el futuro director durante los duros años en los que Italia estuvo gobernada por el fascismo. Acontecimientos estos que tendrían posteriormente un tremendo peso en la manera de entender la vida – y, por ende, el cine – del romano, sobre todo a la hora de dotar a los protagonistas de sus films de una complejidad insólita dentro del cine europeo de género realizado durante el período de mayor esplendor del mismo.

De igual forma, el autor de El halcón y la presa nos da a conocer su opinión sobre la figura y el cine de Sergio Leone (junto a Corbucci y al propio Sollima, el más distinguido cultivador del western all’italiana), tan impagable como también resultan sus impresiones a propósito de míticos intérpretes que estuvieron a sus órdenes, como pudieran ser los casos de Lee Van Cleef, Telly Savalas, Oliver Reed o Charles Bronson. Aunque no todos los directores sean capaces de hacerlo, en esta entrevista también podemos encontrar la lúcida (auto)definición que el propio Sollima realizaba de su obra: películas genéricamente encuadradas en las aventuras y/o la acción, pero en donde no se echaban en falta ni el componente ideológico ni el detallado estudio de personajes, en ya imprescindibles cintas donde también podíamos encontrar una más o menos sutil crítica al capitalismo, y a sus instituciones, sin por ello traicionar en momento alguno el género al que estuvieran adscritas en cada caso.

Por otra parte, la completísima, y no exclusivamente centrada en el mundo del cine, entrevista consagrada a Rosenda Monteros refleja a la perfección el polifacetismo de la mexicana en una gran variedad de áreas artísticas, merced a su prolífica actividad sobre las tablas, ya fuera interpretando a clásicos de nuestra literatura como Lope de Vega, en recitales de poesía o participando en espectáculos de danza. En cuanto a lo estrictamente cinematográfico, la cosmopolita protagonista de Ninette y un señor de Murcia comparte con Aguilar anécdotas de su escueta pero variopinta filmografía, así como sus experiencias en común con personalidades imprescindibles, y tan dispares entre sí, de la historia del séptimo arte como pudieran ser Yul Brynner (con el que coincidió en Los siete magníficos), Luis Buñuel, James Mason, Peter Cushing o nuestro Paco Rabal, con el que compartió títulos de crédito en Nazarín.

Representan por lo tanto ambas entrevistas – y en la línea habitual del autor madrileño – elocuentes y sugestivas charlas, tan distintas comparativamente como totalmente complementarias a causa de la absoluta disparidad, tanto de personalidad como en cuanto a trayectoria, de las figuras implicadas.

Siguiendo con el resto de artículos, nuestro “abad” José Luis Salvador Estébenez nos ofrece en El cine WIP una de las más destacadas y trabajadas crónicas escritas en español acerca de esta corriente, que hacía del tema de las féminas encarceladas su principal, cuando no única, razón de ser. Es éste un ensayo escrito con precisión de cirujano, y donde se enumeran a modo de completa panorámica films de distintas nacionalidades, situados en diferentes épocas, así como poseedores, según el caso, de disparejos niveles de erotismo y/o sordidez.

Salvador subraya asimismo los diferentes afluentes en los que a lo largo de los años se ha ido bifurcando el subgénero (naziexploitation, blaxploitation, nunsploitation…), así como también da buena cuenta de las principales “estrellas” que se dejaron ver en un mayor número de títulos, destacando por su condición de ubicuidad nombres ya inseparables al universo de la Serie B y Z como los de Laura Gemser, Pam Grier, Ajita Wison o Linda Blair. Reincidiendo en lo expuesto anteriormente, nos encontramos en mi opinión ante el mejor artículo sobre las Women in prison movies que se ha impreso en papel en nuestro país, así como ante uno de los más brillantes estudios publicados en Cine-bis; y eso es decir mucho.

Cambiando otra vez de tercio, al aragonés Fernando Usón Forniés le toca  analizar dentro de la sección cult movies La casa dalle finestre che ridono: supone éste asimismo un artículo excelentemente ejecutado, que aborda en su aproximación al film más conocido del boloñés Pupi Avati absolutamente todos los aspectos de los que se compone la obra (su atmósfera, su estética, los secretos que alberga…), con la virtud añadida de no apabullar al lector merced a su absoluto acierto a la hora de examinar una película tan compleja y rica en matices como la presente.

Tras el terror de Avati pasamos página para encontrarnos seguidamente con un artículo dedicado a Jerry Lewis: ¿en qué otra publicación que no fuera Cine-bis podría ocurrir esto? En el estudio escrito por Pablo Pérez Rubio (autor también del volumen que la colección Cineastas le dedicara al americano hace algunos años), se nos enmarca la figura de Lewis dentro del ámbito humorístico, de manera particular, así como en la historia del cine, en general, destacando en todo momento su poliédrica personalidad y subrayando asimismo la crítica subterránea que (siempre según Pérez), albergaría la obra del protagonista de El botones desde que se pusiera por primera vez tras las cámaras en 1960.

Se nos adentra de esta manera en las diferentes etapas en las que se podría dividir la filmografía del director de El profesor chiflado, detallándose por el camino su enorme éxito en los Estados Unidos, así como su reconocimiento posterior como auteur en Francia. Al mismo tiempo, se analizan los resortes de la comedia característicos de la particular concepción del humor del comediante de origen judío. Por mucho que quizás su autor cometa el “pecado” de intelectualizar en exceso la figura de Lewis, en líneas generales este interesante artículo arroja un balance más que positivo.

Por último, la segunda parte del artículo dedicado al cine musical ruso, escrito por Pablo Herranz, y la entrevista al faneditor Dani Moreno, a su vez factótum de Chaparra Entertainment, completan el sumario de esta última entrega de Cine bis.

A modo de reflexión final, y como único punto negativo que deviene de la lectura de este número, resulta verdaderamente lastimoso que tras cinco entregas de una revista que nació para convertirse en referente del panorama de las publicaciones de cine de este país (y que a día de hoy ya lo es, sin discusión alguna) sean muy pocos actualmente (por no decir ninguno), aquellos que la toman como ejemplo a seguir dentro del muy poco imaginativo colectivo del fandom patrio; en el cual, y visto lo visto, aún siguen teniendo infinitamente más preponderancia el frikismo y un mal entendido sentido de la nostalgia, antes que factores tan importantes como la calidad y la originalidad. Es una auténtica pena pero, por fortuna, siempre nos quedará Cine-bis .

José Manuel Romero Moreno

Published in: on enero 22, 2016 at 5:55 am  Dejar un comentario  
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Don Coscarelli. Phantasmas, momias y otras bestias

TítuloDon Coscarelli. Phantasmas, momias y otras bestias

Autor: Gerardo Santos Bocero, con prólogo de Francisco Miguel Collado Gabaldón, administrador de la comunidad española dedicada a Phantasma (www.phantasma.es)

Editorial: Tyrannosaurus Books

Datos técnicos: 266 páginas (Barcelona, Julio, 2015)

Paul Giamatti recibiendo instrucciones de Don Coscarelli durante el rodaje de Paul Giamatti recibiendo instrucciones de Don Coscarelli durante el rodaje de “John muere al final”.

Es un hecho incuestionable el papel determinante que la reducción de costes derivada de las modernas técnicas de impresión digitales, unidas a la implantación de las nuevas tecnologías en la vida diaria del ciudadano medio, han tenido en el aumento que, de un tiempo a esta parte, se viene registrando en la publicación de libros en soporte físico. Algo a lo que ha sido especialmente sensible la bibliografía concerniente a ensayos cinematográficos y derivados. Gracias a ello, personalidades, (sub)géneros y temáticas que hasta ahora parecían condenadas a ser tratadas únicamente por fanzines o revistas especializadas, y eso en el mejor de los casos, han pasado a contar con obras específicas dedicadas a ellas de la mano de pequeñas firmas y/o autores autoeditados. Si bien esta “liberación” del medio no está exenta de ciertos claroscuros – por ejemplo, el que todo hijo de vecino con dos duros en el bolsillo pueda poner en el mercado su libro elimina cualquier subjetivo filtro de calidad que pudiera tener el modelo imperante –, lo cierto es que ha servido para animar el hasta hace poco monótono panorama editorial en nuestro país. Tanto es así que, a día de hoy, resulta casi imposible que algún cinéfilo español, sea del tipo que sea, no encuentre al menos un volumen que satisfaga sus gustos particulares.

De entre las nuevas editoriales surgidas de este contexto, una de las más activas e interesantes está siendo la barcelonesa Tyrannosaurus Books. También activo en el terreno de la ficción, su campo de expresión se circunscribe en su mayoría dentro del ámbito del género fantástico y de terror, dividiéndose su producción de textos relacionados con el séptimo arte en muy diferentes vertientes: desde novelizaciones de títulos de culto hasta estudios globales de filmografías determinadas, pasando por el análisis pormenorizado de films concretos. A todo ello se le ha unido la publicación de trabajos monográficos consagrados a cineastas cuyas obras gozan de un reconocido prestigio dentro de los círculos de aficionados al fantástico, pero que, salvo honrosas excepciones, permanecían huérfanos de libros que se ocuparan de ellos, al menos dentro de nuestras fronteras. Dicha línea editorial sería inaugurada hace escasos meses por Rob Zombie. Las siniestras armonías de la sordidez de Daniel Rodríguez Sánchez, al que han seguido en las últimas semanas la publicación de sendos volúmenes dedicados a autores tan dispares como Peter Jackson, Lucio Fulci, Carlos Enrique Taboada o Lloyd Kaufman.

Dentro de esta corriente es en la que se sitúa la existencia de Don Coscarelli. Phantasmas, momias y otras bestias, obra a la que cabe la particularidad de ser la primera a nivel mundial que se ocupa de repasar la trayectoria de un nombre asociado principalmente en el imaginario colectivo al de su más célebre creación: la saga Phantasma. Una propuesta que le incluiría en la nómina de cineastas que renovarían el cine de terror moderno. Sin embargo, al contrario de los George Romero, Tobe Hooper, Sam Raimi, Wes Craven y tantos otros, la figura de Coscarelli ha permanecido en un segundo plano, a pesar de contar en su currículo con títulos tan encomiables como las cuatro entregas de Phantasma, la singular cult movie Bubba Ho-Tep, o El señor de las bestias, con permiso de Conan, el bárbaro la mejor integrante de la nutrida oleada de películas de espada y brujería que asolaran las pantallas a comienzos de la década de los ochenta, y acreedora además de una franquicia propia ya sin relación alguna con su director. Puede que en su consideración haya pesado más el que nunca terminara de integrarse en la industria, lo que le ha llevado a desarrollar el grueso de su carrera entre los márgenes de la independencia, proyectándose, para bien o para mal, en una filmografía desigual y dilatada en el tiempo (compuesto por el momento por solo diez películas desperdigadas a lo largo de cuatro décadas), pero también tremendamente excitante y personalísima.

Con el objetivo de aportar luz y reivindicar su obra, Gerardo Santos Bocero, columnista cinematográfico de La voz de Almería y premiado autor del estudio La leyenda del luchador borracho (y otras 99 películas con patadas y puñetazos de Jackie Chan) (Diábolo Ed., 2014), propone con el presente libro “un recorrido cronológico – según su orden de estreno en los cines de EE.UU. – lo más clarificador y completo posible por la filmografía íntegra del director californiano, desde sus inicios cinematográficos en los años setenta hasta sus últimos trabajos tras las cámaras y sus posibles nuevos proyectos”, tal y como el mismo indica durante la introducción al texto. Toda una declaración de intenciones que es ratificado mediante la exposición de los pormenores referentes a génesis, preparación, rodaje, post-producción, comercialización y recepción crítica de todos y cada uno de los films de Coscarelli – incluyendo como tal “Esculturas humanas”, su capítulo para la primera temporada de la serie televisiva Masters of Horror –, completando el apartado con los respectivos comentarios y consideraciones sobre el contenido de cada uno de ellos. Por otra parte, y como no podía ser de otro modo, también hay cabida para el repaso de los diferentes proyectos nonatos barajados por su protagonista a lo largo de su carrera, de entre los que destaca el guion escrito por iniciativa propia del escarizado Roger Avery con la idea de que se convirtiera en la cuarta entrega de Phantasma, pero cuyo alto coste económico hizo inviable su plasmación en celuloide.

Para llevar a cabo su tarea, Santos Bocero se apoya tanto en declaraciones de su objeto de estudio como en el concurso de extractos y citas recopiladas de diversas fuentes, explicitando una titánica labor de documentación, más meritoria si cabe al no contar con la existencia de alguna obra previa sobre el personaje que le pudiera haber servido de base para orientar sus pesquisas. Esto, en cuanto a lo que el contenido historiográfico se refiere, ciñéndose su labor analítica en “profundizar en las señas de identidad que el director ha venido desarrollando a lo largo de su trayectoria”, a través del rastro de los posibles puntos en común existentes entre sus diferentes obras. La muerte como elemento vertebrador en mayor o menor medida de sus historias, la invocación en estas del eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, o su apuesta por la independencia y, con ello, la libertad creativa, tras las interferencias sufridas durante la producción de El señor de las bestias, al punto de ser apartado del montaje final de la película, son algunos de los elementos que el autor establece como marcas características de la casa. Ahora bien, esta búsqueda de los rasgos definitorios de la filmografía del estadounidense provoca cierta reiteración en lo expuesto, a lo que tampoco es ajena la utilización de una estructura común a la hora de comentar cada uno de los films, resultando en ocasiones la señalización de estos ingredientes un tanto forzada y mecánica. Otro pero que hay que señalar, aunque en este caso sea más a título personal, es el uso en exclusiva de reseñas norteamericanas para ilustrar la recepción crítica que disfrutó cada una de las cintas, cuando quizás hubiera sido bastante interesante que, junto con ellas, se hubiera acudido también a fuentes españolas que mostraran el recibimiento que en su momento tuvieron en nuestro país (pese a no olvidar que varios de los títulos comentados permanecen inéditos en cualquier formato por estos lares), sobre todo teniendo en cuenta que el libro está dirigido hacía nuestro mercado.

En cualquiera de los casos, la existencia de estos pequeños y puntuales defectos resulta anecdótica ante la valía que atesora un libro cargado de innegables aciertos. El estilo ágil, sencillo y directo que exhibe en todo momento Santos Bocero, ajeno a cortapisas intelectualoides, unido al torrente informativo que ofrece a lo largo del texto, hace que la lectura de la obra enganche de tal forma que sus páginas terminan por devorarse. Además, la calculada decisión de no profundizar en el análisis de los aspectos argumentales de cada una de las películas en sí mismas conduce a que pueda ser disfrutado de igual forma, se esté o no familiarizado con la filmografía del cineasta nacido en Trípoli (Libia), al tiempo que deja la puerta entreabierta para futuros acercamientos sobre su obra que incidan en tales cuestiones. En resumidas cuentas, Don Coscarelli. Phantasmas, momias y otras bestias cumple con nota su cometido y los propósitos con los que fue concebido: invitar a (re)conocer, revisar e investigar la filmografía y la persona de quien supone uno de los principales francotiradores con los que ha contado el cine de género (fantástico) en los últimos cuarenta años, de forma amena y clarificadora. Totalmente recomendable.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on noviembre 20, 2015 at 6:11 am  Dejar un comentario  

Cine-Bis – Cine de género alrededor del mundo – nº4

Título: Cine-Bis – Cine de género alrededor del mundo – nº4

Autores: Pablo Herranz, Davide Pulici, Carlos Aguilar, Adrián Sánchez, Javier G. Romero, Daniel Aguilar, Santiago y Andrés Rubín de Celis y Pablo Fernández

Editorial: Quatermass

Datos técnicos: 132 páginas (Bilbao, abril 2015)

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Se mire por donde se mire, tanto juzgándolo por méritos propios como comparándolo con el resto de revistas consagradas al género que se editan en este país, a estas alturas y desde su aparición el de Cine bis no deja de resultar un caso curioso: incluso, en más de un aspecto y sin temor a exagerar, podríamos calificarlo de excepcional.

Se cumplirá el próximo otoño dos años del nacimiento de una publicación que ya en esos nada inseguros primeros pasos demostró poseer similares, si no mayores, niveles de calidad que otros fanzines del ramo con docenas de números a sus espaldas: logro éste exclusivamente atribuible tanto a la prolongada experiencia previa como a la profesionalidad desplegada hasta la fecha al frente de la cabecera por Javier G. Romero, así como también a la valiosísima implicación de Carlos Aguilar en el proyecto (si no me equivoco, los dos únicos nombres que han participado, en uno u otro grado, en la elaboración de cada una de las entregas), así como del resto de los impecablemente seleccionados colaboradores.

Este elevado y nada habitual nivel de (auto)exigencia, que ha conformado ya desde sus comienzos la personalidad única de la publicación, no ha traído por fortuna como previsible consecuencia que la línea editorial a seguir se quede estancada en un seguro, práctico y conservador esquema, gracias al cual poder asegurarse ofrecer, siempre dentro de una más o menos “obligada” periodicidad, un producto poseedor de unos mínimos estándares de calidad.

Más bien al contrario, lejos de limitarse al campo de acción de unos parámetros más o menos delimitados Cine bis es una publicación que, gracias a su particular filosofía, no sólo puede permitirse el lujo de seguir sorprendiendo a sus lectores si no que aún puede conseguir también el milagro de superarse a sí misma, número a número y en cuanto a términos de calidad se refiere: algo que queda sobradamente demostrado en una última entrega que, en opinión de quien esto escribe, resulta ser la más completa y deslumbrante de todas las publicadas hasta la fecha.

Y es que, y sin desmerecer en absoluto al resto de materias tratadas en el presente volumen, al menos dos son los contenidos que, bajo mi punto de vista, convierten este número en poco menos que imprescindible a la hora de figurar en las estanterías de toda biblioteca cinéfila que se precie.

Se trata de dos entrevistas, confeccionadas a modo de homenaje a sus respectivos entrevistados al contar ambas con la peculiaridad de haberse publicado póstumamente: una es la dedicada por Carlos Aguilar a Howard Vernon, actor de origen suizo que, de ser un habitual de la Serie B europea de los 60, y de colaborar con directores de la talla de Fritz Lang, Jean Pierre Melville o Woody Allen, pasó casi sin solución de continuidad – y de la mano de Jesús Franco – a hundirse en los más oscuros cenagales de la Serie Z continental. A lo largo de una conversación algo desencantada pero repleta de ironía, Vernon no duda en lanzar sus dardos, más o menos envenenados según el caso, sobre figuras tan míticas del cine europeo de género como pudieran ser los casos de, entre otros, Klaus Kinski, Alain Delon o el recientemente fallecido Cristopher Lee.

Dejando a un lado el morbo que pudiera acarrear el hecho de que el protagonista de Gritos en la noche no tuviera pelos en la lengua a la hora de responder a todas y cada una de las preguntas de Aguilar, tanto por la palpable confianza que se evidencia entre entrevistador y entrevistado – reflejada perfectamente a lo largo de sus páginas -, como por el indudable interés de las declaraciones vertidas en ella, esta entrevista es a mi parecer la mejor de las que hasta el momento ha elaborado para Cine bis el autor de Un hombre, cinco balas.

La otra excelente entrevista que nos podemos encontrar en este cuarto número la consagra Javier G. Romero a Raúl Artigot, dando de esta manera voz a un representante de una de las facetas de la profesión más comúnmente ignoradas tanto por los medios como por el gran público, la de director de fotografía, resultando en un bastante extenso y revelador diálogo el que el director de Cine Bis mantiene con el responsable de la factura visual de títulos tan populares de nuestra cinematografía, y a la vez tan diferentes entre sí, como pudieran ser La semana del asesino, Yo hice a Roque III o El buque maldito, y realizador asimismo de una de las cintas pertenecientes al fantaterror menos vistas en su momento por cuestiones de censura, El monte de las brujas.

Sirve pues esta entrevista tanto como sustancioso adelanto a una autobiografía que Artigot dejó escrita poco antes de morir, y que esperamos vea la luz en breve, así como a modo de tributo a un profesional de nuestro cine tan prolífico como poco valorado, como por otra parte parece ser triste norma en este país, y que nos dejó las pasadas Navidades a la edad de 78 años.

Repasando ya el resto del sumario, por fortuna los artículos contenidos en este último número rayan a muy similar altura que los anteriormente comentados:

Dentro de la gran variedad temático/geográfica que por lo común nos suele brindar Cine bis, nos podemos encontrar con un estudio sobre el cine decamerótico italiano escrito por Davide Pulici que, de manera análoga a su ensayo sobre la saga de Emanuelle negra publicado en el número 3, se ocupa de trazar las principales características de este subgénero surgido al calor del enorme éxito en Italia de El decamerón (Il decameron, 1971) de Pier Paolo Pasolini. Aunque resulte éste un recorrido atrayente y ameno, Pulici se centra más en enumerar las particularidades generales del cine decamerótico antes que en comentar detalladamente algunos de sus títulos en concreto. Aún así, y teniendo en cuenta la avalancha de films adscritos a la corriente que se realizaron en el país transalpino en apenas dos años, la labor de síntesis del especialista italiano se revela en esta ocasión más que meritoria.

Por su parte, Pablo Herranz nos da las claves para entender el por estos lares poco conocido fenómeno del musical soviético que, aunque realizado a la par que los clásicos hollywoodienses del género, en ningún momento se cae en la tentación de efectuar las inevitables comparaciones entre ambas cinematografías, ofreciendo en su lugar una mirada desprejuiciada en la que el cine musical ruso de entreguerras es analizado como género perfectamente válido en sí mismo, sin necesidad alguna pues de confrontarlo constantemente con su homólogo yanki.

Se dibuja así una tan inteligente como esclarecedora panorámica histórico/cinematográfica, en la que tampoco se cae en el recurso fácil de colocar en primer término los rasgos más extravagantes o curiosos que los films pertenecientes al género, y vistos con ojos occidentales, pudieran deparar hoy en día. Primera parte esta de un excelente artículo que, obviamente, tendrá continuidad en el próximo número de Cine bis.

Y si de segundas partes hablamos, Adrián Esbilla pone punto y final a su pormenorizado estudio sobre el thriller coreano, exponiendo las constantes inherentes al género negro allí realizado, así como la influencia ejercida por las singularidades histórico-geográficas del país sobre su producción cinematográfica en los últimos quince años. Siguiendo con el cine oriental, el artículo monográfico que en cada número tiene como objetivo desentrañar un film de culto más o menos ignoto esta vez corre de la mano de Daniel Aguilar (autor del libro Japón sobrenatural), que se encarga de relatarnos las circunstancias de la realización del film de terror Historia sobrenatural del jorobado (Kaidan semushi otoko, 1965, Hajime Sato). Film pionero en su momento dentro de la cinematografía nipona por atreverse a abordar un modelo de cine de horror alejado de las tradicionales historias de fantasmas, ofreciendo en su lugar una aproximación, estética y narrativa, más próxima tanto a The Haunting como al terror gótico que por esas mismas fechas realizaban Bava y Margheriti en Italia. Por otra parte, Aguilar no se limita exclusivamente a arrojar luz sobre la película o la filmografía de su realizador, si no que es asimismo capaz de ofrecernos una lúcida perspectiva de la filosofía de trabajo que, a comienzos de los años 60, tenían los diferentes estudios consagrados al cine de género en Japón.

Los hermanos Santiago y Andrés Rubín de Celis asumen a su vez el reto de acercarnos la fascinante vida y obra de Cy Endfield, director americano que, tras despuntar en su país a comienzos de los 50 con varios filmes inscritos en el noir, fue incluido en las tristemente célebres listas negras promovidas por el infame senador McCarthy, viéndose entonces forzado a trasladar su residencia a Europa, y más concretamente a Inglaterra, con el fin de poder seguir ejerciendo su actividad detrás de las cámaras: empezando prácticamente desde cero, Endfield logró convertirse progresivamente en uno de los más eficientes artesanos del cine británico, abordando con el tiempo proyectos de cierta envergadura como la “harryhausiana” La isla misteriosa, así como escribiendo, produciendo y dirigiendo Zulú (1964), una de las más definitorias e importantes cintas de aventuras de su década, estelarizada por Stanley Baker y un primerizo Michael Caine.

Y precisamente del protagonista de la portada trata el último de los artículos que podemos disfrutar en esta cuarta entrega. Bajo el epígrafe de La guerra fría de Harry Palmer, Pablo Fernández se encarga de examinar de manera concisa, entretenida y nada pedante (adjetivos, por cierto, perfectamente extensibles en mayor o menor medida al resto de textos de este número) tanto los tres largometrajes como los dos tardíos telefilms protagonizados por Caine en la piel de Harry Palmer, espía británico creado por el novelista Len Deighton a principios de los sesenta como respuesta más o menos realista al éxito del fenómeno de James Bond.

Y siguiendo con la tónica de dedicar el último espacio de la revista a conversar con los diferentes editores de fanzines de España, en esta ocasión le toca el turno a Manuel Valencia, fundador, editor y director del mítico, imprescindible y longevísimo (un cuarto de siglo ya) 2000 maníacos, con una entrevista que aunque no depare demasiadas sorpresas a nivel informativo, sobre todo si eres seguidor de Valencia y/o del veterano fanzine, no se puede negar sin embargo que acabe resultando una charla ágil, divertida y bastante simpática.

En resumidas cuentas, todo aquel que tenga la suerte de que un ejemplar de este cuarto número vaya a parar a sus manos podrá comprobar por sí mismo que, tanto por originalidad en la elección de contenidos como por su rigurosidad a la hora de abordarlos, a día de hoy – por desgracia o por fortuna – Cine bis sólo puede rivalizar consigo misma dentro del marco del panorama editorial español. No me resisto a destacar por último, y una vez más, la importancia que al apoyo visual otorga Javier G. Romero como perfecto complemento a los magníficos textos, consiguiendo con su maquetación atractiva, sobria y prístina que Cine bis, más que leerse, se devore. 

José Manuel Romero Moreno

Published in: on julio 22, 2015 at 5:39 am  Dejar un comentario  
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